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lunes, 27 de enero de 2014




POEMA A OJOS CERRADOS *

En busca de razones para vivir
la vida arrancó una margarita de mi costado
convirtiendo las horas en lo que no quise ser.

Alborotó la fina capa de la esencia 
y el agua termino por inundar la laguna de mis ojos. 
Se viro entonces para contemplar la espesura de un bosque
y el mar devolvió a la playa lo que le sobro ayer.

Transmutó entonces en el viento mis dolencias
y convirtió lo insospechado en angustias incoherentes. 
Hasta ayer no supe que decir, 
solo lo necesario para salvarte de mi presencia, 
de aquello inimaginable que pudo ser. 

Me aboqué entonces a la idea inconclusa de un amor fallido.  Devolverle al mundo lo que ayer perdi.
Es por eso que no tengo pena de decir lo siento,
y en mi búsqueda perenne permaneces aún.
Es como canción al viento, una brizna de hierba soltada a barlovento,  
en espera de anclar sobre una insula perdida,
en tus labios eternos musitando amor...

* escrito en forma libre, con los ojos cerrados, dejando que los dedos se deslizaran sin regla alguna por el teclado de la computadora, en espera de que surgieran imágenes mentales y frases ordenadamente incoherentes... un simple experimento...

martes, 7 de enero de 2014



El DON

Yo sé que tengo el don... aquel que me fue dado desde mis primeros años de vida pero que con el tiempo se fue diluyendo entre las necedades de la adultez. Estoy seguro además, que no soy el único en poseerlo.  Años atrás lo supe  mientras en el camino contemplaba absorto al halcón de alas amarillas que proyectado contra las nubes grises me recordaba lo cerca que estaba  de llegar a la barriada.
El peregrino que se había cruzado conmigo esa fría mañana de noviembre  me lo había susurrado al oído, mientras me miraba fijamente a los ojos.

Con su voz que aún no identifico si se trataba de alguien joven o avanzado en años me había insinuado que a él le habían dado también ese mismo don:
"...si no me crees, escucha el canto en las cornisas..."

Recuerdo haber caminado aquel día con él sin pronunciar palabra alguna por un corto tiempo antes de entrar al caserío, donde su silueta se perdió entre las callejuelas repletas de cotidianas labores humanas.
Antes de despedirse, se dirigió de nuevo a mí  con apenas una imperceptible frase que difícilmente logré reconocer:
"...Mira con detenimiento la tarde detrás de las perlas colgantes..."

En otra ocasión que no preciso si fue ayer, el año pasado o hace muchos años atrás,  rebuscando entre los papeles de un cajón, me encontré con una viejas cartas de antiguas amistades, aquellas que ya ni lo son, porque los años se encargaron de alejarnos, o porque simplemente había decidido olvidarme de ellas.
Al leerlas bajo la tenue luz de una vela, porque en aquella extraña tarde, el fluido eléctrico se había ido, encontré frases que al unirlas  con detenimiento formaron ideas que solo años después adquirirían sentido:
"...el azul se te pegará a tus ojos... aunque las arenas no estén debajo de tus pies..."

También en las mismas páginas del nuevo testamento que no tan a menudo leo, pero que reconforta mi alma cada vez que lo hago, confirma mis sospechas de que poseo el don... el que al menos una vez al día se me manifiesta. Como el pasaje de los pajarillos del campo que según el texto, Dios les proporciona el alimento diario, o la parábola de la semilla de mostaza que me recuerda el significado verdadero del Reino de los Cielos.


En otras ocasiones algunos extraños que de vez en cuando coincidieron conmigo a lo largo de mi vida se acercaron a mí para recordarme  que yo poseía ese don.  Como el mendigo que una vez me señaló la mota de diente de león que relucía tímida entre el concreto de la ciudad o el discapacitado que ayer me suplicó,  me detuviera para colocarle su reloj de pulsera que se le había desprendido y que con solo una sonrisa, recuerdo me saludó agradecido por la ayuda otorgada...

Y es que al analizarlo detenidamente, llego a la conclusión de que no soy diferente a ninguna otra persona, más bien creo, me confundo entre una mayoría que aún no encuentra su lugar en este mundo y se pierde al igual que yo, entre el deber y el hacer, entre el querer y el no poder.  Porque aún tienen miedo de liberar su espíritu y más  bien  se refugian en infinidad de fórmulas y patrones preconcebidos, buscando integrarse a una sociedad cada vez más difícil de comprender.

Mi don lo tienen muchos, y estoy seguro que todos nacemos con él. Algunos lo desarrollan conforme transcurren los años, otros lo pierden en el camino y quizás al final de su existencia lo vuelven a recuperar porque regresan a una vida más contemplativa.   De mi parte, aquel don desde muy pequeño se me había pegado a mi cuerpo y mi alma, como una lapa a la roca. 

Mis maestras de primaria lo habían notado cuando en clase yo no dejaba de admirar la mariposa que revoloteaba en la ventana de mi aula en busca de una salida al jardín y en mi afán de socorrerla me ponía de pie sin el permiso de ellas para encaramarme en una silla y así abrir la ventana a la infortunada criatura.

Mi don es completamente humano, diría primigenio, nacido desde los primeros tiempos de la humanidad. Es humano, porque es  intrínseco al hombre y es divino, porque nos fue dado por el Padre, el  mismo Alfa y Omega, el principio y fin de todo...

Con los años me he dado cuenta que este don no puede dejar de manifestarse en mi y para dicha mía he descubierto que son más quienes lo poseen, que los que no.  Quizás los niños, los poetas, los artistas, las personas libres de pensamiento, los viajeros, los altruistas, los soñadores, los optimistas y por supuesto las personas que van por la vida muy de la mano de su Dios; sin importar  a qué religión pertenecen, son quienes lo poseen.

El don del que hablo es el don de reconocer en cada manifestación de la naturaleza, en cada acción humana la obra del Creador. 

No me ufano en ello, pues como ya dije sé que muchos lo poseen... y quienes no lo han descubierto...las hojas de arce cayendo en otoño, el resplandor del sol en la hierba tras el rocío de la mañana, la cálida mano del amante sobre  otra, la lágrima silenciosa que resbala en la mejilla tan solo por escuchar una antigua melodía o el solo hecho de sentir en la piel el viento de la tarde colándose por las rendijas de la puerta, son algunos de los pretextos para recordarnos que aún poseemos ese don...

Ahora reconozco que el canto en las cornisas era el arruyo de alguna descuidada paloma que escuchaba a menudo en mis días de infancia, aquella que aún resuena en mis oídos.

Ahora sé que mirar con detenimiento la tarde detrás de las perlas colgantes significa contemplar el arcoiris sobre las gotas de lluvia que colgando de alguna tela de araña aún me hace reír, y por último el azul en mis ojos, no precisamente es el ancho mar...sino mis montañas que en lontananza adquieren el color mismo de cielo... De eso se trata mi don, el don del que les hablo...

  



domingo, 26 de agosto de 2012


 
CAMINANDO DESCUBRÍ

Inclino mi cabeza para ver que la hierba aún crece a orilla de los caños.   El sol irrita mis pupilas por lo que en un intento fallido coloco  una de las palmas de mis manos sobre mis ojos para como mampara,  evitar el exceso de luminiscencia.  Descubro entonces que la mañana excita mis fosas nasales con el perfume de las flores de los árboles cercanos y a mis oídos llega el eterno sonido de las golondrinas en vuelo, un piar apenas imperceptible que en la maravillosa convivencia de decenas de ellas, su canto se multiplica hasta convertirlo en excelsa sinfonía.

Las suelas de mis zapatos, ya desgastadas por el uso,  perciben el frío del asfalto acumulado desde la noche  anterior, mientras mi piel se eriza por  el vientecillo que del cañón de la quebrada  cercana, sube desde mis pies hasta posarse en mi escasa cabellera, escasa por cortármela constantemente y no por falta de nutrientes que con los años suelen  disminuir.  Me río hacia mis adentros por este comentario.  ¿A quién de mis lectores podría interesarle mi cabellera?, lo cierto es que de reojo y hacia el horizonte mis montañas azules que desde pequeño me acompañan,  enmarcan el paisaje  hacia mi trabajo.  Subo una cuesta, otrora supongo era una bella colina colmada de Santa Lucías y  pastizales  que ahora la atraviesan autos en prisa.  A mi alrededor, la  mañana comienza  en el ciclo eterno de continuar la vida en cada candado que abre el paso a las puertas de las panaderías, ventas de abarrotes y ferreterías cercanas.  Tomo conciencia de que soy apenas el transeúnte de todos los días, quizás ignorado por la gente del lugar.

Subo otra colina, esta vez me distrae la hilera de porós, creciendo a  orilla de la calle en cuyas ramas cuelgan extensos nidos de oropéndolas.

Ahora desciendo el camino y a mis oídos llega el sonido de la misma quebrada que escuché metros atrás.  Sus aguas muestran el color oscuro de los ríos contaminados de la ciudad, pero percibo a la vez que aún hay vida en el bosquecillo que crece en sus orillas. Entre la maraña de bambúes, targuases y reinas de noche, caminan silenciosos, cientos de hormigas zompopas, artrópodos de diferentes tamaños, y mariposas nocturnas, entre mamíferos de pequeño tamaño y aves propias de ciudad.  Me doy cuenta de que mientras hayan  parches de vegetación, la contaminación no impide el  desarrollo de cierta vida animal en las urbes.  

 Faltan pocos minutos para  llegar al lugar de mis labores, no sin antes  tomar un respiro en una esquina  a la espera  de que el semáforo se ponga en rojo para atravesar la calle y llegar con vida  a la acera de enfrente.  En el último tramo de mi corta travesía,   antes de llegar al liceo, donde enseño historia y geografía condensada en la asignatura de Estudios Sociales, levanto  mi mirada al cielo y un ave negra de alas anchas cruza el azul para recordarme luego  de que no hacen falta grandes travesías para reconocer que la mano del Creador se señorea en cada detalle de lo que nuestra vista divisa.  Reconozco  entonces la importancia de agradecer  la dicha de vivir un día más para descubrir que en cada mañana, hay algo diferente que observar.  Llego por  fin a mi trabajo…

 

 

domingo, 20 de mayo de 2012


LA UVA DE PLAYA

Me encantaba escuchar de pequeño a mi tía hablar sobre las historias de su natal pueblo de Nandayure, enclavado en la Península de Nicoya, donde el calor se adueña de las espaldas de los arrieros y el ganado de las extensas sabanas.

De todas esas historias entre las que más me gustaba era cómo en su infancia vivió en una finca cuyas llanuras resguardaban cientos de árboles de exóticos frutos, de los que hoy ya casi han desaparecido.

De todos ellos el que me llamaba más la atención era la llamada "Uva de playa". No sé qué ideas excitó mi imaginación de entonces, pero siempre me quedé con la duda de qué se trataba esa extraña fruta. Me la imaginaba como una verdadera parra de uva, propia de los climas templados pero sembradas en plena playa, bajo el calor del sol tropical.

Lo cierto es que de grande quise saber de qué se trataba la exótica fruta que aquella hoy anciana mujer cultivó mi mente de sabores y olores particulares; así que, cuando llegué a mi vida independiente, recuerdo haber tomado un autobús hacia la costa pacífica, atravesar una extensa sabana arbolada y acercarme a una zona de dunas cerca del litoral. Me habían dicho los lugareños que esa playa estaba plagada del frondoso arbusto de uva. Entre mis pies descalzos pude sentir la arena seca, tibia por el calor del sol de aquella mañana. El aire salobre introducirse por entre mis fosas nasales y un mar tan azul que parecía continuarse hasta el mismo cielo.

Después de resbalar por entre un montículo me encontré de frente con aquel bello arbusto de cuyas ramas colgaban racimos de amarillentas frutillas, no era precisamente como me las imaginaba, pero su dulce sabor en mi boca y su fuerte aroma me recordaron por qué estaba ahí. Fueron años recreando en mi mente los posibles contornos de la planta, saboreando las jugosas frutas con el único punto de comparación que tenía, las tradicionales uvas del norte y sur del planeta y un fuerte olor que pensé se combinaba con el olor salino del mar.

Aunque sabía que no eran las mismas que las tradicionales, me quedé con los ojos cerrados saboreando aquel manjar dulce en mi paladar, el viento corriendo en mi rostro y la dicha de haber logrado cumplir un simple pero ansiado sueño.

Ahora frente al ordenador, me enteré a través de la gracia de la internet que se trata de un fruto tropical propio de la región Caribe y de Centro América, pero que se ha dispersado incluso a algunas regiones del pacífico del continente. Aprendí además que los primeros conquistadores quedaron asombrados de su sabor y aroma. También aprendí que en El Salvador le llaman "Papaturro" y en Cuba "Uva Caleta" y que en República Dominicana es un manjar del que preparan mermeladas e incluso vinos.

El árbol alcanza hasta los ocho metros de altura, de hojas duras y redondeadas y fruto color púrpura cuando está maduro. Su tronco es retorcido y nace entre las rocas y la arena suelta, no sobrevive a heladas o temperaturas menores a cero grados. Su nombre científico es "Coccoloba uvífera".

Concluyo diciendo que en nuestra infancia nos creamos mundos llenos de olores y sabores particulares y que cuando crecemos estos se diluyen por la rutina diaria y deberes que cumplir. Creo también que debemos cerrar ciclos y que aquellas dudas que tuvimos de pequeños, debemos despejarlas algún día, por más sencillas y absurdas que algunos crean, de lo contrario una parte de nuestra existencia quedará siempre con la pregunta eterna ¿Por qué nunca me atreví a...?

miércoles, 16 de mayo de 2012


LA CÚPULA AZUL

"En lontananza,
miro la cúpula,
azul como el mismo cielo,
recortada bajo la luz
de la tarde
y yo que estoy lejos"

De niño siempre que viajaba en autobús hacia el oeste de la capital miraba tras los cristales una gran esfera azul, tan bella por su composición clásica. Me preguntaba entonces a qué iglesia pertenecía esa cúpula. Pasarán muchos años, cuando mis piernas crecieran y mis padres me permitieran andar solo por las angostas calles de mi ciudad, que me enteraría de que se trataba de la cúpula azul de la iglesia de Barrio México, un lugar hoy maltratado por la marginalidad de convertirse en suburbio, uno plagado de indigencia, de aquellos seres ambulantes y silentes que buscan cómo sobrevivir un día más sus maltratadas existencias. Lo cierto es que en ese primer encuentro de adolescente;  al entrar al templo, el ruido de la calle se convertió en silencio ancestral, aquel que me recordó las catedrales medievales, que alguna vez leí en mis libros de historia. Por dentro la enorme cúpula no era azul, sino de un blanco antiguo que me decepcionó. Era demasiado sencillo el domo que visto desde abajo, no presentaba ningún friso en particular. Apenas sencillos vitrales dejaban ingresar pequeños rayos de luz hacia el interior de la nave central. Sin embargo el hecho de encontrarme ahí sólo después de años de curiosidad a la luz de mis ojos infantiles, y ahora como jóven, es que encontré una paz esperada. Después de ese encuentro todo fue trajines de colegio, amores perdidos, tardes de verano leyendo algún libro, y noches de invierno arropando soledades. Nunca creí que volvería alguna vez a mi cúpula azul, esta vez como cantante. En el año 1998, tras una audición muy apretada -sólo quedaban dos puestos para cuerda de barítono- pude ingresar al Coro Sinfónico Nacional. Tras varias presentaciones en el Teatro principal de mi ciudad, comenzaríamos una gira de extensión cultural por algunas provincias de mi país, lo que no sabía es que darían inicio en la Iglesia de Barrio México, la de mi cúpula azul.
A las ocho en punto de la noche, los primeros acordes de los violines, chelos y contrabajos llenaron el espacio del templo con armonías que rebotaron contra el domo y devolvieron a la audiencia sonidos barrocos que los transportaron hacia épocas de reyes, castillos y caballeros, a salones de fiesta engalanadas con lujo y ostentación. Ese día en uno de los lugares más marginales de mi vieja San José, lo antiguo y moderno, lo clásico y contemporáneo, la riqueza y la pobreza se dieron de la mano. Cuando me tocó el turno de leer partitura, y tras haber coreado algunas arias de ópera, nos correspondió interpretar el "Alleluha" de Haendl. Sólo bastó mirar al público ponerse de pie a aplaudir para recordar años atrás mi deseo de conocer esa iglesia, una que llenaría, con los acordes que de las gargantas de mis compañeros coristas y yo saldrían hacia lo alto de mi cúpula azul. Estaba de nuevo ahí, ahora con mi pasado haciéndose presente.

INVOCANDO ESPÍRITUS

A la luz de una vela invoco los espíritus de mi pasado y como fuego fatuo explotan de la llama cientos de chispas que se exparsen en mi habitación.
Es martes 13 y según los entendidos en ocultismo en este día todo puede suceder.
De una de las chispas aparece primero la cadavérica presencia de mis años de infancia cuando la inocencia reinaba en mi corazón. Sólo bastaba contenplar su cándida sonrisa para percatarse de que aquel niño que era yo disfrutaba de los pequeños regalos que le brindaba la vida: una tarde ventosa de verano, una mariposa al vuelo, una bateríade jueguetes en el suelo y una mirada perdida en el azul del cielo.
Del extremo de la habitación y en solapado silencio se acercó a mí la adolescencia, llena de fuerza y esperanza, a la vez que se escondía en su túnica de mansa timidez y de temores añejos, y es que lloraba como el espíritu infante que añoraba regresar a ser, pero como un deber casi ciego continuaba avanzando. Envejecer era su reto, con una mirada serena, con firmeza, como si aún en la más caótica de las guerras el sobreviviente debía vencer cada trinchera, cada obstáculo, cada espera.
Y aunque la vela seguía encendida, las sombras de la noche trajeron a mi presencia a mi espíritu adulto, algo cansado y mal trecho por los avatares de la vida, una que a veces sin sentido me esfuerzo por vivir. Doliente como enfermo en cama, sigo adentrándome en este absurdo, buscando razones para no desfallecer, continuando un centímetro más delante de aquellos que se dieron por vencido, acabando lo inconcluso. Sólo al abrir mi puerta tras un breve sonido de puños que tocan la madera me sorprendo ante la presencia de mi vejez y me doy cuenta que su rostro no es definido y no logro descifrar sus contornos; lo que me serena entonces es observar que tras esa masa informe, amorfa, se presenta otro rostro; más brillante que la llama de mi vela, más blanca y pura, como esperando que le sonría y eso no es necesario porque me es fácil hacerlo. Mi vejez la veo entonces con descanzada alegría, como si ya hubiera concluido lo inconcluso. Y es que el rostro más allá del mío me invitó a llorar como a un niño que sentencia se acabe esta noche oscura. Y como si se lo pidiera, un viento fuerte entró en mi ventana y apagó la vela inundando la estancia de una dulce paz. Y mi espera se escondió en el permanente abismo de sus regazos.

viernes, 11 de mayo de 2012



IMPRESIONES DEL CARIBE

No puedo afirmar que es un diario, quizás es una simple bitácora de viaje en la que obvio muchos detalles que impiden mostrar al lector mi interés por presentar nada más las sensaciones que mis sentidos captaron durante mis cortas vacaciones de fin de año a la Provincia de Limón, en la Costa Caribe de mi país y que de alguna forma no escapan a las destrezas del raciocinio quien las transforma en palabras escritas. Son simples descripciones de algunas imágenes sueltas que acumulé a lo largo del recorrido y que no necesariamente llevan un orden determinado. Sentado frente a mi computadora y con ese cúmulo de ideas rondando por mi mente, me dispongo a la tarea de recopilarlas a manera de una libreta de apuntes, una que transcribo de la tinta y papel a la magia de los pixeles

30 de diciembre de 2009 - 3 de enero de 2010.



DIA UNO

Tres de a tarde

Son las ventanas de los autobuses marquetería donde el verde intenso de las montañas encuadra la fina brocha del Gran Pintor. Y es que para cualquier lugar que volcara mi mirada, selvas enteras inundaban mis pupilas, y si dejaba entrar la brisa, olor a humus, lianas y helechos, ceibas y valles floridos, cascadas en la carretera y matapalos crecientes se agolpaban en mis fosas nasales.
Tres horas separan la capital de la costa Caribe de mi país, tres horas de cambio de postura, sudoración y cabeceo, sin que mis ojos no dejaran de enfocar el hermoso Cerro Zurquí, el Río Sucio, llamado así no por su contaminación, sino por los sedimentos arrastrados, el Parismina, de categoría "A" en rafting y las hermosas llanuras de Santa Clara.

Una hora después.

Definitivamente somos animales de costumbres y ya me hacía falta la bebida tan común del Valle Central, el café que acompañado de un sabroso Patí (empanada de harina de trigo rellena de una sabrosa carne picantosa), me reanimó del viaje que ya comenzaba a cansarme. Tengo entendido que es una comida propia de casi toda la región caribe y en mi país, esa comida es muy común de la Provincia de Limón. Mi esposa e hijos no son tan fanáticos de estas delicias, por lo que prefirieron bebidas gaseosas y otra de las especialidades caribeñas; el Plantintá (empanada también de harina rellenas de un puré de plátano maduro, condimentado con dulce de caña, nuez moscada y canela) de un sabor algo dulzón, no muy codiciado por mi paladar que prefiere el sabor picante del chile. Continuamos el viaje.



Dos horas después.

Los cocoteros comienzan a dominar el paisaje. Sobre y debajo de ellos, árboles retorcidos y en desordenada frecuencia atraviesan la horizontalidad de mi vista. El puente peatonal y señal de aviso me indica que atravesamos la población de Siquirres. El río Barbilla me recuerda que entramos a una zona de refugio silvestre mientras las llanuras de Matina cubiertas de bananales transforma el paisaje en otro verde, el verde propio que forjó desde finales del siglo XIX la economía de enclave en la provincia. El cultivo y exportación del banano así como la actividad portuaria son las dos principales fuentes de empleo de esta región.

Dos horas y media después

La luna sobrevuela las brillantes hojas de plátano y se oculta cada vez que la frondosa selva aparece y desaparece frente a los ventanales del autobús. El fuerte olor de los pesticidas en los canales de drenaje que atraviesan los extensos bananales, las anchas orillas del río Chirripó , los puentes ferroviarios y la presencia de contenedores aparcados a lo largo de la carretera, me avisan que nos acercamos a la ciudad de Limón.

Tres horas después (el final del viaje)

Las luces provenientes del tendido eléctrico y de los bombillos que se escapan por entre los ventanales de las viviendas construidas sobre pilotes para evitar las inundaciones nos dan la bienvenida. En mi mente guardé la última impresión antes de bajarme del autobús: a una orilla de la carretera el humo de una fogata, posiblemente la quema de ramas y hojas me recuerdan que entraba al mundo de la nocturnidad cotidiana del Caribe; de hombres y mujeres que se apropian de su espacio y lo transforman según sus costumbres cada vez menos rurales y ahora más urbanas.

En casa de mis suegros

Abrazos y besos, maletas en el suelo, perros ladrando y un hambre que se me pega al estómago. Madera en todos lados -reparan la casa-, conversaciones obligadas después de un año de ausencia, fueron las primeras impresiones que recibí. Luego fueron guisados y bebidas, estómagos llenos y adaptarse al calor del verano, zancudos y grillos antes de dormir. El sueño se adueña de la casa, afuera la ciudad no duerme.

DIA DOS

Limón es una provincia de mayoría negra, sin embargo la familia de mi esposa es blanca, tan blanca que parecen más propios del Valle Central que del ardiente Caribe. Aún así tan arraigadas están las costumbres culinarias heredadas de los primeros pobladores jamaiquinos que llegaron a esta región, contratados para trabajar en la construcción del ferrocarril en la década de los ochenta del siglo XIX, que aún mantienen vivas los sabores a leche de coco, chile panameño, pimienta negra y cientos de recetas a base de fruta de pan, yuca o mandioca, carne de tortuga - que por cierto cada vez es más escasa por su protección- "Jaquí o ceso vegetal", una fruta propia de la región de la que sólo se come la pulpa desprendida adecuadamente de la semilla, pues de lo contrario es altamente tóxica y otras delicias a base de cangrejo o jaiva y por supuesto el pescado propio de las zonas costeras, eso sí aderezados siempre en leche de coco el ingrediente común en la gastronomía limonense.
La cena de fin de año consistiría en esta ocasión en un plato típico de la región, utilizado principalmente para los grandes festejos, me refiero al "Rice and beans; una mezcla de arroz y frijoles elaborados con la ya explicada leche de coco y acompañado de pollo sazonado con azúcar y pimienta para darle la particular consistencia y sabor caribeño. Desde temprano mi suegra se levantó para rayar y extraer de la fruta del cocotero la blanca leche que serviría para "sancochar" o hervir los frijoles. Con patacones - plátano amasado y frito- , el pollo al que ya expliqué su preparación y el típico refresco de "hiel" -ralladura de dulce de caña, jengibre, jugo de limón y nuez moscada- la noche se engalanó de sabrosos olores y sabores.
El cambio de año viejo a nuevo se dio entre sonidos de salsa, cumbia y merengue, abrazos, besos, llantos y una extraña nostalgia flotando en el ambiente. Lo cierto es que no puedo negar que la pasamos muy bien. La madrugada nos sorprendió cantando Karaoke. Definitivamente cada vez la modernidad se adueña hasta desde nuestras formas de hacer música entre familia y la vieja guitarra es sustituida fácilmente por los nuevos sistemas digitales.

DIA TRES

Honestamente no he pretendido crear en la mente de los lectores la idea de que por el hecho de estar en el Caribe, la fiesta es constante y venderles la idea acartonada de que todo es un paraíso en esta región. Lo cierto es que les confieso de que la Provincia de Limón, es considerada la más pobre y abandonada del país. Los problemas sociales son muy serios pues el desempleo, la falta de infraestructura turística y portuaria, así como la violencia intrafamiliar son el plato fuerte de cada día. A menudo se leen en los periódicos y se escuchan en los medios televisivos y la radio, noticias de mujeres de la provincia; asesinadas a manos de sus maridos, narcotráfico proveniente del sur -Costa Rica es un puente por donde pasa la droga hacia los cárteles de México- y muertes a mano armada en el que el móvil es siempre el alcohol y los estupefacientes.
En el marco de lo dicho, existen pocos medios de diversión por lo que las familias se conforman con pasar los días viendo películas alquiladas o simplemente jugando juegos de mesa y platicando. Este día no fue la excepción por lo que decidimos bajar desde el "Barrio la Colina" hacia el Centro de Limón donde en una tienda de videos alquilamos algunas películas de estreno para pasar el día. Aprovechamos el momento para dar un paseo por el hermoso Boulevard que da al "Parque Vargas", frente al tajamar y observar el azul turquesa de las aguas del Caribe contener la hermosa estructura de la "Isla Uvita", la primera tierra que pisó Colón y sus hombres al llegar a nuestro país el 18 de setiembre de 1502 a la que por cierto ellos llamaron "La Huerta", por su exuberante vegetación que aún mantiene.
De paso y continuando con el relato, aprovechamos para refrescar nuestras gargantas del fuerte calor de las tres de la tarde con un "granizado" o bebida a base de cola y leche condensada. De regreso pasamos frente a uno de los edificios más antiguos de la provincia, la vieja Iglesia Bautista fundada en 1888.
Aunque ese día no hubo oficios, adivinaba escuchar la presencia de música gospel y espírituals salir de las antiguas paredes de madera de aquel templo y proyectarse hacia la calle. Hermosos y ancestrales himnos propios de la población negra que me invitaban a reflexionar sobre la variedad de denominaciones religiosas que subsisten en esta tropical provincia: Anglicanos, evangélicos, bautistas, adventistas y por supuesto católicos, sin menospreciar a numerosos Testigos de Jehová y metodistas entre otros. Una ensalada de creencias que sin rebasar sus fronteras subsisten una a la par de la otra sin provocarse ni menospreciarse entre sí. De hecho recuerdo hace algunos años asistir a una misa interconfesional, donde los líderes de algunas de estas iglesias colaboraron en esa ocasión con los ritos católicos que el Obispo del lugar presidía. Me encantó haber sido parte de tan hermosa ceremonia.
Al volver de nuevo a casa de mis suegros esa tarde me llevé las mejores impresiones de una tarde cayendo detrás de las abundantes arboledas de "Cerro Mocho", un histórico mar lleno de conquistadores y piratas antiguos y la imagen de un pueblo lleno de fe y esperanza de que su terrenal futuro sea mejor, aunque por el momento, el presente lo vayan construyendo en medio de las dificultades de ser una provincia olvidada.
Como ya lo expliqué ese día nos dedicamos a la cotidianidad de divertirnos con lo que el séptimo arte en DVD brinda a los subdesarrollados países como el mío.

CUARTO DÍA

Hoy si fue día de playa y sol. Definitivamente no se puede viajar al Caribe sin sucumbir a los encantos que el trópico brinda. Las horas no importan si estamos de vacaciones, así que al filo de la una de la tarde alquilamos un taxi familiar y nos dispusimos trasladarnos a "Playa Bonita", de las más cercanas y turísticas de la provincia, apenas a escasos tres kilómetros del Centro. El encanto de esta playa es que en una pequeña bahía de menos de un kilómetro de longitud se conjugan playas de arena blanca, arrecifes coralinos, ya algo transformados pero sin perder aún su encanto, exuberantes selvas y una infraestructura que por dicha aún no es suficiente como para alterar el paisaje silvestre.
Si hay alguien que disfrutó de tales maravillas fueron mis hijos, quienes desde que llegaron no dejaron de aprovechar las cálidas aguas del salino mar turquesa producto de la ausencia de sedimentos provenientes de la estación lluviosa que acaba de pasar y que ahora se encontraban en el fondo marino. En verdad que parecían pececillos felices en las transparentes aguas.
Al principio no me agradó la gran cantidad de personas que se aglomeraron ese día, pero no permití que ello me impidiera disfrutar de las sensaciones de tener entre mis manos pequeñas pepitas de coral y conchas quebradas, el olor salobre combinado con el de los humeantes puestos de carne de res y pescado asado, así como la visión de las impresionantes palmeras y almendros que embebidos de las altas olas inclinan sus frondosas cabelleras hacia las orillas del mar, sin olvidar el sonido de un ancestral mar llevando y trayendo murmullos de tierras lejanas.
Pasamos esa tarde disfrutando de esos regalos únicos que nos brinda la naturaleza y que sólo de la Mano Divina se convierten en un cuadro digno de colgar en una pared, pero que en mi mente colgará para el resto de mi vida.

DIA CUATRO (De regreso a casa)

Mis pies cansados de tanto caminar descalzos por entre los arrecifes y mis brazos adoloridos de tanto nadar, fueron las últimas sensaciones que me llevé de mi hermosa provincia de Limón. El autobús partió a las dos treinta de la tarde y a las alturas de "Moín", sobre la carretera, observo la línea de la costa recortarse sobre la ladera de las colinas cercanas, mientras un cálido sol colándose del lado oeste me acompañará un buen rato, antes de despedirme totalmente de esta maravillosa región. Vuelvo a convertirme en un citadino más. Mis apuntes terminan aquí

jueves, 10 de mayo de 2012


EL RESPLANDOR EN LA HIERBA

"A veces me pregunto si el resplandor en la hierba no es más que el reflejo del sol proyectándose sobre las serenas aguas de un lago, o la gracia de Dios frente a nuestros ojos, después de borrascosas noches de tormenta".
Esa tarde mirándose de frente, a orillas de ese espejo de agua, todo el tiempo se había detenido. Habían transcurrido varios meses de internamiento, noches de insomnio y delirio, amaneceres de pesimismo constante, agonía de horas en vela.
Ella moría a su realidad. Él ya no existía para ella, su pasado se había arrinconado en un cajón. Estaba sola, aunque nunca como en ese largo mes había estado tan acompañada de familiares y amigos.
Se había abstraído de este mundo, olvidado de ser madre, esposa y amiga. Se había convertido en una sombra que vagaba como espectro nocturno a lo largo de los pabellones de ese hospital psiquiátrico. No era nadie y lo era todo para él. Era poco y mucho a la vez. Pilar de su existencia, alegría de las caritas de ángel, luz de una mañana que cada vez se le alargaba más.
Recuerda como tras la maya metálica a las cinco en punto debía despedirse de ella con un nudo en la garganta, para regresar a su casa a esperar de nuevo que llegara el día siguiente y volverla a ver.
Repetir entonces, el ciclo de alegría en los ojos a medio día y nudos en la garganta al atardecer.
Sentarse bajo el tronco de un almendro y soñar, que nada había pasado, que ella estaba ahí y aún le quería.
La pregunta le asaltaba siempre : ¿que lleva a una persona en su sano juicio tomar la decisión de desconectarse como si fuera un aparato eléctrico y no querer más luchar, darse por vencida y simplemente vegetar, vivir, si no es depender de lo que las demás personas hagan con ella? Siempre fue una mujer alegre, trabajadora y muy entregada a sus hijos, amaba a su esposo y tenía los sueños de toda joven de ser feliz en este mundo, pero de repente y producto quizá de traumas de niñez, o el hastío que esta sociedad de consumo y la frialdad de una ciudad que cada vez le estorbaba, provoca en las almas buenas, es que decidió dejar de ser. Se encerró en sí y hasta intentó acabar con su vida. Fueron muchas las terapias y medicamentos que debió ingerir para lograr estabilizarse, hasta que con esfuerzo lo logró. Por eso, ese ansiado día cuando le dieron de alta y cruzaron los portones que separaban ese extraño mundo de hombres y mujeres autómatas, y se adueñaban de nuevo del viento, el ruido de la calle y las golondrinas en el cielo, el tiempo se encapsuló en un instante, sólo cortado por una pregunta:
"¿Dónde quieres ir?"
"Llévame al lago"
Transcurrieron entonces unos pocos minutos tras un tráfico muy fluido para estar frente al espejo de agua y mirarse de frente.
Ya todo había pasado, solos se bastaban para que la paz regresara a los corazones atormentados por días de desasosiego de esas dos almas en comunión. La tarde caía sobre el lago, los rayos de sol jugaban con las ondas que piedras lanzadas por niños traviesos perturbaban la calma del agua. El trino de las aves inundaba la atmósfera con nuevas melodías y el perfume de las flores les recordaban que estaban juntos y que ya nada más los separaría. Dios se les había acercado y les susurraba palabras conocidas en el oído: "Venid a mí los que estén cansados"... Sólo bastó mirar la orilla del lago para saber que el Creador se hacía presente en la diáfana luz de esa tarde, en la alegría ante sus ojos de aquel resplandor en la hierba

sábado, 5 de mayo de 2012


EL CANTO DEL YIGÜIRRO
 (CUENTITO INFANTIL)

Revolcando papeles, me encontré con este cuentito que escribí de joven hace ya algunas décadas (por ahí de los ochenta). Me pareció importante rescatarlo porque es el retrato de nuestra ave nacional: el yigüirro, que en su sencillez ha trascendido nuestra identidad como costarricenses pues la encontramos en casi toda nuestra literatura. Es un ave muy difundida en nuestro territorio y siempre nos anuncia que el cambio de estación seca a lluviosa está por venir.
Cada vez que oigo su canto sacude mis recuerdos de infancia cuando solía escucharlo posado en el tendido eléctrico o en la copa de los árboles de mi querida Escuela Naciones Unidas, en Barrio La Cruz.

Así como de sencillo es mi cuento, así de sencilla es esta avecilla. Así como de bello es su canto, así de bella es la dicha de los que lo escuchan...

                                        _o0o_

 

"El calor empezaba a sentirse. No había brisa y los pastos estaban secos y amarillos. Del gran estanque que una vez existió sólo quedaban unos pequeños charquitos que únicamente servían para apagar la sed por un instante de las aves más pequeñas.


Sí, el verano había asentado sus raíces en toda la comarca y casi todos los animales habían muerto de sed y de hambre. Eran muchos los que habían intentado hacer llover, pero ninguno de ellos había tenido éxito.


Una tarde, el yigüirro estaba volando muy cerca de los pastizales resecos cuando de pronto vió que un comemaiz yacía en el suelo casi muerto y a merced del abrazador sol. Entonces al ver tal escena agarró a la avecilla de una pata y la colocó en un lugar sombreado y fresco. Después pensó que debía hacer algo para remediar la sequía, asi que rápidamente se posó en la rama más alta de un poró, donde cantó incesantemente una oración. Y su canto lastimero estremeció al cielo mismo. Y el Señor, que todo lo ve mandó la lluvia sobre esa desolada tierra; gracias al corazon noble de aquel sencillo yigüirro.


Es por eso que hasta el día de hoy se escucha en verano el canto del yigüirro, posado en lo alto de un alto poró.

domingo, 29 de abril de 2012


CAMPANAS LEJANAS
(Apenas una imagen sensorial)


"A veces un olor particular o un sonido específico nos hace evocar recuerdos vividos. Los sicólogos hablan de que en el hipotálamo se activan químicos que permiten conectar los nervios que dominan los sentidos con esas experiencias sensoriales, de tal forma que como una computadora rescata información almacenada desde hace tiempo y la devuelve al sistema operativo, a mi me sucede a menudo, casi como un dejavu..."

Mientras bajo la cuesta escucho a lo lejos las campanas de una iglesia que ya ni recuerdo donde está, lo que sí es que cada vez que las oía se agolpaban en mi mente recuerdos de sombras de trenes por mi ventana en noches de verano, calles de lastre en ventosas tardes, casas de adobe de mi vieja Heredia y viajes al cementerio, a la tumba de mi madre. Muchas veces las oía repicar desde la sala de mis primas, aquella donde abundaban figuras de nigüentas,santos de yeso, alfombras de la Santa Cena en la pared, y retratos de "Ninfas" navegando en una barca por un misterioso lago, sin faltar por supuesto un "Sagrado Corazón", iluminado por una velita de aceite y agua. No se si lo que provocaba un nudo en mis entrañas cuando oía esas campanas era la nostalgia de tiempos idos o un futuro aún incierto. Tenía la edad en que apenas el mundo comenzaba a abrirse campo entre peluches y juegos de acera y mis primeras experiencias de socialización entre la escuela y el colegio. La edad precisa en que nos enamoramos de nuestras primas y jugamos con ellas detras de algún arbusto. La edad en que caminanos sobre los rieles creyendo que al día siguiente llegaremos al mar. Cuando no había preocupaciones de trabajo porque no lo necesitábamos. Días de fuentes en el parque, pateando latas en la acera, comiendo helados en invierno, soplando, hojas secas en verano. Momentos en que la muerte era parte de nuestras vidas: pasos entre tumbas, hierba seca en los senderos, faroles quebrados, blancas cruces señoreándose entre gladiolas, y una ausencia que se me pegaba a la camisa y que no dejaba de martirizarme. Bajando la cuesta escuchaba las campanas de una iglesia que ya ni recuerdo, y mis entrañas se hacían nudo como si todo mi pasado se hiciera presente y palpable, quizás en una realidad alternativa o en un futuro por vivir.
Todavía guardo esa sensación cada vez que las oigo. Me alteran la mente y me evocan recuerdos, los más recónditos y sublimes de un pasado
entre risas y llantos, entre flores y espinos.

jueves, 26 de abril de 2012


UNA CUCHARA PARA NIGEL

Ese día me encontraba muy entretenido cocinando una rica sopa de verduras con carne. Muchas veces me dedico a esas labores culinarias porque siempre he sido conciente de que las mujeres trabajan demasiado en el hogar y porqué no , una manito de vez en cuando aligera su carga. Ese día, después de picar la cebolla, el chile y demás especias, calentar el agua y picar las verduras, se me acercó mi hijo Nigel, el más pequeño, con una cuchara sopera que consiguió de no sé qué lugar y sobre una silla que estaba cerca de la estufa se dispuso a revolver el contenido de la olla que estaba a punto de hervir. No se si por mi instinto protector de padre o por mi egoísta forma de ver las cosas, pues a mí no me gusta que nadie intervenga en mis labores caseras que lo aparté bruscamente, no sin antes vociferarle unas cuantas palabras de desaprobación. El pobre, salió de la cocina con la cuchara todavía embarrada del contenido de la olla y con la cabeza baja. Casi inmediatamente que lo vi salir, me consideré el peor de los monstruos que existen, en este planeta. Dejé lo que estaba haciendo y me acerqué a él que sentadito en el sillón de la sala permanecía callado. Me acerqué y lo abracé fuertemente. Después lo besé y comencé a tener una larga conversación que redundó en las medidas preventivas que todo padre debe tener con sus hijos para evitar accidentes en el hogar, sobre el respeto de los espacios de acción que debemos guardar entre los miembros de la familia y otras sandeces que de seguro un niño de escasos cinco años ni siquiera comprendía. Cuando después de unos minutos de esa inútil conversación empezó a aburrir a mi pequeño interlocutor, me encontré escuchándome yo sólo diciendo prácticamente estupideces. Me quedé en silencio por unos instantes y después de un largo suspiro sólo me quedó sonreírle y pronunciar la única palabra inteligente que debía decir: "¡perdón!". Lo abracé de nuevo y permanecimos callados por un largo rato. Al final de ese conciliador espacio de tiempo mi pequeño Nigel me expresó que sólo quería ayudarme.
-"Está bien hijo, trae la cuchara, vamos a revolver la sopa pero esta vez con mucho cuidado".
Al recuento de esta historia, no se si mi hijo llegará a ser un chef profesional, o si finalmente se inclinará por cualquier otra profesión. En realidad no me importa si logra ocupar un puesto muy alto en alguna compañía, o si en un futuro será un prominente abogado, médico o ingeniero, lo único que sí desearía es que sea un buen padre y cuando cometa algún error con alguno de sus hijos tenga la capacidad de abrazarlos y pedirles perdón, pero sobre todo que esté dispuesto a involucrarlos en todas las áreas de su vida.


UNA MUÑECA PARA MELANNIE

"La distancia no es pretexto,
Mi corazón es tuyo,
Mis lágrimas las seca el viento,
El sentimiento queda..."

Esa noche recibí una inesperada llamada de mi hija Melannie. Recuerdo que detrás del auricular una vocecilla tímida y compungida apenas podía coordinar palabras tras una lluvia de lágrimas que imaginaba inundar la fibra óptica del tendido. Con mucho costo pude comprender lo que mi desesperada niña quería decirme. Acababa apenas escasos segundos de terminar su corta relación con uno de los fugaces novios que casi toda adolescente a su edad tenía. Por cierto sumaba ella ya las quince primaveras.

Deseaba estar cerca para abrazarla y tranquilizarla, pero sobre todo para recordarle que contaba con un padre que la amaba y siempre se preocupaba de ella a pesar de la distancia que nos separaba.

No fue necesario ni imaginar siquiera una máquina de teletransportación para estar cerca de mi hija, siempre nuestros corazones se conectaban a distancia y desde la tarde sabía que tenía que llamarla, pues presentía que me necesitaba.

Cuando terminó de desahogarse y en forma más clara pudo hablar, le sugerí fuera a su habitación, abriera el viejo baúl que desde pequeña le había comprado para que guardara sus objetos preferidos y sacara la muñeca de trapo que le había regalado en su séptimo cumpleaños, la abrazara fuertemente y le diera un beso.

Aún con su teléfono móvil en mano siguió mis indicaciones y aunque no pude ver su carita, estoy seguro que me dedicó la más bella sonrisa del día. La oí suspirar y aunque la pregunta sobraba le dije:
-"¿Cómo te sientes?"; a lo que me respondió con un:
-"Muy bien papi..."

Yo nada más terminé diciéndole antes de que colgáramos al mismo tiempo:
"Todo esto pasará hija".





miércoles, 18 de abril de 2012


RECUERDOS DE CAFÉ

" El zopilote revoloteó sobre el cafetal y yo que no dejaba de correr, me detuve debajo de un arbusto de café. El brillo del sol se reflejaba sobre los rojos frutos que desde la base saturaban todas las ramas desde las más bajas hasta las más altas. Seguí corriendo, siguiendo la ruta del ave en vuelo. Tanto corrí que llegué al laguillo donde las aluminas chapoteaban en las orillas . Vadeé el espejo de agua, llegué a la otra orilla donde me senté debajo de los cafetos y cerré mis ojos para escuchar el sonido del viento , las chicharras y las avecillas que piaban en el lugar. Después del pequeño descanso continué con la tarea de mirar al cielo en busca de la rapaz. El sol aparecía y desaparecía entre las ramas , mientras yo desaparecía también al final de ese predio. Era mi lugar preferido..."

Con este recuerdo me quedé observando la cafetera de café que empezaba a producir un silbido debido al vapor que intentaba salir por la ranura. Me levanté y coloqué dos cucharadas de un oloroso cafe gourmet que el día anterior había comprado en el supermercado. Me encantaba saborear una deliciosa taza de mi bebida nacional. Volvieron mis recuerdos.

"En la escuela la maestra intentaba por todos los medios enseñarnos a leer y dentro de los textos que yo más quería estaba un librito llamado "Mi hogar y mi pueblo" con bellas historias que comenzaban a revolotear en mi cabeza y que impulsaron desde pequeño mi creatividad por las letras, o por lo menos mi apreciación por el arte de la lectura, cosa que se ha perdido en estos tiempos. De este libro, uno de lo textos que todavía recuerdo está uno que se titula "El café", con una bella ilustración de una rama llena de frutos maduros que me insitaba a leerlo. Trataba sobre como mujeres, hombres y niños cosechaban el café y con alegres cantos daban gracias al Creador . No sé que hilos movieron mi imginación en ese entonces, pero yo sólo deseaba estar ahí con ellos disfrutando de esa fiesta..."

Dos tres hasta cuatro cucharadas deposité en la jarra que llena de café humeaba. Siempre fuí adicto al dulce. Me senté y lo primero que hice fue saborear el olor de tan preciada bebida. Luego sorbí el primer trago. Mi cuerpo reaccionó con una sensación de relajamiento y de mi boca salió una bocanada de vapor. Volví a mis recuerdos.

"Esa navidad fue muy pobre, apenas teníamos qué comer y los juguetes eran simples muñecos plásticos no bien formados, salidos de alguna tienda del mercado. Recuerdo jugar con un muñequillo de "Batman" que tenía un ojo torcido y uno que otro carrillo de madera cuyas llantas se caían fácilmente . A mi Hermano, mi padre le regaló un "Robin" que hacía pareja con el mío y a mi hermana un genérico de "Barbie" que mucho distaba de la original, pero que no fue impedimento para que los disfrutáramos. Como escaseaba el dinero, ese año no pudimos comprar el árbol tradicional, que en estas latitudes acostumbra ser de ciprés; por el contrario recuerdo la escena de mi padre llegar con un arbusto de café y depositarlo en un esquina de la sala. Se veían extrañas las esferas brillantes, combinadas con los frutos maduros en sus ramas y las luces proyectadas sobre las grandes hojas verdes del arbusto. Esa navidad mi casa no olió a ciprés, sino a cafe maduro, pero fue una de las mejores que he vivido..."

Le puse mantequilla al pan, luego de embarrarlo de jalea. En verdad que disfruto de estos pequeños detalles que nos brinda la vida. Recuerdo ahora el camino al cementerio.

"Mi madre ya había muerto años atrás, pero mi madrasta acostumbraba llevarnos a mis hermanos y yo al cementerio donde permanecía enterrada la autora de mis días. Según ella así nunca la olvidaría. Siempre creí que ella se sentía obligada a recordarnos nuestro origen. Tenía yo si acaso ocho o nueve años y disfrutaba de esos pequeños viajes al panteón . Recuerdo que camino a él pasábamos por extensos cafetales alrededor de la calle principal. Acostumbraba a extender mi mano sobre las cercas y extraer algunos frutos rojos de las ramas, para luego morderlas y saborear su dulce jugo. Luego los botaba y salía corriendo a la entrada principal del cementerio. Entre floreros caídos, cruces de hierro y matas de zarzamora mi vida se mezclaba entre el dolor de una madre que nunca conocí pero que me hacía falta y la inocencia de un niño que se divertía con la sencillez de una tarde ventosa de verano, aunque fuera en la silenciosa extensión de un campo santo..."

Se me derramó un poco de café. Intentando pasar la hoja del periódico del día, no reparé en que empujé la jarra y parte del líquido cayó sobre el mantel. Me levanto a conseguir una servilleta, la escena me recordó algo.

"En el gran comedor de mi escuela, un grupo completo de niños hambrientos esperábamos la llegada de las conserjes con sendas ollas cargadas de tortas de soya envueltas en tortillas de maiz , a veces nos daban una especie de bebida preparada con leche de misma soya o en vasos de plástico nos servían un café que aunque ralo e incípido era mi preferido, a veces lo derramaba y me quedaba apenas con un pequeño sorbo, que ni modo debía tomar. Luego pedía a las cocineras repetir, ellas amablemente me servían de nuevo y corriendo volvía a mi mesa a terminar la merienda . En esas mañanas a veces lluviosas, a veces cálidas consideraba mi vida muy buena..."

Logré secar el mantel, pero quedó una gran mancha que cubrió un extremo de una de las casitas bordadas. ¡Mi esposa me va a matar!.

"En mis años de colegio también el café fue la bebida que acompañó mis ratos de estudio. Recuerdo a mi madre servir a mis compañeros que llegaban a casa a hacer tareas, grandes tazas de bebida con galletas y bizcochos. Esas fueron hermosas tardes que todavía inundan mi mente de gratos recuerdos..."

Continúo leyendo el periódico y los recuerdos siguen llegando.

"En la U más de una vez pasabamos estudiando los compañeros directo hasta el otro día a punto de tazas y tazas de café, o escribiendo en viejas máquinas de escribir las tesinas que debíamos entregar a tiempo. Recuerdo que una vez depositado los trabajos de investigación en las manos de nuestros profesores, suspirábamos de alivio y sólo deseábamos que terminara la clase para regresar a la casa a dormir horas y horas y así recuperar el sueño perdido..."

Me levanto, me sirvo más café mientras sigo recordando. Mis mejores amigos de adulto tomaban también café.

"-No llores, ella lo decidió así, tu hiciste lo que pudiste, las personas están con los que quieren estar. Ella tomó su decisión y ya no puedes hacer más-.
Esa tarde lluviosa un grupo de colegas y amigos, me mostraron el valor de la serenidad y la importancia de darse por vencido, durante seis meses intenté rescatar mi matrimonio y ya mis fuerzas no daban para más. Estaba acabado y ya presentaba signos de enfermedad en mi cuerpo. La tristeza y melancolía se habían adueñado de mí ser. Mi primer matrimonio había muerto. No sabía que años después la dicha volvería a mi vida a través de nuevas nupcias, pero en ese momento ya todo lo había entregado, me había dado por vencido. Sólo alrededor de una mesa servida con sabrosos panecillos y humeantes tazas de café, así como la presencia de verdaderos amigos es que logré tomar fuerzas para seguir viviendo..."

Detrás de los cristales, observo la gente pasar. En mis manos una taza de café caliente. Ya no estoy en mi casa. Acostumbro de vez en cuando sentarme sólo en alguna cafetería de mi pequeña ciudad de San José a apropiarme de mis recuerdos, los que acabo de relatar son algunos pocos. Lo cierto es que a lo largo de mi vida, en la escuela, el colegio, mis años de universidad y todavia en el día de hoy una sabrosa taza de café siempre me acompaña. Alrededor de esa bebida la misma vida se me muestra a veces alegre, a veces triste, a veces serena, a veces convulsa, pero es mi vida y así deseo vivirla.