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lunes, 27 de enero de 2014





LA CRUZ DEL CAMINO

En la entrada de aquel pueblo aquella cruz de hierro se erguía sobre un pilar de mármol rematado con un capitel de ornamento típico de volutas, propio del estilo jónico.  Cuando la vi recordé las cruces que desde mis mosos años acostumbraba elaborar con hojas de palma, cada domingo de ramos al inicio de la semana santa para adornar la puerta de entrada de mi casa.

Al descender la colina la pude divisar con más detenimiento y  note que alrededor de su base de granito la estructura era rodeada por una cerca de hierro forjado en forma de puntas de lanza, que no eran otras cosas que hileras de flores de lis. Dentro del jardincillo  que se formaba entre ella y aquel enrejado, crecían zarzamoras que suponía en marzo daban frutos.

Recuerdo detenerme a mirar como el viento movía aquellos arbustos espinosos y  trocar el color verde del frente de sus hojas al blanco nieve de su revés.  Decían que aquella cruz fue levantada para bendecir a todo aquel visitante que entrara a la aldea. 

Supe en este sueño que apenas se perfila como tal en mi mente y que ahora escribo como si se tratara de un vívido viaje,  que muchos peregrinos se detenían a observar aquel monumento no sin antes persignarse e incluso arrodillarse ante aquel símbolo de la cristiandad.  

Toco mi pecho y reconozco un frío crucifijo, la luz de la mañana cual daga asesina hiere mis pupilas hasta hacerme despertar; es hora de levantarme.   Durante todo el día aquella imagen de la cruz de los caminos me acompaña, me siento inspirado a escribir una oración... una que pudo haber sido escrita por cualquier peregrino siglos atrás. Una que por dehesas inhóspitas, antiguas cañadas y florecientes bosquecillos,  quizás hizo eco en los oídos de aquellos que siguieron el camino de la cruz,en su recorrido por polvorientos caminos.  

"Señor intensifica mi oración para hacer frente a todo aquello que me aleje de tus intenciones de salvación, del camino  correcto.  Para alejarme del moscardón de la muerte, del ladrón de la noche que quiere robar la paz de mi hogar. Posa tus ángeles sobre nuestras cabezas, atraviesa con tu espada de fuego la desgarrada tela de nuestros corazones, purifica con el agua santa de tu costado las impías mentes de los que te recuerdan. Desanda nuestros caminos y hiéreme con tu mirada.  Hazme llegar hasta Tí y besar la cruz de los caminos...  Reconóceme como el eterno peregrino que no ha terminado de encontrarte..."

martes, 7 de enero de 2014



El DON

Yo sé que tengo el don... aquel que me fue dado desde mis primeros años de vida pero que con el tiempo se fue diluyendo entre las necedades de la adultez. Estoy seguro además, que no soy el único en poseerlo.  Años atrás lo supe  mientras en el camino contemplaba absorto al halcón de alas amarillas que proyectado contra las nubes grises me recordaba lo cerca que estaba  de llegar a la barriada.
El peregrino que se había cruzado conmigo esa fría mañana de noviembre  me lo había susurrado al oído, mientras me miraba fijamente a los ojos.

Con su voz que aún no identifico si se trataba de alguien joven o avanzado en años me había insinuado que a él le habían dado también ese mismo don:
"...si no me crees, escucha el canto en las cornisas..."

Recuerdo haber caminado aquel día con él sin pronunciar palabra alguna por un corto tiempo antes de entrar al caserío, donde su silueta se perdió entre las callejuelas repletas de cotidianas labores humanas.
Antes de despedirse, se dirigió de nuevo a mí  con apenas una imperceptible frase que difícilmente logré reconocer:
"...Mira con detenimiento la tarde detrás de las perlas colgantes..."

En otra ocasión que no preciso si fue ayer, el año pasado o hace muchos años atrás,  rebuscando entre los papeles de un cajón, me encontré con una viejas cartas de antiguas amistades, aquellas que ya ni lo son, porque los años se encargaron de alejarnos, o porque simplemente había decidido olvidarme de ellas.
Al leerlas bajo la tenue luz de una vela, porque en aquella extraña tarde, el fluido eléctrico se había ido, encontré frases que al unirlas  con detenimiento formaron ideas que solo años después adquirirían sentido:
"...el azul se te pegará a tus ojos... aunque las arenas no estén debajo de tus pies..."

También en las mismas páginas del nuevo testamento que no tan a menudo leo, pero que reconforta mi alma cada vez que lo hago, confirma mis sospechas de que poseo el don... el que al menos una vez al día se me manifiesta. Como el pasaje de los pajarillos del campo que según el texto, Dios les proporciona el alimento diario, o la parábola de la semilla de mostaza que me recuerda el significado verdadero del Reino de los Cielos.


En otras ocasiones algunos extraños que de vez en cuando coincidieron conmigo a lo largo de mi vida se acercaron a mí para recordarme  que yo poseía ese don.  Como el mendigo que una vez me señaló la mota de diente de león que relucía tímida entre el concreto de la ciudad o el discapacitado que ayer me suplicó,  me detuviera para colocarle su reloj de pulsera que se le había desprendido y que con solo una sonrisa, recuerdo me saludó agradecido por la ayuda otorgada...

Y es que al analizarlo detenidamente, llego a la conclusión de que no soy diferente a ninguna otra persona, más bien creo, me confundo entre una mayoría que aún no encuentra su lugar en este mundo y se pierde al igual que yo, entre el deber y el hacer, entre el querer y el no poder.  Porque aún tienen miedo de liberar su espíritu y más  bien  se refugian en infinidad de fórmulas y patrones preconcebidos, buscando integrarse a una sociedad cada vez más difícil de comprender.

Mi don lo tienen muchos, y estoy seguro que todos nacemos con él. Algunos lo desarrollan conforme transcurren los años, otros lo pierden en el camino y quizás al final de su existencia lo vuelven a recuperar porque regresan a una vida más contemplativa.   De mi parte, aquel don desde muy pequeño se me había pegado a mi cuerpo y mi alma, como una lapa a la roca. 

Mis maestras de primaria lo habían notado cuando en clase yo no dejaba de admirar la mariposa que revoloteaba en la ventana de mi aula en busca de una salida al jardín y en mi afán de socorrerla me ponía de pie sin el permiso de ellas para encaramarme en una silla y así abrir la ventana a la infortunada criatura.

Mi don es completamente humano, diría primigenio, nacido desde los primeros tiempos de la humanidad. Es humano, porque es  intrínseco al hombre y es divino, porque nos fue dado por el Padre, el  mismo Alfa y Omega, el principio y fin de todo...

Con los años me he dado cuenta que este don no puede dejar de manifestarse en mi y para dicha mía he descubierto que son más quienes lo poseen, que los que no.  Quizás los niños, los poetas, los artistas, las personas libres de pensamiento, los viajeros, los altruistas, los soñadores, los optimistas y por supuesto las personas que van por la vida muy de la mano de su Dios; sin importar  a qué religión pertenecen, son quienes lo poseen.

El don del que hablo es el don de reconocer en cada manifestación de la naturaleza, en cada acción humana la obra del Creador. 

No me ufano en ello, pues como ya dije sé que muchos lo poseen... y quienes no lo han descubierto...las hojas de arce cayendo en otoño, el resplandor del sol en la hierba tras el rocío de la mañana, la cálida mano del amante sobre  otra, la lágrima silenciosa que resbala en la mejilla tan solo por escuchar una antigua melodía o el solo hecho de sentir en la piel el viento de la tarde colándose por las rendijas de la puerta, son algunos de los pretextos para recordarnos que aún poseemos ese don...

Ahora reconozco que el canto en las cornisas era el arruyo de alguna descuidada paloma que escuchaba a menudo en mis días de infancia, aquella que aún resuena en mis oídos.

Ahora sé que mirar con detenimiento la tarde detrás de las perlas colgantes significa contemplar el arcoiris sobre las gotas de lluvia que colgando de alguna tela de araña aún me hace reír, y por último el azul en mis ojos, no precisamente es el ancho mar...sino mis montañas que en lontananza adquieren el color mismo de cielo... De eso se trata mi don, el don del que les hablo...

  



domingo, 29 de diciembre de 2013



"Mi fe se sustenta en la verdad absoluta de Dios y en la relativa verdad de una iglesia que aún desconozco".
                                            Revelado en Sueños


sábado, 30 de marzo de 2013



NOCHE MISTERIOSA
(Pascua de resurrección)

Noche misteriosa,
hermosa por su presencia,
de luces en altares
de velas encendidas
de fuego en las entrañas
de aguas bautismales
de amor en sacrificio.
Noche hermosa
Paso de  oscuridad a la vida
de alegría y resurrección.
Noche divina
de incienso,
unción y cenizas
de un madero que ya
no sostiene a un muerto
ahora hay un hombre de
pie, el "Mesías resucitado"
Noche misteriosa
Noche de alegría.

sábado, 23 de marzo de 2013



LA RAMA DE OLIVO

Mi baja estatura me impedía mirarle; sólo recuerdo a una muchedumbre ansiosa seguir a aquel personaje montado sobre un burro, camino a Jerusalén.  Recuerdo también como algunos hacían alfombras de sus propias vestimentas para que el extraño con su animal de tiro no pisara el polvoriento suelo del desierto.  Supongo que desde las alturas de Betfagé *, los vítores y hosannas se escuchaban como una sola masa viviente de acordes unísonos: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor”.  Yo permanecía aturdido entre tanta gente y a mis escasos siete años, no comprendía nada de los que sucedía.  Sólo seguía presuroso a mi madre, que angustiada deseaba a toda costa encontrarse con aquel humilde hombre de sencillas vestiduras.  En un momento y antes de llegar a la vía principal que conducía a la ciudad nos topamos con  el tronco desnudo de varias palmeras cuyas ramas ya ni existían, pues muchos ya las habían arrancado de cuajo para levantarlas como pendones al paso de aquel hombre.  Por más que rebuscamos entre arbustos espinosos, palmeras y árboles, no encontramos nada digno de ofrendar.  Después de minutos de tan infructuosa búsqueda decidimos recoger del suelo una seca rama de olivo que de ninguna manera presentaba signos de vida.  Por lo menos; pensamos, esa desvencijada cepa se confundiría con las frondosas ramas y flores que aquella humanidad regalaba a ese individuo.  La tarde caía y Jerusalem era toda fiesta.  Recuerdo más de un compañero de mi barriada llevar en sus manos ramitas de palmera con dátiles aún colgando de ellas, las que alzaban al son del viento como papalotes en vuelo.  La mía era una vetusta rama de olivo. 
Permanecimos mi madre y yo de pie cerca del sendero donde seguro pasaría nuestro extraño personaje, distraído con la idea de que cuando regresáramos a casa jugaría de nuevo con mi perro y mis juguetes de madera.  Absorto en esos pensamientos no había reparado que al paso del esperado protagonista un trozo pequeño de su manto se quedó prendido de la rama que alzaba en mis manos.  Quise seguir con la mirada a aquel hombre pero sólo logré divisar una de las orejas del burrito que montaba y cientos de palmas que terminaron de cubrir al peregrino.  A mi derecha vi a mi madre con un rostro resplandeciente de satisfacción… ¡Era toda alegría!
Miro ahora con mi desgastada vista después de tantos años que el Señor me ha dado, aquella vieja rama de olivo que de pequeño sembré.  En ese entonces estaba convencido que de ella brotaría un hermoso árbol; mismo que tengo frente a mí. Ahora comprendo quien era el personaje que aquella tarde de mi lejana infancia entró triunfante por los pórticos de Jerusalem.  Reconozco ahora porque mi madre y yo desesperadamente buscábamos ramas para salirle al paso entre himnos de júbilo y esperanzas de tiempos mejores. Ahora estoy consciente de que aquel extraño personaje era el Mesías, el Cristo, el Cordero de Dios. Me dirijo entonces a mi cuarto y del viejo baúl de ébano extraigo el trozo de tela que se desprendió de la túnica de aquel sencillo hombre que de pequeño miré extrañado por qué iba montado sobre un humilde burrito y toda una muchedumbre alababa su presencia. Lo acerqué a mis labios, lo besé y después de volverlo a colocar con devoción dentro del cofre,  me acerqué a la ventana a mirar como el sol se ocultaba detrás del frondoso olivo que hacía tiempo sembré; no reparé que de mi ojo derecho una descuidada perlita se había desprendido, humedeciendo el frío suelo de mi habitación…
Jerusalem año 103 después de Jesucristo.

*Monte de los olivos

domingo, 3 de febrero de 2013



MI SEÑOR

Señor estoy solo y el frío arrecia.
Señor estoy donde no quiero estar.
Acompáñame para no perder mi senda.
Señor creo que me equivoqué y mis pasos
me conducen entre zarzales, cardos y maleza,
que no me permiten divisar el correcto camino.

Señor oscurece y mi corta vista no alcanza la Luz de tu mirada.
Sé mi faro, mi linterna en la bruma.
Señor escucho voces en todas partes
que aturden mi paz.
Sosiega mi alma con tu dulce voz, o al menos
sé el trueno que silencie las voces cotidianas; las que me alejan de lo bueno, lo afable, lo divino.
Señor  sé mi dueño, no me dejes
¡Acompáñame! .
Echa fuera de mi el miedo…
El que impide acercarme a Ti…
Señor… mi Señor…

sábado, 5 de enero de 2013

 
LA VIDA EN SEGUNDOS
 
Recuerdo el olor a “Reina de la Noche”, mezclarse con el nauseabundo hedor de aquel contaminado río. Recuerdo también el sonido del caudal al chocar con las rocas, que iluminado por la luna en creciente de un setiembre que aún no acababa, me provocaba náuseas. Estaba a punto de dejar este mundo, de saltar al vacío, de flotar en el aire cual ave nocturna; seguro que en el transcurso de escasos segundos haría realidad lo que algunos mencionan constantemente, vería mi vida pasar como en una película.

Levanté mis manos en cruz, alcé mi mentón al cielo, respiré hondo y me lancé al vacío, dejé que la gravedad siguiera siendo una ley universal.

Mientras mis pies dejaban de sentir la fría baranda del puente y el aire se convertía en mi último medio que me enlazaba a este mundo, creí que la teoría que quería comprobar sobre la vida en mis últimos segundos se haría realidad.

No fue así, mis años de frustración, mis constantes depresiones, mi alcoholismo que me llevó incluso a perder mi familia y a mis más íntimos amigos no llegaron a mi mente en el momento de lanzarme al vacío. No hubo ángeles que en los últimos minutos frenaran la caída y en sus alas me condujeran de nuevo al inicio de mi triste historia, como aquellos que en tantas películas absurdas mostraban. Tampoco hubo una luz al final del trayecto que me acercara o provocara arrepentirme. Sólo un fuerte golpe al estrellarme contra algo y un… no mas sentir, un… no más ver, un... ya no soy…






Mi ojos comenzaron a divisar algunas formas conocidas detrás de una refractaria capa lacrimosa de la que no me podía deshacer. A mi alrededor escuchaba voces en angustiadas carreras. Mi nariz había dejado de oler la putrefacta combinación de flores y aguas negras y en cambio mi mente empezaba a captar el olor particular a suero, alcohol y medicamentos característicos de cualquier hospital, de los que en más de una ocasión estaba acostumbrado visitar, no como enfermo, pero si como voluntario, en aquellas épocas en que creía que ayudando a los demás purgaría mis faltas o pecados. A veces los humanos buscan recompensar sus errores y yo era uno más de los que creía en ello. Esta vez era yo el paciente, había saltado al vacío no hace cuanto y había logrado apenas salir de mi inconciencia…




“¡Toma!, no pude conseguir el libro que querías, pero quizás este otro te resulte interesante!”

Naturalmente no era el ejemplar de “Cortan el aire las alas silvestres” del escritor ruso Nicolai Slakov el libro que aquella enfermera me entregaba en mis temblorosas manos, sino un vetusto empastado de “El extranjero” de Albert Camus el que finalmente me había devorado aquella tarde que recuerdo; tarde porque un anaranjado sol se colaba por el balcón que daba a la habitación en que permanecía recostado.

Por más que intentó, la bonita enfermera no pudo conseguir aquella novela rusa que tanto yo amaba aún antes de querer desconectarme de este mundo, en cambio decidió que Camus me sería más interesante, aunque se considerase un escritor existencialista y hasta fatalista por muchos. Al final no me importaba quien fuera el autor, siempre y cuando se tratara de un buen libro…




Recuerdo el ruido de la botella chocar con la orilla del vaso al servir el cantinero el whisky que acababa de pedir. Sobre el lustrado mostrador de la barra, algunas gotas condensadas por el calor del lugar comenzaban a resbalarse del vaso y creaban un hilo de agua que llegaba al margen de la amplia mesa hasta gotear sobre mis rodillas. Mi recién conocido compañero de al lado, entablaba según él una entretenida charla conmigo, yo simplemente asentía con todos los gestos propios de aquel que finge seguir una conversación, entre ellas mover la cabeza de arriba a bajo, abrir mis ojos en un afán de sorprenderse y una que otra mueca de sonrisa, en el preciso momento en que sorbía el trago de licor. En realidad estaba absorto en mis propios pensamientos y me parecía superficial la conversación de aquel extraño que se ensañaba en presumir de sus conocimientos en fútbol, criticando el último campeonato de los equipos nacionales. Apostaba que nunca había tocado siquiera una balón y ya su palabrería comenzaba a molestarme. Entretanto, el desconocido de la izquierda, me recordaba a uno de esos seres extraños, como salido de una película de terror o un engendro de inframundo. En su hombro derecho traía tatuado un cuervo posado sobre una tétrica calavera, mientras diversas arracadas colgaban de muchas partes de su rostro. Observé que bebía grandes cantidades de cerveza negra, mezcladas con aguardiente, no sin dejar de sospechar que tomaba anfetaminas u otra droga más fuerte. En efecto, en dos ocasiones en esa noche le vi ingerir dos cápsulas desconocidas para mí.
Intenté evadirlo, concentrándome en la medalla de San Gerardo que desde pequeño pendía de mi cuello y que frotaba fuertemente entre mis dedos. Miraba también el hielo que comenzaba a derretirse dentro de mi quinto vaso de whisky, y las noticias que el televisor empotrado a la derecha de la pared parecían presentar inundaciones en el sudeste asiático. En realidad nada de eso pudo evitar que aquel desconocido que apenas sabía su nombre, me dirigiera la palabra. Después de las superficialidades que implican iniciar una conversación, el tema se tornó después de otro whisky y cerveza en un tema único y de corte existencialista…



“Melisa quiero ir al baño…¡ayúdame!”

Ya me había acostumbrado a que Melisa, la bella enfermera que ceremoniosamente llegaba todos los días a bañarme, me viera desnudo y hasta en mis malos momentos me ayudara a sostener mi miembro para que lograra orinar, tras meses de enyesadas mis piernas y brazos. Esa ocasión no dejaría de ser un fastidio el conducirme por el largo pasillo del hospital hasta el retrete e intentar sentarme sobre el inodoro para depositar los restos de la comida del día anterior. Esa noche Melisa cuidó todos los detalles de mi rutinaria y larga convalecencia. De seguro que faltarían otros meses más…




El bar se llenaba cada vez más de personas en pareja y en solitario que salían de sus trabajos intentando olvidar el estrés de la semana o apurando el viernes en espera de un relajante sábado sin preocupaciones.

“¡Compañero creo que la vida no la podemos resumir en un segundo, reconozco que en mi desgraciada existencia el ansiado ascenso en mi miserable trabajo no llegará nunca. Que perdí a mi mujer por no ser lo suficientemente hombre capaz de mantenerla y darle al menos un hijo que le acompañara y le hiciera su vida un poco infeliz; que mis deudas acabarán por llevarme a la banca rota en mi frágil economía y que para colmo de males desde hace años mi pierna izquierda me duele hasta rabiar a causa del accidente de mi anterior trabajo en construcción. No hermano, -balbuceando ya muy ebrio- he perdido la fe, si alguna vez la tuve hoy se ha esfumado, La verdad ya nada me importa!…”




Desperté sudando, atormentado por alguna pesadilla, quizás el recuerdo de mis últimos segundos antes de lanzarme al vacío. Al abrir mis ojos, Melisa estaba ahí, sosteniendo fuertemente mis manos entre las suyas y acariciando mi frente para recordarme que ya todo había pasado, que todo estaba bien…

Luego la luna se coló por la ventana y ya despierto de aquel sopor escuché el lejano sonido de una sirena, era probable que alguna ambulancia saliera a esa hora para atender alguna emergencia…




“Vamos, salgamos de aquí estoy de acuerdo contigo: ¡la vida es una mierda y no vale la pena vivirla!.

Hace años que busco a alguien que quiera hacer el “Viaje” conmigo, pero nadie se atrevía a hacerlo, hasta que me contaste tu historia. Considero que calzas con el perfil que ando buscando; estoy seguro que no hay nada de qué arrepentirse. ¡Conozco un lugar genial para ello!”.



No sé si por los vapores que exudaba el lugar, o lo ebrio que a esa hora estaba, que me pareció ver su rostro tornarse oscuro, cadavérico, con grandes arrugas en su frente y ojos colmados de grandes llamaradas rojas También pude percibir que detrás de aquel personaje una sombra se erguía, como alas negras desplegándose al arcano cual ángel de la muerte esperando algún mortal…





“Toma te traje un libro, es diferente a otros que acostumbras leer, de seguro te será de mucho provecho”.

Extendí mi brazo izquierdo que ya con terapia lograba medio articular. Mi mano torpemente pudo apenas sostener un ejemplar empastado en carátula café del Nuevo Testamento. A mi memoria llegaron entonces algunos pasajes que en misa de diez el cura párroco de mi barrio acostumbraba leer. Para mí las parábolas de Jesús me parecían lindos cuentos de infancia. Con el pasar del tiempo y al llegar a la vida adulta los consideré hasta ridículos. No era posible que en una semilla de mostaza cupiera todo el Reino del Cielo, ni que las personas fueran malas o buenas porque sembraran sobre piedras o espinos. Y hasta llegué a creer que Jesús era un simple personaje de ciencia ficción de las películas que de pequeño veía en televisión durante la Semana Santa. Esta vez no me negué a leer ese libro que para mí estaba vedado o no pertenecía a los que acostumbraba ojear, no sentí la incomodidad que meses atrás sentía por los libros sagrados. Abrí la página inicial y susurré el nombre del primer evangelio, Mateo…





Mientras aquel extraño desconocido conducía sobre la carretera, mi mente sumida en los vapores del alcohol divagaba en labores no concluidas, glorias vividas en los años de universidad y rencores acumulados a lo largo de los años. Me debatía en la moralidad de hacer lo correcto o dejarme llevar por las palabras convincentes de aquel individuo. Él reafirmaba mis inseguridades, mis fracasos y temores. Según él me haría un gran favor y hasta me acompañaría en los últimos momentos. Para que no sufriera y no me arrepintiera en el último segundo, en su macabro experimento aquel hombre me aseguró que me inyectaría un adormecedor que actuaría al instante y de esa forma no sufriría. Llegamos al puente…



“¡Axel, tienes visitas!”

Vi entrar a Antonio con un clavel sobre la mano. Se acercó a mí y me abrazó a como pudo. Era mi gran amigo de infancia, lo reconocí inmediatamente por el tic nervioso en sus ojos que entrecerraba en todo momento.

- “¡No sabía qué traerte, así que te compré un ramillete de claveles rojos, pero luego caí en cuenta de que no resultaba nada masculino el regalo, aunque es típico ver flores en un hospital ¿no?

- ¡Jaja!... ambos sonreímos”.

Esa tarde mis dolores se disiparon o al menos se atenuaron con aquella cálida visita…





Recuerdo que me tambaleaba por el paso peatonal del puente hasta llegar a la otra orilla. Recuerdo también que la noche me atrapaba arriba, abajo y a todos lados, en una obscuridad absoluta, hasta que la luz de algún auto pasaba e iluminaba el cuervo con la calavera en el hombro del que minutos antes había entablado conversación en el bar. Recuerdo unos brazos ayudarme a subir a la baranda del puente. Recuerdo la mezcla nauseabunda de alcohol, flores de noche y aguas negras excitar mis sentidos. Recuerdo una voz lejana que me decía:
“¡Déjalo todo!”. Recuerdo la luna llena y el ulular de una lechuza que en algún árbol lejano llamaba a su consorte. Recuerdo el viento recorriéndome todo mi cuerpo. Recuerdo un pinchonazo en el muslo derecho y una sensación de alivio y paz. Luego recuerdo latigazos en mi rostro, el sonido de huesos quebrándose, y la sensación de estar suspendido. Ya no recuerdo…




“¡Mira, encontré tu libro! Me costó, pero al fin lo conseguí. Mi mirada se clavó en los hermosos ojos claros de Melisa y en un primer plano; sobre la portada, unos urogallos que ilustraban el empaste de Cortan el aire las alas silvestres”.


“Ahora sé que el viento es como un papel que se puede cortar con el roce de la piel o las alas de los ángeles. Ahora sé que las manos de Dios son ramas de árboles donde podemos anidar, Ahora sé que los huesos se quiebran como ánfora contra las piedras y que el Artesano recoge los añicos y remienda en un nuevo cántaro.

Sé que no fue una pesadilla la que viví y que soy de los pocos afortunados dueños de una segunda oportunidad. Sé que tengo en mis manos la novela que hace tiempo quería rescatar y que en algún recodo del camino perdí. Sé que a la par de ella; en el estante de mi biblioteca, letras escritas hace más de dos mil años resonarán en mis oídos en palabras de consuelo y alivio.

No recuerdo con certeza si estuve en aquel bar aquella noche. Si sobre el hombro de algún desconocido, cuervos se posan en tenebrosas calaveras; o si en los oídos, una voz persistente invita a acabar con nuestras vidas. Lo que sé es que no es necesario lanzarse al abismo para que la vida transcurra en segundos. Cada fragmento de tiempo se suma en un continuo avance y en nuestra mente se graban recuerdos que cuando queremos, se rescatan de las entrañas mismas del subconsciente. El arte es recordar los mejores.

 


lunes, 31 de diciembre de 2012




BENDITO SEAS SEÑOR
 (Oración para el cambio de año)
Bendito los días soleados y  nublados de este año que termina.
De seguro el sol brillará también en el año que comienza.
Benditas sean las manos que de una u otra forma hicieron posible que en mi mesa no faltara nunca los alimentos  en este año que fenece.
Sé  mi Señor que me cuidarás en el próximo  y el pan no me faltará en  la alacena.
Bendito el amor de mi madre, mi esposa y mis hijos que son el reflejo de tu rostro mi Dios, al igual que de mis hermanos amigos y compañeros de trabajo.
Del transeúnte que me encuentro todos los días al cruzar la calle y del que a distancia me regresa una sonrisa por cualquier medio que sea .
Bendito seas Señor, porque eres bueno y te olvidas de mis bajezas, estas atento a mis necesidades y me regalas por siempre la gracia de llenar mis pupilas de montañas azules , briza en mi rostro, perfume de flores silvestres y  rocío en mis manos. 
Bendito Seas señor, por el arrullo de una paloma, la alegría del silencio, y el bullicio de la ciudad.
Bendito seas por el tiempo que es tuyo y los años que me regalas  para recordarme que mi deber es siempre agradecerte y nunca reprocharte. 
¡Bendito seas mi Señor,  Bendito seas…!

viernes, 2 de noviembre de 2012



ORACIÓN DEL ESCRITOR

Señor has que mis palabras
sean siempre gozo en los oídos
de quien me escucha.

Aliento al que en angustias
vive, y remanso para el 
corazón dolido.

Haz que de mis manos broten
letras de esperanza, amor en 
tiempos de desolación y de la
tinta de mi pluma surja siempre
una alabanza eterna a Tí.

jueves, 23 de agosto de 2012




REVELACIONES

¿Qué busca el hombre en el desierto?

¿una sombra donde descansar?

¿un arroyo para calmar su sed?

Así la vida convierte la existencia

de los humanos en inhóspito desierto;

toda vez que se aparte del camino

trazado, de la verdad revelada, de

la hora que aún no llega. Esa que

todos esperamos, cuando nuestra

venda deje de perturbar nuestra vista, Y

la opalina visión aclare la verdad 

Será entonces que las piedras hablarán

de la milenaria obra de los tiempos, y

nos dirán muy quedo:

"¡Existen desiertos

entres los hombres,

aunque renacen flores

en las arenas...!".

miércoles, 30 de mayo de 2012


LA VIRGEN DE LA ROCA

Ya no le quedaban fuerzas, se había abandonado a la suerte de un mar agitado con olas gigantes que golpeaban su rostro. Sobre aquel tronco, su vida se sostenía a merced del embate de las aguas.

A punto de entregarse a la providencia y su espíritu al Dios en que había creído toda su vida, terminó golpeándose la cabeza contra una roca que sobresalía del fondo del mar, un risco hecho de corales antiguos, del que en su desmayo logró asirse fuertemente.

Cuando pasado unos minutos, logró volver en sí, divisó sobre el promontorio, una hermosa mujer iluminada con un manto tan blanco como las estrellas mismas y de la que irradiaban esplendorosos rayos luminiscentes.

Aquella hermosa aparición no pronunció palabra alguna, pero sólo su presencia bastó para que el corazón de aquel desafortunado náufrago se tranquilizara y lograra sostenerse firme y sereno sujeto a aquella roca que le salvó la vida.
Así se mantuvo toda la noche, acompañado por aquella presencia.

A la mañana siguiente, y a las primeras luces del alba, un bote de rescate logró transportarlo a tierra firme, no sin antes proporcionarle los primeros auxilios.

Aún en el hospital, aquel hombre rescatado de las aguas, recordó vívidamente aquella aparición y juró para sí que lo contaría como testimonio a cuanta persona llegara a su vida.

Cuando estuvo totalmente recuperado, lo primero que hizo fue alquilar un bote y se dirigió al lugar de aquel milagroso encuentro,donde colocó con una fuerte argamaza la estatua de una bella Virgen María, hecha de mármol blanco, que a propósito mandó a construir. Dicen que los pescadores del lugar, desde ese entonces la llaman la "Virgen de la Roca", y que cada vez que pasan por ahí se persignan, no sin antes recordar la historia del sobreveviviente de aquella trágica tormenta.

domingo, 29 de abril de 2012


ANTE EL PELIGRO

Aquellos niños agarraditos de la mano cruzaban el puente con aquel miedo que sólo da una noche de tormenta y rayería. Los tablones rotos les provocaba retrocederse para luego a punto de templanza y motivados más por alcanzar la otra orilla que por el simple hecho de sobrevivir, sus pasos los llevaron entre dudas por seguir o quedarse quietecitos en espera de que alguna fuerza celestial llegara en su auxilio. La noche era negra y los relámpagos iluminaban el horizonte tras una borrasca que movía más el puente. Casi se adivinaba escuchar lo que el de pantaloncillos cortos decía a su hermana de bellos cabellos dorados, "¿Dónde estará mamá?". "Mejor habría sido no salir de casa". "Hermana tengo frío", "Y yo hambre..."
¿Qué iban hacer esos niños ahora que estaban perdidos en medio del bosque? .

De repente fijo mi mirada sobre aquella figura etérea, divina, que como queriendo abrazar a los infantes, detrás de ellos los protege de caer al vacío en aquel profundo cañón de río que se yergue debajo de aquel destartalado puente. Luego le doy vuelta a la estampita y una leyenda me recuerda una vieja oración de mi infancia: "Angel de la Guarda, Dulce compañía..."

AL AMPARO DE UNA VELA

Sólo bastaba descender las gradas para mirar cómo las paredes de la catacumba se iluminaban entre las sombras de los cristianos.
Juan, que no dejaba de mirar la llama moverse por la brisa que se colaba por la abertura que había en la pared parecía absorto en pensamientos traicioneros, era según él más fácil abandonar ese lugar y olvidarse de la comunidad, confesar que no era cristiano y entregarse a la voluntad de las autoridades romanas.
Seguía en esos pensamientos, sino fuera por los cantos que comenzaron a llenar la bóveda de melancólicos sonidos.
Había entre el grupo un anciano de cabello gris y luengas barbas que no dejaba de mirarlo. Parecía adivinar lo que estaba sufriendo por dentro aquel muchacho. Quiso acercársele, pero era tanta la gente conglomerada que casi se asfixiaban. Tomó entonces su bastón, lo alargó hasta la vela y de un solo golpe la apagó. El lugar quedó en tinieblas y los creyentes empezaron a gritar. Conforme se abrazaban unos con otros, el anciano logró acercarse hasta donde Juan estaba y encender de nuevo la vela. Se escucharon suspiros de aliento cuando de nuevo se iluminó la estancia.
Entre murmullos y oraciones, el anciano se dirigió a Juan con estas palabras: "mientras no había luz, todo estaba en tinieblas, quizás hasta tú temblaste, pero a penas todo se iluminó, la calma volvió a nuestros corazones. ¡Recuerda!, Jesús es la luz del mundo, del cual brota toda esperanza. Él ilumina nuestro sendero, pues LAMPARA ES A NUESTROS PIES SU PALABRA Y LUMBRERA A NUESTRO CAMINO. No desprecies la Luz que Él nos brinda, aunque afuera parezca estar todo en tinieblas".
Aquellas palabras hicieron eco en la mente de Juan, quien sólo se limitó a presentarle al anciano una tímida sonrisa; luego con un trozo de carbón encontrado en el piso dibujó en la pared la figura de un pez...

viernes, 27 de abril de 2012


CREER

En algún rincón de mi mente,
proyecto imágenes de días festivos.
Emociones que cabalgan mis sentidos,
sobre montañas azules.
Empotradas en el resguardo de alargar
millas a mi existencia,
y esperar en el resquicio de la idolatría,
la necesidad perenne de creer aún
en la difusa idea de un
Superior Ser.



SÚPLICA

Señor, perdóname para
poder perdonar.

Guíame con la luz de tu rostro
y podré caminar.

Limpia toda mi alma de pecados
y podré así trabajar.

Más dame de comer tu cuerpo
que borra todo el mal,
y de beber tu sangre
que nuevas fuerzas da.

Pero tómame de tu mano
y no me dejes escapar
hacia este mundo impío
hacia este mundo falaz.

Y recuerda que soy humano
y muchas veces he de pecar
mas perdona todas mis faltas
y échalas a la mar.

Acuérdate de mi familia,
de mis amigos y demás,
que como yo queremos algún día,
llegar a tu reino morar.

Mas quiero agradecerte
lo que estás haciendo ya
por todo lo que he pedido
por lo que me has dado ya.

Y sé que eres bueno
y este poema leerás
que por medio de los ángeles envío,
a tus pies llegará.


Para un amigo que nunca me fallará...

jueves, 26 de abril de 2012

SALMO 152
Te fallé mi Señor,
no merezco siquiera me mires.
Despedázame, consúmeme en el
fuego de tu ira.
No te apiades de mí.
Entiérrame en lo alto de la
colina, donde los gusanos
consuman mis carnes.
Luego el viento se encargará de
secar mis huesos, como si no
existiera.
Como si no hubiera nacido.
¡No merezco tu piedad!,
tu Misericordia.
Húndeme en las oscuras aguas
de un lago con una piedra de
molino atado al cuello.
Que sea alimento de hienas,
apetito de buitres,
carroña de escarabajos.
Hazme morir para volver a
vivir.
Morir a lo que no quise ser.
Resusítame Señor.
Llévame a tu morada.
Seré tu siervo eternamente.

SALMO 151

No me expongas al silencio de esta bóveda.
Integra mis sentidos al resto de este mundo.
Comúlgame con el resto de la creación y rellena mis
espacios vacíos con lo que te sobre de paz.
No te guardes ni un poco de tu valor.
Regálame lo que no necesitas y apiádate de mis
Iniquidades.
Vuelve a mí tus ojos llenos de luz y no escondas tu
Mirada a este siervo.
Hazme creer aún que el trigo crece a orillas de la estepa fría.
Caliéntame con el sol de tu esperanza.
Hazme diáfano como el vidrio, blanco como el armiño,
valiente como el león, cándido como la paloma, bueno
entre los hombres, hijo de tu descendencia, profeta entre las
naciones, pero humilde en tu rebaño.
Hazme se simplemente un discípulo que pisa tus mismas
huellas y habita la misma casa que tú habitas.

lunes, 23 de abril de 2012


ALAS A MEDIA TARDE, ALAS A MEDIA NOCHE

Alas a media noche
Posado sobre los olivares cercanos aquellos ojos avizores atravesaron el huerto hacia la
roca, en que de la frente del Humillado brotaron gotas de sangre por los pecados del mundo entero; mientras llena, la luna plateaba los contornos de las figuras reconocidas. Miró a través de los muros de piedra las antorchas de los centuriones, a un hombre que besaba la mejillas del sentenciado, confusión, enfrentamientos y un lóbulo cortado. Las alas de media noche sobrevolaron la escena y yo con ella, aunque fuese impregnada en la imagen que sólo mi mente pudo proyectar como testigo de un evento que alguna vez viví...

Alas a media tarde
En sigilo, su mirada se posó sobre aquella tumba cuya entrada apenas era cubierta por una lápida rodante.
Sobrevoló el huerto, entre peñascos y arbustos secos, en aquel paraje que años atrás sirvió de morada durante apenas tres días para dar reposo al cuerpo del Rabí. Después de haber cortado el aire con sus parduscas alas el cascajo del sendero, bajó hasta un minúsculo surco de agua, que cantarina corría entre guijarros y juncos. El sol de la hora nona calentaba más de la cuenta ese día y aquella rapaz no debía estar activa en ese momento. Solía vérsele sobrevolar los campos durante el crepúsculo o a media noche, pero a esa extraña hora no. El peregrino que le miraba desde lejos sabía que aquella ave alguna vez fue testigo del milagro sucedido en esa hermosa mañana de pascua cuando aquella lápida fue removida y ángeles sobre las colinas cercanas le recordaron a un puñado de asustadizas mujeres que no buscaran entre las piedras a un muerto si no la vida misma hecha resurrección. Sabía que quizás los zarzales que cubrían la peña sirvieron de corona para cubrir las sienes de aquel hombre sufriente, que sobre el enlozado del vía crucis sostenía un pesado madero hacia el monte de la calavera y que sobre los caminos de Emaus un caminante mostraría su rostro resplandeciente a aquellos quienes desconocieron su presencia. Sus alas a media tarde sobrevolaron de nuevo aquel sitio como queriendo decir ahí estuve, aunque siguiese siendo un divague de la mente.

viernes, 20 de abril de 2012


RAZON ANTES DE SER
Antes que las gotas caigan al suelo
y erosionen la idea absurda
de estar en pie.

Antes que extraiga de sus bolsillos
el último centavo que me queda
y mis propósitos se difuminen en los
minutos desgastados por las agujas
del reloj, quiero decirte
no soy puente que llegue a lo Eterno.

Antes que nazca la esperanza
de encontrar razones de continuar,
las piedras serán movidad del camino
y el cierzo dejará de colarse por las
rendijas de la puerta.
Las ventanas serán abiertas
e indefinidos rostros quedarán grabados
en tu mente como metáforas mal hechas.

Las copas de los árboles sombrearán praderas
y debajo de ellas como rumiantes animales
retozarán los recuerdos prendidos de rosas y
corazones al aire.

Me acordaré de la dicha de haberte conocido
y te diré: ¡No soy castillo donde refugiarte!,
¡No soy monasterio donde rezar!.

Espera entonces su Divino Rostro,
Él sera el puente que te lleve a lo Eterno.
A tu razón, antes de ser.

lunes, 16 de abril de 2012



POEMA OSCURO DE UN ALMA ATORMENTADA

Lápidas corroídas ,
viento y sol en la colina,
desfigurados rostros
árboles secos.
Almas penitentes
interpelando al Maestro:
¡No te metas con nosotros!
¡En paz déjanos hoy!.

Abandonar los cuerpos,
para entrar en los cerdos,
correr pendiente abajo,
morir en las turbias aguas.
Ahogar la vida misma,
en aquel inmenso lago.

Muchedumbres nerviosas
ruegan al Profeta,
que de ahí su presencia
se vaya de enseguida.

¿Y yo qué hago ahora, que
que vago en los desiertos,
duermo todavía en lápidas,
y habito entre los cerdos...?


Inspirado en Lucas 8, 26-38