miércoles, 9 de enero de 2013



“En el viaje de la vida no me
pueden  faltar mis versos , la pluma
en la mano y un pretexto para escribir..”.


CAZADORA DE MIS SUEÑOS.

Bajo la alborada de tu sombra
escribo tus silencios en espera de
retener lo  que la vida misma me
muestre en el susurro de tus penas.

Como aleteo de cristales que se cierran a
la misma hora y puertas que se abren
agostando mis caricias ,
la blanquecina luz de tus quimeras
se va alejando entre los valles.
Eres frágil cortina ahora que envuelve
mis soledades.


Clavo entonces mis recuerdos en las paredes
de tu historia, para formar zarcillos en tu
mente, floresta en tu memoria.

Descubro entonces entre las hojas,
virutas de los vientos,
que eres la elegida misma,
Cazadora de mis sueños.

martes, 8 de enero de 2013



EL COLECCIONISTA DE RECUERDOS

Qué es la vida sino un cúmulo de recuerdos acumulados  en nuestra mente.  A veces se nos presentan coherentes y secuenciales, a veces fraccionados y sin sentido.
Un objeto o evento puede desencadenar la salida a la luz de nuestros más recónditas evocaciones, incluso un olor particular nos puede conducir a un preciso momento de muestra infancia quizás a los primeros días en que ingresamos a la escuela o en nuestra adolescencia a los brazos mullidos de nuestro primer amor, aquel de “mariposas en el estómago”  En fin los seres humanos reelaboran constantemente su existencia a partir de las  experiencias vividas durante años, de coleccionar recuerdos para luego revivirlos algunos sólo en la mente, otros en el papel o en las pantallas de las computadoras. 
Los recuerdos se convierte entonces en la sustancia de la que se nutren los escritores…
¡Soy uno de ellos!…
Un coleccionista de recuerdos...



LA MONEDA


Me incliné a recoger la moneda que se me había caído de mi roído pantalón y entonces me di cuenta de que entre las piedras aún crecen dientes de león, apasotes y hojas de llantén, de aquellas que en mi infancia acostumbraba arrancar para  hacer según yo empanaditas machacadas con mis manos.
Al incorporarme de nuevo  el viento de la tarde me  hizo cerrar por un instante mis ojos y entonces divisé al ave de alas negras sobre mis cafetales que ya no están y a lo lejos las verdes montañas cuajadas de frondosas copas de malinche.
Ahora de nuevo abro mis ojos, molesto por una partícula de polvo que me hace lagrimar.  Me veo entonces derramando mi primer llanto por la niña que me había abandonado en medio del patio de mi escuela.
Me seco la cara y mientras espero el autobús me recuesto en un poste de luz, entonces revolotean en mi mente los viejos bombillos de campana que iluminaban mi antiguo barrio, de incendios constantes en casas de madera, de confites gratis en la pulpería de Don Juan; de rayuelas en la acera y cuerdas en movimiento en espera de que pequeños pies se atrevan a saltarlas.  De un beso a escondidas en el portal de alguna vivienda y santos en andas en Semana Santa, de molinos de maíz en la madrugada y cometas de bambú en las plazas

Busco en mi bolsillo la moneda para completar el pasaje.  Me doy cuenta de que me faltan cincuenta colones y reconozco que era la moneda que se me había caído; la que escasos minutos atrás sacudió estos breves  recuerdos, como una instantánea en mi mente.
Abordo el autobús…


CRISTALES DE VIENTO


Ayer entró el viento en las rendijas de mi puerta y con él el sonido de la lluvia  Llovía y cada gota golpeaba mis oídos y se acunaba en mi corazón que de sobresalto se aceleraba cada vez más.  Recordé entonces las interminables tardes frías de mis inviernos de infancia sentado en algún pupitre de mi escuela, mientras mi maestra se esmeraba a enseñarme a leer y a mejorar año a año mi torpe caligrafía y mi rudimentaria ortografía.  Recuerdo aquella lluvia horadar surcos sobre el amarillo césped del amplio patio, imposible de pisar por el agua empozada  a cada palmo del terreno.  Recuerdo la lluvia empañar todas las ventanas que a lo largo de mi existencia fueron cristales de viento que se interponían entre mis ojos y la realidad tangible.  Ventanas de escuela, parabrisas de autos, ventanales de autobuses, vidrieras de tiendas, espejos colgando en alguna de las paredes, ventanas de hogares que ya ni están, lentes en mi cara.   Pareciera que la vida se enmarca mejor detrás de algún cristal, se controla y reduce nuestro planeta en el transparente límite de aquella invención de cristales fundidos.  Detrás de las ventanas  nuestro mundo se rehace minuto a minuto mientras apenas somos espectadores, a veces pasivos,  a veces activos
Detrás de las ventanas escucho aún el sonido de  voces lejanas que me conducen a mis primeros años de vida…


SOMBRAS EN LA PARED


Me introduzco en la penumbra de la habitación con solo el objeto de mirar flamear la vela sobre el recipiente plástico que al final de su existencia terminaba por derretirse.  Me encantaba quedarme estático en la oscuridad,  hipnotizado por la roja llama que si no fuera por la briza que salía de las rendijas de las paredes de madera o mi aliento, apenas se movía. Me encantaba también el místico olor a cera fundida que manaba de ellas que era como un incienso que me conectaba con el mundo espiritual. Sólo cuando soplaba adrede sobre ella,  sombras se proyectaban en particular vaivén en el cielo raso y el entablillado de aquella habitación. Mi madre acostumbraba encender una velita cada vez que mi padre se ausentaba algunos días o semanas o la enfermedad se apropiaba de mi hogar.  Recuerdo estampitas de santos y un Sagrado Corazón de Jesús iluminarse apenas por la flama de esas velitas, colocadas como dije a veces en  pequeños frasquitos plásticos, y en otras sobre la superficie del agua, flotando sobre una capa de aceite. Lo que sé es que en la nostalgia que significa recordar esa escena, mi corazón se estremece aún en mi vida de adulto por la luz de cualquier vela, pues siempre significó para mí una necesidad que urgía solventarse y una súplica al mismo cielo por la seguridad y salud de alguien en la familia.




PÁJAROS LEJANOS

Miro aquella mancha roja en las ramas del limonero, lo veo a lo lejos e intento acercarme furtivo.   Quizás el sonido de mis pies me delatan y el cardenal sale huyendo.  Miro la paloma mimetizándose sobre la gris cornisa del edificio,  sólo el rojo rubí de sus ojos me recuerdan que está vivo.  Alas negras en lontananza flotando sobre la amarilla tarde me sorprenden  más allá de las ventanas del autobús, mientras un gavilán sobre alguna plaza levita en busca de su presa.  Comemaíces en el suelo, picoteando la hierba fresca en tardes de invierno, son compañeros de siempre cuando transito la ciudad.  Azulejos se cruzan en constante algarabía en mi campo visual entre los parques  y el bosque y el sonido de jilgueros colgando de alguna jaula me recuerdan que ando preso entre los humanos.  Llega entonces la noche y sobre los caminos, olvidados, el ululante sonido del autillo se pega a mis oídos sin dejarme dormir.   No será hasta que el lejano sonido de algún gallo me anuncia una nueva  mañana …
Aves flotando en mi cabeza, sonidos lejanos, sonidos actuales, que aún me sorprenden, colores intensos surcando los aires; verde profundo confundiendo las  hojas, todos ellos coloreando la vida, haciéndola más afable.
“Pájaros lejanos
Como lejanos recuerdos
Que aún siguen viviendo
Arrullando  mis versos”.




Sobre aquel cementerio de fierros viejos mis pies anduvieron en equilibrio sorteando maltrechas máquinas agrícolas  y refacciones  de autos.  Me adentré en el esqueleto de una vieja camioneta abandonada y  me senté frente al volante para imitar que andaba en media carretera conduciéndola a alta velocidad.  Al lado de un montículo de electrodomésticos en desuso dejé mi bicicleta junto a  la de mi amigo Antonio, mientras nos divertíamos ambos tratando de acertar puntería contra una pila de botellas de vidrio vacías. 
Fue cuando íbamos por la décima botella quebrada cuando recibimos una epifanía del cielo de esas ideas locas de juventud que según nosotros iba a sacarnos de la pobreza.  Decidimos recolectar botellas de vidrio vacías para luego irlas a entregar a un centro de acopio que quedaba un tanto lejos de nuestras respectivas viviendas pero que en bicicleta, seguro la ruta se acortaba.  Lo cierto es que en los siguientes días nos adentramos por cuanto lote baldío veíamos y recolectamos entre los vecinos las ansiadas botellas de refrescos y licor, en espera de que nos dieran buena cantidad de dinero por ellas. 
Recuerdo llenarnos de purrujas, unos pequeños insectos que pican como el demonio y plantas de ortiga provocarnos salpullido por todo el cuerpo cada vez que entrábamos a los terrenos abandonados; además de decenas de vecinos cerrarnos las puertas en las narices con la insolencia de aquellos que no quieren ser molestados por jóvenes insistentes como nosotros.
Lo cierto es que después de dos días de recolección logramos llenar un bolsón con aproximadamente cincuenta botellas.  Mi bicicleta estaba maltrecha para utilizarla, así que decidimos amarrar a como pudimos,  las botellas en el respaldo de la bicicleta de mi amigo.
 Y ahí montados en medio de aquel saco de redomas, mi escuálida figura de entonces y mi amigo Antonio, nos fuimos contentos al centro de acopio según nosotros a recibir la gran fortuna esperada.
 Atravesamos medio barrio y antes de llegar a la intersección de la carretera, mi muy querido y aguzado compañero de aventuras se le ocurrió la “genial idea” de pasar frente a la casa de una amiga y admiradora suya; Katia,  con el fin de “pavonearse” y demostrarle sus dotes de ciclista y ahora nuevo “hombre de negocios”.  En el preciso instante que pasábamos por su casa, ella iba saliendo y como si fuera película de Hollywood y el destino se confabulara en contra nuestra, el conductor de la bicicleta, quien no era más que mi estimado Antonio,  dio un mal giro y con todo y botellas fuimos a parar al suelo.  Se pueden imaginar mis lectores que más de la mitad de ellas se quebraron y otras tantas fueron a parar a los caños cercanos.
Esa tarde solo se escuchó en aquella calle la risa burlona y a la vez tímida de aquella bella chiquilla, y el murmullo entre dientes entre Antonio y yo quienes de un salto nos levantamos y comenzamos de prisa a recoger las desventuradas botellas que habían sobrevivido al percance, mientras suplicábamos al mismo cielo nos tragara la tierra. 
Como han de suponer, ese día solo recibimos unas cuantas monedas por aquella mercadería y decidimos humillados disolver la sociedad hasta nuevo aviso. 
¿La moraleja que me dejó esta historia?
Definitivamente hay una máxima universal:
“No hay que mezclar los negocios con el placer… mucho menos con el amor” 
¡Ah,  y la próxima vez me conduzco en mi propio medio de transporte!






TRONCO SECO

Tronco seco en la llanura,
por el rayo, ennegrecido
torcido por el viento,
tostado por  la tarde.

Cobija en sus ramas al ave de
Negras alas que en la mañana
Remonta termales al cielo.

No crecen hojas, sarcillos ni flores,
Sólo ásperas astillas 
ceniza  en la bruma.

Tronco seco en la llanura,
Reflejo de lo que ya no es
Testigo mudo de vergel marchito.
Corazón vacío por el tiempo en la
ausencia misma de la vida.
Amor de  mocedades  perdidas.
Recuerdo de penas y dolores.



sábado, 5 de enero de 2013

 
LA VIDA EN SEGUNDOS
 
Recuerdo el olor a “Reina de la Noche”, mezclarse con el nauseabundo hedor de aquel contaminado río. Recuerdo también el sonido del caudal al chocar con las rocas, que iluminado por la luna en creciente de un setiembre que aún no acababa, me provocaba náuseas. Estaba a punto de dejar este mundo, de saltar al vacío, de flotar en el aire cual ave nocturna; seguro que en el transcurso de escasos segundos haría realidad lo que algunos mencionan constantemente, vería mi vida pasar como en una película.

Levanté mis manos en cruz, alcé mi mentón al cielo, respiré hondo y me lancé al vacío, dejé que la gravedad siguiera siendo una ley universal.

Mientras mis pies dejaban de sentir la fría baranda del puente y el aire se convertía en mi último medio que me enlazaba a este mundo, creí que la teoría que quería comprobar sobre la vida en mis últimos segundos se haría realidad.

No fue así, mis años de frustración, mis constantes depresiones, mi alcoholismo que me llevó incluso a perder mi familia y a mis más íntimos amigos no llegaron a mi mente en el momento de lanzarme al vacío. No hubo ángeles que en los últimos minutos frenaran la caída y en sus alas me condujeran de nuevo al inicio de mi triste historia, como aquellos que en tantas películas absurdas mostraban. Tampoco hubo una luz al final del trayecto que me acercara o provocara arrepentirme. Sólo un fuerte golpe al estrellarme contra algo y un… no mas sentir, un… no más ver, un... ya no soy…






Mi ojos comenzaron a divisar algunas formas conocidas detrás de una refractaria capa lacrimosa de la que no me podía deshacer. A mi alrededor escuchaba voces en angustiadas carreras. Mi nariz había dejado de oler la putrefacta combinación de flores y aguas negras y en cambio mi mente empezaba a captar el olor particular a suero, alcohol y medicamentos característicos de cualquier hospital, de los que en más de una ocasión estaba acostumbrado visitar, no como enfermo, pero si como voluntario, en aquellas épocas en que creía que ayudando a los demás purgaría mis faltas o pecados. A veces los humanos buscan recompensar sus errores y yo era uno más de los que creía en ello. Esta vez era yo el paciente, había saltado al vacío no hace cuanto y había logrado apenas salir de mi inconciencia…




“¡Toma!, no pude conseguir el libro que querías, pero quizás este otro te resulte interesante!”

Naturalmente no era el ejemplar de “Cortan el aire las alas silvestres” del escritor ruso Nicolai Slakov el libro que aquella enfermera me entregaba en mis temblorosas manos, sino un vetusto empastado de “El extranjero” de Albert Camus el que finalmente me había devorado aquella tarde que recuerdo; tarde porque un anaranjado sol se colaba por el balcón que daba a la habitación en que permanecía recostado.

Por más que intentó, la bonita enfermera no pudo conseguir aquella novela rusa que tanto yo amaba aún antes de querer desconectarme de este mundo, en cambio decidió que Camus me sería más interesante, aunque se considerase un escritor existencialista y hasta fatalista por muchos. Al final no me importaba quien fuera el autor, siempre y cuando se tratara de un buen libro…




Recuerdo el ruido de la botella chocar con la orilla del vaso al servir el cantinero el whisky que acababa de pedir. Sobre el lustrado mostrador de la barra, algunas gotas condensadas por el calor del lugar comenzaban a resbalarse del vaso y creaban un hilo de agua que llegaba al margen de la amplia mesa hasta gotear sobre mis rodillas. Mi recién conocido compañero de al lado, entablaba según él una entretenida charla conmigo, yo simplemente asentía con todos los gestos propios de aquel que finge seguir una conversación, entre ellas mover la cabeza de arriba a bajo, abrir mis ojos en un afán de sorprenderse y una que otra mueca de sonrisa, en el preciso momento en que sorbía el trago de licor. En realidad estaba absorto en mis propios pensamientos y me parecía superficial la conversación de aquel extraño que se ensañaba en presumir de sus conocimientos en fútbol, criticando el último campeonato de los equipos nacionales. Apostaba que nunca había tocado siquiera una balón y ya su palabrería comenzaba a molestarme. Entretanto, el desconocido de la izquierda, me recordaba a uno de esos seres extraños, como salido de una película de terror o un engendro de inframundo. En su hombro derecho traía tatuado un cuervo posado sobre una tétrica calavera, mientras diversas arracadas colgaban de muchas partes de su rostro. Observé que bebía grandes cantidades de cerveza negra, mezcladas con aguardiente, no sin dejar de sospechar que tomaba anfetaminas u otra droga más fuerte. En efecto, en dos ocasiones en esa noche le vi ingerir dos cápsulas desconocidas para mí.
Intenté evadirlo, concentrándome en la medalla de San Gerardo que desde pequeño pendía de mi cuello y que frotaba fuertemente entre mis dedos. Miraba también el hielo que comenzaba a derretirse dentro de mi quinto vaso de whisky, y las noticias que el televisor empotrado a la derecha de la pared parecían presentar inundaciones en el sudeste asiático. En realidad nada de eso pudo evitar que aquel desconocido que apenas sabía su nombre, me dirigiera la palabra. Después de las superficialidades que implican iniciar una conversación, el tema se tornó después de otro whisky y cerveza en un tema único y de corte existencialista…



“Melisa quiero ir al baño…¡ayúdame!”

Ya me había acostumbrado a que Melisa, la bella enfermera que ceremoniosamente llegaba todos los días a bañarme, me viera desnudo y hasta en mis malos momentos me ayudara a sostener mi miembro para que lograra orinar, tras meses de enyesadas mis piernas y brazos. Esa ocasión no dejaría de ser un fastidio el conducirme por el largo pasillo del hospital hasta el retrete e intentar sentarme sobre el inodoro para depositar los restos de la comida del día anterior. Esa noche Melisa cuidó todos los detalles de mi rutinaria y larga convalecencia. De seguro que faltarían otros meses más…




El bar se llenaba cada vez más de personas en pareja y en solitario que salían de sus trabajos intentando olvidar el estrés de la semana o apurando el viernes en espera de un relajante sábado sin preocupaciones.

“¡Compañero creo que la vida no la podemos resumir en un segundo, reconozco que en mi desgraciada existencia el ansiado ascenso en mi miserable trabajo no llegará nunca. Que perdí a mi mujer por no ser lo suficientemente hombre capaz de mantenerla y darle al menos un hijo que le acompañara y le hiciera su vida un poco infeliz; que mis deudas acabarán por llevarme a la banca rota en mi frágil economía y que para colmo de males desde hace años mi pierna izquierda me duele hasta rabiar a causa del accidente de mi anterior trabajo en construcción. No hermano, -balbuceando ya muy ebrio- he perdido la fe, si alguna vez la tuve hoy se ha esfumado, La verdad ya nada me importa!…”




Desperté sudando, atormentado por alguna pesadilla, quizás el recuerdo de mis últimos segundos antes de lanzarme al vacío. Al abrir mis ojos, Melisa estaba ahí, sosteniendo fuertemente mis manos entre las suyas y acariciando mi frente para recordarme que ya todo había pasado, que todo estaba bien…

Luego la luna se coló por la ventana y ya despierto de aquel sopor escuché el lejano sonido de una sirena, era probable que alguna ambulancia saliera a esa hora para atender alguna emergencia…




“Vamos, salgamos de aquí estoy de acuerdo contigo: ¡la vida es una mierda y no vale la pena vivirla!.

Hace años que busco a alguien que quiera hacer el “Viaje” conmigo, pero nadie se atrevía a hacerlo, hasta que me contaste tu historia. Considero que calzas con el perfil que ando buscando; estoy seguro que no hay nada de qué arrepentirse. ¡Conozco un lugar genial para ello!”.



No sé si por los vapores que exudaba el lugar, o lo ebrio que a esa hora estaba, que me pareció ver su rostro tornarse oscuro, cadavérico, con grandes arrugas en su frente y ojos colmados de grandes llamaradas rojas También pude percibir que detrás de aquel personaje una sombra se erguía, como alas negras desplegándose al arcano cual ángel de la muerte esperando algún mortal…





“Toma te traje un libro, es diferente a otros que acostumbras leer, de seguro te será de mucho provecho”.

Extendí mi brazo izquierdo que ya con terapia lograba medio articular. Mi mano torpemente pudo apenas sostener un ejemplar empastado en carátula café del Nuevo Testamento. A mi memoria llegaron entonces algunos pasajes que en misa de diez el cura párroco de mi barrio acostumbraba leer. Para mí las parábolas de Jesús me parecían lindos cuentos de infancia. Con el pasar del tiempo y al llegar a la vida adulta los consideré hasta ridículos. No era posible que en una semilla de mostaza cupiera todo el Reino del Cielo, ni que las personas fueran malas o buenas porque sembraran sobre piedras o espinos. Y hasta llegué a creer que Jesús era un simple personaje de ciencia ficción de las películas que de pequeño veía en televisión durante la Semana Santa. Esta vez no me negué a leer ese libro que para mí estaba vedado o no pertenecía a los que acostumbraba ojear, no sentí la incomodidad que meses atrás sentía por los libros sagrados. Abrí la página inicial y susurré el nombre del primer evangelio, Mateo…





Mientras aquel extraño desconocido conducía sobre la carretera, mi mente sumida en los vapores del alcohol divagaba en labores no concluidas, glorias vividas en los años de universidad y rencores acumulados a lo largo de los años. Me debatía en la moralidad de hacer lo correcto o dejarme llevar por las palabras convincentes de aquel individuo. Él reafirmaba mis inseguridades, mis fracasos y temores. Según él me haría un gran favor y hasta me acompañaría en los últimos momentos. Para que no sufriera y no me arrepintiera en el último segundo, en su macabro experimento aquel hombre me aseguró que me inyectaría un adormecedor que actuaría al instante y de esa forma no sufriría. Llegamos al puente…



“¡Axel, tienes visitas!”

Vi entrar a Antonio con un clavel sobre la mano. Se acercó a mí y me abrazó a como pudo. Era mi gran amigo de infancia, lo reconocí inmediatamente por el tic nervioso en sus ojos que entrecerraba en todo momento.

- “¡No sabía qué traerte, así que te compré un ramillete de claveles rojos, pero luego caí en cuenta de que no resultaba nada masculino el regalo, aunque es típico ver flores en un hospital ¿no?

- ¡Jaja!... ambos sonreímos”.

Esa tarde mis dolores se disiparon o al menos se atenuaron con aquella cálida visita…





Recuerdo que me tambaleaba por el paso peatonal del puente hasta llegar a la otra orilla. Recuerdo también que la noche me atrapaba arriba, abajo y a todos lados, en una obscuridad absoluta, hasta que la luz de algún auto pasaba e iluminaba el cuervo con la calavera en el hombro del que minutos antes había entablado conversación en el bar. Recuerdo unos brazos ayudarme a subir a la baranda del puente. Recuerdo la mezcla nauseabunda de alcohol, flores de noche y aguas negras excitar mis sentidos. Recuerdo una voz lejana que me decía:
“¡Déjalo todo!”. Recuerdo la luna llena y el ulular de una lechuza que en algún árbol lejano llamaba a su consorte. Recuerdo el viento recorriéndome todo mi cuerpo. Recuerdo un pinchonazo en el muslo derecho y una sensación de alivio y paz. Luego recuerdo latigazos en mi rostro, el sonido de huesos quebrándose, y la sensación de estar suspendido. Ya no recuerdo…




“¡Mira, encontré tu libro! Me costó, pero al fin lo conseguí. Mi mirada se clavó en los hermosos ojos claros de Melisa y en un primer plano; sobre la portada, unos urogallos que ilustraban el empaste de Cortan el aire las alas silvestres”.


“Ahora sé que el viento es como un papel que se puede cortar con el roce de la piel o las alas de los ángeles. Ahora sé que las manos de Dios son ramas de árboles donde podemos anidar, Ahora sé que los huesos se quiebran como ánfora contra las piedras y que el Artesano recoge los añicos y remienda en un nuevo cántaro.

Sé que no fue una pesadilla la que viví y que soy de los pocos afortunados dueños de una segunda oportunidad. Sé que tengo en mis manos la novela que hace tiempo quería rescatar y que en algún recodo del camino perdí. Sé que a la par de ella; en el estante de mi biblioteca, letras escritas hace más de dos mil años resonarán en mis oídos en palabras de consuelo y alivio.

No recuerdo con certeza si estuve en aquel bar aquella noche. Si sobre el hombro de algún desconocido, cuervos se posan en tenebrosas calaveras; o si en los oídos, una voz persistente invita a acabar con nuestras vidas. Lo que sé es que no es necesario lanzarse al abismo para que la vida transcurra en segundos. Cada fragmento de tiempo se suma en un continuo avance y en nuestra mente se graban recuerdos que cuando queremos, se rescatan de las entrañas mismas del subconsciente. El arte es recordar los mejores.

 


jueves, 3 de enero de 2013


Absorto
(Poema en estilo ABC)

Absorto estoy en tus ojos que no dejan de mirarme
Busco pretextos para  evitar abrazarte.
Como si no tuviera ya nada que darte,
De mis torpes versos me desprendo,  los entrego,

¡Sigo adelante!.

martes, 1 de enero de 2013




EL  RESPLANDOR EN LA HIERBA

A veces me pregunto si el resplandor en la hierba no es más que
el reflejo de tus ojos en las aguas de un lago ,
tu mirada a través de la maleza, rescatada de antiguos escritos,
o la gracia de Dios tras borrascosas noches de tormenta.

Como caminar  por  pasillos de dementes personas,
o sentarnos bajo los árboles a escuchar el viento.
Espera  volver  a encontrarte en desfragmentados
recuerdos.
En el deseo impasible de no escuchar antiguas
voces:

 ¡No quiero regresar…!