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miércoles, 5 de diciembre de 2012



NAVIDAD.
Cuelgan  esferas de olorientos árboles de ciprés
y ovejas se ocultan entre el musgo
de los portales.
Afuera el cierzo se  cuela por las rendijas
de las puertas,
mientras de las estufas
el olor a tamal y café inunda las cocinas.
Cristalinas mañana  en los senderos.
Tardes arreboladas  entre las colinas.
Recuerdos de quienes ya no están.
Alegría de un niño por nacer.
Villancicos lejanos  que llegan a mis oídos.
Cintas de regalo  y envolturas en el suelo.
Sonrisas infantiles en las calles y luces de
Bengala  son instantes retratados de la
Navidad de mi tierra,  la del ombligo mismo
de mi infancia que con nostalgia espero, toda vez
que me cuelo por un resquicio de mis recuerdos.


jueves, 26 de abril de 2012


RECONOCIENDO SU IMPORTANCIA

Un día un árbol de navidad decidió quitarse los adornos que le colgaban de sus ramas. Según él le pesaban mucho y lo hacían verse ridículo. Que campanitas doradas, esferas multicolores y luces que le mareaban de tanto parpadeo, que guirnaldas plateadas y bastones simulando dulces en sus puntas y para colmo una gran estrella dorada rematando su testa. Cuando logró liberarse de tal suplicio se sintió árbol libre de bosque. Pero de repente cuando se miró solo, sin aquellos guindajos en la amplia sala de aquella casa se sintió desnudo y definitivamente pensó que a veces un poquito de abalorios por aquí y maquillaje por acá son necesarios en alguna ocasiones para ponerse a tono con la moda y las costumbres de aquella época tan esperada por los niños. Ese es el sacrificio de la fama y la gloria. Si hay objeto más representativo de la navidad, son los árboles de navidad y según él no era la excepción.

miércoles, 25 de abril de 2012


MAÑANA DE NAVIDAD

Con la felicidad colgando de sus alas, aquellos niños solían vestirse de ángeles en las mañanas de navidad para realizar su acostumbrada caminata campestre, subir las colinas cercanas y recoger frutillas que luego en tejidos cestos de mimbre llevaban a su hacendosa madre, quien se esforzaba por colocar la húmeda leña dentro de la vieja cocina de metal forjado. Ese día el desayuno sería abundante; panecillos horneados, huevos con jamón, galletitas de jengibre y un humeante café que cortaba la atmósfera con el vapor que se condensaba por entre el frío aire de esa mañana. Con las frutillas recolectadas haría un hermoso pastel, que más tarde sería la delicia de todos en aquella familia.

Daba gusto mirar el rostro iluminado de los niños al encontrar ocultos entre las hierbas y zarzales, decenas de púrpuras esferillas que la obra del Creador les entregaba a manos llenas.

Vistos de desde la base de esos collados y resplandecientes al sol aquellos infantes me recordaron la ancestral noche fría en que unos pastores fueron visitados por seres celestiales cantando glorias al que en la afueras de los muros de Jerusalém, en la pequeña ciudad de Belén nacería en un humilde establo cobijado apenas por un mullido heno, el que cambiaría la historia de la humanidad, el Emanuel, el "Dios con nosotros".

LUCES EN LOS CIPRESALES

Sobre las alturas de aquel húmedo bosque una neblina comenzaba a disiparse y a mostrar las estructuras conocidas del ciprés, con sus tupidas y minúsculas hojas siempre verdes y sus pequeñas piñuelas redondas, que al secarse sueltan al viento las simientes que pronto caerán al suelo; perpetuando la vida de aquellos hermosos árboles, cuyo olor tan particularmente propio de las navidades, inunda las narices de cuantos pasaban por el lugar.

Se dice que desde 1950, en aquellos parajes remotos de las montañas de Heredia, cada inicio de diciembre una miriada de luces surcaban los cielos y se posaban sobre las ramas de esos retorcidos árboles cuyos troncos sinuosos se modelaron a lo largo de los años por el vaiven del viento.

Algunos afirman que eran miles de luciérnagas que migraban desde las partes bajas del país y se colocaban sobre las copas creando un verdadero espectáculo de luces, cientos de árboles de navidad iluminados por la mano divina de Dios. Otros han querido dar explicaciones sobrenaturales que redundaban en pequeñas naves espaciales y hasta estrellas que caían del cielo.

Lo cierto es que Francisco un viejo ermitaño del lugar quiso hacer negocio del fenómeno instalando una pequeña posada para recibir a cuanto peregrino deseara ver de cerca el evento. El hostal iba muy bien, pues llegaban familias enteras a pernoctar en las noches frías solo para observar las extrañas luces posarse sobre los cipresales.

Resulta ser que para diciembre de 2007 y 2008, las luciérnagas que llegaron al lugar fueron disminuyendo en cantidad y luminiscencia, así que su negocio comenzó a declinar, al punto que prácticamente tuvo que cerrar sus puertas.

Decidido a emprender una nueva forma de vida, empacó sus pocas pertenencias y enrumbó su camino hacia la ciudad. Esa noche, con el frío a sus espaldas y sus esperanzas rotas, comenzó a descender las altas montañas. Llevaba en su mente la preocupación de qué iba a ser de su vida.

Al bordear un pequeño riachuelo y adentrarse en un campo de fresas silvestres observó a lo lejos una luz en la ventana de una vieja cabaña. Al acercarse notó que se trataba precisamente de un árbol de ciprés iluminado por una extensión de luces todas blanquecinas que se prendían y apagaban al mismo tiempo. Ignorando lo visto detrás de esa ventana, el viajero continuó su camino, hasta que en una alameda de esos centenarios bosques se detuvo de repente, movido por una idea que le asaltó de repente en su cabeza. Rápidamente corrió, sino es que saltó lo más que pudo entre matorrales y caminos empedrados. Quería llegar lo más pronto hacia la ciudad.

Al encontrarse muy cerca de la base de la montaña, una sensación de euforia le inundó, que mezclado con la fría brisa de esa noche le hizo dibujar una sonrisa en su rostro. Algo celestial se había adueñado de él. Ahora le devolvería a su gente la esperanza que habían perdido. Finalmente al llegar al principal almacén de la ciudad comenzó a buscar entre los artículos de ferretería cientos de extensiones de luces navideñas, todas de colores blanquecinas. Las compró y se cercioró de agregar más clables eléctricos y suficientes enchufes y tomacorrientes. Con dicha carga y el poco dinero que le quedaba arrendó un auto y se dispuso a emprender su viaje de regreso a sus adoradas montañas.

Inmediatamente que llegó comenzó a crear una larga tira de bombillitos luminiscentes que fué colocando a lo largo de cientos de metros sobre las copas de los árboles de ciprés. El viento arreciaba a esas horas de la noche, pero Francisco no dejaba de trabajar en su empeño de devolver la luz a esas soledades. Tardó cuatro día y cuatro noches en esa dificultosa tarea.

En el último de esos días, cuando los primeros rayos de sol se interpusieron a la oscuridad, todo aquel bello bosque en las cumbres de aquellas montañas se encontraron cubiertos de bombillitos que con la presencia de díal brillaban a contraluz.

Para cerciorarse de que funcionaban, en las noches iba haciendo ensayos por secciones hasta que finalmente lo logró. Después pensó que para simular las luciérnagas revoloteando por los aires, quemaría leña, y con el viento las chispas se disgregarían por doquier, proporcionando un ambiente de regocijo y paz. Ya la gente no llegaría a observar el fenómeno natural de la llegada de las luciérnagas, pero al menos vería otro espectáculo maravilloso, no sólo un árbol de navidad iluminado, sino cientos de ellos rodeando las colinas y bajando hasta el mismo valle. A partir de ese momento, el hotel se volvió a llenar y durante todas las noches de aquella y otras navidades siguientes, cientos de curiosos se agruparon sobre la fría hierba a contemplar los bosques de ciprés iluminados. No se si será cierta esta historia, lo que sé es que Francisco con su ingenio devolvió la alegría a esas montañas...y de paso hizo negocio.


GUAYABAS AL SOL

Aquel niño tuvo la maravillosa idea de decorar aquel árbol de guayabas. Lo había descubierto al subir aquella colina repleta de basura. Desde pequeño había vivido rodeado de cajas de cartón, restos de comida, botellas plásticas y cientos de desechos que los humanos tendemos a deshacernos y que a algún lugar van a parar.     Esos lugares en que una miríada de familias acostumbran a separar lo servible de lo inservible y que a costa de años logran acumular algo de dinero para transformar sus miserables vidas, en el que en alguna olvidada esquina del tiempo, el alcohol, las drogas y una eterna pobreza los integran también al resto de la basura, convirtiéndolos en desechos mismos de la sociedad.

Llegaban los vientos alisios del norte ese año más fríos que de costumbre, pero en las viejas casuchas alrededor del botadero, el humo de las chimeneas se doblaba hacia el sur. Como siempre los alimentos eran frugales y no habrían regalos esa navidad, mucho menos un arbolito que decorar. Pero esa tarde, aquel niño quiso regalar a toda su familia y a la comunidad entera un hermoso regalo.

Inmediatamente se dio a la tarea de recolectar botellas plásticas, y cajas de cartón. Con algunos tarros de pintura que había recolectado del mismo botadero pintó de verde, rojo , azul y dorado las cajas y botellas. Con algunos abalorios y listones que pudo extraer de una descuidada caja que algún sastre mandó al estañón de la basura, decoró bellamente los adornos recién hechos.

Siguiendo su ejemplo, los demás niños de esa pobre y olvidada comunidad comenzaron a recolectar cuantos desechos sirvieran para formar los hermosos adornos navideños.

El crepúsculo los encontró sobre aquella desolada colina llena de basura colgando aquellos accesorios sobre las ramas de aquel guayabo que extendía sus ramas a las primeras estrellas que asomaban sobre la bóveda celeste.

Como nunca habían trabajado en equipo para realizar una obra tan maravillosa. Todos estaban orgullosos de la labor concluida, aunque lamentaban no poder iluminar el árbol, pues no contaban con extensiones de luces navideñas y de todas maneras las pocas que habían encontrado entre las montañas de basura estaban inservibles, y además, ¿de dónde tomarían la electricidad que ni siquiera tenían?.

Lo cierto es que esa noche todos los niños de la comunidad durmieron plácidamente hasta el otro día, hasta la mañana de navidad, despertados únicamente por una multitud que se aglomeró frente a aquel hermoso árbol de guayaba cuyas figurillas de cartón de caja y botellas colgaban de las frondosas ramas, pero sobre todo ante el asombro de la gente al mirar el regalo que en recompensa por los bellos adornos puestos , la naturaleza les entregaba a la vista, decenas de hermosas guayabas maduras que de la noche a la mañana brotaron y que a la luz del sol brillaron como lucecitas mismas de navidad. Ese día fue de fiesta para toda esa comunidad

FLOR DE NOCHE BUENA

Las gotas de rocío se condensaron sobre las hojas de los arrayanes cercanos, esperando a que la luna apareciera sobre las peñas que obstaculizaban el difícil ascenso.

El cierzo comenzó a colarse por entre las mantas que apenas tapaban su debilitado cuerpo. Padecía de lupus pero eso no le sería impedimento para escalar aquellos remotos parajes en busca de la Flor de Noche Buena, aquella que entre breñales crecía rebosante y en abundancia, conocida también como la Flor de Navidad.

Sus pies descalzos sentían la humedad atrapada de los musgos, así como las incómodas espinas de los zarzales cercanos, pero eso no resultaba más tedioso que la debilidad padecida de su enfermedad, la que por muchos años le había impedido realizar una vida normal.

La luna estaba ahora más alta, pegada al cortinaje azul de la noche y el viento golpeaba cada vez más fuerte, como un puño certero sobre su rostro. Se detuvo por un instante a inhalar el aire frío, para sentir luego que aún estaba viva, mientras su corazón buscaba la forma de expandir sus paredes lo más que pudiera para dejar pasar la sangre caliente que se dispersaría una vez más a lo largo de su cansado cuerpo.

Las pupilas de aquel perfilado rostro se dilataron al pasar por un bosquecillo de encinos para así lograr atrapar la escasa luz de la luna que se diluía por entre las ramas y que se perdían en la oquedad de la noche.

Al virar en el último recoveco de aquella colina observó a su izquierda las diminutas luces de una ciudad que se le antojaba cada vez más inhumana, aquella que había dejado ya horas atrás. Le parecían ahora esos puntos brillantes, pequeñas luciérnagas pintadas sobre un lienzo negro de un impresionista pintor.

Sólo faltaban unos cuantos metros para alcanzar la cumbre de ese inhóspito lugar y así observar el milagro que se avecinaba ante sus maravillados ojos.

Sus pies maltratados ya por tan escabrosa caminata la llevaron por último a colocarse frente a la pradera saturada de la más hermosa e intensa armonía de rojos de diversas tonalidades que la luz de una luna llena pudiera mostrar.

No era necesario que fuera de día para que los rayos de sol iluminaran tal espectáculo. La nocturnidad se encargaba todos los años de brindar tan hermoso regalo. Y es que a medianoche de todo los días de diciembre de todos los años, un milagro bajaba del cielo y cubría aquel pequeño valle enclavado entre colinas. Las diáfanas gotas de rocío combinadas con el intenso escarlata de las Flores de Noche Buena a contraluz de la luna, hacían valer la pena tan infranqueable ascenso. El sólo ver aquel paisaje rompía con todo esquema humano, con la cotidianidad que significa vivir rodeada del llamado "Progreso".

Ahí estaba ella, sola con aquel milagro ante sus ojos, respirando el frío aire de la montaña, con su enfermedad a cuestas, sus ropas húmedas y la dicha de una paz interior nunca experimentada, colgando de una lágrima.



EL ÁNGEL DEL ALA ROTA

Permanecía en aquel cajón, oculto entre las demás piezas del nacimiento, el ángel del ala rota.

Sólo una vez al año veía la luz asomarse al levantar alguien la tapa, para descubrir las caritas felices de los niños que con regocijo tomaban las piezas que formarían parte de la representación del portal de Belén, con las figuras de la Sagrada Familia, la mula, el buey, los reyes magos y pastorcillos. Sólo él faltaba en el conjunto y ese año según él no sería la excepción.
Esa sería otra noche buena que permanecería solito entre la paja que protegía el yeso de su cuerpo de posibles fracturas.

Él ya había experimentado tan desafortunada suerte desde el día en que Carlitos, el menor de los niños de aquel orfanato sin intención alguna se le había resbalado de sus manos y se había fracturado una de sus alas.
Tal avatar del destino lo condenó a permanecer años escondido en aquel viejo cajón.

Al momento en que se fracturó nadie puedo encontrar el ala, porque de ser así se la hubieran colocado con pegamento y de nuevo remataría el nacimiento con su "Gloria in excelsis deo".

Resignado permaneció hasta la fecha, excluido del elenco.

Esa noche una carita nueva apareció al levantar la tapa, era Jorgito, un minusválido que en silla de ruedas había llegado recientemente al hospicio y hacía lo imposible para congeniar con el resto de sus compañeritos, pero que por su condición no podía participar en casi todos los eventos que organizaban entre ellos.

A veces se quedaba en un rincón observando a los más grandes jugar a la pelota o saltar a la cuerda. Él también quería hacer lo mismo, pero sus paralizadas piernas se lo impedían.

Esa noche; como era costumbre todos los años, las manitos de aquellos niños arrebataron del cajón las figuritas del portal, quedando sólo en la mano de Jorgito el viejo angelito del ala rota. Se le quedó mirando con ternura y notó la ausencia de su alita derecha, por lo que inmediatamente le pidió a una de las encargadas del orfanato un poco de harina, papel y engrudo y con sus habilidosas manos logró amasar una pasta con la que moldeó el fragmento que le faltaba. Él ya conocía el procedimiento, pues en más de una ocasión tuvo la oportunidad de ver hacer esa tarea a su madre. Una vez que moldeó el ala, la dejó secar al sol del día siguiente y en la noche, precisamente en la víspera de la navidad, logró retocar la figurilla con pintura, hasta darle un bello acabado color blanco y dorado.

Una vez listo y con algo de dificultad, aquel niño en su silla de ruedas colocó el angelito en el remate de la casita que daba cobijo a las figuras de la Sagrada Familia.

Los demás niños alrededor suyo le aplaudieron y esa noche cantaron villancicos. Todos los que admiraban ese bello portal, creían ver a aquella figura de yeso y ahora de harina sonreír, como agradecida de haber sido rescatada del olvido.

Aquel angelito ya nunca más tendría su ala rota, aunque el que narra este cuento cree que muchas personas andan con el corazón roto, esperado que alguien llegue pronto a repararlo
AQUELLA NOCHE

Mientras en lo que hoy es Afganistán una niña veía en la ventana una hermosa estrella en el firmamento, en la India un paria mendigaba por las calles de lo que sería Madras ; entre tanto su corazón le decía que un gran acontecimiento estaba por llegar.

En Roma, un centurión pasó frente a la estatua de Júpiter, con pensamientos que le inquietaban, como si le avergonzara continuar la tradición que sus padres le habían inculcado de adorar dicha imagen de mármol.

Un viento extraño atravesó el desierto de Arabia y de la copa de las palmas, dátiles rodaron al suelo, mientras que un pastor nómada calló de rodillas llorando por una felicidad que ni él mismo se podía explicar.

En las selvas de lo que más tarde se conocería como el trópico americano, bosques enteros florecerían de repente en una sola noche, transformando el abundante verde en una paleta de colores propios de un pintor.

Perfume de jazmín, rosas y azahar se mezclaron todos en uno de los jardines del palacio del Emperador de China, relajando sus sentidos. Esa noche durmió apaciblemente, y soñó con unas huellas sobre las arenas de un desierto que desconocía y un hombre tropezando en un empedrado.

De repente las aguas del Jordán se volvieron de un bello color turquesa, como nunca se había visto antes, y en el Mediterráneo cientos de aves marinas revolotearon en perfecta sincronía hacia el Este.

En el cielo nocturnal, auroras boreales circundaron de oriente a occidente, y hasta la luna en Turquía se vio más cercana a la Tierra, tanto que hasta se podían ver sus cráteres casi al alcance de las manos.

Todo esto sucedió la noche en que unos pastores pasaban frío en un escampado en las afueras de la pequeña aldea de Belén, unos extranjeros venidos de oriente seguían la ruta perdida de una estrella y una mujer con apenas un viejo establo por cobijo y un pequeño pesebre por cuna, daba luz a aquel que cambiaría por siempre la historia de todas esas personas y la humanidad entera. Al menos así lo soñó un habitante cualquiera de un continente aún sin nombre.