Mostrando entradas con la etiqueta NATURALISMO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta NATURALISMO. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de enero de 2013


 

CANCIÓN ESCONDIDA

Deletreando versos
marche en días de estío 
en busca de alguna estrofa
para mis alegres silbidos.

Encontré girasoles
remontando las colinas,
hortensias frondosas  entre
mis pupilas.

Tropecé entonces con
gigantescas piedras,
de frambuesas llenas.
silvestres en la vereda.

Recogí de las aguas de torrentes frescas:
nenúfares, libélulas y juncos de la ribera.

Volé contra el viento al son de la prisa y
en hojas de enebro colgando
me dormí aleteando en la briza.

¡Entre las nubes anduve,
soñando que estoy despierto!

Continué  deletreando mis versos,
en busca de terminar canciones.

¡Aquellas que aún no terminan!
¡Aquellas que aún se me esconden!

martes, 8 de enero de 2013



TRONCO SECO

Tronco seco en la llanura,
por el rayo, ennegrecido
torcido por el viento,
tostado por  la tarde.

Cobija en sus ramas al ave de
Negras alas que en la mañana
Remonta termales al cielo.

No crecen hojas, sarcillos ni flores,
Sólo ásperas astillas 
ceniza  en la bruma.

Tronco seco en la llanura,
Reflejo de lo que ya no es
Testigo mudo de vergel marchito.
Corazón vacío por el tiempo en la
ausencia misma de la vida.
Amor de  mocedades  perdidas.
Recuerdo de penas y dolores.



miércoles, 30 de mayo de 2012


LAS CUATRO ESTACIONES EN EL TRÓPICO

No tengo la dicha de mirar las hojas cayendo de frío en otoño, las flores renaciendo después de una nevada intensa en un invierno interminable, para dar paso a una primavera llena de colores. O un ardiente verano sin gota de lluvia.
En el trópico las estaciones se suceden en forma muy sutil, casi imperceptible. En estas latitudes llueve en verano y hace calor en invierno. Todo se confunde, orada la tierra las torrenciales aguas y evapora el rocío el sol que por días no aparece, para surgir de nuevo tras la tormenta. La lluvia es el elemento predominante; tanto que la vida surge en todas partes, desde las cercanías de la costa, hasta las cumbres del páramo. Todo es verde en el trópico; pero si los ojos del humano observan con detenimiento, las cuatro estaciones están ahí, sólo falta detenerse y mirar cada cambio, descubrir algo nuevo.

VERANO: Diciembre a Marzo

"En los patios, sobre las cercas,
en los jardines y en mi cabeza,
Buganvillas a contra luz,
flor de verano, de vientos y soles,
color de naranjas, rosado y violeta,
anegando mi vista con tantos colores.
formando paredes, inundándolo todo,
naciendo a la vida,
viviendo de amores".

Con razón en mi país a las buganvillas les llamamos "Veraneras", porque precisamente en ésta época del año renacen estas flores.

PRIMAVERA: Marzo a Abril

"En un marzo que no viene
y un abril que ya se va,
orquídeas, aves del paraíso,
bromelias y lirios,
en poco tiempo
sus pétalos vendrán,
a colorear amores,
a cantar libertad"

En realidad por el régimen de lluvias tan alto, en el trópico, siempre están floreando nuevos retoños a lo largo de todo el año. Se puede decir que es una "eterna primavera", pero los meses donde alcanzan su máxima expresión son en marzo y abril.

INVIERNO: Mayo a Noviembre

"Lluvia sobre el tejado,
Escurriendo por entre los caños,
charquitos en la vereda,
y yo que estoy esperando
a que mi amada llegue
Para tenderle mis brazos"

Lluvia sobre la ciudad, esperanzas renovadas, melancolía tras los cristales, gotas en el tejado. El invierno en el trópico en realidad corresponde a la estación lluviosa; no las blancas navidades propias de las regiones templadas del norte y sur del planeta.

OTOÑO : Noviembre a Diciembre

"Vientos alisios,
vientos del norte,
frío en los huesos,
pronuncia mi nombre,
para que no te olvide,
y no olvides mi nombre".

En este lado del trópico, entre los 8 y 11 grados de latitud norte, el frío se acrecienta al llegar diciembre. Aunque sólo algunos pocos árboles botan sus hojas, en ésta época del ano el otoño no es muy marcado. Lo que sí es evidente es el frío que se cuela en las rendijas de las puertas y se mete cual intruso en los huesos, recordándonos la llegada pronta del natalicio de nuestro Señor Jesucristo.

"Sube la selva las montañas azules,
cubriendo de verde todo a su paso.
Es el trópico síntesis de estaciones.
Nada se acaba, todo es perenne"

miércoles, 16 de mayo de 2012


LA ÚLTIMA GOTA DE AGUA

Se levantó temprano con la única idea fija de beber agua. Abrió la llave y sólo logró escuchar el silbido del aire salir del agujero de la boquilla del tubo.
En muchas partes del planeta ya se repetía esta historia. Las últimas gotas del líquido vital se estaban acabando, mientras la atmósfera se cargaba cada vez más de monóxido de carbono y otros gases contaminantes, producto del escape de los automóviles y el humo de las chimeneas de las fábricas.
Seguía teniendo sed y recordó que en la refrigeradora había dejado el día anterior una bebida gaseosa a medio terminar. No aplacó del todo sus ansias pero al menos le quitó de su lengua la mala sensación de sequedad. Encendió la televisión y las noticias retrataron el panorama oscuro que la humanidad entera comenzaba a vivir. Los medios informaron que a partir de ese día, las reservas de agua potable terminarían de existir y el mundo empezaría a experimentar la debacle ecológica más grande de todos los tiempos: "la lucha por acaparar las últimas reservas de líquido del Planeta". ¡La guerra había comenzado!. Estado Unidos desde hacía años se estaba preparando para hacer frente a esta crisis, colocando tuberías que llevaban el líquido vital desde las selvas tropicales de Centro y Suramérica hacia las regiones áridas de su costa Pacífica y tenía proyectos para extender la red hacia el Atlántico. Además a través del negocio de la "venta de aire", a cambio de la condonación de la deuda externa había logrado someter a los pequeños países de América Latina prácticamente a la esclavitud. Ya los bosques milenarios habían desaparecido prácticamente del planeta y los pocos que quedaban estaban en manos de las grandes compañías madereras internacionales.
Se sentía sucio y pensó en un momento ir a bañarse, pero recordó inmediatamente que ya no había agua. ¿Qué hacer?, se preguntó. Lo mejor sería esperar. Guardaba la esperanza que de nuevo, de la cañería brotara el agua. ¡La muy esperada y ansiada agua!. Aguzó su oído para escuchar atentamente si volvía al menos un chorrillo del líquido. Como no logró captar nada, con el control bajó el volumen al televisor para ver si escuchaba mejor, pero la llave de la cañería permanecía silenciosa. Se dirigió a la cocina y una sensación de devastación lo envolvió en una nube de incertidumbre y desesperación. ¿Ahora qué hago?. Deseaba una taza de café y no tenía cómo hacerlo. Decidió descongelar unos cubos de hielo de la nevera. Así lo hizo y con el agua hervida que sabía a gas de congelador, diluyó el café en el percolador. Servida una taza se sentó de nuevo frente al televisor. Se seguían dando noticias sobre la catástrofe ecológica y cómo estaba afectando a los países ya de por sí más pobres del planeta, en la franja suroriental de África y cómo se observaban parches de desiertos en lo que antiguamente era la extensa selva del Amazonas.

Se terminó la taza de café y volvió a la cocina a servirse más pero recordó que los cubos de hielo apenas dieron para una sola ración. Pensó utilizar el resto del hielo como reserva para más tarde. Regresó a su asiento a esperar.
Se rascó la cabeza y se desabotonó la camisa del pijama. Hacía calor y el termómetro marcaba 36 grados Celsius en un lugar que desde siempre se mantenía en un promedio de 22 grados. De todas maneras era verano y se decía que esos días eran los más calientes del año. Su hijo menor se levantó y corriendo se acurrucó entre los brazos del padre y acercándose al oído le susurró que quería un vaso de agua. El progenitor se le quedó viendo a los ojos y decidió volver a la cocina a derretir otro cubo de hielo. Estaba por sacar la bandeja del congelador cuando de pronto escuchó el sonido del aire al escapar de la boquilla del tubo lo que le provocó la dicha que tanto estaba esperando, comenzó a salir agua de la cañería en un chorrillo apenas delgado. Se apresuró a rescatar tan preciado regalo del día y de repente la dicha se esfumó. Apenas logró recoger medio vaso del líquido. Se volvió a donde su hijo y con los ojos casi llorosos comenzó a derretir el cubo de hielo, él supo que todo cambiaría a partir de ese momento...

viernes, 11 de mayo de 2012



HOMENAJE A LOS CAÍDOS

Como troncos huecos
hubo almas que quedaron vacías ante las
sombras de la noche.
No pronunciaron palabras,
sólo el latir de sus corazones
recordaba que aún seguían vivos.
No tenían savia,
sólo raíces ya muertas.
No tenían ramas
sino codos ya secos.
Revestidos de noche
y envueltos en frío,
aún continuaban viviendo.
Al alba un hacha cortaba
y una sierra roía.
Calaban sus corazones,
carcomían sus pulmones.
Parecían muertos,
pero no lo estaban.
Sangraban por vivir.
No se intimidaban,
pero callaban.
No luchaban,
pero vencían.
La ley de la vida se hacía
presente en ellos.
A los rayos del sol,
una nueva plántula surgía.
Y mientras la neblina disipaba
se oía cantar en el bosque:

"¡Vive y crece, vive y crece!"


Rescatado de unos viejos apuntes. Martes 15 de julio de 1986.

sábado, 5 de mayo de 2012


EL CANTO DEL YIGÜIRRO
 (CUENTITO INFANTIL)

Revolcando papeles, me encontré con este cuentito que escribí de joven hace ya algunas décadas (por ahí de los ochenta). Me pareció importante rescatarlo porque es el retrato de nuestra ave nacional: el yigüirro, que en su sencillez ha trascendido nuestra identidad como costarricenses pues la encontramos en casi toda nuestra literatura. Es un ave muy difundida en nuestro territorio y siempre nos anuncia que el cambio de estación seca a lluviosa está por venir.
Cada vez que oigo su canto sacude mis recuerdos de infancia cuando solía escucharlo posado en el tendido eléctrico o en la copa de los árboles de mi querida Escuela Naciones Unidas, en Barrio La Cruz.

Así como de sencillo es mi cuento, así de sencilla es esta avecilla. Así como de bello es su canto, así de bella es la dicha de los que lo escuchan...

                                        _o0o_

 

"El calor empezaba a sentirse. No había brisa y los pastos estaban secos y amarillos. Del gran estanque que una vez existió sólo quedaban unos pequeños charquitos que únicamente servían para apagar la sed por un instante de las aves más pequeñas.


Sí, el verano había asentado sus raíces en toda la comarca y casi todos los animales habían muerto de sed y de hambre. Eran muchos los que habían intentado hacer llover, pero ninguno de ellos había tenido éxito.


Una tarde, el yigüirro estaba volando muy cerca de los pastizales resecos cuando de pronto vió que un comemaiz yacía en el suelo casi muerto y a merced del abrazador sol. Entonces al ver tal escena agarró a la avecilla de una pata y la colocó en un lugar sombreado y fresco. Después pensó que debía hacer algo para remediar la sequía, asi que rápidamente se posó en la rama más alta de un poró, donde cantó incesantemente una oración. Y su canto lastimero estremeció al cielo mismo. Y el Señor, que todo lo ve mandó la lluvia sobre esa desolada tierra; gracias al corazon noble de aquel sencillo yigüirro.


Es por eso que hasta el día de hoy se escucha en verano el canto del yigüirro, posado en lo alto de un alto poró.


EL AMANECER DE LOS TIEMPOS

Sobre aquel mar cretácico miles de peces surcaban las aguas, mientras que en la tierra gigantes animales se adueñaban de los bosques . La vida era todo inicio, explotando en cientos de especies, alegría de existir, presencia de lo nuevo. El instinto se señoreaba por los aires, las aguas, la tierra. Aquello era la Creación misma pintada por la paleta divina del Autor. Multicolores formas, olores, sabores y movimientos. Pero faltaba un ser, su sola ausencia se hacía sentir. Quizás sería pequeño, silente y frágil, no de pisadas grandes, sin alas para volar, ni aletas para nadar. No miraría la llanura con un alto cuello o atravesaría los bosques pisando árboles. No sería planta, quizás animal entonces, diferente a todos, mezcla de todo, síntesis de lo creado. Faltaba tiempo para verlo correr, alimentarse, transformar su medio, apropiarse de los elementos , inventar ser alguien, parecerse a Dios, volverse egoísta, hacer la guerra, amar... Quizás faltaba tiempo para ser de todos, el ser más contradictorio y difícil de comprender.
Bastó ver sentado sobre un dolmen a un nuevo ser pensante, para saber que todo cambiaría, ahora existiría, no habría marcha atrás.

martes, 24 de abril de 2012


MIGRACIÓN

Sostenido de la cornisa de un acantilado, un albatros amaneció con sus plumas empapadas por la bruma de la noche anterior. Sabía que debía esperar los primeros rayos de sol para que lograra secar su húmedo cuerpo antes de continuar su vuelo hacia el sur.

Ya había andado por misteriosos mares, soportado grandes tempestades y sorteado cientos de peñones que retrazaban su tiempo de vuelo.

Sólo la noche lo detenía apenas para que lograra descansar sus adoloridas alas. Así le quedaban todavía kilómetros que recorrer, pero nada le hacía desertar de su objetivo, siempre avanzar, nunca quedar atrás.

Esperó a que el sol provocara termales que lo elevaran a las alturas del cielo para luego enrumbarse hacia tierras inexploradas.

Tenía su ruta trazada, era sólo continuar. Su entereza y decisión sirvió de ejemplo a miles de otras aves que acompañaron su vuelo. No estaba sólo, su actitud era el norte que otros necesitaban para concluir feliz el trayecto.

Allá va el albatros, con sus plumas al viento, llevando un sueño de mejores tiempos, avanzando las horas, recordándonos que detrás de altos peñones, un ancho horizonte se expande a nuestra vista. Descubrir lo insondable de la vida.

sábado, 21 de abril de 2012



NUEVA VEREDA

Con la tortura a cuesta
de caminar sin tregua
por la vida misma llevo
mis palabras en vela,
transformando quimeras
en sonrientes quillas
de barcos silentes
que atardeceres de faros
perfilan en la marea.
Luego se agolpan la sombras
del infinito cielo
en las verdes arboledas
y los caminos se me anchan
hasta llegar a las cumbre
de mis nevadas sienes,
recordando entonces
que es el tiempo 
compañero de viaje
y éste aún no llega,
comienza en una nueva vereda

viernes, 13 de abril de 2012

DE NOCTURNOS Y OTRAS NOCTURNIDADES

(Libro-poemario)

Prólogo:

Un dia de tantos me di cuenta de que había escrito ya cuatro nocturnos y dos poemas relacionados con el maravilloso fenómeno de la noche, en este pequeño libro los recopilo para mis lectores





I NOCTURNO

En el instante en que se vierte la noche en el vaso de aquel río,

mis miembros sostienen apenas el árbol de la dicha.

Y se me ahuecan las ganas de seguir mis versos y se me erizan los vellos de tantas ganas. 


¡Ganas de ser poeta, de morir en calma!. 


Mi corazón aprieta el paso que me aqueja,
y la senda parece que aún no llega. 


Hasta contener las penas  y colgar de una estela de luz siempre blanca, que poco a poco se alarga como cola de cometa. 


Como una inmensa espera.



II NOCTURNO

De sombras y luces se cuajó el cielo y con ladridos de perro se adornó las esquinas, respira sonidos de pequeños insectos hasta ahogarse de golpe en una canción de murciélagos;

que al compás del vuelo desgarran la portezuela de lo oscuro y

por entre la sabia de los árboles circula la nocturna sangre de la noche.

III NOCTURNO

Se evapora la noche
en medio de la luna
y se desploman las estrellas
en la cintura del océano.

Se me antojan luciérnagas,
las luces lejanas de esta
pequeña ciudad que nunca
se apagan, mientras las amenazantes
copas de los árboles en sombrías
cabelleras transmutan.

Es cuando el sonido de la trova se
me clava en los oídos, porque la
noche es mampara en mi razón y el silencio
me hace vertir el alma.


IV NOCTURNO

Al oscurecer
la vida se aquieta
y las almas somnolientas
regresan al sosiego de
una noche que avecina
recuerdos; murmullos de
un pasado presente sólo
en las mentes inquietas de
los seres sensibles, las que
sólo hacen a los poetas.

__o0o__

NOCTURNO PARA UNA MUJER QUE CONOZCO



Mientras las ventanas se apresuraban a beber los últimos rayos de luz, una pluma escribía calladamente sobre una hoja de papel.

...desde un inicio lo supe, no serías mia...


Voces infantiles detuvieron la pluma por un momento. Sólo eran unos niños que reían en la calle.
Luego un olor a tristeza inundó la estancia manchando a pocos el papel.

Aún te dibujo en mi mente, como en aquella noche...

Luego no era olor a tristeza, sino a soledad
Hay olores que se confunden con las rosas, con los jazmines, e incluso con las dalias. Pero éste no. Este olor era particular, no era geranio, ni flor de lis.Era soledad. No era flor.
Olores como éste sólo se aspiran de vez en cuando. Únicamente cuando el alma deja de existir en otra, o cuando el corazón se detiene por falta de un impulso vital. Soledad era este olor y olía fuertemente. Olía hasta ahogar.

...¿y por qué fué él...?

Versaba una linea.

...¿Por qué yo no?

Versaba otra.

Afuera los primeros grillos orquestaban una sinfonía extraña, mientras en un árbol cercano, una lechuza abandonaba a su consorte.
Las voces de niños ya no se oían, pero sí algunas puertas que se cerraban. Era de noche.

Una mariposa noctuna hacía esfuerzos por atravesar la ventana, mientras otra batía sus alas sin aliento en el suelo.

Ya no hay luz.

Adios...

Es de noche

Adios...

Soledad

Adios...

Tristeza

Te quiero
Te quiero
Te quiero...




LECHUZA



Cuales ojos que en la oscuridad otean lo arcano,
vigila sombras y resguarda el viento.
Soy en plenilunio lechuza que
en caminos solitarios, sufridas presas
entre sus garras lleva.

Sueños de delirio trasnochados
de espera .
Rapaz nocturna quiero ser por
el silencio de sus alas
que en penumbra parajes recorre,
bosques de encinos desiertos .
Salvando murallas de iglesias en ruina,
vigila antiguos aleros, robándole luz a la luna,
provocando siluetas nocturnas contra las blancas estrellas.
y en la alborada a su tronco hueco vuelve
a esperar que de nuevo anochezca.
Dormir de cansancio de oscuridades en vela.


AL FINAL DEL CAMINO

Yo nací en la Provincia de Guanacaste, Costa Rica, una tierra seca, calcinada por el sol y de bravíos ganaderos. Sin embargo desde pequeño, por azares del destino nos fuimos a vivir a la capital: San José, por lo que soy más citadino que pampero. Las pocas veces que he vuelto a mi Guanacaste querido he quedado impresionado por su belleza, sus extensas llanuras y la hermosura de sus playas. De pequeño, recuerdo un camino de piedras que se extendía detrás de una vieja casa de campo donde nos hospedamos en una de tantas giras que solíamos hacer mis padres y yo. El camino de mi historia atravesaba un potrero o sabana y siempre me pregunté hacia dónde conducía. Me imaginé miles de opciones, pero la que más me gustaba pensar era que no me conducía a ningún lugar específico y que podía reinventarlo las veces que quisiera, toda vez que cerrara mis ojos y lo visualizara, aunque estuviera a kilómetros de distancia; ya en la ciudad recostado en mi almohada u observando la lluvia caer através del cristal de mis ventanas. Quería volver ahí, caminar sus senderos, oler la hierba seca y quemarme con el sol de la tarde. Por eso es que hice este tributo a ese camino, mi camino, aquel que no he terminado de andar...

AL FINAL DEL CAMINO.

Allá va el camino, amarillo de soles y curtido de lluvias.

Sediento de arena y cascajo, es presa del viento, pero nada lo detiene. ¡Siempre adelante!.

Visita los cañales, recorre los zarzales. Continúa en los potreros y descansa en el bosque de cedros.

De vez en cuando se enfrenta con uno u otro riachuelo, pero la mano del hombre lo continúa con un improvisado puente.

Nunca se detiene, su meta es continuar.

A veces atraviesa algún poblado, donde una pandilla de niños juegan a la pelota sobre su silueta; mientras las vendedoras de frutas ofrecen en sus orillas, jugosas naranjas, marañones y sandías.

Luego se levanta majestuoso por la colina vecina, donde la brisa del norte lo refresca para luego descender y continuar por los arrozales hasta el mar.

Pero ahí no se detiene, lo bordea y es bañado por la espuma. Pareciera jugar con él, lo envuelve y desaparece, para luego volver a surgir con cada ola que se borra.

Cruza y se esconde entonces en un pequeño bosquecillo de acacias, para aparecer de nuevo en la playa.

Nada lo detiene, siempre majestuoso e indomable, siempre silencioso e interminable.

¿Cuántos habrán oído de él?
¿Cuántos lo habrán recorrido?
¿Qué habrá al final de él
¿Mas arena y cascajo?. ¿Más zarzales y potreros?

Ahora el camino sube por el acantilado para desaparecer ante la mirada de un hombre que no supo qué habría al final de él...


"No hay mayor tributo a la imaginación, que la labor artística del hombre

domingo, 8 de abril de 2012



VIENTO

Canta el viento estival canciones de estío en la cañada,
augurios de un verano largo sin gotas de lluvia.

Seca la milpa y retuerce las cañas, se cuela en las rendijas
de puertas mal trechas y esparce las semillas de diente de león.

Sacude las barbas de cometa romboide, que lejos me parece saludar.

Revuelve sonidos de agujas de pino con limoneros en flor, y espanta
en las polvorientas calles al comemaiz y azulejo, para regresar luego
a mis oídos cortos, murmullos de autos en prisa.

Luego no hay viento, todo es calma.
No pienso, sólo soy.

miércoles, 14 de marzo de 2012



EL COYOTE AZUL

Allá se ve el coyote, recortado tras la bruma,
Azul como la misma luna,
cantándole a los carbunclos
canciones como de cuna.
Se detiene en el silencio y modifica su voz
para parecer más humano
y en la cárcava sombría asemeja un espanto
que con sus garras aprisiona a su presa de inmediato.
Luego llora entre las piedras y el frío le atormenta
ha muerto su pareja a manos del mismo hombre.

La escarcha de su piel cuelga y la soledad no lo deja,
no existe a quien amar.
Se recuesta entre la hierba ya no sabe que soñar.
Sueña con campos de flores donde solían jugar.
Tomar del agua fresca de algún viejo manantial.
Oír los pinos en la noche, el viento a donde va.
Cazar conejos en la pradera, correr por la llanura,
ver el sol ocultarse tras la espuma,
de cualquier ola de la mar.
Quiere morir él también , dejar de ser mortal,
llegar a la misma luna donde ella ya está.
Es el coyote azul como la nostalgia,
Una extraña remembranza de lo que fue y no será.
Un cuento hecho leyenda
Ya no está el coyote.
Ya no está la bruma.
Ya no está la escarcha.
Ya no está la luna.

Todo es un sueño, solo una imagen.
Abro los ojos y ella se va.
Soy yo el mismo coyote azul de mi nostalgia.
Nada de esto existe, ya nada de esto está.


martes, 21 de febrero de 2012


ZAPATOS ROTOS PARA CONTINUAR

Se sentó en el tocón de lo que alguna vez fue un alto roble a mirar sus depreciadas botas, llenas de huecos en su suela, cargadas de polvo y jirones de cuero guindando de su lengüeta que en realidad daba lástima, pero aquel hombre las apreció ese día más que nunca; según él había llegado al final de su viaje. Había recorrido miles de kilómetros sin rumbo fijo, por el simple placer de conocer el amplio mundo que se extendía a sus pies, oler las flores de las serranías, bajar a los valles cargados de meandros donde las garzas se señoreaban entre los yoliyales , ocultarse días enteros debajo del dosel del bosque aguardando a la taltuza salir de su madriguera , y atravesar las resecas llanuras donde el viento del este mueve el alto pasto asustando a las tímidas codornices.
Esa tarde aquel hombre creyó haber terminado su jornada, acabado su travesía, finalizado el camino. Sentado en aquel tronco y mirando sus raídos zapatos sintió la satisfacción de haber cumplido la tarea porque aquel calzado le demostraba que ningún obstáculo lo había detenido; por el contrario, todos los había logrado sortear.
Rememoró entonces aquel dia cuando había entrado a una tienda en su natal capital y prenderse de aquellas bellas botas de cuero y lona, todas lustrosas y muy bien cosidas; sabía que ellas lo llevarían por innumerables lugares y que nunca le fallarían.
Lo cierto es que antes de decidir abandonar el recorrido dado lo maltrecho que se encontraban esos zapatos, respiró profundamente, continuo mascando las espigas de hierba que recientemente había arrancado del camino y mirando al cielo en actitud de agradecimiento, le guiño el ojo a un gorrioncillo y con una disimulada sonrisa se incorporo de nuevo y sin volver a ver los pasos dados, continuo la marcha, se dio cuenta de que no había terminado su viaje. Desde entonces a ese hombre no se le volvió a ver nunca por esos lares, o al menos jamás descansar a la orilla de ningún camino. Era un hombre caminante…


viernes, 10 de febrero de 2012


SANGRE FRÍA

Las luces de la aurora despertaron del sueño profundo a Tapiriit, mientras afuera el frío y el viento sacudían las hierbas bajas de la tundra. Sabía que algo estaba pasando. Ya no escuchaba el ulular del búho blanco, los pasos inquietos de la liebre y el mugir del caribú.

A lo lejos en la costa fría, paredes blancas estrepitosamente caían al mar para fundirse por última vez en una sola masa líquida. Aquella mujer de razgados ojos y rosados pómulos se recostó sobre el "permafrost" en su último intento de palpar el frío, aquel que orgullosamente llevaba en su sangre y la había identificado como una inuit, de las pocas que habían sobrevivido al tiempo. En su frente ya se marcaban arrugas, como los surcos que los glaciares dejaban al moverse. Por lo menos si moría pronto, estaría orgullosa de haber dejado herederos en este mundo, aunque este mundo ya era poco habitable, poco apacible y sus hijos estaban viviendo tiempos difíciles.

Más al sur en los "Bosques silenciosos de la Taiga", los abetos relucían verdes al sol, ya nunca más estarían cubiertos de la blanca nieve, y desde el soto, nuevos sonidos de insectos comenzaban a surgir, mientras de las ramas de abetos y alerces extrañas aves del sur trinaban con cantos nunca antes conocidos, con nostálgicas melodías suplicantes al cielo mismo, como pidiendo, les devolvieran su hábitat.

Tapiriit se mantuvo quieta sobre el helado suelo del ártico, sobre ella volaba el halcón peregrino que para esa época del año apenas el frío no le permitía su retorno. Su oído izquierdo, desnudo al viento escuchaba apenas los bloques de hielo que caían poco a poco del glaciar, haciendo maromas en el aire para adentrarse a las profundidades de ese mar cada vez más cálido.

Cerró sus ojos y recordó la aurora, con su cortinaje de luces en las tardes de aquellos inviernos crudos, cuando después de una nevada, las estrellas servían de fondo para ese espectacular fenómeno. Se preguntó si sus hijos, quizás sus nietos dejarían de ver la nieve sobre la tundra, la morsa y al Gran Oso Blanco caminar sobre el hielo, o si más allá de cualquier cambio, la sangre fría de su raza dejaría de existir.

Soñó entonces con los hombres de la aldea, pescando en los hoyos de la nieve, mujeres en fogones cocinando y niños felices corriendo sobre la tundra. Soñó con el frío helando sus huesos, aquel ancestral frío de la tatarabuela, su abuela y su madre. Deseaba heredarlo a sus hijos, compartir ese frío con el hombre que había amado toda su vida.

Como mujer de frío y viento, de nieve y aurora, de pieles y hielo quería ser recordada. Ahora ese elemento le abandonaba y sólo le quedaba soñar. Abrió entonces sus oscuros ojos al dejar de escuchar al glaciar precipitandose al vacío, se incorporó y sobre la húmeda hierba se sentó a observar el amplio mar que se erguía enfrente. Algo faltaba en el paisaje que habitualmente estaba acostumbrada a ver, ya no habían paredes blancas, solo bloques de hielo flotando a la deriva. Una extraña sensación de soledad e incertidumbre se confundía con la quietud del lugar.

miércoles, 8 de febrero de 2012



COMO RAPAZ EN VUELO

Levanta su alas
otea horizontes
aguarda silencios.
escucha temores.

Un águila espera
considerar su presa
un bocado simple,
una simple quimera.

Ella huye y se interna
en la oquedad de algún bosque.
Me recuerda entonces, transformar
mi nombre.

Perseguir deseo,
devorar me muero.

¡Hambre yo tengo y nada poseo!.

Aguardo entonces
deglutir mis rencores.
Atrapar en mis garras,
lo que me sobra en temores.
El destino me alcanza y mi alma
se esconde.

Soy animal pequeño y alto ahora vuelo
Rebusco en las piedras me estrello en el suelo.

Busco entonces desde el arcano ser hombre
una rapaz sin alas, una avecilla sin nombre...

sábado, 4 de febrero de 2012



EL SAUCE LLORÓN

Sobre las negras aguas caen las ramas del sauce mientras se desprenden las diminutas hojas arrancadas por las filosas aristas de botellas plásticas partidas, que flotan en el caldo negro que por corriente semeja un río. El viento se encarga entonces de llevar el lamento de aquel encorvado árbol a los oídos de las mujeres que miran a través de las improvisadas ventanas de latón. Todas lloran al igual que él a algún ser querido que ya no pisa el suelo húmedo de sus improvisados ranchos. El sol apenas escaso, intenta salir por entre el oscuro cortinaje de las chimeneas de las fábricas vecinas. Cuelga entonces el astro rey algunas monedas de oro sobre las verduscas hojas de aquel solitario árbol hasta dorar la tarde con la crepuscular penumbra luminosa de la serranía. Llora de nuevo lluvia sobre el follaje de aquel atalaya, conteniendo entre sus folios, lágrimas que luego se confunden con la liquides oscura del remanso que roza sus exteriores raíces. Llora el sauce, porque ya no escucha al carpintero picotear su fuste, ni a las golondrinas revolotear sobre su desordenada cabellera. Su ramas que otrora acariciaban las cristalinas aguas del bello riachuelo que le vio crecer ya no juguetean con el pez bobo, ni con las sardinillas inquietas que en las orillas se aglomeraban a provocar a los insectos que por ahí pasaban. Ya ni al sapo dormilón volvió a escuchar como solía croar en las cálidas noches de verano. Quizás el batracio abandono el lugar al igual que los hombres que partieron al sur, dejando a las ya dichas mujeres que lloran sobre las ventanas de latón. Llora el sauce el ulular del búho, a la madreselva que era su compañera de al lado, al gran roble que solía divisar en la otra orilla, y a las ardillas que saltaban sobre la enramada vecina. Llora por cada tronco caído, cada tañir sobre las rocas de los envases de aluminio, cada papel flotando en las oscuras aguas, cada mortal líquido derramado desde las cloacas vecinas. Llora hasta inclinarse cada vez más, como queriendo terminar sus días en las profundidades de aquel putrefacto lugar. Sin embargo y como un sueño que no acaba, como la esperanza misma que se refleja al final de una película, el observador que escribe estas torpes letras descubre que aún sobre la abundante cabellera de aquel vetusto sauce, sobrevuelan mariposas y libélulas que recuerdan que aún hay vida en aquel paraje de latas viejas, muebles desechados, llantas usadas y defecaciones humanas...

viernes, 3 de febrero de 2012

Starr 011205-0111 Hyparrhenia rufa.jpg

ENTRE JARAGUAS
(La conciencia de crecer)

Avanzo entre la maleza colmada de jaraguas apartando las espigas que sobrepasan mi escasa altura, mientras el azul intenso se recorta sobre mi cabeza que apenas puede inclinarse hacia arriba para divisar al gavilán que desde hace rato me viene siguiendo. Subo una colina baja y mis ojos apenas otean el horizonte, porque la luminiscencia es tan alta que hace que constantemente parpadee. La inmensa llanura se me extiende como un mar de olas parduzcas en constante movimiento, no resulta ser otra cosa que los jaraguales acompasados por el viento de estío, que con fuerza mueve sus cañas.
De vez en cuando me encuentro con frondosos árboles de cedro amargo y jiñocuabes en flor, que al levantar sus ramas al cielo emulan gigantes sosteniendo el sol de la tarde que ya se dispone a dormir. Mis pies se arrastran ya cansados por entre el cascajo del camino. Estoy por llegar a ningún lado; de todas maneras, cuando se es niño no importa la hora de partida y el lugar de llegada. Atravieso una quebrada apenas cubierta de charquitos entre guijarros. El bosquecillo que le sirve de sombra, protege de seguro a la trasnochada sorococa, y al asustadizo cusuco. Salto de piedra en piedra hasta llegar a la otra orilla y de nuevo me encuentro con la inmensa llanura de ocres matorrales. Ahora es la luna la que asoma un cachillo de su fase por entre el fuego de la tarde. Me percato que ya es hora de regresar.
Desando lo andado por un atajo que me conduce entre calcáreas colinas a la salida de aquel espeso jaragual. Me detengo a la par de una macolla de aquel pasto gigante y comparo su altura con mi diminuto tamaño. A lo lejos veo la silueta de mi padre recortarse contra las luces del ocaso. Su cuerpo sobrepasa la medida de las jaraguas. Es cuando descubro que me faltan muchos veranos que recorrer para semejarme a él. Por el momento esperaré ansioso a que los primeros retoños de aquella hierba resurjan del reseco suelo, tras las primeras lluvias de mayo; mirarlos por encima de mis hombros y creer que ya soy un adulto…

jueves, 2 de febrero de 2012



PERICOS EN EL ALAMBRE

Confieso, me resulta extraño colocarme sobre el tendido eléctrico a observar el ruidoso tráfico de la tarde y mirar de lado la incandescente fase final del sol, difuminándose detrás de las humeantes fábricas.


Recuerdo que hace algunos años solía posarme en las ramas de algún solitario mango que sobre la llanura inmensa se imponía o sobrevolaba los altos árboles de aguacatillo que abundantemente me daban alimento en el bosque. Ahora cuando mis pequeñas garras se aferran a la larga fila de los negros alambres caigo en la razón de que no pertenezco a este lugar.


Sobrevuelo las azoteas de los edificios mientras la lluvia se me pega a mi verde plumaje, llenándome del negro hollín urbano, lo que oscurece mis ya maltratados miembros; para luego darme a la tarea de protestar junto con mis demás compañeros, a cerca del porqué los humanos invaden nuestros hogares y roban nuestras crías. Posado en los aleros de algún edificio y con mi chillona voz es que de seguro tal protesta llega a los oídos sordos de algún transeúnte, quien con un gesto de asombro se extraña del por qué compartimos la misma cornisa con las acostumbradas palomas de la plaza. Ellas también se asombran del porqué invadimos su espacio; pero como señoras de abolengo, sus buenas costumbres las llevan a no discriminarnos y más bien nos invitan a formar parte del paisaje citadino.

Vuelo del Teatro de la ciudad a una alta palmera del Parque Central, lo que me da un respiro verde entre tanto gris de cemento, es cuando aprovecho para comer de sus frutos cada vez más escasos, debido a la falta de nutrientes que impiden su desarrollo. Regreso luego a mi acostumbrado asidero eléctrico que me recuerda los bejucos de la selva, del que me balanceaba otrora hasta el dosel del bosque en busca de algún rayo de luz que calentara mi frágil cuerpo, después de una húmeda noche de invierno.

Algunos de mis compañeros me recomiendan bajar a recoger migajas de pan en las aceras, pero prefiero sobrevolar los edificios en busca de un solitario guayabo creciendo en algún lote baldío o adentrarme a los pocos cafetales que quedan en la ciudad a consumir los frugales alimentos de los árboles de sombra.


Y es que los días se sobreponen a las noches y los meses a los años sin que poco o nada cambie en mi transcurrir en esta nueva selva ahora de concreto que es mi hogar, por eso es que prefiero esperar con calma a que algún día los hombres se apiaden de mi existencia, o sean ellos los que se extingan y no yo, pero creo que la suerte está echada; mientras tanto y para aferrarme a la idea de que aún estoy vivo, me acompaño de mi fiel consorte, me acostumbro a la presencia de los alados seres tornasolados de la ciudad, el ruido estridente de los autos, los ágiles felinos caseros que atacan a mis compañeros de noche y el aire enrarecido y tóxico de esta urbe. Soy ahora un pretexto de los humanos para sus campañas ecológicas, muchas de las cuales, terminan siendo simple propaganda absurda.


Ahora y con el crepúsculo a nuestras espaldas , buscamos mi pareja y yo donde pasar la noche. Sobrevolamos entonces las modernas estructuras, mientras reflexiono para mis adentros que no somos más que un par de infortunados “pericos sobre el alambre”, por lo menos hasta que las cosas cambien, y eso lo dudo…


sábado, 28 de enero de 2012



EL ARBUSTO EN LA ROCA

Sobre una peña en medio de la llanura crecía un retorcido arbusto que movía sus ramas al son del viento del este. Todos aquellos que pasaban por ese lugar quedaban admirados de cómo las raíces hacían esfuerzo por sostenerse de la dura piedra y cómo a pesar de las inclemencias del tiempo, la aridez del suelo, la escasa lluvia y el candente sol la planta sobrevivía fuerte y lozana.
Un naturalista que acostumbraba fotografiar singularidades, atravesó esos pastizales hasta llegar y tomar la imagen del arbusto en la roca.
Las fotografías captadas por la cámara eran bellísimas, la luz de la mañana exponía los detalles más ínfimos de su retorcido tronco, sus variados tonos verde y amarillo de sus hojas y la infinidad de insectos y avecillas que inundaban sus prodigiosas ramas.
Las tardes mostraban a su vez imágenes de su silueta, recortadas bajo el color naranja y fuego de hermosos celajes. Eran imágenes de revista, que sin duda se publicarían en la próxima edición del semanario local.
Después de pasar por todo el proceso de edición e impresión la revista fue vendida y poco a poco se fue distribuyendo por toda la región, e incluso algunos ejemplares fueron a parar a la ciudad capital.
Ya en sus manos y en el silencio de la sacristía un sacerdote meditaba sobre la imagen de la revista recién comprada, mientras que entre sus rezos, las paredes escuchaban desde lo profundo de su corazón un: "¡Tu eres mi roca firme!".
Entre los pasillos de una escuela un maestro presuroso mientras caminaba rumbo al aula se detuvo a observar la fotografía del arbusto. Pensó aprovechar la imponencia de la imagen para dar su lección de hoy. Ese día hablaría de la fiereza de la naturaleza y cómo los seres vivos se adaptan a las condiciones adversas del relieve y el clima, pero a la vez la emplearía para enseñar sobre el valor de la perseverancia y la valentía que se deben enfrentar ante los avatares del destino.
Del portafolio de un ingeniero la revista con la imagen de esta historia serviría de introducción para recalcar las bases firmes que todo edificio debe poseer y cómo los cimientos, al igual que las raíces profundas de ese arbusto socavan la roca. Con la fotografía ilustraría su conferencia ante la directiva del nuevo proyecto habitacional que en los próximos meses comenzaría.
Un indigente que solía frecuentar los basureros de la ciudad recortaría de las páginas de la revista el recuadro y lo atesoraría como un regalo preciado, posiblemente esa noche no tendría nada que comer, pero de la pared de su destartalado cuarto colgaría la imagen esperanzadora del arbusto en la roca y soñaría con tiempos mejores.
Finalmente, al filo de la tarde, escondido entre las sábanas, la difundida revista constituiría el único medio que poseería un niño que postrado en un hospital de la capital luchaba contra una cruel enfermedad. Su esperanza la había depositado en esa imagen, que aunque ya arrugada por el constante manipuleo entre el ir y venir de sus exámenes de laboratorio la resguardaba como su boleto a la libertad. Pensó que cuando se recuperara, correría por esos lares y escalaría la peña hasta llegar a la cima. Esa noche soñaría con ese lugar como si fuera su campo de juegos, mientras a cientos de kilómetros, incólume, un arbusto cerraría sus diminutas flores al rocío de la noche hasta esperar las primeras luces del alba.