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sábado, 12 de enero de 2013


EL CARBONERO

Colocada sobre el poste de aquella cerca, una lata invertida reflejaba el sol de la mañana, la que a lo lejos me invitaba a acercarme.  Aquel portón de alambres y troncos que limitaba la entrada a aquella propiedad me causaba unos deseos intensos de transgredir los linderos.
Mi corazón se aceleraba al escurrirme entre el alambrado de púas al lado de la entrada y a cada paso que daba me preguntaba si era correcto lo que estaba haciendo.  Se decía que en la pequeña y destartalada casucha levantada sobre aquellos agrestes terrenos vivía el viejo carbonero del pueblo, un ser sacado de una febril mente que según algunos resucitaba cada noche de las cenizas.  Algunos incluso lo veían arder durante la noche para luego perseguir furioso, envuelto e llamas a quienes se atrevieran transitar por su propiedad.   Es por eso que decidí espiarlo a plena luz del día, con la esperanza de no encontrármelo con las ropas encendidas y la cara iluminada en actitud desafiante. 
Atravesé un polvoriento camino, bordee un establo vacío, y llegué hasta una cerca viva de amapolas. Ahí me detuve al observar la chimenea humeante de la vieja casucha.  Suponía que adentro un anciano barbudo con ennegrecidas ropas me saldría al encuentro y en cualquier momento se prendería en llamas hasta sacarme del susto de aquellas inmensidades.
No estaba equivocado, un anciano de luengas barbas, andar taciturno y ropas maltratadas, que destilaba hollín como brea, se asomó por el hoyo de la desvencijada puerta.   Yo sólo le devolví el gesto con otra sonrisa, una tímida y casi imperceptible.  Cómo no tenía un pretexto seguro del por qué estaba ahí, se me ocurrió la lógica idea de preguntarle si me podía vender una medida de carbón suficiente para encender una parrilla, a la que él respondió con una gesto entre sus manos, llamándome a ingresar a la vivienda.  Estando ahí pude ver entre anaqueles, fierros viejos y paredes ennegrecidas varias fotos de él en un barco pesquero.  Pude apenas divisar su figura con sombrero de capitán y un habano entre sus dedos.  Parecía feliz desafiando olas, lanzando redes y remontando a cubierta, miles de peces de variados tamaños.
A punto estaba de lanzarle la pregunta obligada sobre la suerte de su vida, cuando me despachó de inmediato, entregando en mis manos medio saco de un negro carbón reluciente,  seco y oloroso, apto para ser encendido en cualquier fogón o parrillada que quisiera. Se acercó tanto a mí que me vi forzado a salir de prisa y reconocí al instante  que me debía de ir. Intenté acercarme de nuevo a su persona con la intención de cancelar el valor de la compra, pero de su rostro que apenas relucía el blanco de sus ojos, una mueca universal de desaprobación, me indicaba que mejor me alejara.  Supuse entonces que amablemente me regalaba la mercancía.
Cuando me voltee por fin para devolverme por el mismo camino, me sorprendí de noche, envuelto en una espesa neblina y el sonido de animales nocturnos merodeando en mi cabeza, hasta que luego un silencio sepulcral que duró varios minutos se adueñó de aquel terrible lugar. Miré entonces con miedo de reojo hacia atrás y la figura de aquel vetusto hombre envuelto en llamas y la vieja cabaña también incendiada, me confirmó que la mente a veces nos juega extrañas pasadas que nunca sabremos comprender. ¿Estaba despierto o dormido?.  Lo cierto es que mis pies respondieron instintivamente a la llamada de huida  los que me condujeron de prisa fuera de los linderos de aquella maldita propiedad. 
Hoy les cuento a mis hijos que aún me provoca escalofríos contar aquella historia.  Luego supe que aquel desdichado capitán fue un holandés que terminó siendo carbonero en un alejado rincón de mi país en donde viví mi infancia.  Tuvo la mala suerte de que por un accidente el barco que navegaba estalló en llamas, muriendo gran parte de su tripulación; excepto él, quien fue rescatado del naufragio aferrado a un madero en altamar.  Cargó con la culpa toda su vida y es por eso que algunos dicen que en todas las noches, aquel desgraciado hombre se encendía en llamas para sufrir lo que vivieron aquellos infortunados marineros y decidió  ser carbonero en recuerdo de aquella historia.
 

                   

viernes, 18 de mayo de 2012


LA CUEVA DE LOS MURCIÉLAGOS

Entraban y salían en un sincronizado vaivén sobre aquella antigua cueva enclavada sobre la pared del cañón de río los oscuros seres alados. Con gran temor se adentró a las profundas y oscuras cámaras de la caverna, llena de estalactitas de sinuosas y complicadas formas. Desde pequeño le temía a los murciélagos y es que cuando apenas tenía cinco años, uno de ellos entró en su habitación y batiendo su alas cayó sobre su cama. Desde ese día casi todas las noches tenía pesadillas con ese misterioso animal revoloteando encima de su cabeza. Despertaba gritando y bañado en sudor. Por eso es que a pleno medio día y sin que nadie lo forzara, decidió entrar a esa cueva con el fin único de terminar con ese trauma, morir a sus demonios y acabar con su fobia a los murciélagos. Al abandonar la luz de la soleada tarde, y verse envuelto en la penumbra, su corazón comenzó a agitarse cada vez más. El guano que cubría las paredes y el suelo húmedo de la caverna inundaba de un desagradable olor el ralo ambiente del lugar. debido al gas metano que expedía, peligroso al concentrarse en grandes cantidades. Aún sabiendo el peligro inminente decidió continuar su travesía auxiliado de un pañuelo que sujetado a su boca, lo protegía de los mortales gases. Con ayuda de una lámpara de baterías logró romper el velo de la oscuridad para darse paso por los enmarañados pasadizos de la estrecha cueva. Después de sortear algunas estalagmitas y vadear las aguas del manantial que corría en sus entrañas, logró llegar a una cámara abierta, donde quedó asombrado del trabajo milenario que el dióxido de carbono produce sobre la calcárea roca. Al llegar al centro de aquel lugar sintió una brisa que según él provenía de alguna abertura en el techo, pero que al iluminar la estancia se percató de que se trataba de los cientos de murciélagos que revoloteaban a su alrededor. Entonces un escalofrío paralizó sus extremidades y en un primer impulso quiso gritar, pero no estaba dispuesto a retroceder, se decía para sus adentros que esta vez no huiría, enfrentaría su terrible temor porque de lo contrario toda la vida seguiría despertándose sudoroso en las noches con la imagen de esos "ratones alados" abalanzándose sobre su rostro hasta hacerlo sangrar y desfallecer. Cerró entonces sus ojos y en total oscuridad sintió cómo las alas cubiertas de piel rozaban sus orejas, sus cabellos y brazos. Incluso un atrevido animal se posó sobre su hombro. Aquel asustado hombre viró hacia donde estaba aquel ser , para observar luego cómo los dientes del quiróptero se abrían en amenazante demostración, mientras una larga lengua salía de su boca.

Estando ahí sólo, en medio de esa cueva, el miedo lo envolvía y no en vano quería huir, lo cierto es que permaneció más de una hora de pie rodeado de todos esos animales, soportando la idea que lo llevó a enfrascarse en tan arriesgada misión. De repente y sin una explicación lógica, aquel hombre que había sufrido durante años aquel temor incontrolable fue envuelto de pies a cabeza por las alas de aquellos seres noctámbulos hasta convertirlo en una sola masa amorfa y fue levantado del piso a media altura de la cueva, luego giró y como si fuese sumido por una fuerza paranormal, levitó por toda la estancia hasta que finalmente cayó al suelo, permaneciendo inconciente por algunos minutos, después del cual se levantó y con la alegría de haber superado una crisis, como si hubiera logrado escalar una montaña o haber ganado un trofeo olímpico, aquel hombre salió de la cueva libre de toda fobia.

Ni él mismo era conciente de lo que sucedió en realidad ese día en aquella misteriosa cueva, lo cierto es que no volvió a soñar con murciélagos revoloteando sobre su cabeza, sería él quién ahora en noches de plenilunio volaría sobre las cabezas de quienes temen y sueñan la oscuras alas de un murciélago, era ahora él uno de ellos...

jueves, 10 de mayo de 2012



EL STRADIVARIUS

Abrió la puerta del ático con miedo a que un animal extraño pegado a una telaraña se le tirara encima. Con la precaución que le caracterizaba y la linterna en su mano pasó revista por la habitación, antes de dar el último paso en la escalera para adentrarse en la pieza. Casi a tientas por la poca luz que le proporcionaba el foco, logró divisar el botón de encendido de la lámpara. Procedió a prenderla y de repente la habitación se iluminó, dando lugar a una serie de valijas viejas, muebles rotos y sábanas blancas que daban a la habitación aspecto de lúgubre panteón de objetos perdidos.

En un rincón y recostado contra la pared se encontraba el estuche de piel que contenía el viejo Stradivarius del abuelo. Pensó en abrirlo para mirarlo por última vez, tocar sus cuerdas y repasar su bellísima madera laqueada, pero no se atrevió, quería mantenerlo tal como lo había encontrado. Todavía a sus oídos llegaban las bellas melodías que provenían del instrumento y los bailes de gala que solía preparar el anciano, en los que él, todavía muy pequeño aprovechaba para asaltar las mesas preparadas con sabrosos banquetes. Se iba a deshacer de tan preciado objeto pues necesitaba venderlo pronto y utilizar el dinero para enfrentar la crisis económica que en la familia vivían.

Decidió dejar el violín en el ático, al día siguiente lo llevaría a la casa de compra y venta donde de seguro lo cotizarían muy bien y le darían buen dinero. Cerró la portezuela del ático y se fue a dormir. Esa noche hizo más calor que de costumbre y la luna que estaba llena provocó demasiada luz , colándose por los ventanales de la casa. Su esposa seguía dormida, pero él sólo daba vueltas en las sábanas y no lograba conciliar el sueño. Se levantó a tomar agua.

Por los pasillos de la casa, la luz de la luna convertía los objetos en extrañas y difuminadas figuras fantasmagóricas. Él no acostumbraba a prender los bombillos una vez acostado. Al llegar al grifo de la cocina y antes de que decidiera darle vuela a la llave para verter el agua en el vaso, el sonido de una melodiosa , pero a la vez estridente música se metió en sus oídos. Provenía de la parte alta de la casa, del mismo ático que escasas horas atrás había visitado. Asustado soltó de inmediato el vaso que al chocar con el fregadero no se quebró pero derramó el contenido de medio recipiente a llenar. En seguida salió corriendo hasta subir las escaleras, abrió la portezuela y a tientas prendió la lámpara que apenas iluminaba la estancia. El Stradivarius seguía en su lugar, e inmediatamente que abrió la puerta, dejó de sonar la melodía.

La historia se repitió durante siete días. Todas las noches escasamente dormía y al incorporarse la extraña melodía lo aturdía. Era una música que él nunca había oído, melancólica y a la vez estridente. En más de una ocasión despertaba a su esposa para que ella escuchara también la melodía, pero ella lo desmentía diciéndole que no oía nada y se volvía a acurrucar entre las sábanas Se estaba volviendo loco.

Una noche decidió terminar con esta trama así que se aseguró de que todos se hallaran dormidos, esperó a que fuera la una de la madrugada, hora en que la melodía frecuentaba inundar los rincones de la casa y se sentó en la mecedora de la sala a esperar el incidente. Sus ojos se cerraban y abrían de repente ante el menor ruido de la madera al rechinar, o el viento al mover las ramas de encino que durante muchos años permanecía incólume cerca de la barda de amapolas.

De repente y como de costumbre a la precisa hora, la melodía del violín comenzó a provocar la estridencia a la que ya se estaba acostumbrando el insomne. Como una catapulta se levantó inmediato del asiento, dejando la mecedora en un constante balanceo que a la luz de la luna parecía movido por fuerzas sobrenaturales, propias de las películas de terror. Inmediatamente subió las escaleras y respirando cada vez más rápido abrió la portezuela del altillo. Como siempre y a tientas, buscó el interruptor de la luz, sus dedos recorrieron la pared y al tacto logró presionar el rebuscado botón de encendido. Sólo se escuchó el ruido típico al fundirse la resistencia del bombillo, y un destello que dejó la habitación en penumbra, a pesar de que la luna se colaba por la pequeña ventana en forma de rosetón que remataba el techo a dos aguas del ático. Con el miedo en su garganta avanzó a tientas hacia donde se encontraba el violín.

De pronto entre las sombras apareció vestido con harapos un niño rubio y de ojos azules, en su mano derecha llevaba el Stradivarius y en la izquierda el arco de cerda de alazán. Al igual que su abuelo, el niño había muerto a corta edad, pero tuvo la oportunidad de aprender de mano de él algunas melodías sencillas, pero que aún no lograba dominar del todo, de ahí la estridencia en algunos compases. Cuando lo miré observé un rostro triste y suplicante, luego se colocó contra la pared, mirando a un viejo retrato de su abuelo que enmarcado en fino abedul sostenía apenas el vidrio roto que en un tiempo protegió del polvo y la humedad la pintura. De repente detuvo la ejecución del instrumento, y se le quedó mirando fijamente al asombrado visitante, mientras alargaba sus brazos como ofreciéndole entre sus manos el viejo violín. Y como si todo eso fuera un sueño, la habitación se difuminó en una penumbra que cada vez se le alargaba frente a sus ojos.

Se encontró entonces en su cama, abriendo sus ojos lentamente y respirando agitadamente. Como catapultado por un presentimiento aquel quien acababa de vivir tan extraña experiencia, corrió las sábanas y descalzo se dirigió hacia el ático hacia el lugar donde había tenido la visión del niño, debajo de él el Stradivarius permanecía recostado sobre la pared. No estaba seguro si toda esta maraña de acontecimientos sucedieron en realidad o si fue un juego de su imaginación, lo cierto es que algo en su corazón le mostraba que ese día, ni nunca más pensaría en la posibilidad de deshacerse de tan preciada reliquia familiar.


EL SILENCIO DE LA MONTAÑA

Extraño fenómeno es el que los escaladores viven cuando de repente el viento, el sonido de las aves, los grillos y los mismos pies sobre la hierba al pisar, dejan de producir sonido alguno.
Todo queda en calma; hasta los oídos zumban, como cuando con nuestras manos separamos el ruido externo y nos sumergimos en un mar de serenidad.
Pero esa tarde a Rymond el silencio de esa montaña lo aterró. Desde la cumbre comenzó una nube oscura a descender en forma muy extraña, cubriendo la ladera con un frío que le erizó hasta los vellos de sus brazos. El sol se ocultó tras esa cortina, el ocaso dio paso en pocos minutos a una temible noche negra. A kilómetros de distancia, las luces de la ciudad parecían miles de estrellas posadas en el valle. De repente esas luces se apagaron y una grisácea neblina envolvió las azoteas de los edificios. La luna en cuarto menguante asomó por entre el perfil de las colinas . Estaba completamente solo, circundado por un silencio sepulcral, casi de ultratumba, uno que si se extendía unos minutos más, de seguro lo desquiciaría. Él alguna vez había visto en alguna revista científica especializada fotografías de rostros de hombres y mujeres que habían sufrido experiencias terriblemente aterradoras y que murieron con expresiones totalmente deformadas por el fuerte impacto de las impresiones. Rymond no quería morir sólo, con el temor fluyéndole por su garganta y el sudor de su frente resbalándole por el mismo cuerpo. Tenía hijos y esposa y no quería abandonarlos a merced de la vida.
Con el corazón palpitando a mil comenzó a descender la montaña, acelerando el paso cada vez más, sin reparar si las piedras o arbustos se le atravesaban; simplemente las vadeaba o saltaba como un galgo corriendo en una pista tras el conejo. Y el silencio le seguía, ni siquiera sus pasos se escuchaban cuando alguna rama quebraba. Al tiempo de correr y tras el cruce del camino que iba hacia el oeste, una extraña luz que inició siendo como una lejana estrella en el cielo se fue acercado al asustadizo hombre hasta enfocarlo en un solo punto. Sintió que de repente una fuerza sobrenatural lo abducía hacia el cielo mismo. No tuvo tiempo siquiera de luchar, se dejó tragar por las extensiones de la noche, por aquel objeto en forma de plato que giraba a miles de revoluciones por minuto. Mientras iba subiendo su cuerpo se iba transformando en energía pura, sus miembros se iban fraccionando y su rostro se diluía en líquidas partículas que finalmente como un embudo se tragó al infeliz humano. La nave dió un giro hacia el norte y a la velocidad de la luz se volcó hacia el espacio mismo. Un silencio implacable se adueño del lugar para siempre. Nunca más se volvió a escuchar el sonido de las aves, los pequeños mamíferos, el cantar de los grillos y ni siquiera el escurrir del agua por entre los arroyuelos cercanos.
Se dice que a la mañana siguiente los noticieros mencionaron los comentarios de varios testigos que afirmaron observar el avistamiento de varios ovnis en esa región. Detrás de un alto roble un cuerpo sin vida y con un rostro terriblemente lacerado, ojos extremadamente abiertos y una mueca torcida de espanto, fue hallada por un humilde campesino de la región. Desde ese día quienes atraviesan esos parajes no escuchan sonido alguno en el aire.
Algunos creen y otos no en los objetos voladores no identificados pero lo cierto es que el silencio de la montaña quedó como testigo de que algo extraño había sucedió horas atrás.

jueves, 12 de abril de 2012




LA LECHUZA DE OJOS DE DRAGÓN

Era una noche fría, las puertas de aquella mansión en ruinas se abrieron de par en par y dieron paso a la entrada del viento que revoloteó en las habitaciones e hizo maullar al gato negro que sobre el descanso de las gradas lo aguardaba con su penetrante mirada. Subió uno a uno los escalones, deteniéndose de vez en cuando para escuchar el crujido de la madera ante el peso mismo de su cuerpo. Temía que no fuera él el que produjera el sonido. Sintió un soplido en su cuello y un escalofrío se adueñó de sus miembros hasta hacerlo sudar de espanto en forma de minúsculas gotas frías de muerte resbalando sobre su frente. Debía enfrentarlo, no estaba sólo.
Consiguió llegar hasta el segundo piso con las piernas temblorosas y un deseo inmenso de gritar, pero contuvo su aliento y no pronunció gemido alguno. Las paredes, antaño pintadas con craqueladas flores de liz le parecieron hoy murciélagos suspendidos en el aire.
El candelabro de bronce , le supuso moverse por un instante, pero no fue más que el reflejo de la luna en creciente que reflejaba las ramas de un ciprés sobre su blanca superficie.
La atmósfera estaba cargada de cierta electroestática que causó que su reloj de muñeca se detuviera a las doce en punto. Abrió entonces la puerta de la habitación e inmediatamente aspiró un aire frío , cargado de olores nauseabundos que penetraron por sus fosas nasales y le hicieron retroceder.
Ahí estaba el cuadro de bodegón pintado a mano y que representaba un canasto de frutas, unos libros colocados en serie y ella, la lechuza de ojos de dragón posada sobre un promontorio de piedra. De niño sus ojos le habían hechizado y una fuerte atracción hacia el animal lo empujaba siempre a verla. En realidad era una criatura disecada que formaba parte del conjunto del bodegón . Recordó que en muchas ocasiones no se atrevía a dormir en esa habitación por temor a ser atraído hacia sus ojos amarillos color fuego. Le temía y le amaba a la vez. Se había convertido en una obsesión.
Esa noche, veinticinco años después, había atravesado el cementerio de la localidad y se había internado entre matorrales y bosquecillos de encino para estar con ella y cerrar un capítulo en su vida. Ya no le temería, debería enfrentarla y rasgar el lienzo, destruir el retrato.

Las cortinas de la ventana que daban al jardín comenzaron a moverse por el viento huracanado que entró de repente. Con su corta vista y en la penumbra de la habitación logró divisar que del bodegón, la lechuza de ojos de dragón comenzó a desprenderse del lienzo y flotar en una danza etérea por toda la habitación. El plasma de su antimateria revoloteó en sinuosas formas zoomorfas hasta que se transformó en la antropomorfa y bella figura de una mujer. Él se quedó estupefacto ante lo que sus ojos vieron. Ella simplemente se acercó a él y lo envolvió entre sus vestidos lo abrazó fuertemente y besó sus labios con delírica pasión. Esa noche los dos se fundieron en una sola criatura. Cuando el climax del delirio llegó a su final un charco de sangre había quedado en el suelo, las sábanas estaban totalmente manchadas y miembros dispersos por toda la alcoba recrearon una escena de horror y espanto. La luna estaba llena, un silencio de muerte se había apoderado de la mansión.
Al día siguiente los funcionarios de centro psiquiátrico de la localidad junto con autoridades policiales hallaron la terrible escena y comenzaron las indagaciones. Uno de los detectives al acercarse al retrato del bodegón quedó paralizado al observar a la misma lechuza que había visto años atrás pero ahora sosteniendo entre sus garras a un roedor mientras que con su pico desgarraba sus carnes. Él había entrado más de una vez a esa habitación, pues era amigo de infancia del que hacía una noche habían asesinado.




lunes, 6 de febrero de 2012



LA NEBLINA

Comenzó la neblina a descender por la ladera de las montañas, hasta cubrir el valle. Se estacionó un momento sobre el campanario. La humedad que aportaba contribuía con el herrumbre que durante años iba cada vez más deteriorando el mecanismo del reloj y por consiguiente retrazando los minutos del tiempo. La pareja de lechuzas que en las viejas cerchas del edificio descansaban, nos recordaban con su ulular lo antigua que estaba la estructura de madera del templo. Se acercaban el uno contra el otro para resguardarse del frío que bajaba de las alturas.
La neblina continuó flotando silenciosamente sobre el camino de piedras y se adentró en el jardín de rosas. Como fantasma se coló debajo de las rendijas de la puerta y se introdujo en un largo zaguán que daba a la habitación de una joven mujer pero que ya presentaba signos de cansancio. Sofía yacía sobre su cama con su viejo camisón de algodón, uno de los pocos que le quedaban dada la paupérrima situación de años. Estaba muy deprimida ya que escasas semanas su marido había muerto en un accidente automovilistico, no tenía hijos, la madre naturaleza no la había reconpensado con tal dicha y dedicaba gran parte de su tiempo a cuidar unos niños del orfanato que distaba unos cuantos metros de ahí,.
La neblina subió lentamente la cama, deslizándose sobre el cuerpo de la mujer, empezando por los fríos pies que aunque debajo de las colchas permanecían desnudas, hasta llegar al rostro desgajado de la enferma. Estando dormida aspiró el aire cargado de humedad y de repentre se produjo un espasmo en todo su cuerpo que la encorbó hacia arriba. Comezó a experimentar extrañas convulsiones con movimientos sinuosos de serpiente, las sábanas y almohadas caían al suelo cubriendo las pantuflas grises que el día anterior había colocado ceremoniosamente una a la par de la otra. De su boca comenzó a salir gemidos como de animal. y entre sollozos pronunciaba el nombre de su marido, Marco. Soñaba con él como cuando paseaban por la pradera y el sol daba sobre sus rostros. Nada les parecía más hermoso que estar juntos y compartir horas interminables de pláticas en el que los temas cambiaban de política a cosas superfluas como el color de los geranios. En su sueño Marco se le presentó de frente y le tomó sus manos, la miró a sus ojos y le susurró al oído:
-"Mi amor yo estoy bien, no te preocupes por mí. Deseo que despiertes y sigas viviendo, no te dejes vencer por la tristeza, tienes que dedicarte a lo que siempre has amado, los niños del orfanato. Te prometo que pronto estaremos juntos..."

De repente la neblina se disipó, el frío se alejó de las rendijas de la vieja casa, la pareja de lechuzas del campanario dejaron de ulular y por la silueta de las colinas cercanas empezó a salir unos pequeños rayos de sol. La cortina de nubes bajas que cubría el valle empezó a levantarse y a asomar un pueblo lleno de color, donde la gente despertaba a la vida laboral de siempre. Sofía todavía permanecía yaciente sobre la cama. Sus párpados comenzaron a abrirse, mientras sus pupilas hacían el esfuezo para dilatarse ante la entrada de luz proveniente de los diáfanos ventanales que daban a su habitación.
Aspiró lentamente por su boca y como disparada por una catapulta, se levantó de prisa procedió a bañarse , se cambió de ropa y salió hacia la calle. Todo le parecía nuevo, las hojas de los árboles brillaban por el sol, el aire no estaba contaminado, el azul del cielo le parecía una pizarra donde escribir sus sueños. Estaba viva y deseaba estarlo, pensó en sus amados hijos del orfanato y corrió hacia ellos. Los encontró cantado en círculo, la hermana Clarisa los había cuidado en su ausencia. Al entrar al salón de clases todos la recibieron con un fuerte abrazo y ella se unió a la algarabía de los juego y el canto. Ese día fue para ella un volver a nacer. Se preguntarán: ¿qué es lo que pasó?. Algunos que la oyeron contar sobre el extraño sueño no le creyeron, preferían pensar que la neblina que había bajado el día anterior de las montañas, tenía algo que ver con su vuelta a la vida. Se decía que la nueva fábrica de farmacéuticos que recientemente se había instalado en las afueras del pueblo, expedía gases de una reciente pastilla antidepresiva que habían inventado.

viernes, 3 de febrero de 2012



EL ESPANTAPAJAROS

Los pies al pisar las cañas secas producían un sonido acompasado con los latidos de aquel hombre que luchaba por salir hacia los linderos del extenso maizal. Sintió los pasos de alguien que lo seguía, sólo que en esta ocasión no se trataba de su hermano mayor. Estaba acostumbrado a que le hiciera esa broma, pero en esta ocasión no era él. Sabía que si volvía la vista atrás sería atrapado de inmediato, no tendría salvación. Apenas tres minutos atrás un rayo había caído sobre el viejo espantapájaros que se encontraba mal trecho en medio del inmenso maizal. Lo extraño es que el monigote no se había quemado, sino que por el contrario por extrañas fuerzas, aún inexplicables parecía que había tomado vida . En forma macabra hasta había aumentado de tamaño y amenazaba acabar con toda forma de vida a la redonda.
Su rostro que hacía poco se trataba de una simple calabaza con ojos ahuecados, adquirió el color de las cadavéricas calaveras de ultratumba. Su raído sombrero se había convertido en un yelmo al estilo medieval y sus pantalones de lona ya rotos por el viento se transformaron en armadura de caballero. Con sus propias manos arrancó de cuajo uno de los leños que sostenía ara su endeble cuerpo de paja y por las fuerzas maléficas que le acompañaban la convirtió en un afilado sable que a la luz de la luna parecía la cola de un cometa chispeante que mostraba el filo de la misma muerte. El hombre siguió pisando las cañas secas de maíz, corriendo a todo galope, como alma que llevaba el mismo diablo. No quería volver atrás, debía seguir. Sabía que el granero estaba cerca y si lograba llegar hasta donde el arroyo atravesaba la cerca de abedules, estaría a salvo del terrible espantapájaros. Faltaban apenas diez metros para llegar al puente que separaba la fuente de agua con la cerca , cuando de pronto una rama se le enredó en su pie, cayendo irremediablemente al suelo. Se detuvo y aguzando su oído lo más que pudo notó que ya no escuchaba la amenaza por la cual huía, el campo quedó totalmente sumido en un profundo silencio, y ni los grillos se escuchaban . Al incorporarse para continuar corriendo topó de frente con la bestia que le perseguía. El pobre hombre fue asido de sus brazos por el gigante y de un solo bocado el infernal ser se lo tragó por completo. Después de masticarlo, regurgitó un par de botas y la hebilla de su brillante cinturón.
Antes de que regresara a su original sitio, dada las primeras luces del alba , el espantapájaros convertido en endemoniada criatura se difuminó tras las palabras de...
"A ver Carlitos, apaga el televisor y venga de inmediato a cenar...
A esa hora transmitían "Historias de Terror". Por cierto esa noche Carlitos no apagó el televisor, lo castigaron con no cenar y tuvo pesadillas de espantapájaros persiguiéndolo en un extenso campo de maíz.

miércoles, 1 de febrero de 2012

MASACRE DE INOCENTES

El viento movió las ramas del árbol mientras los cocuyos cantaban una extraña canción de misterio. El sereno provocaba que su coraza se le ablandara. La gravedad lo hizo descender en caída libre. Al llegar al suelo una sustancia pastosa y verde comenzó a salir de su costado. Rodando comenzó a producir sonidos extraños. Parte de un hueso salía de sus miembros inferiores. De repente el otro ser lo tomó entre sus manos, apretándolo fuerte hasta que de su herida en el costado brotó más del líquido verde y grumoso. El ser luchaba por conocer su estructura, saber si el organismo contaba con los elementos necesarios para desarrollar el proyecto. El tan preciado proyecto...
Lo aprisionó fuertemente contra una mesa y con el impulso animal que lo caracterizaba, literalmente lo fue partiendo en trozos con un cuchillo, despedazando su carne y volviéndolo una masa informe. La escena se llenó de horror, sangre verdusca en todas partes, piel rugosa en el suelo, huesos a flor de piel, en fin el procedimiento se llevó a cabo, había muerto a manos del despiadado ser.

El experimento continuó, el ser en su macabra mente no se satisfacía sólo con asesinar al inocente recién llegado, sino que tomó a otro espécimen que lo mantenía en una cámara de enfriamiento para que sus líquidos vitales mantuvieran sus cualidades físicas adecuadas y el procedimiento fuera un éxito. Esta especie contenía debajo de su piel la sangre roja que el asesino necesitaba para satisfacer sus bajos instintos, así que sin más miramientos tomó el mismo cuchillo con el que asesinó al primero e introduciéndolo en su pecho lo desgarró lentamente. El inocente no tuvo oportunidad siquiera de defenderse, mucho menos de pronunciar palabra alguna, de todas maneras al permanecer a bajas temperaturas el sentido del habla se le había atrofiado. Apenas un gemido final lo separó del hilo entre la vida y la muerte. Sin poder luchar se rindió al último corte del desalmado ser. Como parte del extraño experimento, introdujeron ambos cuerpos desmembrados en una cámara y vertió un líquido ácido que poco a poco les iría disolviendo. Agregó miembros cartilaginosos y blancuzcos de otra de sus víctimas, miembros olorosos a miedo y terror, a pánico hecho lágrimas al momento de su muerte.

El asesino en su depravación probó la sangre mezclada de sus víctimas, absorbiéndola directamente de sus miembros destrozados con la serenidad propia de los psicópatas, que sin inmutarse se excitan con sus crímenes.

Luego todo fue celebración y orgullo. Para festejar su fechoría convidó de las sangre y los cuerpos a otros iguales a él, otros que se deleitaban con el sufrimiento de inocentes incapaces de defenderse.

Yo lo sé porque estuve ahí; fui una de la víctimas en espera a ser sacrificada, pero que tuve la oportunidad de escapar de la masacre hecha ensalada, de mis amigos el aguacate, el tomate y la cebolla...

sábado, 21 de enero de 2012

Dibujo para colorear Casa embrujada

EL FANTASMA DE ANITA

Delante de su rostro, la criatura voló dejando una ráfaga de viento a su paso, mostrando que en esa noche negra, ni siquiera a un centímetro se podía divisar objeto alguno. Por eso cuando el animal aleteó frente a él, su reacción inmediata fue esquivarlo y con sus manos alejarlo de su cara. Se trataba de un murciélago, de los tantos que abundaban en aquel lugar. Caminó hasta la puerta en busca de que la luz de la luna le permitiera enfocar mejor su vista para descubrir el sendero de piedra que lo llevaría finalmente a la carretera. Al salir, la serenidad de la noche lo hizo volver a la calma.

Mientras la luna colgaba su blancuzco plato sobre el cielo, los grillos entonaban una melodía armoniosa. Un perfume a flores silvestres relajó la mente de aquel asustadizo individuo que huía de aquella fantasmagórica experiencia; ruidos de tablas rechinando, transparentes fantasmas revoloteando por la casa, cuerpos mutilados por doquier y sangre espesa en las paredes, que manchó las mangas de su camisa y manos. Éste fue uno de los pocos que logró salir ileso de aquella terrorífica mansión.

Y es que desde hacía tiempo, un grupo de amigos habían decidido apostar a que el que se atrevía a entrar en esa mansión, en la que aparentemente una niña había muerto de hambre y frío, al ser abandonada por sus padres, ganaría una sustanciosa suma de dinero. Se decía que "Anita" rondaba las noches de plenilunio por las derruidas habitaciones de esa vieja casona, y que incluso se le veía detrás de las ventanas con una vela en la mano. Habían llegado al acuerdo de que el primero que permaneciera más de veinte minutos dentro de la casa y lograra salir de ahí con vida, ganaría la apuesta.


Por eso es que esa noche, el más osado de ellos respiró hondo e ingresó por el largo pasillo que lo conduciría a la parte alta de la casa. Apenas entró un viento helado caló sus huesos, sensaciones de espectros rodeándolos y ruidos extraños le hicieron retroceder, pero ya era tarde, o continuaba y demostraba que no le temía a nada, o saldría de ese lugar como un verdadero "gallina".

Lentamente subió las gradas y el rechinar de los escalones le hicieron recordar las malas decisiones que a veces toman los humanos. Recordó que él padecía del corazón y ya comenzaba a sentirse nervioso; señales que le indicaban que algo no estaba bien. A su edad, estaba propenso a un infarto seguro, pero las ansias de demostrar su hombría y el deseo de ganar la apuesta le motivaban a seguir adelante, a pesar de que comenzó a sudar frío y a acelerarse su ritmo cardiaco.

Toda la casa estaba cubierta de telarañas y de los rincones creía ver rostros que se abalanzaban sobre él. Cientos de insectos caminaban por entre las paredes y figuras fantasmales revoloteaban por su cabeza. Además los candelabros se movían y luces circundaban la atmósfera espectral de la antigua casa.

Verdaderamente asustado, comenzó a correr sin rumbo fijo, chocando contra los objetos y paredes que limitaban su paso. El único pensamiento en su mente era encontrar la salida final de aquel laberinto en que se había convertido la vieja mansión, para intuir que al abrir alguna de las puertas, seguro se encontraría con el indeseable fantasma de Anita, la pobre niña abandonada.

Precisamente, al abrir la última puerta, una figura deformada le apareció de repente. Sus ojos hundidos sobre las cuencas de ese cadavérico rostro mostraban aún restos de nervios y masa ocular putrefactos. La palidez de su ceño contrastaba con el largo cabello negro que le permitía apenas asomar su lacerada nariz. Su vestimenta andrajosa, que no era más que un viejo camisón cubriéndole hasta los tobillos, le daba aspecto de una dantesca alma en pena. Debajo del atuendo, sobresalían dos piececitos desnudos, a los que le faltaban algunos dedos, quizá debido a la permanencia del cuerpo por mucho tiempo olvidado en algún rincón de la vieja casona.

Tan pronto la vio, aquel fantasma se abalanzó contra él, haciéndolo caer al suelo, mientras observaba cómo levitaba a escasos centímetros del suelo y se alejaba de él por entre el pasillo superior de la casa, hasta atravesar las despintadas paredes de la habitación siguiente.

Tal visión fue el acabóse de esta paranoica experiencia. Dicen que tuvieron que sacarlo en camilla y darle resucitación inmediata con apoyo de maquinas y respirador artificial. Sus compañeros preocupados por él, decidieron darle el gane en la apuesta, a pesar de que no había logrado salir por sus propios pies de la terrorífica mansión.

Lo cierto es que desde esa noche y hasta tres días después, "La Casa de los Sustos" de aquel Parque de Diversiones fue cerrada temporalmente hasta que las autoridades competentes decidieran qué cambios y medidas de seguridad tomarían.