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lunes, 27 de enero de 2014





LA CRUZ DEL CAMINO

En la entrada de aquel pueblo aquella cruz de hierro se erguía sobre un pilar de mármol rematado con un capitel de ornamento típico de volutas, propio del estilo jónico.  Cuando la vi recordé las cruces que desde mis mosos años acostumbraba elaborar con hojas de palma, cada domingo de ramos al inicio de la semana santa para adornar la puerta de entrada de mi casa.

Al descender la colina la pude divisar con más detenimiento y  note que alrededor de su base de granito la estructura era rodeada por una cerca de hierro forjado en forma de puntas de lanza, que no eran otras cosas que hileras de flores de lis. Dentro del jardincillo  que se formaba entre ella y aquel enrejado, crecían zarzamoras que suponía en marzo daban frutos.

Recuerdo detenerme a mirar como el viento movía aquellos arbustos espinosos y  trocar el color verde del frente de sus hojas al blanco nieve de su revés.  Decían que aquella cruz fue levantada para bendecir a todo aquel visitante que entrara a la aldea. 

Supe en este sueño que apenas se perfila como tal en mi mente y que ahora escribo como si se tratara de un vívido viaje,  que muchos peregrinos se detenían a observar aquel monumento no sin antes persignarse e incluso arrodillarse ante aquel símbolo de la cristiandad.  

Toco mi pecho y reconozco un frío crucifijo, la luz de la mañana cual daga asesina hiere mis pupilas hasta hacerme despertar; es hora de levantarme.   Durante todo el día aquella imagen de la cruz de los caminos me acompaña, me siento inspirado a escribir una oración... una que pudo haber sido escrita por cualquier peregrino siglos atrás. Una que por dehesas inhóspitas, antiguas cañadas y florecientes bosquecillos,  quizás hizo eco en los oídos de aquellos que siguieron el camino de la cruz,en su recorrido por polvorientos caminos.  

"Señor intensifica mi oración para hacer frente a todo aquello que me aleje de tus intenciones de salvación, del camino  correcto.  Para alejarme del moscardón de la muerte, del ladrón de la noche que quiere robar la paz de mi hogar. Posa tus ángeles sobre nuestras cabezas, atraviesa con tu espada de fuego la desgarrada tela de nuestros corazones, purifica con el agua santa de tu costado las impías mentes de los que te recuerdan. Desanda nuestros caminos y hiéreme con tu mirada.  Hazme llegar hasta Tí y besar la cruz de los caminos...  Reconóceme como el eterno peregrino que no ha terminado de encontrarte..."

martes, 7 de enero de 2014



El DON

Yo sé que tengo el don... aquel que me fue dado desde mis primeros años de vida pero que con el tiempo se fue diluyendo entre las necedades de la adultez. Estoy seguro además, que no soy el único en poseerlo.  Años atrás lo supe  mientras en el camino contemplaba absorto al halcón de alas amarillas que proyectado contra las nubes grises me recordaba lo cerca que estaba  de llegar a la barriada.
El peregrino que se había cruzado conmigo esa fría mañana de noviembre  me lo había susurrado al oído, mientras me miraba fijamente a los ojos.

Con su voz que aún no identifico si se trataba de alguien joven o avanzado en años me había insinuado que a él le habían dado también ese mismo don:
"...si no me crees, escucha el canto en las cornisas..."

Recuerdo haber caminado aquel día con él sin pronunciar palabra alguna por un corto tiempo antes de entrar al caserío, donde su silueta se perdió entre las callejuelas repletas de cotidianas labores humanas.
Antes de despedirse, se dirigió de nuevo a mí  con apenas una imperceptible frase que difícilmente logré reconocer:
"...Mira con detenimiento la tarde detrás de las perlas colgantes..."

En otra ocasión que no preciso si fue ayer, el año pasado o hace muchos años atrás,  rebuscando entre los papeles de un cajón, me encontré con una viejas cartas de antiguas amistades, aquellas que ya ni lo son, porque los años se encargaron de alejarnos, o porque simplemente había decidido olvidarme de ellas.
Al leerlas bajo la tenue luz de una vela, porque en aquella extraña tarde, el fluido eléctrico se había ido, encontré frases que al unirlas  con detenimiento formaron ideas que solo años después adquirirían sentido:
"...el azul se te pegará a tus ojos... aunque las arenas no estén debajo de tus pies..."

También en las mismas páginas del nuevo testamento que no tan a menudo leo, pero que reconforta mi alma cada vez que lo hago, confirma mis sospechas de que poseo el don... el que al menos una vez al día se me manifiesta. Como el pasaje de los pajarillos del campo que según el texto, Dios les proporciona el alimento diario, o la parábola de la semilla de mostaza que me recuerda el significado verdadero del Reino de los Cielos.


En otras ocasiones algunos extraños que de vez en cuando coincidieron conmigo a lo largo de mi vida se acercaron a mí para recordarme  que yo poseía ese don.  Como el mendigo que una vez me señaló la mota de diente de león que relucía tímida entre el concreto de la ciudad o el discapacitado que ayer me suplicó,  me detuviera para colocarle su reloj de pulsera que se le había desprendido y que con solo una sonrisa, recuerdo me saludó agradecido por la ayuda otorgada...

Y es que al analizarlo detenidamente, llego a la conclusión de que no soy diferente a ninguna otra persona, más bien creo, me confundo entre una mayoría que aún no encuentra su lugar en este mundo y se pierde al igual que yo, entre el deber y el hacer, entre el querer y el no poder.  Porque aún tienen miedo de liberar su espíritu y más  bien  se refugian en infinidad de fórmulas y patrones preconcebidos, buscando integrarse a una sociedad cada vez más difícil de comprender.

Mi don lo tienen muchos, y estoy seguro que todos nacemos con él. Algunos lo desarrollan conforme transcurren los años, otros lo pierden en el camino y quizás al final de su existencia lo vuelven a recuperar porque regresan a una vida más contemplativa.   De mi parte, aquel don desde muy pequeño se me había pegado a mi cuerpo y mi alma, como una lapa a la roca. 

Mis maestras de primaria lo habían notado cuando en clase yo no dejaba de admirar la mariposa que revoloteaba en la ventana de mi aula en busca de una salida al jardín y en mi afán de socorrerla me ponía de pie sin el permiso de ellas para encaramarme en una silla y así abrir la ventana a la infortunada criatura.

Mi don es completamente humano, diría primigenio, nacido desde los primeros tiempos de la humanidad. Es humano, porque es  intrínseco al hombre y es divino, porque nos fue dado por el Padre, el  mismo Alfa y Omega, el principio y fin de todo...

Con los años me he dado cuenta que este don no puede dejar de manifestarse en mi y para dicha mía he descubierto que son más quienes lo poseen, que los que no.  Quizás los niños, los poetas, los artistas, las personas libres de pensamiento, los viajeros, los altruistas, los soñadores, los optimistas y por supuesto las personas que van por la vida muy de la mano de su Dios; sin importar  a qué religión pertenecen, son quienes lo poseen.

El don del que hablo es el don de reconocer en cada manifestación de la naturaleza, en cada acción humana la obra del Creador. 

No me ufano en ello, pues como ya dije sé que muchos lo poseen... y quienes no lo han descubierto...las hojas de arce cayendo en otoño, el resplandor del sol en la hierba tras el rocío de la mañana, la cálida mano del amante sobre  otra, la lágrima silenciosa que resbala en la mejilla tan solo por escuchar una antigua melodía o el solo hecho de sentir en la piel el viento de la tarde colándose por las rendijas de la puerta, son algunos de los pretextos para recordarnos que aún poseemos ese don...

Ahora reconozco que el canto en las cornisas era el arruyo de alguna descuidada paloma que escuchaba a menudo en mis días de infancia, aquella que aún resuena en mis oídos.

Ahora sé que mirar con detenimiento la tarde detrás de las perlas colgantes significa contemplar el arcoiris sobre las gotas de lluvia que colgando de alguna tela de araña aún me hace reír, y por último el azul en mis ojos, no precisamente es el ancho mar...sino mis montañas que en lontananza adquieren el color mismo de cielo... De eso se trata mi don, el don del que les hablo...

  



viernes, 3 de enero de 2014



EL ABANDONO DE LAS MUSAS


Mi pluma se detiene a veces en la esquina inerte de mis páginas,  en el blanco insoportable de mi falta de inspiración; en el punto y seguido que no llegó y la coma que me faltó.  En aquel signo de interrogación y hasta de admiración que no pude plasmar sobre el inconcluso poema de ayer.  
Recorro entonces las imágenes del día, con el fin de atraer de nuevo mis musas, aquellas que aún no llegan; me refiero a la luz tenue de la tarde, las ramas de buganvilia azotadas por el viento o el aturdidor ruido de la ciudad que se me pega a mis oídos y hasta quizás el desconocido que me miró extrañado por el nuevo corte de pelo que recién me hice.    No sé si los que andamos reelaborando las palabras para que suenen más metafóricas, más sublimes, o más encantadoras para quienes nos leen, tenemos el deber de alcanzar la entereza de esperar que en algún rincón olvidado de nuestra existencia, nuestro corazón se acompase al ritmo del universo, o al susurro divino de lo alto  para que resurja de nuevo el arte de escribir…  aquel que perdí hoy.

domingo, 29 de diciembre de 2013



CAMINANTE

Camino adelante
sin mirar atrás
Avanzo seguro
aguardando que
al ritmo de mis pies
nuevas formas conocidas
aparezcan en el campo
abierto de mi visión

Ocultando añejos temores
reconozco verdades aun no
reveladas. 
Mis extremidades
me llevan al retorno perenne
de mis iniquidades;  mientras
reconozco que  la sublime mano
de mi Creador moldea
mis torpezas. 

Todo esto sucede
mientras las horas me consumen.

Mientras a cuestas recorro,
la interminable senda de mi vida


"Mi fe se sustenta en la verdad absoluta de Dios y en la relativa verdad de una iglesia que aún desconozco".
                                            Revelado en Sueños


jueves, 28 de marzo de 2013



¿DE QUÉ COLOR?

En la banca de un parque cierro mis ojos, escucho el viento rozar las jacarandas.  Al abrirlos el mundo ahora es lila. Al cerrarlos de nuevo el ruido de un auto aturde mis oídos, poco a poco la luz de la mañana se sumerge en las cuencas de mis ojos, veo a la distancia el humo de aquel auto, el mundo ahora es gris.  ¿De qué color será en el siguiente parpadeo?

viernes, 22 de febrero de 2013



EL DAÑO

Vi entre la hierba, un  retoño de amapola que recientemente desplegaban su hermoso color escarlata al sol.

Lo quise arrancar por el solo hecho de entregarme al placer de oler su exquisita fragancia.

Así lo hice mientras pensaba para mis adentros:
“¡A nadie hago daño con esto!

Esa tarde, la abeja, la mariposa y el colibrí notaron la ausencia de aquella hermosa flor… 

domingo, 10 de febrero de 2013



MIENTRAS TANTO SIGA VIVO

Masticando pensamientos
con la rabia de no ver el camino,
un día  encumbré mis deseos,
a la altura de lo escrito.

Escribí de hombres que no
mastican pensamientos, sino
de hambres pegados a los basureros.
De mujeres pariendo soledades
y niños sin escuela ni recreos.

Escribí de gobiernos asesinos
y líderes que  levantan puños en
los púlpitos por un Dios que se
desangra.

Alcé mi pluma, más de una vez
para tachar de negro
palabras que no quise pronunciar:
Guerra, muerte y esclavitud.
Odio, avaricia e intolerancia…

Escribí  también de desamores,
traiciones  y olvidos. 
De tristezas, añoranzas y fatigas;
pero aún no olvido que mi pluma,
escribe lo que yo también le exijo.

Aún controlo mis manos,
y del lienzo de mis papeles
dibujados están mis amores:
Tardes bellas en los abrojos,
sonrisas francas de los niños
y amaneceres cálidos en alguna piel.
¡Me doy cuenta que aún puedo escribir,
mientras tanto siga vivo..!



sábado, 9 de febrero de 2013



“No hay peor tragedia
que estar sujetos
al tiempo,
en espera de que la
vida nos de
una oportunidad,
cuando esta ya
se nos había presentado
minutos atrás, distraídos
por mirar las agujas del reloj.”   



"No toda palabra que nace 
del corazón, pasa por el cerebro"

domingo, 3 de febrero de 2013




PUERTAS ABIERTAS

Miro puertas que se abren, otras que se cierran.  Ventanas que transparentan cotidianidades, voces de niños llorando, canciones que alguna vez escuché en lejanos años; luces en las faldas de antiguas montañas que me recuerdan que el presente siglo ya llegó a esas inmensidades; mientras sentado en el asiento de algún autobús la noche cobija mis pensamientos los convierte en palabras que garabateo con cada movimiento serpenteante de esta máquina rodante y que en cada bache del asfalto los caracteres mal logrados intentan contar una historia.   Me doy cuenta que la nocturnidad me  atrapa en este breve relato.
Miro puentes que sostienen vías, edificios por todos lados; luces de neón e innumerables  elementos propios de cualquiera de nuestras  urbes, mientras a mis oídos siguen llegando melodías de antaño.
El viento a través de los ventanales rodea mi cuello y me hace estremecer.  Continúan llorando en afán de súplica los niños que escuché hace pocos minutos atrás.
Termina mi corto viaje.  Al abrirse las puertas del autobús me doy  cuenta de que el camino a casa acaba, salgo de él y al mirar el árbol de poró que sostiene una cerca y que me sirve de referencia  para demarcar el lugar; me alegro de saber que detrás de la puerta que acabo de dejar, hay otras que me invitan a entrar. 
¡Aún hay puertas de hogar que se abren para mí!
Me recibe mi esposa después de un día de trabajo…

viernes, 25 de enero de 2013


 

Delante de mis ojos

Mi corta vista me impide mirar más allá de las arboledas lejanas, las montañas azules y las nubes que a lontananza me parecen mechones de algodón, rizadas por el viento.  Me coloco los lentes y la vida vuelve a ser afable. Lo lejano se acerca, lo opalino se transparenta y el color inunda mis pupilas.  Se alzan aves en los cielos y el sol brilla más que minutos atrás. El verde es más verde, el amarillo lo es más.  Y la tarde me invade con su gama de rojos y naranjas hasta quemar el aire.  Es sorprendente que cristales delante de los ojos cambien vidas, transformen espacios y permitan admirar el diorama de la creación con más intensidad.  Lástima que los humanos, incluyéndome a veces  preferimos mirar el gris de las aceras y el oscuro asfalto de las calles para evitar pensar en que todo lo que nos rodea tiene un dueño, el Ingeniero de las formas, el Arquitecto de lo creado.

miércoles, 9 de enero de 2013



“En el viaje de la vida no me
pueden  faltar mis versos , la pluma
en la mano y un pretexto para escribir..”.

martes, 8 de enero de 2013



EL COLECCIONISTA DE RECUERDOS

Qué es la vida sino un cúmulo de recuerdos acumulados  en nuestra mente.  A veces se nos presentan coherentes y secuenciales, a veces fraccionados y sin sentido.
Un objeto o evento puede desencadenar la salida a la luz de nuestros más recónditas evocaciones, incluso un olor particular nos puede conducir a un preciso momento de muestra infancia quizás a los primeros días en que ingresamos a la escuela o en nuestra adolescencia a los brazos mullidos de nuestro primer amor, aquel de “mariposas en el estómago”  En fin los seres humanos reelaboran constantemente su existencia a partir de las  experiencias vividas durante años, de coleccionar recuerdos para luego revivirlos algunos sólo en la mente, otros en el papel o en las pantallas de las computadoras. 
Los recuerdos se convierte entonces en la sustancia de la que se nutren los escritores…
¡Soy uno de ellos!…
Un coleccionista de recuerdos...



LA MONEDA


Me incliné a recoger la moneda que se me había caído de mi roído pantalón y entonces me di cuenta de que entre las piedras aún crecen dientes de león, apasotes y hojas de llantén, de aquellas que en mi infancia acostumbraba arrancar para  hacer según yo empanaditas machacadas con mis manos.
Al incorporarme de nuevo  el viento de la tarde me  hizo cerrar por un instante mis ojos y entonces divisé al ave de alas negras sobre mis cafetales que ya no están y a lo lejos las verdes montañas cuajadas de frondosas copas de malinche.
Ahora de nuevo abro mis ojos, molesto por una partícula de polvo que me hace lagrimar.  Me veo entonces derramando mi primer llanto por la niña que me había abandonado en medio del patio de mi escuela.
Me seco la cara y mientras espero el autobús me recuesto en un poste de luz, entonces revolotean en mi mente los viejos bombillos de campana que iluminaban mi antiguo barrio, de incendios constantes en casas de madera, de confites gratis en la pulpería de Don Juan; de rayuelas en la acera y cuerdas en movimiento en espera de que pequeños pies se atrevan a saltarlas.  De un beso a escondidas en el portal de alguna vivienda y santos en andas en Semana Santa, de molinos de maíz en la madrugada y cometas de bambú en las plazas

Busco en mi bolsillo la moneda para completar el pasaje.  Me doy cuenta de que me faltan cincuenta colones y reconozco que era la moneda que se me había caído; la que escasos minutos atrás sacudió estos breves  recuerdos, como una instantánea en mi mente.
Abordo el autobús…


CRISTALES DE VIENTO


Ayer entró el viento en las rendijas de mi puerta y con él el sonido de la lluvia  Llovía y cada gota golpeaba mis oídos y se acunaba en mi corazón que de sobresalto se aceleraba cada vez más.  Recordé entonces las interminables tardes frías de mis inviernos de infancia sentado en algún pupitre de mi escuela, mientras mi maestra se esmeraba a enseñarme a leer y a mejorar año a año mi torpe caligrafía y mi rudimentaria ortografía.  Recuerdo aquella lluvia horadar surcos sobre el amarillo césped del amplio patio, imposible de pisar por el agua empozada  a cada palmo del terreno.  Recuerdo la lluvia empañar todas las ventanas que a lo largo de mi existencia fueron cristales de viento que se interponían entre mis ojos y la realidad tangible.  Ventanas de escuela, parabrisas de autos, ventanales de autobuses, vidrieras de tiendas, espejos colgando en alguna de las paredes, ventanas de hogares que ya ni están, lentes en mi cara.   Pareciera que la vida se enmarca mejor detrás de algún cristal, se controla y reduce nuestro planeta en el transparente límite de aquella invención de cristales fundidos.  Detrás de las ventanas  nuestro mundo se rehace minuto a minuto mientras apenas somos espectadores, a veces pasivos,  a veces activos
Detrás de las ventanas escucho aún el sonido de  voces lejanas que me conducen a mis primeros años de vida…


SOMBRAS EN LA PARED


Me introduzco en la penumbra de la habitación con solo el objeto de mirar flamear la vela sobre el recipiente plástico que al final de su existencia terminaba por derretirse.  Me encantaba quedarme estático en la oscuridad,  hipnotizado por la roja llama que si no fuera por la briza que salía de las rendijas de las paredes de madera o mi aliento, apenas se movía. Me encantaba también el místico olor a cera fundida que manaba de ellas que era como un incienso que me conectaba con el mundo espiritual. Sólo cuando soplaba adrede sobre ella,  sombras se proyectaban en particular vaivén en el cielo raso y el entablillado de aquella habitación. Mi madre acostumbraba encender una velita cada vez que mi padre se ausentaba algunos días o semanas o la enfermedad se apropiaba de mi hogar.  Recuerdo estampitas de santos y un Sagrado Corazón de Jesús iluminarse apenas por la flama de esas velitas, colocadas como dije a veces en  pequeños frasquitos plásticos, y en otras sobre la superficie del agua, flotando sobre una capa de aceite. Lo que sé es que en la nostalgia que significa recordar esa escena, mi corazón se estremece aún en mi vida de adulto por la luz de cualquier vela, pues siempre significó para mí una necesidad que urgía solventarse y una súplica al mismo cielo por la seguridad y salud de alguien en la familia.




PÁJAROS LEJANOS

Miro aquella mancha roja en las ramas del limonero, lo veo a lo lejos e intento acercarme furtivo.   Quizás el sonido de mis pies me delatan y el cardenal sale huyendo.  Miro la paloma mimetizándose sobre la gris cornisa del edificio,  sólo el rojo rubí de sus ojos me recuerdan que está vivo.  Alas negras en lontananza flotando sobre la amarilla tarde me sorprenden  más allá de las ventanas del autobús, mientras un gavilán sobre alguna plaza levita en busca de su presa.  Comemaíces en el suelo, picoteando la hierba fresca en tardes de invierno, son compañeros de siempre cuando transito la ciudad.  Azulejos se cruzan en constante algarabía en mi campo visual entre los parques  y el bosque y el sonido de jilgueros colgando de alguna jaula me recuerdan que ando preso entre los humanos.  Llega entonces la noche y sobre los caminos, olvidados, el ululante sonido del autillo se pega a mis oídos sin dejarme dormir.   No será hasta que el lejano sonido de algún gallo me anuncia una nueva  mañana …
Aves flotando en mi cabeza, sonidos lejanos, sonidos actuales, que aún me sorprenden, colores intensos surcando los aires; verde profundo confundiendo las  hojas, todos ellos coloreando la vida, haciéndola más afable.
“Pájaros lejanos
Como lejanos recuerdos
Que aún siguen viviendo
Arrullando  mis versos”.




Sobre aquel cementerio de fierros viejos mis pies anduvieron en equilibrio sorteando maltrechas máquinas agrícolas  y refacciones  de autos.  Me adentré en el esqueleto de una vieja camioneta abandonada y  me senté frente al volante para imitar que andaba en media carretera conduciéndola a alta velocidad.  Al lado de un montículo de electrodomésticos en desuso dejé mi bicicleta junto a  la de mi amigo Antonio, mientras nos divertíamos ambos tratando de acertar puntería contra una pila de botellas de vidrio vacías. 
Fue cuando íbamos por la décima botella quebrada cuando recibimos una epifanía del cielo de esas ideas locas de juventud que según nosotros iba a sacarnos de la pobreza.  Decidimos recolectar botellas de vidrio vacías para luego irlas a entregar a un centro de acopio que quedaba un tanto lejos de nuestras respectivas viviendas pero que en bicicleta, seguro la ruta se acortaba.  Lo cierto es que en los siguientes días nos adentramos por cuanto lote baldío veíamos y recolectamos entre los vecinos las ansiadas botellas de refrescos y licor, en espera de que nos dieran buena cantidad de dinero por ellas. 
Recuerdo llenarnos de purrujas, unos pequeños insectos que pican como el demonio y plantas de ortiga provocarnos salpullido por todo el cuerpo cada vez que entrábamos a los terrenos abandonados; además de decenas de vecinos cerrarnos las puertas en las narices con la insolencia de aquellos que no quieren ser molestados por jóvenes insistentes como nosotros.
Lo cierto es que después de dos días de recolección logramos llenar un bolsón con aproximadamente cincuenta botellas.  Mi bicicleta estaba maltrecha para utilizarla, así que decidimos amarrar a como pudimos,  las botellas en el respaldo de la bicicleta de mi amigo.
 Y ahí montados en medio de aquel saco de redomas, mi escuálida figura de entonces y mi amigo Antonio, nos fuimos contentos al centro de acopio según nosotros a recibir la gran fortuna esperada.
 Atravesamos medio barrio y antes de llegar a la intersección de la carretera, mi muy querido y aguzado compañero de aventuras se le ocurrió la “genial idea” de pasar frente a la casa de una amiga y admiradora suya; Katia,  con el fin de “pavonearse” y demostrarle sus dotes de ciclista y ahora nuevo “hombre de negocios”.  En el preciso instante que pasábamos por su casa, ella iba saliendo y como si fuera película de Hollywood y el destino se confabulara en contra nuestra, el conductor de la bicicleta, quien no era más que mi estimado Antonio,  dio un mal giro y con todo y botellas fuimos a parar al suelo.  Se pueden imaginar mis lectores que más de la mitad de ellas se quebraron y otras tantas fueron a parar a los caños cercanos.
Esa tarde solo se escuchó en aquella calle la risa burlona y a la vez tímida de aquella bella chiquilla, y el murmullo entre dientes entre Antonio y yo quienes de un salto nos levantamos y comenzamos de prisa a recoger las desventuradas botellas que habían sobrevivido al percance, mientras suplicábamos al mismo cielo nos tragara la tierra. 
Como han de suponer, ese día solo recibimos unas cuantas monedas por aquella mercadería y decidimos humillados disolver la sociedad hasta nuevo aviso. 
¿La moraleja que me dejó esta historia?
Definitivamente hay una máxima universal:
“No hay que mezclar los negocios con el placer… mucho menos con el amor” 
¡Ah,  y la próxima vez me conduzco en mi propio medio de transporte!




sábado, 5 de enero de 2013

 
LA VIDA EN SEGUNDOS
 
Recuerdo el olor a “Reina de la Noche”, mezclarse con el nauseabundo hedor de aquel contaminado río. Recuerdo también el sonido del caudal al chocar con las rocas, que iluminado por la luna en creciente de un setiembre que aún no acababa, me provocaba náuseas. Estaba a punto de dejar este mundo, de saltar al vacío, de flotar en el aire cual ave nocturna; seguro que en el transcurso de escasos segundos haría realidad lo que algunos mencionan constantemente, vería mi vida pasar como en una película.

Levanté mis manos en cruz, alcé mi mentón al cielo, respiré hondo y me lancé al vacío, dejé que la gravedad siguiera siendo una ley universal.

Mientras mis pies dejaban de sentir la fría baranda del puente y el aire se convertía en mi último medio que me enlazaba a este mundo, creí que la teoría que quería comprobar sobre la vida en mis últimos segundos se haría realidad.

No fue así, mis años de frustración, mis constantes depresiones, mi alcoholismo que me llevó incluso a perder mi familia y a mis más íntimos amigos no llegaron a mi mente en el momento de lanzarme al vacío. No hubo ángeles que en los últimos minutos frenaran la caída y en sus alas me condujeran de nuevo al inicio de mi triste historia, como aquellos que en tantas películas absurdas mostraban. Tampoco hubo una luz al final del trayecto que me acercara o provocara arrepentirme. Sólo un fuerte golpe al estrellarme contra algo y un… no mas sentir, un… no más ver, un... ya no soy…






Mi ojos comenzaron a divisar algunas formas conocidas detrás de una refractaria capa lacrimosa de la que no me podía deshacer. A mi alrededor escuchaba voces en angustiadas carreras. Mi nariz había dejado de oler la putrefacta combinación de flores y aguas negras y en cambio mi mente empezaba a captar el olor particular a suero, alcohol y medicamentos característicos de cualquier hospital, de los que en más de una ocasión estaba acostumbrado visitar, no como enfermo, pero si como voluntario, en aquellas épocas en que creía que ayudando a los demás purgaría mis faltas o pecados. A veces los humanos buscan recompensar sus errores y yo era uno más de los que creía en ello. Esta vez era yo el paciente, había saltado al vacío no hace cuanto y había logrado apenas salir de mi inconciencia…




“¡Toma!, no pude conseguir el libro que querías, pero quizás este otro te resulte interesante!”

Naturalmente no era el ejemplar de “Cortan el aire las alas silvestres” del escritor ruso Nicolai Slakov el libro que aquella enfermera me entregaba en mis temblorosas manos, sino un vetusto empastado de “El extranjero” de Albert Camus el que finalmente me había devorado aquella tarde que recuerdo; tarde porque un anaranjado sol se colaba por el balcón que daba a la habitación en que permanecía recostado.

Por más que intentó, la bonita enfermera no pudo conseguir aquella novela rusa que tanto yo amaba aún antes de querer desconectarme de este mundo, en cambio decidió que Camus me sería más interesante, aunque se considerase un escritor existencialista y hasta fatalista por muchos. Al final no me importaba quien fuera el autor, siempre y cuando se tratara de un buen libro…




Recuerdo el ruido de la botella chocar con la orilla del vaso al servir el cantinero el whisky que acababa de pedir. Sobre el lustrado mostrador de la barra, algunas gotas condensadas por el calor del lugar comenzaban a resbalarse del vaso y creaban un hilo de agua que llegaba al margen de la amplia mesa hasta gotear sobre mis rodillas. Mi recién conocido compañero de al lado, entablaba según él una entretenida charla conmigo, yo simplemente asentía con todos los gestos propios de aquel que finge seguir una conversación, entre ellas mover la cabeza de arriba a bajo, abrir mis ojos en un afán de sorprenderse y una que otra mueca de sonrisa, en el preciso momento en que sorbía el trago de licor. En realidad estaba absorto en mis propios pensamientos y me parecía superficial la conversación de aquel extraño que se ensañaba en presumir de sus conocimientos en fútbol, criticando el último campeonato de los equipos nacionales. Apostaba que nunca había tocado siquiera una balón y ya su palabrería comenzaba a molestarme. Entretanto, el desconocido de la izquierda, me recordaba a uno de esos seres extraños, como salido de una película de terror o un engendro de inframundo. En su hombro derecho traía tatuado un cuervo posado sobre una tétrica calavera, mientras diversas arracadas colgaban de muchas partes de su rostro. Observé que bebía grandes cantidades de cerveza negra, mezcladas con aguardiente, no sin dejar de sospechar que tomaba anfetaminas u otra droga más fuerte. En efecto, en dos ocasiones en esa noche le vi ingerir dos cápsulas desconocidas para mí.
Intenté evadirlo, concentrándome en la medalla de San Gerardo que desde pequeño pendía de mi cuello y que frotaba fuertemente entre mis dedos. Miraba también el hielo que comenzaba a derretirse dentro de mi quinto vaso de whisky, y las noticias que el televisor empotrado a la derecha de la pared parecían presentar inundaciones en el sudeste asiático. En realidad nada de eso pudo evitar que aquel desconocido que apenas sabía su nombre, me dirigiera la palabra. Después de las superficialidades que implican iniciar una conversación, el tema se tornó después de otro whisky y cerveza en un tema único y de corte existencialista…



“Melisa quiero ir al baño…¡ayúdame!”

Ya me había acostumbrado a que Melisa, la bella enfermera que ceremoniosamente llegaba todos los días a bañarme, me viera desnudo y hasta en mis malos momentos me ayudara a sostener mi miembro para que lograra orinar, tras meses de enyesadas mis piernas y brazos. Esa ocasión no dejaría de ser un fastidio el conducirme por el largo pasillo del hospital hasta el retrete e intentar sentarme sobre el inodoro para depositar los restos de la comida del día anterior. Esa noche Melisa cuidó todos los detalles de mi rutinaria y larga convalecencia. De seguro que faltarían otros meses más…




El bar se llenaba cada vez más de personas en pareja y en solitario que salían de sus trabajos intentando olvidar el estrés de la semana o apurando el viernes en espera de un relajante sábado sin preocupaciones.

“¡Compañero creo que la vida no la podemos resumir en un segundo, reconozco que en mi desgraciada existencia el ansiado ascenso en mi miserable trabajo no llegará nunca. Que perdí a mi mujer por no ser lo suficientemente hombre capaz de mantenerla y darle al menos un hijo que le acompañara y le hiciera su vida un poco infeliz; que mis deudas acabarán por llevarme a la banca rota en mi frágil economía y que para colmo de males desde hace años mi pierna izquierda me duele hasta rabiar a causa del accidente de mi anterior trabajo en construcción. No hermano, -balbuceando ya muy ebrio- he perdido la fe, si alguna vez la tuve hoy se ha esfumado, La verdad ya nada me importa!…”




Desperté sudando, atormentado por alguna pesadilla, quizás el recuerdo de mis últimos segundos antes de lanzarme al vacío. Al abrir mis ojos, Melisa estaba ahí, sosteniendo fuertemente mis manos entre las suyas y acariciando mi frente para recordarme que ya todo había pasado, que todo estaba bien…

Luego la luna se coló por la ventana y ya despierto de aquel sopor escuché el lejano sonido de una sirena, era probable que alguna ambulancia saliera a esa hora para atender alguna emergencia…




“Vamos, salgamos de aquí estoy de acuerdo contigo: ¡la vida es una mierda y no vale la pena vivirla!.

Hace años que busco a alguien que quiera hacer el “Viaje” conmigo, pero nadie se atrevía a hacerlo, hasta que me contaste tu historia. Considero que calzas con el perfil que ando buscando; estoy seguro que no hay nada de qué arrepentirse. ¡Conozco un lugar genial para ello!”.



No sé si por los vapores que exudaba el lugar, o lo ebrio que a esa hora estaba, que me pareció ver su rostro tornarse oscuro, cadavérico, con grandes arrugas en su frente y ojos colmados de grandes llamaradas rojas También pude percibir que detrás de aquel personaje una sombra se erguía, como alas negras desplegándose al arcano cual ángel de la muerte esperando algún mortal…





“Toma te traje un libro, es diferente a otros que acostumbras leer, de seguro te será de mucho provecho”.

Extendí mi brazo izquierdo que ya con terapia lograba medio articular. Mi mano torpemente pudo apenas sostener un ejemplar empastado en carátula café del Nuevo Testamento. A mi memoria llegaron entonces algunos pasajes que en misa de diez el cura párroco de mi barrio acostumbraba leer. Para mí las parábolas de Jesús me parecían lindos cuentos de infancia. Con el pasar del tiempo y al llegar a la vida adulta los consideré hasta ridículos. No era posible que en una semilla de mostaza cupiera todo el Reino del Cielo, ni que las personas fueran malas o buenas porque sembraran sobre piedras o espinos. Y hasta llegué a creer que Jesús era un simple personaje de ciencia ficción de las películas que de pequeño veía en televisión durante la Semana Santa. Esta vez no me negué a leer ese libro que para mí estaba vedado o no pertenecía a los que acostumbraba ojear, no sentí la incomodidad que meses atrás sentía por los libros sagrados. Abrí la página inicial y susurré el nombre del primer evangelio, Mateo…





Mientras aquel extraño desconocido conducía sobre la carretera, mi mente sumida en los vapores del alcohol divagaba en labores no concluidas, glorias vividas en los años de universidad y rencores acumulados a lo largo de los años. Me debatía en la moralidad de hacer lo correcto o dejarme llevar por las palabras convincentes de aquel individuo. Él reafirmaba mis inseguridades, mis fracasos y temores. Según él me haría un gran favor y hasta me acompañaría en los últimos momentos. Para que no sufriera y no me arrepintiera en el último segundo, en su macabro experimento aquel hombre me aseguró que me inyectaría un adormecedor que actuaría al instante y de esa forma no sufriría. Llegamos al puente…



“¡Axel, tienes visitas!”

Vi entrar a Antonio con un clavel sobre la mano. Se acercó a mí y me abrazó a como pudo. Era mi gran amigo de infancia, lo reconocí inmediatamente por el tic nervioso en sus ojos que entrecerraba en todo momento.

- “¡No sabía qué traerte, así que te compré un ramillete de claveles rojos, pero luego caí en cuenta de que no resultaba nada masculino el regalo, aunque es típico ver flores en un hospital ¿no?

- ¡Jaja!... ambos sonreímos”.

Esa tarde mis dolores se disiparon o al menos se atenuaron con aquella cálida visita…





Recuerdo que me tambaleaba por el paso peatonal del puente hasta llegar a la otra orilla. Recuerdo también que la noche me atrapaba arriba, abajo y a todos lados, en una obscuridad absoluta, hasta que la luz de algún auto pasaba e iluminaba el cuervo con la calavera en el hombro del que minutos antes había entablado conversación en el bar. Recuerdo unos brazos ayudarme a subir a la baranda del puente. Recuerdo la mezcla nauseabunda de alcohol, flores de noche y aguas negras excitar mis sentidos. Recuerdo una voz lejana que me decía:
“¡Déjalo todo!”. Recuerdo la luna llena y el ulular de una lechuza que en algún árbol lejano llamaba a su consorte. Recuerdo el viento recorriéndome todo mi cuerpo. Recuerdo un pinchonazo en el muslo derecho y una sensación de alivio y paz. Luego recuerdo latigazos en mi rostro, el sonido de huesos quebrándose, y la sensación de estar suspendido. Ya no recuerdo…




“¡Mira, encontré tu libro! Me costó, pero al fin lo conseguí. Mi mirada se clavó en los hermosos ojos claros de Melisa y en un primer plano; sobre la portada, unos urogallos que ilustraban el empaste de Cortan el aire las alas silvestres”.


“Ahora sé que el viento es como un papel que se puede cortar con el roce de la piel o las alas de los ángeles. Ahora sé que las manos de Dios son ramas de árboles donde podemos anidar, Ahora sé que los huesos se quiebran como ánfora contra las piedras y que el Artesano recoge los añicos y remienda en un nuevo cántaro.

Sé que no fue una pesadilla la que viví y que soy de los pocos afortunados dueños de una segunda oportunidad. Sé que tengo en mis manos la novela que hace tiempo quería rescatar y que en algún recodo del camino perdí. Sé que a la par de ella; en el estante de mi biblioteca, letras escritas hace más de dos mil años resonarán en mis oídos en palabras de consuelo y alivio.

No recuerdo con certeza si estuve en aquel bar aquella noche. Si sobre el hombro de algún desconocido, cuervos se posan en tenebrosas calaveras; o si en los oídos, una voz persistente invita a acabar con nuestras vidas. Lo que sé es que no es necesario lanzarse al abismo para que la vida transcurra en segundos. Cada fragmento de tiempo se suma en un continuo avance y en nuestra mente se graban recuerdos que cuando queremos, se rescatan de las entrañas mismas del subconsciente. El arte es recordar los mejores.

 


lunes, 31 de diciembre de 2012




BENDITO SEAS SEÑOR
 (Oración para el cambio de año)
Bendito los días soleados y  nublados de este año que termina.
De seguro el sol brillará también en el año que comienza.
Benditas sean las manos que de una u otra forma hicieron posible que en mi mesa no faltara nunca los alimentos  en este año que fenece.
Sé  mi Señor que me cuidarás en el próximo  y el pan no me faltará en  la alacena.
Bendito el amor de mi madre, mi esposa y mis hijos que son el reflejo de tu rostro mi Dios, al igual que de mis hermanos amigos y compañeros de trabajo.
Del transeúnte que me encuentro todos los días al cruzar la calle y del que a distancia me regresa una sonrisa por cualquier medio que sea .
Bendito seas Señor, porque eres bueno y te olvidas de mis bajezas, estas atento a mis necesidades y me regalas por siempre la gracia de llenar mis pupilas de montañas azules , briza en mi rostro, perfume de flores silvestres y  rocío en mis manos. 
Bendito Seas señor, por el arrullo de una paloma, la alegría del silencio, y el bullicio de la ciudad.
Bendito seas por el tiempo que es tuyo y los años que me regalas  para recordarme que mi deber es siempre agradecerte y nunca reprocharte. 
¡Bendito seas mi Señor,  Bendito seas…!