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viernes, 22 de febrero de 2013



EL DAÑO

Vi entre la hierba, un  retoño de amapola que recientemente desplegaban su hermoso color escarlata al sol.

Lo quise arrancar por el solo hecho de entregarme al placer de oler su exquisita fragancia.

Así lo hice mientras pensaba para mis adentros:
“¡A nadie hago daño con esto!

Esa tarde, la abeja, la mariposa y el colibrí notaron la ausencia de aquella hermosa flor… 

martes, 26 de junio de 2012



¡NO HAY!

Sacude el viento los zarzales
y sin tregua contra el jilguero
levanta sus plumas y le hace detener
su trino.
Convierte las gargantas de los ríos
en sollozos de espanto
que en la soledad
del sotobosque me recuerda
una melancólica melodía.
Atrapa los sonidos de minúsculos
animales y contra la cárcava estrella sus
murmullos que se confunden con las voces
de los muertos manantiales. Luego todo es
silencio.
No hay viento.
No hay jilguero.
No hay ríos.
No hay bosque.
Todo es yermo.
Es un desierto.
A lo lejos un hombre grita:
¡Aquí hay agua! y se sienta debajo
del único árbol...

miércoles, 16 de mayo de 2012


LA ÚLTIMA GOTA DE AGUA

Se levantó temprano con la única idea fija de beber agua. Abrió la llave y sólo logró escuchar el silbido del aire salir del agujero de la boquilla del tubo.
En muchas partes del planeta ya se repetía esta historia. Las últimas gotas del líquido vital se estaban acabando, mientras la atmósfera se cargaba cada vez más de monóxido de carbono y otros gases contaminantes, producto del escape de los automóviles y el humo de las chimeneas de las fábricas.
Seguía teniendo sed y recordó que en la refrigeradora había dejado el día anterior una bebida gaseosa a medio terminar. No aplacó del todo sus ansias pero al menos le quitó de su lengua la mala sensación de sequedad. Encendió la televisión y las noticias retrataron el panorama oscuro que la humanidad entera comenzaba a vivir. Los medios informaron que a partir de ese día, las reservas de agua potable terminarían de existir y el mundo empezaría a experimentar la debacle ecológica más grande de todos los tiempos: "la lucha por acaparar las últimas reservas de líquido del Planeta". ¡La guerra había comenzado!. Estado Unidos desde hacía años se estaba preparando para hacer frente a esta crisis, colocando tuberías que llevaban el líquido vital desde las selvas tropicales de Centro y Suramérica hacia las regiones áridas de su costa Pacífica y tenía proyectos para extender la red hacia el Atlántico. Además a través del negocio de la "venta de aire", a cambio de la condonación de la deuda externa había logrado someter a los pequeños países de América Latina prácticamente a la esclavitud. Ya los bosques milenarios habían desaparecido prácticamente del planeta y los pocos que quedaban estaban en manos de las grandes compañías madereras internacionales.
Se sentía sucio y pensó en un momento ir a bañarse, pero recordó inmediatamente que ya no había agua. ¿Qué hacer?, se preguntó. Lo mejor sería esperar. Guardaba la esperanza que de nuevo, de la cañería brotara el agua. ¡La muy esperada y ansiada agua!. Aguzó su oído para escuchar atentamente si volvía al menos un chorrillo del líquido. Como no logró captar nada, con el control bajó el volumen al televisor para ver si escuchaba mejor, pero la llave de la cañería permanecía silenciosa. Se dirigió a la cocina y una sensación de devastación lo envolvió en una nube de incertidumbre y desesperación. ¿Ahora qué hago?. Deseaba una taza de café y no tenía cómo hacerlo. Decidió descongelar unos cubos de hielo de la nevera. Así lo hizo y con el agua hervida que sabía a gas de congelador, diluyó el café en el percolador. Servida una taza se sentó de nuevo frente al televisor. Se seguían dando noticias sobre la catástrofe ecológica y cómo estaba afectando a los países ya de por sí más pobres del planeta, en la franja suroriental de África y cómo se observaban parches de desiertos en lo que antiguamente era la extensa selva del Amazonas.

Se terminó la taza de café y volvió a la cocina a servirse más pero recordó que los cubos de hielo apenas dieron para una sola ración. Pensó utilizar el resto del hielo como reserva para más tarde. Regresó a su asiento a esperar.
Se rascó la cabeza y se desabotonó la camisa del pijama. Hacía calor y el termómetro marcaba 36 grados Celsius en un lugar que desde siempre se mantenía en un promedio de 22 grados. De todas maneras era verano y se decía que esos días eran los más calientes del año. Su hijo menor se levantó y corriendo se acurrucó entre los brazos del padre y acercándose al oído le susurró que quería un vaso de agua. El progenitor se le quedó viendo a los ojos y decidió volver a la cocina a derretir otro cubo de hielo. Estaba por sacar la bandeja del congelador cuando de pronto escuchó el sonido del aire al escapar de la boquilla del tubo lo que le provocó la dicha que tanto estaba esperando, comenzó a salir agua de la cañería en un chorrillo apenas delgado. Se apresuró a rescatar tan preciado regalo del día y de repente la dicha se esfumó. Apenas logró recoger medio vaso del líquido. Se volvió a donde su hijo y con los ojos casi llorosos comenzó a derretir el cubo de hielo, él supo que todo cambiaría a partir de ese momento...

viernes, 11 de mayo de 2012



HOMENAJE A LOS CAÍDOS

Como troncos huecos
hubo almas que quedaron vacías ante las
sombras de la noche.
No pronunciaron palabras,
sólo el latir de sus corazones
recordaba que aún seguían vivos.
No tenían savia,
sólo raíces ya muertas.
No tenían ramas
sino codos ya secos.
Revestidos de noche
y envueltos en frío,
aún continuaban viviendo.
Al alba un hacha cortaba
y una sierra roía.
Calaban sus corazones,
carcomían sus pulmones.
Parecían muertos,
pero no lo estaban.
Sangraban por vivir.
No se intimidaban,
pero callaban.
No luchaban,
pero vencían.
La ley de la vida se hacía
presente en ellos.
A los rayos del sol,
una nueva plántula surgía.
Y mientras la neblina disipaba
se oía cantar en el bosque:

"¡Vive y crece, vive y crece!"


Rescatado de unos viejos apuntes. Martes 15 de julio de 1986.


EL ÚLTIMO JABIRÚ

Entre sus manos tomo esa fotografia con gran tristeza, recordo la veces que permanecia horas esperando la mejor toma, la que despues formaria parte del mejor articulo cientifico publicado en la revista mensual de la Facultad de Biologia.

Aquel ornitologo atravesaba los humedales del Refugio Silvestre con sus botas de hule, su tripode, su camara con lente de alto alcance, sus notas de apuntes y por supuesto una buena cantidad de rollos de pelicula para captar cada detalle, cada movimiento y sobre todo el proceso de anidacion del ave mas grande de America, la llamada ciguena del nuevo mundo, el Jabiru o "Galan sin ventura".

Y es que ano a ano veia diezmarse las poblaciones de esta especie a consecuencia de la destruccion de su habitat debido a la cantidad de pesticidas que los agricultores de la region lanzaban a los rios y lagunas del lugar, asi como a los cazadores furtivos quienes aprovechaban la epoca de apareamiento para saquear sus huevos, asi como la corta de arboles y urbanizacion de los alrededores del Refugio Silvestre.

Ahora tenia en sus manos quizas la ultima foto de aquella hermosa ave y eso le dolia, sabia que acabaria con ello un ciclo de avistamientos, de atardeceres de ensueno tomando comunidades enteras de alados seres, parvadas sobrevolando las llanuras, juncos movidos por el viento sirviendo de marco a los espejos de agua donde se reflejaba el brillo del sol.

Sabia que los tiempos estaban cambiando y que el era solo un simple espectador que a pesar de denunciar con su camara la extincion de aquella especie, nada o poco podia hacer. Aquella estampa en su mano era la ultima evidencia del crimen atroz de la humanidad y el se avergonzaba de ser parte de ella.

jueves, 10 de mayo de 2012


EL RETRATO

Entró en la galería, contaminado de smog y los ruidos de la calle. Lo hizo por la simple intención de resguardarse del frío de la tarde y para matar los minutos que le separaban del encuentro con su novia. Ya llevaba diez fragmentos del reloj y ella que no aparecía. Quedaron de verse en la esquina de la vieja Galería de Arte, pero él no pudo contener sus deseos de entrar y observar la última colección de unos de los grabadistas de moda y que presentaba sus más recientes obras. Repasó algunas esculturas de otro autor y sin perder tiempo se dirigió al recinto que contenía las obras del artista. Las luces fluorecentes le herían sus ojos, pero aún así hizo el esfuerzo por admirar los retratos. Se trataba de una colección dedicada a la naturaleza. Bellos bosques, marismas y retratos de azuladas montañas, convertían el ambiente en un verdadero paraíso, poco visto en una ciudad que cada vez se le parecía más fría e inhumana. De repente y en un lugar especial le llamó la atención un pequeño cuadro que el autor le llamó con el título de "Ya no". Se trataba de un hombre reposando debajo de un seco árbol sobre una llanura desértica, denotaba el cansancio de los seres humanos y la lucha por sobrevivir en un mundo que se encuentra entre la vida y la muerte por la debacle ecológica. Debajo del mismo una leyenda que no era otra cosa que un fragmento de un libro hacía referencia al cuadro del grabadista. No conocía al poeta pero le pareció interesante leerlo. Luchando con su corta vista y la luz de los reflectores, sus ojos captaron estas palabras:

"Sacude el viento los zarzales
y sin tregua contra el jilguero
levanta sus plumas y le hace detener
su trino.
Convierte las gargantas de los ríos
en sollozos de espanto que en la soledad
del sotobosque me recuerda una melancólica
melodía. Atrapa los sonidos de minúsculos
animales y contra la cárcava estrella sus
murmullos que se confunden con las voces
de los muertos manantiales. Luego todo es
silencio.
No hay viento.
No hay jilguero.
No hay ríos.
No hay bosque.
Todo es yermo.
Es un desierto.
A lo lejos un hombre grita:
¡Aquí hay agua! y se sienta debajo
del único árbol...

Del libro: "Infinito", Nadeo.

No terminó de leer los créditos del poema, cuando una vocecilla detrás de sus orejas lo abstrajo de su lectura. Era su novia que con un fuerte abrazo lo tomó por la cintura y lo obligó a virarse. Después de un apasionado beso lo dos salieron de la galería. Tenían prisa y debían llegar a tiempo a donde se dirigían. Esa tarde en la mente de aquel joven quedaron haciendo eco, la imagen del hombre debajo del árbol y las palabras del poeta desconocido.

martes, 7 de febrero de 2012



LA SOSPECHA

Desde la mañana se veía a Marlon Ortega impaciente, recorrer los pasillos del laboratorio. Ni siquiera se le observaba tomar su acostumbrada taza de café fuerte y sin azúcar a la hora en que todos apenas solían empezar sus labores matutinas. El calor era infernal y ya el trópico se había vuelto un caos de tormentas, temperaturas extremas de un día para otro, inundaciones, así como terremotos por doquier. Aquel laboratorio, quien diría tercermundista, había logrado milagros en la cura de enfermedades hasta ese momento incurable, así como detectado mutaciones extremadamente extrañas.

Esa mañana en particular, el corazón de aquel hombre que había dedicado su vida entera a la investigación, no dejaba de latir sobresaltado al observar tras la mirilla del microscopio, lo que durante meses poco lo había dejado dormir. Una nueva variedad del Virus de Inmunodeficiencia Adquirida que ya ni siquiera se presentaba en su antigua forma, ahora era más feroz y letal. Con esta prueba se confirmaban sus sospechas; esa enfermedad que había asesinado tantas personas en el mundo había mutado y lo peor de todo, el vector de contagio se debía ahora a la presencia de una nueva especie de mosquito, abundante entre la pluviosidad de las zonas tórridas.
Cerró los ojos en actitud de asombro, como encomendando su propia existencia y la de la humanidad entera a un Dios al que escasa fe tenía, pero que le parecía mirarle con miedo clavado en una cruz, difuminado en las neblinas de una lejana infancia que apenas recordaba, mientras recibía catecismo en la vieja capilla de su natal pueblo.
De su frente un sudor frío resbalaba hacia sus morenas mejillas, a la vez que sus dedos soltaban el grafito con el que anotaba garabatos sobre su arrugada libreta de apuntes.
Incorporándose, temblorosamente no reparó en que torpemente tiró al suelo la taza con el que acostumbraba tomar café; esta vez vacía, la que se hizo añicos en el suelo.
Todos los demás laboratoristas y científicos amigos suyos se extrañaron de su actitud al verlo abandonar de prisa la sala, sin rumbo fijo.
Sólo el misceláneo que precisamente hacía limpieza cerca, recogió los pedazos del recipiente que acababa de tirar el asustadizo investigador y que por desgracia había empujado con ello el tubo de ensayo que contenía una pequeña cantidad de sangre con las iniciales M O muestra control Número 7. De seguro Minor Ortega había confirmado su sospecha, había abandonado aquel recinto que durante años se había convertido en su primer hogar, mientras no le quedaba otro remedio que igualmente abandonarse en las inciertas manos de un destino que no quería vivir, pero que ahora debía enfrentar…


sábado, 4 de febrero de 2012



EL SAUCE LLORÓN

Sobre las negras aguas caen las ramas del sauce mientras se desprenden las diminutas hojas arrancadas por las filosas aristas de botellas plásticas partidas, que flotan en el caldo negro que por corriente semeja un río. El viento se encarga entonces de llevar el lamento de aquel encorvado árbol a los oídos de las mujeres que miran a través de las improvisadas ventanas de latón. Todas lloran al igual que él a algún ser querido que ya no pisa el suelo húmedo de sus improvisados ranchos. El sol apenas escaso, intenta salir por entre el oscuro cortinaje de las chimeneas de las fábricas vecinas. Cuelga entonces el astro rey algunas monedas de oro sobre las verduscas hojas de aquel solitario árbol hasta dorar la tarde con la crepuscular penumbra luminosa de la serranía. Llora de nuevo lluvia sobre el follaje de aquel atalaya, conteniendo entre sus folios, lágrimas que luego se confunden con la liquides oscura del remanso que roza sus exteriores raíces. Llora el sauce, porque ya no escucha al carpintero picotear su fuste, ni a las golondrinas revolotear sobre su desordenada cabellera. Su ramas que otrora acariciaban las cristalinas aguas del bello riachuelo que le vio crecer ya no juguetean con el pez bobo, ni con las sardinillas inquietas que en las orillas se aglomeraban a provocar a los insectos que por ahí pasaban. Ya ni al sapo dormilón volvió a escuchar como solía croar en las cálidas noches de verano. Quizás el batracio abandono el lugar al igual que los hombres que partieron al sur, dejando a las ya dichas mujeres que lloran sobre las ventanas de latón. Llora el sauce el ulular del búho, a la madreselva que era su compañera de al lado, al gran roble que solía divisar en la otra orilla, y a las ardillas que saltaban sobre la enramada vecina. Llora por cada tronco caído, cada tañir sobre las rocas de los envases de aluminio, cada papel flotando en las oscuras aguas, cada mortal líquido derramado desde las cloacas vecinas. Llora hasta inclinarse cada vez más, como queriendo terminar sus días en las profundidades de aquel putrefacto lugar. Sin embargo y como un sueño que no acaba, como la esperanza misma que se refleja al final de una película, el observador que escribe estas torpes letras descubre que aún sobre la abundante cabellera de aquel vetusto sauce, sobrevuelan mariposas y libélulas que recuerdan que aún hay vida en aquel paraje de latas viejas, muebles desechados, llantas usadas y defecaciones humanas...