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sábado, 21 de abril de 2012

OMICRON

Sólo faltaban tres órbitas más para que la nave encontrara la alineación necesaria para adentrarse a la rala atmósfera de Marte. Desde la distancia en que se encontraba y por la amplia escotilla, el capitán Anderson pudo divisar la pequeña base establecida para resguardar al menos a los diez hombres que formaban la tripulación. Ya eran varias las misiones que había realizado hacia el Planeta Rojo en busca de las minas de uranio, que tanto añoraba encontrar. Lo cierto es que era reconocido en el medio como un hombre rudo y de pocos amigos. Se dice que había perdido a su esposa que laboraba como enfermera, durante la "Batalla de las Islas" en la Tierra del año 2114 por lo que poco o ningún incentivo le quedaba para seguir viviendo.

Lo cierto es que minutos antes de aterrizar sobre suelo marciano, aquel hombre de edad madura colocó todas sus esperanzas en la exploración de la región boreal del planeta.

La nave realizó un giro hacia occidente, encendiendo los escapes de frenado, hasta que lentamente se posó sobre la arenosa superficie. Un sol ardiente sobre las desiertas arenas y una tarde que caía fueron el escenario que aquellos hombre presenciaron cuando la puerta de la nave se abrió.

Inmediatamente emprendieron la búsqueda de Omicron uno de los puntos que bautizaron como referencia del sitio que más posibilidades tenía de albergar los codiciados minerales radioactivos. Mediante un vehículo capacitado para evadir el terreno tan abrupto del planeta, recorrieron varios kilómetros, hasta que llegaron finalmente a las puertas de la mina recién abierta. Se adentraron en sus entrañas y por medio de sofisticados aparatos comenzaron la labor de horadar la dura roca que les separaba de tan preciado metal.

Así pasaron varios meses sin que ninguna novedad cambiara el curso de la tediosa labor de suceder los días y las noches sin ver una minúscula partícula de luz solar filtrándose por alguno de los túneles que conducían a las minas bajo tierra. El capitán Anderson sabía que si no hallaba aquel uranio, sus hombres se le sublevarían y las esperanzas de volver a la Tierra con honor y riquezas se acabarían.

En un desesperado intento, llamó a la tripulación a redoblar esfuerzos y aumentar las horas de trabajo, al punto que poco a poco se fueron minando las fuerzas de aquellos agotados hombres. Quedaban pocos días para que una nave nodriza los recogiera y enviara de nuevo a sus hogares en la Tierra, escaseaba ya la comida y los últimos tanques de oxígeno estaban al límite de acabarse.

Encontrándose al límite de la locura, ese puñado de burdos hombres hallaron por fin la veta tan esperada. Inmediatamente comenzaron la labor de extracción del preciado metal. Al arribar la nave nodriza, pudieron llegar al acuerdo de prolongar la estadía en el planeta, los tripulantes de ésta les proporcionarían agua y alimentos, así como suficiente oxígeno para prolongar el tiempo de estadía. Poco a poco, las semanas se fueron acumulando hasta convertirse en meses de arduo trabajo. Los resultados se fueron viendo, pues cada vez fueron menos los trabajadores que quedaron barriendo las últimas filas de uranio. Muchos de ellos lograron enriquecerse en poco tiempo y partieron de nuevo a la Tierra a compartir las ganancias con sus respectivas familias o a gastarlas en las superficialidades que el modernismo ofrece.

Cuando el último de los trabajadores abordó la nave de regreso a su lugar de origen, el capitán Anderson quedó totalmente solo, apenas acompañado por una tormenta de polvo marciano, rocas desnudas y una melancolía que se le pegaba a su pecho. Pensó que el también debía regresar a su planeta, pero su sentido de responsabilidad lo hacía retroceder en su intento y continuar al frente de aquella vieja mina que prácticamente significaba todo para él. Había abandonado todo, un trabajo estable en las fuerzas militares de la confederación terrestre, una bella familia que ya hacía años había olvidado y toda una vida a la que le había dado la espalda.

Ahora solo, frente a una pared roja de la cantera donde había visto enriquecerse a ese puñado de burdos hombres, se cuestionaba qué estaba haciendo ahí. A su edad, necesitaba un impulso sobrenatural para dar un giro de ciento cincuenta grados y desandar lo andado. Con esos pensamientos regresó en su vehículo a la base donde después de ingresar a la cámara de descontaminación y prepararse luego una opípara comida, se sentó a la mesa a ingerir los alimentos. Ya no lo acompañarían sus demás amigos de trabajo; aún así no permitió que la soledad le abrumara. Después de asear sus dientes y ver la televisión con las noticias provenientes del planeta Tierra, se dispuso a dormir.

Antes de dejarse vencer por el sueño, viró hacia el lado derecho de la cama y miró de frente la foto de sus hijos, aquella que por muchos años había permancido en su mesa de noche pero que quizás por la rudeza de su trabajo, la apreciaba como cualquier objeto más de su habitación.

Pero esa noche solo, con la silueta de la Tierra a la distancia y Deimos y Fobos en el firmamento , sintió que su vida se le escapaba de sus manos y que era hora de recuperar todo lo que había perdido. Ni todas las riquezas acumuladas durante años por la venta del vil uranio, se comparaban con aquel tesoro que había dejado años atrás en su planeta de origen.

Como impulsado por una catapulta, se incorporó y esa noche no logró conciliar el sueño. A la mañana siguiente condujo él mismo la nave que pronto lo regresaría a su lugar de origen . Guardaba la esperanza de que sus hijos aún estuvieran vivos y que finalmente le perdonarían. Lo último que vio aquel cansado capitan en aquel desolado planeta, fue la fase oscura del mismo , y un destello del sol al reventar sobre el perfil del horizonte, después de la última órbita antes de escapar hacia el espacio. Pensó entonces que a veces pasan años para que los humanos tomen las decisiones correctas, aquellas que siempre se deben tomar.

jueves, 26 de enero de 2012



EL ÚLTIMO MENDRUGO

Quedaban pocos metros para que la banda corrediza condujera a los turistas hasta la sala de exhibición de objetos del siglo XXI. Manfred y Harrison amigos inseparables de la infancia se salieron del grupo y llevados por su instinto de exploradores se adentraron por un pasillo algo lúgubre y frío, hasta que se vieron imposibilitados de continuar por el obstáculo que resultaba la pared final del museo. A la derecha del recinto e iluminado por unas holográficas luces láser se hallaba una urna de cristal en cuyo centro se observaba una extraña pieza, parecida a una roca o fósil. Si leían la información impresa en el costado inferior de la urna se dejaba ver que se trataba de un antiguo fragmento de pan que fue desenterrado precisamente en el lugar que fue la cuna de la Civilización, en el llamado Cercano Oriente y que debido a la última hecatombe nuclear sucedida a finales de 2987, representaba el último mendrugo que se conservaba casi intacto debido a los efectos momificadores que permitieron mantener sus cualidades hasta el día de hoy.
Corría el año 3025 de nuestra era y los amigos habían quedado atónitos ante el descubrimiento del último trozo de pan que quedaba en la Tierra. Sin más que esperar dieron varias vueltas alrededor de la vitrina para observar mejor los contornos de la pieza. De repente e impulsado por la curiosidad que le había traído a este lugar y a sus conocimientos en historia antigua Harrison se dirigió a su amigo con estas palabras:
- "Sabías que prácticamente la historia de la humanidad redundó en el desarrollo que la elaboración del pan tuvo por siglos. Las primeras civilizaciones basaron su economía en el empleo de los granos de... (cerró los ojos para recordar la palabra.) ¡trigo!, quien proporcionó el alimento suficiente para sustentar a las poblaciones en crecimiento. Alrededor de un buen pan y alguna bebida, las familias se reunieron por décadas y siglos a transmitir de generación en generación el arte de hablar y los valores necesarios para mantener la unidad entre ellos.

Hoy en día, son pocos los que intentamos conversar, reir o soñar. La conversación es un fenómeno que casi ha caído en desuso. Además el pan desapareció hace siglos de la mesa de las familias. Hoy todos los alimentos son capturados en cápsulas que se hidratan y nuestros estómagos se han adaptado a consumir comidas procesadas en forma artificial. El pan se ha reducido a una simple pieza de museo.

Durante milenios incluso fue el signo de unidad religiosa. Cuando las personas aún creían en Dios conmemoraban la última cena del llamado Jesucristo, el Mesías, repartiendo un tipo de pan que llamaban Hostia durante una ceremonia que denominaban Misa o Asamblea.
Campos enteros de trigo eran sembrados en muchos países de clima templado. Hoy por el sobrecalentamiento global es imposible hacerlo, ni siquiera en los invernaderos de Fobos se ha logrado cosechar suficientes hortalizas, mucho menos en pensar en granos de trigo que ni siquiera existe. Ahora es una planta totalmente extinta".

La conversación fue interrumpida por uno de los guías del museo que preocupado por el extravío de los visitantes decidió ir a buscarlos. Se acercó a ellos e igualmente observó la vitrina que contenía el último mendrugo, aspirando profundamente exclamó:
"¡Una extraña pieza de museo! ¿no?"
Manfred y Harrison se miraron a los ojos y como unidos bajo una sola palabra pronunciaron:
-"Es cierto"

El guía los invitó a salir el recinto. Después de esa visita al museo, a los dos amigos les pareció más moderna su ciudad.

jueves, 19 de enero de 2012

LA LAPIDA DEL QUIEN NO QUIZO MORIR


Acabo de darme cuenta de nuevo de que morí, porque en mi lápida está inscrito mi nombre con mi fecha de nacimiento y de defunción, respectivamente. Además recuerdo que Adelaida, mi novia fiel, me trajo el día de los difuntos un ramillete de claveles rojos y blancos, en perfecta combinación. Ese día se apresuró a limpiar mi tumba y encalar la hermosa cruz de cemento que coronaba el extremo superior del monolito.

Es extraño pero llevo ya tres años de enterrado y aunque mi cuerpo putrefacto fue dando paso a mis blancos huesos, no he dejado de sentirme incómodo con la idea de que no me siento ¡tan muerto como quisiera!. Y es que cada vez que intentaba mi alma, - si es que de eso se trata estar muerto”- salir a la entrada principal del cementerio, y huir de ese campo santo, una fuerza sobrenatural me enviaba de regreso a mi lápida. Entonces me veía con el traje que por último me vistieron para salir de viaje al arcano, eso sí, empapado del rocío de la mañana, pues en ese ir y venir al pórtico principal, transcurría toda la santa noche.

Ya estaba cansado de bregar con ese fenómeno que ni yo mismo entendía, cuando de repente en una noche, el vecino de la tumba de al lado, Don Ricardo un caballero de sombrero de copa y frac, de esos que solo en las películas de cine se ven y que por su nauseabundo olor infería que ya hacía tiempo había muerto, se me acercó y con los modales propios de principios de siglo, me persuadió de que dejara de intentar huir de ese sitio, porque el destino ya lo había sentenciado a esa suerte. Lo que si debía; según él, era tratar de socializar con el resto de la comunidad de difuntos que durante los tres años de permanencia en el lugar intentaban entablar amistad conmigo.
“¡Oiga!, -le respondí a él-, qué difícil es aceptar que estoy muerto..., porque según yo, tenía muchas cosas que realizar aún en vida. Mi proyecto de terminar mis estudios, contraer matrimonio con Adelaida, mi enamorada novia, viajar al extranjero y comerme la vida a montones, porque si de algo estaba seguro es que era un enamorado de la vida, y por mi muerte tan repentina, en manos de un asaltante, todos mis planes quedaron truncados".

Aprovechando la confianza que me generaba aquel extraño hombre, le pregunté por qué cada vez que daba un paso fuera de aquella ciudad de los muertos, algo o alguien me devolvía a la escena de la lápida con la inscripción de mi nombre.

Con gran costo; Don Ricardo, aquel viejo mohoso vestido de frac, logró sentarse sobre su propia tumba y mientras acomodaba su redondo monóculo sobre su ojo izquierdo, me dijo con un aire un tanto malhumorado que los designios de Dios son incuestionables y que más bien debía resignarme a mi destino.



Me contó de su vida y como él era un comerciante dedicado al negocio del azúcar quien comerciaba por casi todo el Cono Sur, pero que por estar tan ocupado, nunca tuvo tiempo para enamorarse y al momento de su muerte, no había dejado hijos que heredaran su fortuna, ni las enseñanzas de un padre.  Sólo y en la cama de un hospital había muerto de paludismo en los tiempos en que no había cura para esa enfermedad.  De sus labios conocí las formas en que se industrializaba y comerciaba los cristales de azúcar en esa época y la forma de obtener fuertes sumas a base de especulación y explotación de sus empleados, y de los innumerables viajes entre el viejo y el nuevo mundo, solo con el fin de aumentar sus ganancias.  En ningún momento me relató de los bellos paisajes que visitó, de la gente amable que conoció o de los azules mares surcados; más bien denotaba en su hablar, que esos detalles no eran nada importantes para él, opacados  sólo por el hecho de obtener ganancias netas. Lo cierto es que conversamos toda aquella noche, y al filo del alba, cuando los cocuyos dejaron de llenar el aire nocturno con sus melancólicos gorjeos  y los autillos volvieron a sus nidos cansados de cazar pequeños ratones, me despedí de tan amena y aleccionante charla. 

Entendí entonces que durante esos tres años, mi alma vagaba por entre cruces y lápidas derruidas porque no había aceptado que en vida, mi indecisión y falta de valor me llevaron a no terminar mis proyectos, a no consumir el amor entre Adelaida y yo y a postergar para un después lo que debía hacer inmediatamente.  Reflexioné además que los humanos pasamos la vida preocupados por tantas vanalidades que no damos tiempo al corazón para amar, ayudar al más necesitado, mirar la belleza de una puesta de sol o encontrar en el silencio la voz misma de Dios.  Debía entonces hacer algo para dejar por escrito lo aprendido esa noche, dejar un legado a los que se atrevieran surcar ese cementerio. 

Antes de que los primeros rayos del astro rey asomaran por entre los cipresales que rodeaban aquel campo santo, me apresté a  tallar sobre mi lápida dos de las máximas aprendidas de labios de mi difunto pero vivo compañero: 
-“La vida es corta, no dejes que la muerte te alcance para darte cuenta de que perdiste el tiempo sin hacer nada útil” y

-“La vida es tan extensa como grandes son tus sueños”

Desde ese día no volví a vagar por aquel desolado cementerio y decidí descansar para siempre.



Gibraltar, cementerio de la batalla de Trafalgar, enterramiento



miércoles, 18 de enero de 2012

EL ÚLTIMO GUARDIAN DE LAS CAMPANAS

                                       Campana en campanario de Hoyos

A Oscar le correspondió ser el último guardián de las campanas, aquellas que fueron traídas en barco desde Londres a nuestro país, por ahí de 1950. Él sabía que esa sería su última noche, pues una antigua leyenda decía que cada treinta años una de las cinco campanas que constituían el conjunto dejaría de sonar, y que la última en hacerlo presagiaba la muerte del último de sus guardianes. A Oscar le correspondía tan determinada suerte; pero estaba convencido de que tal resolución del destino era lo mejor para la humanidad entera.

Sabía, según la leyenda que al silencio de la ultima campana las guerras acabarían y la paz eterna reinaría entre los hombres por siglos sin fin.
Tenía miedo, pero a la vez le embargaba un mesiánico sentimiento de heroísmo y valor que lo reconfortaba. Sin embargo, no lograba comprender del todo, como unas viejas campanas medievales, heredadas por su abuelo, serían la salvación del mundo. Recordaba cómo se divertía con los relato del octogenario, acerca de monstruos fantásticos y príncipes que salvaban a las doncellas de las fauces de los dragones. Venía también a su memoria con agrado, pero a la vez con temor, el relato de unas campanas que un hechicero había conjurado con cierto anatema de suma importancia para la humanidad. No olvidaba que cada vez que contaba esa leyenda, los ojos del anciano se llenaban de brillo y por sus mejillas resbalaban gotitas de agua. A sus 27 años, Oscar comprendió al fin , porqué lloraba el abuelo.

La noche se tornó fría, pero no había ni una sola nube que ocultara el rostro de la luna, que llena se filtraba entre las ramas de los pinos cercanos, produciendo en el bosque un ambiente de celestial belleza. Para calentarse Oscar recogió trozos de leña que apiló cerca de un tronco hueco y sacando de su bolsillo un viejo encendedor de los ochenta, logró encender una hoguera que casi incendia las ramas más bajas de los árboles próximos.

Junto a él estaba Freddy, su amigo de siempre; mismo que durante la Guerra de los Alpes le había acompañado en los operativos de salvamento y socorro que la Cruz Roja Internacional había coordinado en aquellos tumultuosos días.

Mientras esperaban las doce de la noche, hora en que la leyenda acabaría, así como la vida de Oscar, los dos grandes amigos se dispusieron a jugar cartas. Eran las nueve y todavía quedaban tres horas para hacer lo que más les gustaba; compartir una buena partida de póker. De todas maneras la suerte estaba echada y nadie podía impedir que la leyenda se cumpliera. En los ojos de Freddy se dibujaron nubes de tristeza, pues no lograba entender porqué su mejor amigo estaba resuelto a morir por tan extrañas circunstancias. Exclamo entonces:
-¿No hay forma alguna de que te libres de esa maldición?. Oscar no respondió, sólo escuchaba la última de las campanas que al son del viento no dejaba de repicar en el entarimado que durante ya más de un siglo habían instalado a propósito sobre el pino más alto del bosque. Desde ahí, incluso la brisa más leve movía las campanas, aunque en forma repentina y sin ninguna explicación cada treinta años una de ellas dejaba de sonar.

De pronto el sentenciado cortó el silencio con un largo suspiro, después del cual dejó escapar una bocanada de aliento, que a la luz de la fogata semejaba el humo de un cigarrillo. Ya había dejado ese vicio años atrás. Sólo conservaba el viejo encendedor de los ochenta; reliquia que había ganado en una apuesta de dados en la Universidad de Oxford cuando estudió ahí. Respondió entonces:
-No Freddy, mi destino esta marcado. Tu sabes que si no muero la leyenda no se cumplirá y el mundo seguirá viviendo las guerras absurdas que durante milenios ha rebajado a la humanidad a la condición más inferior de las especies. Si los animales matan para sobrevivir, los hombres sobreviven para matar. Estoy harto de levantarme todas las mañanas y escuchar las noticias de la radio sobre los últimos conflictos armados en el Medio Oriente, o la Guerra en el Polo Norte por las reservas de petróleo. De la vuelta al terrorismo en la América Central y la expansión del ejército chino en el este de Europa. O en África, cuyas luchas encarnizadas por recobrar la paz en el sur del continente no lograron sino avivar más las diferencias raciales que tanto daño hicieron y siguen haciendo hasta nuestros días. Y es que fíjate que hoy es? Por cierto: ¿qué día es hoy? interrumpió su discurso dirigiendo la mirada al reloj de Freddy.
- Bueno, hoy es, respondió su amigo mientras apretaba unos cuantos botones de su reloj digital : hoy es 15 de octubre del 2100.
-¡Claro!, hoy es 15 de octubre del 2100 y aún no han dejado de cesar las guerras entre nosotros. Aún seguimos con nuestra absurda y egoísta manera de ver el mundo: ¡Sólo existo yo y nadie más que yo!. ¿Cómo pretendes que me cruce de brazos sin hacer nada por resolver esta situación? ¿O es que en tu hueca cabeza se han filtrado sentimientos de traición al destino, pretendiendo que desista de mis nobles intenciones?. ¿O es que quieres que destruya las campanas y con ellas la única posibilidad de que el mundo se salve de una hecatombe final? . Si fundiera el metal de esas campanas se acabarían con ellas todas nuestras esperanzas. Si no muero yo, seguirán muriendo miles de inocentes almas y la humanidad no tendrá ya otra oportunidad. Deberá callar la última campana para que la aurora de la paz vuelva a brillar.

A Freddy le parecía un discurso vacío, lleno de la demagogia que caracteriza a los gobernantes de turno. ¿Pero acaso Oscar, era un gobernante, o algún enviado del cielo?. Temía mucho la respuesta, así que prefirió callar.

Una lechuza voló sobre sus cabezas, agitando el aire y con ello las cabelleras despeinadas de los dos amigos.

Habían transcurrido dos horas entre esa y otras conversaciones sin sentido. Eran las once y Freddy creyose transportado hacia la fatídica noche en que el "Maestro" había sido entregado a las autoridades romanas para su condenación. Se vio transportado al huerto de Getsemaní, desde donde los apóstoles velaban, pero cuyo sueño les impedía realizar tan importante tarea. También él tenía sueño, pero no quería dejar solo a su amigo en esos momento finales. Al menos estaría con él en lo últimos minutos, cuando ya todo se hubiese consumado.

Y el tiempo que no repara en detenerse, continuó robándole minutos a la vida. A las doce menos quince, una fuerte ráfaga de viento comenzó a batirse sobre las copas de los árboles y la única de las campanas que aún sonaba empezó a repicar cada vez más alto, hasta que todo el bosque se llenó de aquel sonido nostálgico que producen todas las campanas del mundo. Los amigos se tomaron de la mano y Oscar pronunció no sé que palabras que confundidas con el viento parecían una oración al Altísimo o un conjuro a la misma muerte

El corazón de Freddy palpitó cada vez más fuerte, casi hasta estallarle en el pecho; entonces, apretó con más fuerza la mano de su compañero.
-¡Adiós amigo!
-¡Adiós mi hermano!
-¡Acuérdate de mi donde estés!
-¡Te lo aseguro!

Un estallido ahogó el sonido del viento, mientras una centella cruzó las dimensiones de la bóveda celeste. Por entre el hueco de la noche bajó un haz de luz que cubrió a los dos jóvenes. Freddy no acababa de comprender lo que estaba sucediendo. Oscar sí, sabía que ese era el final de su historia y el principio de una nueva era para los habitantes de este nuevo planeta. Todo estaba consumando.

Eran las doce en punto, tal como la leyenda lo había predicho. A esa hora la última campana había dejado de sonar y el ultimo de los guardianes había dejado de existir. Al menos en este mundo.

Cuando la luz se fue difuminando hasta perderse en el cortinaje de la noche y el viento cesó totalmente, Freddy se encontró de nuevo debajo de las sábanas a medio tender en la misma cama que desde siempre le había visto dormir. Era las doce y un minuto de la noche y aunque suponía era un sueño lo que había experimentado se cercioró pellizcándose la oreja izquierda para saber si aún estaba dormido. Como sintió dolor se tranquilizó por un instante. Pero luego para terminar con toda sospecha, marcó el número de la casa de su amigo Oscar. Como no contestaba, supuso que aún seguía durmiendo, pensamiento que lo alivió hasta las luces del alba.
A la mañana siguiente, y en las primeras noticias de la televisión le llamó poderosamente la atención una en particular: "El cuerpo de un joven de escasos 27 años había sido encontrado muerto en un bosque de pinos en las afueras de la ciudad. Muy cerca de él yacía en el suelo una extraña campana de bronce que había perdido su martillo, lo que la hacía inservible. Los habitantes de aquella región aseguraron haber visto bajar del cielo un rayo de luz hasta el predio donde encontraron el cadáver".

Esa fue la última historia fatídica que se escuchó en el planeta. Las radioemisoras y prensa televisiva habían dejado de programar noticias. De todas maneras no habían eventos importantes qué cubrir. La palabra "Guerra" había desaparecido del diccionario y la muerte se había esfumado de la faz de la Tierra.

Lo que sucedió esa noche no fue un sueño. Corría el año 2100 de nuestra era.