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lunes, 27 de enero de 2014





LA CRUZ DEL CAMINO

En la entrada de aquel pueblo aquella cruz de hierro se erguía sobre un pilar de mármol rematado con un capitel de ornamento típico de volutas, propio del estilo jónico.  Cuando la vi recordé las cruces que desde mis mosos años acostumbraba elaborar con hojas de palma, cada domingo de ramos al inicio de la semana santa para adornar la puerta de entrada de mi casa.

Al descender la colina la pude divisar con más detenimiento y  note que alrededor de su base de granito la estructura era rodeada por una cerca de hierro forjado en forma de puntas de lanza, que no eran otras cosas que hileras de flores de lis. Dentro del jardincillo  que se formaba entre ella y aquel enrejado, crecían zarzamoras que suponía en marzo daban frutos.

Recuerdo detenerme a mirar como el viento movía aquellos arbustos espinosos y  trocar el color verde del frente de sus hojas al blanco nieve de su revés.  Decían que aquella cruz fue levantada para bendecir a todo aquel visitante que entrara a la aldea. 

Supe en este sueño que apenas se perfila como tal en mi mente y que ahora escribo como si se tratara de un vívido viaje,  que muchos peregrinos se detenían a observar aquel monumento no sin antes persignarse e incluso arrodillarse ante aquel símbolo de la cristiandad.  

Toco mi pecho y reconozco un frío crucifijo, la luz de la mañana cual daga asesina hiere mis pupilas hasta hacerme despertar; es hora de levantarme.   Durante todo el día aquella imagen de la cruz de los caminos me acompaña, me siento inspirado a escribir una oración... una que pudo haber sido escrita por cualquier peregrino siglos atrás. Una que por dehesas inhóspitas, antiguas cañadas y florecientes bosquecillos,  quizás hizo eco en los oídos de aquellos que siguieron el camino de la cruz,en su recorrido por polvorientos caminos.  

"Señor intensifica mi oración para hacer frente a todo aquello que me aleje de tus intenciones de salvación, del camino  correcto.  Para alejarme del moscardón de la muerte, del ladrón de la noche que quiere robar la paz de mi hogar. Posa tus ángeles sobre nuestras cabezas, atraviesa con tu espada de fuego la desgarrada tela de nuestros corazones, purifica con el agua santa de tu costado las impías mentes de los que te recuerdan. Desanda nuestros caminos y hiéreme con tu mirada.  Hazme llegar hasta Tí y besar la cruz de los caminos...  Reconóceme como el eterno peregrino que no ha terminado de encontrarte..."

martes, 7 de enero de 2014



El DON

Yo sé que tengo el don... aquel que me fue dado desde mis primeros años de vida pero que con el tiempo se fue diluyendo entre las necedades de la adultez. Estoy seguro además, que no soy el único en poseerlo.  Años atrás lo supe  mientras en el camino contemplaba absorto al halcón de alas amarillas que proyectado contra las nubes grises me recordaba lo cerca que estaba  de llegar a la barriada.
El peregrino que se había cruzado conmigo esa fría mañana de noviembre  me lo había susurrado al oído, mientras me miraba fijamente a los ojos.

Con su voz que aún no identifico si se trataba de alguien joven o avanzado en años me había insinuado que a él le habían dado también ese mismo don:
"...si no me crees, escucha el canto en las cornisas..."

Recuerdo haber caminado aquel día con él sin pronunciar palabra alguna por un corto tiempo antes de entrar al caserío, donde su silueta se perdió entre las callejuelas repletas de cotidianas labores humanas.
Antes de despedirse, se dirigió de nuevo a mí  con apenas una imperceptible frase que difícilmente logré reconocer:
"...Mira con detenimiento la tarde detrás de las perlas colgantes..."

En otra ocasión que no preciso si fue ayer, el año pasado o hace muchos años atrás,  rebuscando entre los papeles de un cajón, me encontré con una viejas cartas de antiguas amistades, aquellas que ya ni lo son, porque los años se encargaron de alejarnos, o porque simplemente había decidido olvidarme de ellas.
Al leerlas bajo la tenue luz de una vela, porque en aquella extraña tarde, el fluido eléctrico se había ido, encontré frases que al unirlas  con detenimiento formaron ideas que solo años después adquirirían sentido:
"...el azul se te pegará a tus ojos... aunque las arenas no estén debajo de tus pies..."

También en las mismas páginas del nuevo testamento que no tan a menudo leo, pero que reconforta mi alma cada vez que lo hago, confirma mis sospechas de que poseo el don... el que al menos una vez al día se me manifiesta. Como el pasaje de los pajarillos del campo que según el texto, Dios les proporciona el alimento diario, o la parábola de la semilla de mostaza que me recuerda el significado verdadero del Reino de los Cielos.


En otras ocasiones algunos extraños que de vez en cuando coincidieron conmigo a lo largo de mi vida se acercaron a mí para recordarme  que yo poseía ese don.  Como el mendigo que una vez me señaló la mota de diente de león que relucía tímida entre el concreto de la ciudad o el discapacitado que ayer me suplicó,  me detuviera para colocarle su reloj de pulsera que se le había desprendido y que con solo una sonrisa, recuerdo me saludó agradecido por la ayuda otorgada...

Y es que al analizarlo detenidamente, llego a la conclusión de que no soy diferente a ninguna otra persona, más bien creo, me confundo entre una mayoría que aún no encuentra su lugar en este mundo y se pierde al igual que yo, entre el deber y el hacer, entre el querer y el no poder.  Porque aún tienen miedo de liberar su espíritu y más  bien  se refugian en infinidad de fórmulas y patrones preconcebidos, buscando integrarse a una sociedad cada vez más difícil de comprender.

Mi don lo tienen muchos, y estoy seguro que todos nacemos con él. Algunos lo desarrollan conforme transcurren los años, otros lo pierden en el camino y quizás al final de su existencia lo vuelven a recuperar porque regresan a una vida más contemplativa.   De mi parte, aquel don desde muy pequeño se me había pegado a mi cuerpo y mi alma, como una lapa a la roca. 

Mis maestras de primaria lo habían notado cuando en clase yo no dejaba de admirar la mariposa que revoloteaba en la ventana de mi aula en busca de una salida al jardín y en mi afán de socorrerla me ponía de pie sin el permiso de ellas para encaramarme en una silla y así abrir la ventana a la infortunada criatura.

Mi don es completamente humano, diría primigenio, nacido desde los primeros tiempos de la humanidad. Es humano, porque es  intrínseco al hombre y es divino, porque nos fue dado por el Padre, el  mismo Alfa y Omega, el principio y fin de todo...

Con los años me he dado cuenta que este don no puede dejar de manifestarse en mi y para dicha mía he descubierto que son más quienes lo poseen, que los que no.  Quizás los niños, los poetas, los artistas, las personas libres de pensamiento, los viajeros, los altruistas, los soñadores, los optimistas y por supuesto las personas que van por la vida muy de la mano de su Dios; sin importar  a qué religión pertenecen, son quienes lo poseen.

El don del que hablo es el don de reconocer en cada manifestación de la naturaleza, en cada acción humana la obra del Creador. 

No me ufano en ello, pues como ya dije sé que muchos lo poseen... y quienes no lo han descubierto...las hojas de arce cayendo en otoño, el resplandor del sol en la hierba tras el rocío de la mañana, la cálida mano del amante sobre  otra, la lágrima silenciosa que resbala en la mejilla tan solo por escuchar una antigua melodía o el solo hecho de sentir en la piel el viento de la tarde colándose por las rendijas de la puerta, son algunos de los pretextos para recordarnos que aún poseemos ese don...

Ahora reconozco que el canto en las cornisas era el arruyo de alguna descuidada paloma que escuchaba a menudo en mis días de infancia, aquella que aún resuena en mis oídos.

Ahora sé que mirar con detenimiento la tarde detrás de las perlas colgantes significa contemplar el arcoiris sobre las gotas de lluvia que colgando de alguna tela de araña aún me hace reír, y por último el azul en mis ojos, no precisamente es el ancho mar...sino mis montañas que en lontananza adquieren el color mismo de cielo... De eso se trata mi don, el don del que les hablo...

  



sábado, 23 de marzo de 2013



LA RAMA DE OLIVO

Mi baja estatura me impedía mirarle; sólo recuerdo a una muchedumbre ansiosa seguir a aquel personaje montado sobre un burro, camino a Jerusalén.  Recuerdo también como algunos hacían alfombras de sus propias vestimentas para que el extraño con su animal de tiro no pisara el polvoriento suelo del desierto.  Supongo que desde las alturas de Betfagé *, los vítores y hosannas se escuchaban como una sola masa viviente de acordes unísonos: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor”.  Yo permanecía aturdido entre tanta gente y a mis escasos siete años, no comprendía nada de los que sucedía.  Sólo seguía presuroso a mi madre, que angustiada deseaba a toda costa encontrarse con aquel humilde hombre de sencillas vestiduras.  En un momento y antes de llegar a la vía principal que conducía a la ciudad nos topamos con  el tronco desnudo de varias palmeras cuyas ramas ya ni existían, pues muchos ya las habían arrancado de cuajo para levantarlas como pendones al paso de aquel hombre.  Por más que rebuscamos entre arbustos espinosos, palmeras y árboles, no encontramos nada digno de ofrendar.  Después de minutos de tan infructuosa búsqueda decidimos recoger del suelo una seca rama de olivo que de ninguna manera presentaba signos de vida.  Por lo menos; pensamos, esa desvencijada cepa se confundiría con las frondosas ramas y flores que aquella humanidad regalaba a ese individuo.  La tarde caía y Jerusalem era toda fiesta.  Recuerdo más de un compañero de mi barriada llevar en sus manos ramitas de palmera con dátiles aún colgando de ellas, las que alzaban al son del viento como papalotes en vuelo.  La mía era una vetusta rama de olivo. 
Permanecimos mi madre y yo de pie cerca del sendero donde seguro pasaría nuestro extraño personaje, distraído con la idea de que cuando regresáramos a casa jugaría de nuevo con mi perro y mis juguetes de madera.  Absorto en esos pensamientos no había reparado que al paso del esperado protagonista un trozo pequeño de su manto se quedó prendido de la rama que alzaba en mis manos.  Quise seguir con la mirada a aquel hombre pero sólo logré divisar una de las orejas del burrito que montaba y cientos de palmas que terminaron de cubrir al peregrino.  A mi derecha vi a mi madre con un rostro resplandeciente de satisfacción… ¡Era toda alegría!
Miro ahora con mi desgastada vista después de tantos años que el Señor me ha dado, aquella vieja rama de olivo que de pequeño sembré.  En ese entonces estaba convencido que de ella brotaría un hermoso árbol; mismo que tengo frente a mí. Ahora comprendo quien era el personaje que aquella tarde de mi lejana infancia entró triunfante por los pórticos de Jerusalem.  Reconozco ahora porque mi madre y yo desesperadamente buscábamos ramas para salirle al paso entre himnos de júbilo y esperanzas de tiempos mejores. Ahora estoy consciente de que aquel extraño personaje era el Mesías, el Cristo, el Cordero de Dios. Me dirijo entonces a mi cuarto y del viejo baúl de ébano extraigo el trozo de tela que se desprendió de la túnica de aquel sencillo hombre que de pequeño miré extrañado por qué iba montado sobre un humilde burrito y toda una muchedumbre alababa su presencia. Lo acerqué a mis labios, lo besé y después de volverlo a colocar con devoción dentro del cofre,  me acerqué a la ventana a mirar como el sol se ocultaba detrás del frondoso olivo que hacía tiempo sembré; no reparé que de mi ojo derecho una descuidada perlita se había desprendido, humedeciendo el frío suelo de mi habitación…
Jerusalem año 103 después de Jesucristo.

*Monte de los olivos

viernes, 22 de febrero de 2013



EL DAÑO

Vi entre la hierba, un  retoño de amapola que recientemente desplegaban su hermoso color escarlata al sol.

Lo quise arrancar por el solo hecho de entregarme al placer de oler su exquisita fragancia.

Así lo hice mientras pensaba para mis adentros:
“¡A nadie hago daño con esto!

Esa tarde, la abeja, la mariposa y el colibrí notaron la ausencia de aquella hermosa flor… 

domingo, 3 de febrero de 2013




PUERTAS ABIERTAS

Miro puertas que se abren, otras que se cierran.  Ventanas que transparentan cotidianidades, voces de niños llorando, canciones que alguna vez escuché en lejanos años; luces en las faldas de antiguas montañas que me recuerdan que el presente siglo ya llegó a esas inmensidades; mientras sentado en el asiento de algún autobús la noche cobija mis pensamientos los convierte en palabras que garabateo con cada movimiento serpenteante de esta máquina rodante y que en cada bache del asfalto los caracteres mal logrados intentan contar una historia.   Me doy cuenta que la nocturnidad me  atrapa en este breve relato.
Miro puentes que sostienen vías, edificios por todos lados; luces de neón e innumerables  elementos propios de cualquiera de nuestras  urbes, mientras a mis oídos siguen llegando melodías de antaño.
El viento a través de los ventanales rodea mi cuello y me hace estremecer.  Continúan llorando en afán de súplica los niños que escuché hace pocos minutos atrás.
Termina mi corto viaje.  Al abrirse las puertas del autobús me doy  cuenta de que el camino a casa acaba, salgo de él y al mirar el árbol de poró que sostiene una cerca y que me sirve de referencia  para demarcar el lugar; me alegro de saber que detrás de la puerta que acabo de dejar, hay otras que me invitan a entrar. 
¡Aún hay puertas de hogar que se abren para mí!
Me recibe mi esposa después de un día de trabajo…

sábado, 5 de enero de 2013

 
LA VIDA EN SEGUNDOS
 
Recuerdo el olor a “Reina de la Noche”, mezclarse con el nauseabundo hedor de aquel contaminado río. Recuerdo también el sonido del caudal al chocar con las rocas, que iluminado por la luna en creciente de un setiembre que aún no acababa, me provocaba náuseas. Estaba a punto de dejar este mundo, de saltar al vacío, de flotar en el aire cual ave nocturna; seguro que en el transcurso de escasos segundos haría realidad lo que algunos mencionan constantemente, vería mi vida pasar como en una película.

Levanté mis manos en cruz, alcé mi mentón al cielo, respiré hondo y me lancé al vacío, dejé que la gravedad siguiera siendo una ley universal.

Mientras mis pies dejaban de sentir la fría baranda del puente y el aire se convertía en mi último medio que me enlazaba a este mundo, creí que la teoría que quería comprobar sobre la vida en mis últimos segundos se haría realidad.

No fue así, mis años de frustración, mis constantes depresiones, mi alcoholismo que me llevó incluso a perder mi familia y a mis más íntimos amigos no llegaron a mi mente en el momento de lanzarme al vacío. No hubo ángeles que en los últimos minutos frenaran la caída y en sus alas me condujeran de nuevo al inicio de mi triste historia, como aquellos que en tantas películas absurdas mostraban. Tampoco hubo una luz al final del trayecto que me acercara o provocara arrepentirme. Sólo un fuerte golpe al estrellarme contra algo y un… no mas sentir, un… no más ver, un... ya no soy…






Mi ojos comenzaron a divisar algunas formas conocidas detrás de una refractaria capa lacrimosa de la que no me podía deshacer. A mi alrededor escuchaba voces en angustiadas carreras. Mi nariz había dejado de oler la putrefacta combinación de flores y aguas negras y en cambio mi mente empezaba a captar el olor particular a suero, alcohol y medicamentos característicos de cualquier hospital, de los que en más de una ocasión estaba acostumbrado visitar, no como enfermo, pero si como voluntario, en aquellas épocas en que creía que ayudando a los demás purgaría mis faltas o pecados. A veces los humanos buscan recompensar sus errores y yo era uno más de los que creía en ello. Esta vez era yo el paciente, había saltado al vacío no hace cuanto y había logrado apenas salir de mi inconciencia…




“¡Toma!, no pude conseguir el libro que querías, pero quizás este otro te resulte interesante!”

Naturalmente no era el ejemplar de “Cortan el aire las alas silvestres” del escritor ruso Nicolai Slakov el libro que aquella enfermera me entregaba en mis temblorosas manos, sino un vetusto empastado de “El extranjero” de Albert Camus el que finalmente me había devorado aquella tarde que recuerdo; tarde porque un anaranjado sol se colaba por el balcón que daba a la habitación en que permanecía recostado.

Por más que intentó, la bonita enfermera no pudo conseguir aquella novela rusa que tanto yo amaba aún antes de querer desconectarme de este mundo, en cambio decidió que Camus me sería más interesante, aunque se considerase un escritor existencialista y hasta fatalista por muchos. Al final no me importaba quien fuera el autor, siempre y cuando se tratara de un buen libro…




Recuerdo el ruido de la botella chocar con la orilla del vaso al servir el cantinero el whisky que acababa de pedir. Sobre el lustrado mostrador de la barra, algunas gotas condensadas por el calor del lugar comenzaban a resbalarse del vaso y creaban un hilo de agua que llegaba al margen de la amplia mesa hasta gotear sobre mis rodillas. Mi recién conocido compañero de al lado, entablaba según él una entretenida charla conmigo, yo simplemente asentía con todos los gestos propios de aquel que finge seguir una conversación, entre ellas mover la cabeza de arriba a bajo, abrir mis ojos en un afán de sorprenderse y una que otra mueca de sonrisa, en el preciso momento en que sorbía el trago de licor. En realidad estaba absorto en mis propios pensamientos y me parecía superficial la conversación de aquel extraño que se ensañaba en presumir de sus conocimientos en fútbol, criticando el último campeonato de los equipos nacionales. Apostaba que nunca había tocado siquiera una balón y ya su palabrería comenzaba a molestarme. Entretanto, el desconocido de la izquierda, me recordaba a uno de esos seres extraños, como salido de una película de terror o un engendro de inframundo. En su hombro derecho traía tatuado un cuervo posado sobre una tétrica calavera, mientras diversas arracadas colgaban de muchas partes de su rostro. Observé que bebía grandes cantidades de cerveza negra, mezcladas con aguardiente, no sin dejar de sospechar que tomaba anfetaminas u otra droga más fuerte. En efecto, en dos ocasiones en esa noche le vi ingerir dos cápsulas desconocidas para mí.
Intenté evadirlo, concentrándome en la medalla de San Gerardo que desde pequeño pendía de mi cuello y que frotaba fuertemente entre mis dedos. Miraba también el hielo que comenzaba a derretirse dentro de mi quinto vaso de whisky, y las noticias que el televisor empotrado a la derecha de la pared parecían presentar inundaciones en el sudeste asiático. En realidad nada de eso pudo evitar que aquel desconocido que apenas sabía su nombre, me dirigiera la palabra. Después de las superficialidades que implican iniciar una conversación, el tema se tornó después de otro whisky y cerveza en un tema único y de corte existencialista…



“Melisa quiero ir al baño…¡ayúdame!”

Ya me había acostumbrado a que Melisa, la bella enfermera que ceremoniosamente llegaba todos los días a bañarme, me viera desnudo y hasta en mis malos momentos me ayudara a sostener mi miembro para que lograra orinar, tras meses de enyesadas mis piernas y brazos. Esa ocasión no dejaría de ser un fastidio el conducirme por el largo pasillo del hospital hasta el retrete e intentar sentarme sobre el inodoro para depositar los restos de la comida del día anterior. Esa noche Melisa cuidó todos los detalles de mi rutinaria y larga convalecencia. De seguro que faltarían otros meses más…




El bar se llenaba cada vez más de personas en pareja y en solitario que salían de sus trabajos intentando olvidar el estrés de la semana o apurando el viernes en espera de un relajante sábado sin preocupaciones.

“¡Compañero creo que la vida no la podemos resumir en un segundo, reconozco que en mi desgraciada existencia el ansiado ascenso en mi miserable trabajo no llegará nunca. Que perdí a mi mujer por no ser lo suficientemente hombre capaz de mantenerla y darle al menos un hijo que le acompañara y le hiciera su vida un poco infeliz; que mis deudas acabarán por llevarme a la banca rota en mi frágil economía y que para colmo de males desde hace años mi pierna izquierda me duele hasta rabiar a causa del accidente de mi anterior trabajo en construcción. No hermano, -balbuceando ya muy ebrio- he perdido la fe, si alguna vez la tuve hoy se ha esfumado, La verdad ya nada me importa!…”




Desperté sudando, atormentado por alguna pesadilla, quizás el recuerdo de mis últimos segundos antes de lanzarme al vacío. Al abrir mis ojos, Melisa estaba ahí, sosteniendo fuertemente mis manos entre las suyas y acariciando mi frente para recordarme que ya todo había pasado, que todo estaba bien…

Luego la luna se coló por la ventana y ya despierto de aquel sopor escuché el lejano sonido de una sirena, era probable que alguna ambulancia saliera a esa hora para atender alguna emergencia…




“Vamos, salgamos de aquí estoy de acuerdo contigo: ¡la vida es una mierda y no vale la pena vivirla!.

Hace años que busco a alguien que quiera hacer el “Viaje” conmigo, pero nadie se atrevía a hacerlo, hasta que me contaste tu historia. Considero que calzas con el perfil que ando buscando; estoy seguro que no hay nada de qué arrepentirse. ¡Conozco un lugar genial para ello!”.



No sé si por los vapores que exudaba el lugar, o lo ebrio que a esa hora estaba, que me pareció ver su rostro tornarse oscuro, cadavérico, con grandes arrugas en su frente y ojos colmados de grandes llamaradas rojas También pude percibir que detrás de aquel personaje una sombra se erguía, como alas negras desplegándose al arcano cual ángel de la muerte esperando algún mortal…





“Toma te traje un libro, es diferente a otros que acostumbras leer, de seguro te será de mucho provecho”.

Extendí mi brazo izquierdo que ya con terapia lograba medio articular. Mi mano torpemente pudo apenas sostener un ejemplar empastado en carátula café del Nuevo Testamento. A mi memoria llegaron entonces algunos pasajes que en misa de diez el cura párroco de mi barrio acostumbraba leer. Para mí las parábolas de Jesús me parecían lindos cuentos de infancia. Con el pasar del tiempo y al llegar a la vida adulta los consideré hasta ridículos. No era posible que en una semilla de mostaza cupiera todo el Reino del Cielo, ni que las personas fueran malas o buenas porque sembraran sobre piedras o espinos. Y hasta llegué a creer que Jesús era un simple personaje de ciencia ficción de las películas que de pequeño veía en televisión durante la Semana Santa. Esta vez no me negué a leer ese libro que para mí estaba vedado o no pertenecía a los que acostumbraba ojear, no sentí la incomodidad que meses atrás sentía por los libros sagrados. Abrí la página inicial y susurré el nombre del primer evangelio, Mateo…





Mientras aquel extraño desconocido conducía sobre la carretera, mi mente sumida en los vapores del alcohol divagaba en labores no concluidas, glorias vividas en los años de universidad y rencores acumulados a lo largo de los años. Me debatía en la moralidad de hacer lo correcto o dejarme llevar por las palabras convincentes de aquel individuo. Él reafirmaba mis inseguridades, mis fracasos y temores. Según él me haría un gran favor y hasta me acompañaría en los últimos momentos. Para que no sufriera y no me arrepintiera en el último segundo, en su macabro experimento aquel hombre me aseguró que me inyectaría un adormecedor que actuaría al instante y de esa forma no sufriría. Llegamos al puente…



“¡Axel, tienes visitas!”

Vi entrar a Antonio con un clavel sobre la mano. Se acercó a mí y me abrazó a como pudo. Era mi gran amigo de infancia, lo reconocí inmediatamente por el tic nervioso en sus ojos que entrecerraba en todo momento.

- “¡No sabía qué traerte, así que te compré un ramillete de claveles rojos, pero luego caí en cuenta de que no resultaba nada masculino el regalo, aunque es típico ver flores en un hospital ¿no?

- ¡Jaja!... ambos sonreímos”.

Esa tarde mis dolores se disiparon o al menos se atenuaron con aquella cálida visita…





Recuerdo que me tambaleaba por el paso peatonal del puente hasta llegar a la otra orilla. Recuerdo también que la noche me atrapaba arriba, abajo y a todos lados, en una obscuridad absoluta, hasta que la luz de algún auto pasaba e iluminaba el cuervo con la calavera en el hombro del que minutos antes había entablado conversación en el bar. Recuerdo unos brazos ayudarme a subir a la baranda del puente. Recuerdo la mezcla nauseabunda de alcohol, flores de noche y aguas negras excitar mis sentidos. Recuerdo una voz lejana que me decía:
“¡Déjalo todo!”. Recuerdo la luna llena y el ulular de una lechuza que en algún árbol lejano llamaba a su consorte. Recuerdo el viento recorriéndome todo mi cuerpo. Recuerdo un pinchonazo en el muslo derecho y una sensación de alivio y paz. Luego recuerdo latigazos en mi rostro, el sonido de huesos quebrándose, y la sensación de estar suspendido. Ya no recuerdo…




“¡Mira, encontré tu libro! Me costó, pero al fin lo conseguí. Mi mirada se clavó en los hermosos ojos claros de Melisa y en un primer plano; sobre la portada, unos urogallos que ilustraban el empaste de Cortan el aire las alas silvestres”.


“Ahora sé que el viento es como un papel que se puede cortar con el roce de la piel o las alas de los ángeles. Ahora sé que las manos de Dios son ramas de árboles donde podemos anidar, Ahora sé que los huesos se quiebran como ánfora contra las piedras y que el Artesano recoge los añicos y remienda en un nuevo cántaro.

Sé que no fue una pesadilla la que viví y que soy de los pocos afortunados dueños de una segunda oportunidad. Sé que tengo en mis manos la novela que hace tiempo quería rescatar y que en algún recodo del camino perdí. Sé que a la par de ella; en el estante de mi biblioteca, letras escritas hace más de dos mil años resonarán en mis oídos en palabras de consuelo y alivio.

No recuerdo con certeza si estuve en aquel bar aquella noche. Si sobre el hombro de algún desconocido, cuervos se posan en tenebrosas calaveras; o si en los oídos, una voz persistente invita a acabar con nuestras vidas. Lo que sé es que no es necesario lanzarse al abismo para que la vida transcurra en segundos. Cada fragmento de tiempo se suma en un continuo avance y en nuestra mente se graban recuerdos que cuando queremos, se rescatan de las entrañas mismas del subconsciente. El arte es recordar los mejores.

 


domingo, 26 de agosto de 2012


 
CAMINANDO DESCUBRÍ

Inclino mi cabeza para ver que la hierba aún crece a orilla de los caños.   El sol irrita mis pupilas por lo que en un intento fallido coloco  una de las palmas de mis manos sobre mis ojos para como mampara,  evitar el exceso de luminiscencia.  Descubro entonces que la mañana excita mis fosas nasales con el perfume de las flores de los árboles cercanos y a mis oídos llega el eterno sonido de las golondrinas en vuelo, un piar apenas imperceptible que en la maravillosa convivencia de decenas de ellas, su canto se multiplica hasta convertirlo en excelsa sinfonía.

Las suelas de mis zapatos, ya desgastadas por el uso,  perciben el frío del asfalto acumulado desde la noche  anterior, mientras mi piel se eriza por  el vientecillo que del cañón de la quebrada  cercana, sube desde mis pies hasta posarse en mi escasa cabellera, escasa por cortármela constantemente y no por falta de nutrientes que con los años suelen  disminuir.  Me río hacia mis adentros por este comentario.  ¿A quién de mis lectores podría interesarle mi cabellera?, lo cierto es que de reojo y hacia el horizonte mis montañas azules que desde pequeño me acompañan,  enmarcan el paisaje  hacia mi trabajo.  Subo una cuesta, otrora supongo era una bella colina colmada de Santa Lucías y  pastizales  que ahora la atraviesan autos en prisa.  A mi alrededor, la  mañana comienza  en el ciclo eterno de continuar la vida en cada candado que abre el paso a las puertas de las panaderías, ventas de abarrotes y ferreterías cercanas.  Tomo conciencia de que soy apenas el transeúnte de todos los días, quizás ignorado por la gente del lugar.

Subo otra colina, esta vez me distrae la hilera de porós, creciendo a  orilla de la calle en cuyas ramas cuelgan extensos nidos de oropéndolas.

Ahora desciendo el camino y a mis oídos llega el sonido de la misma quebrada que escuché metros atrás.  Sus aguas muestran el color oscuro de los ríos contaminados de la ciudad, pero percibo a la vez que aún hay vida en el bosquecillo que crece en sus orillas. Entre la maraña de bambúes, targuases y reinas de noche, caminan silenciosos, cientos de hormigas zompopas, artrópodos de diferentes tamaños, y mariposas nocturnas, entre mamíferos de pequeño tamaño y aves propias de ciudad.  Me doy cuenta de que mientras hayan  parches de vegetación, la contaminación no impide el  desarrollo de cierta vida animal en las urbes.  

 Faltan pocos minutos para  llegar al lugar de mis labores, no sin antes  tomar un respiro en una esquina  a la espera  de que el semáforo se ponga en rojo para atravesar la calle y llegar con vida  a la acera de enfrente.  En el último tramo de mi corta travesía,   antes de llegar al liceo, donde enseño historia y geografía condensada en la asignatura de Estudios Sociales, levanto  mi mirada al cielo y un ave negra de alas anchas cruza el azul para recordarme luego  de que no hacen falta grandes travesías para reconocer que la mano del Creador se señorea en cada detalle de lo que nuestra vista divisa.  Reconozco  entonces la importancia de agradecer  la dicha de vivir un día más para descubrir que en cada mañana, hay algo diferente que observar.  Llego por  fin a mi trabajo…

 

 

miércoles, 30 de mayo de 2012


LA VIRGEN DE LA ROCA

Ya no le quedaban fuerzas, se había abandonado a la suerte de un mar agitado con olas gigantes que golpeaban su rostro. Sobre aquel tronco, su vida se sostenía a merced del embate de las aguas.

A punto de entregarse a la providencia y su espíritu al Dios en que había creído toda su vida, terminó golpeándose la cabeza contra una roca que sobresalía del fondo del mar, un risco hecho de corales antiguos, del que en su desmayo logró asirse fuertemente.

Cuando pasado unos minutos, logró volver en sí, divisó sobre el promontorio, una hermosa mujer iluminada con un manto tan blanco como las estrellas mismas y de la que irradiaban esplendorosos rayos luminiscentes.

Aquella hermosa aparición no pronunció palabra alguna, pero sólo su presencia bastó para que el corazón de aquel desafortunado náufrago se tranquilizara y lograra sostenerse firme y sereno sujeto a aquella roca que le salvó la vida.
Así se mantuvo toda la noche, acompañado por aquella presencia.

A la mañana siguiente, y a las primeras luces del alba, un bote de rescate logró transportarlo a tierra firme, no sin antes proporcionarle los primeros auxilios.

Aún en el hospital, aquel hombre rescatado de las aguas, recordó vívidamente aquella aparición y juró para sí que lo contaría como testimonio a cuanta persona llegara a su vida.

Cuando estuvo totalmente recuperado, lo primero que hizo fue alquilar un bote y se dirigió al lugar de aquel milagroso encuentro,donde colocó con una fuerte argamaza la estatua de una bella Virgen María, hecha de mármol blanco, que a propósito mandó a construir. Dicen que los pescadores del lugar, desde ese entonces la llaman la "Virgen de la Roca", y que cada vez que pasan por ahí se persignan, no sin antes recordar la historia del sobreveviviente de aquella trágica tormenta.

domingo, 20 de mayo de 2012


LA VENGANZA DEL INDIO

Llora el indio entre montículos de piedra. Llora hasta enmudecer. Clama la venida de Cibú y entierra su cuchillo en la hierba, porque su amada ha muerto.

Entre calzadas y caminos que no llevan a ningún lado busca la serpiente asesina. Quiere vengar su dolor. Pronto encuentra que es más fáci esperar la noche, porque el buho le indica la ruta de las víboras.

No se deja intimidar ante el aullido del coyote y el vuelo del murciélago. Sólo la luna ilumina sus pasos por la selva.

Bordea un arroyo, alcanza la cima de una loma y desciende hasta un pequeño valle que se sumerge en la espesura. Lo rastrea todo, ramas, hojas, troncos, e interrumpe de vez en cuado el privado sueño de las alimañas.

El buho canta, él lo escucha, se acerca a su objetivo, puede hasta olerlo.

Se introduce en un tunel de lianas y llega hasta una hondonada. Vuelve a cantar el buho , esta vez más alto. Su presa está cerca; le mide sus huellas: siete, quince pies o más, diez hombres a lo sumo, medidos uno detrás del otro. ¡Es un monstruo!. Es preciso alcanzarlo, despedazarlo, comer de sus entrañas, vomitarlo.

Su bastón escarba la tierra, tantea la oscuridad, ya lo siente, se acerca a él, lo toca con sus manos, lo palpa. Su piel es áspera, lo corta en tres partes, separa su piel, mastica su carne, luego escupe los trozos y grita alto, muy alto, hasta el mismo cielo. La venganza está dada. Cibú puede quedarse en su sitio, no legar a su encuentro.

A lo lejos, el silencio de la noche se confunde por fin con el eco de las olas al precipitarse en la cárcava, mientras las estrellas llenan la bóveda celeste.

Todo es paz, excepto en el corazón de
aquel indio.

LA UVA DE PLAYA

Me encantaba escuchar de pequeño a mi tía hablar sobre las historias de su natal pueblo de Nandayure, enclavado en la Península de Nicoya, donde el calor se adueña de las espaldas de los arrieros y el ganado de las extensas sabanas.

De todas esas historias entre las que más me gustaba era cómo en su infancia vivió en una finca cuyas llanuras resguardaban cientos de árboles de exóticos frutos, de los que hoy ya casi han desaparecido.

De todos ellos el que me llamaba más la atención era la llamada "Uva de playa". No sé qué ideas excitó mi imaginación de entonces, pero siempre me quedé con la duda de qué se trataba esa extraña fruta. Me la imaginaba como una verdadera parra de uva, propia de los climas templados pero sembradas en plena playa, bajo el calor del sol tropical.

Lo cierto es que de grande quise saber de qué se trataba la exótica fruta que aquella hoy anciana mujer cultivó mi mente de sabores y olores particulares; así que, cuando llegué a mi vida independiente, recuerdo haber tomado un autobús hacia la costa pacífica, atravesar una extensa sabana arbolada y acercarme a una zona de dunas cerca del litoral. Me habían dicho los lugareños que esa playa estaba plagada del frondoso arbusto de uva. Entre mis pies descalzos pude sentir la arena seca, tibia por el calor del sol de aquella mañana. El aire salobre introducirse por entre mis fosas nasales y un mar tan azul que parecía continuarse hasta el mismo cielo.

Después de resbalar por entre un montículo me encontré de frente con aquel bello arbusto de cuyas ramas colgaban racimos de amarillentas frutillas, no era precisamente como me las imaginaba, pero su dulce sabor en mi boca y su fuerte aroma me recordaron por qué estaba ahí. Fueron años recreando en mi mente los posibles contornos de la planta, saboreando las jugosas frutas con el único punto de comparación que tenía, las tradicionales uvas del norte y sur del planeta y un fuerte olor que pensé se combinaba con el olor salino del mar.

Aunque sabía que no eran las mismas que las tradicionales, me quedé con los ojos cerrados saboreando aquel manjar dulce en mi paladar, el viento corriendo en mi rostro y la dicha de haber logrado cumplir un simple pero ansiado sueño.

Ahora frente al ordenador, me enteré a través de la gracia de la internet que se trata de un fruto tropical propio de la región Caribe y de Centro América, pero que se ha dispersado incluso a algunas regiones del pacífico del continente. Aprendí además que los primeros conquistadores quedaron asombrados de su sabor y aroma. También aprendí que en El Salvador le llaman "Papaturro" y en Cuba "Uva Caleta" y que en República Dominicana es un manjar del que preparan mermeladas e incluso vinos.

El árbol alcanza hasta los ocho metros de altura, de hojas duras y redondeadas y fruto color púrpura cuando está maduro. Su tronco es retorcido y nace entre las rocas y la arena suelta, no sobrevive a heladas o temperaturas menores a cero grados. Su nombre científico es "Coccoloba uvífera".

Concluyo diciendo que en nuestra infancia nos creamos mundos llenos de olores y sabores particulares y que cuando crecemos estos se diluyen por la rutina diaria y deberes que cumplir. Creo también que debemos cerrar ciclos y que aquellas dudas que tuvimos de pequeños, debemos despejarlas algún día, por más sencillas y absurdas que algunos crean, de lo contrario una parte de nuestra existencia quedará siempre con la pregunta eterna ¿Por qué nunca me atreví a...?

LA REBELIÓN DE LAS URNAS

Todo era carreras en el recinto electoral, los miembros de mesa ya no sabían que hacer, faltaban pocos minutos para que iniciaran las elecciones nacionales y aquella rebelde urna no quería cumplir su función. Desde temprano habían alistado toda la papelería necesaria para iniciar el proceso de votaciones : revisión de las actas de apertura, padrones con el registro de electores pegado sobre las paredes, confección de los recintos secretos para estampar la decisión de los sufragantes y hasta la urna había sido colocada estratégicamente delante de los funcionarios para poder mirar el acto más sublime de la democracia, introducir en aquel recipiente de cartón corrugado el documento que en unión con miles de ellos darían el poder final a uno de los candidatos para ser electo como gobernante de la Nación. Pero esa mañana fría a pocos minutos de abrir las mesas de votaciones aquella bendita urna se negaba a recibir los sufragios emitidos, pues la ranura que había sido hecha a propósito desaparecía cada vez que los funcionarios llegaban a revisarla. Ya no sabían qué hacer, cambiaban los recipientes por otro y todos automáticamente a la hora de armarlos presentaban que la ventanita para recibir los votos desaparecía como por arte de magia. A los minutos las cadenas televisivas mostraron un panorama abrumador, en todas las mesas electorales del país estaba sucediendo el mismo fenómeno. Todas las urnas se negaban a recibir los votos. Ese día no hubo elecciones y el gobierno de turno declaró emergencia nacional, hasta que se diera una investigación de lo sucedido. Las causas nunca quedaron claras, lo cierto es que en protesta, en una antigua bodega donde se almacenaban las urnas , una de ellas alzó su voz y pronunció un discurso algo "acartonado" como ella misma, pero que recogía el pesar de un pueblo que estaba cansado ya de votar por los mismos candidatos de siempre, quienes en su propaganda no presentaban verdaderas ideas que solucionaran los problemas urgentes de una población desilusionada de sus gobernantes. Ese día cada caja, cada urna decidió hacer voto de silencio y cerrar su boca, para impedir que los ciudadanos votaran. Algo increíble esta historia, pero lo cierto es que sentado en su escritorio, un atrevido escritor la digitó en su computadora personal y por medio de una fibra óptica fue leída más allá de su país.

viernes, 18 de mayo de 2012

HISTORIAS DE VIDA Y MUERTE
                                               (LIBRO)

PROLOGO:  A traves de estos cinco relatos cortos, pretendo presentar la cotidianidad que significa vivir o morir; al fin y al cabo, las historias humanas se irvanan entre esos dos ejes.  Todos somos de la vida, todos somos de la muerte...



LA MANO EXTENDIDA: (Vida) Extendió la mano como esperando que la gente depositara puñados de aliento en su palma. No esperaba dinero, nada más sentir el calor de una mano fraterna entregando parte de sí, sin importar si unos cuantos centavos o algún billete que sobrase de los bolsillos de una caritativa alma supliera la necesidad de sentirse acompañado.
Esa tarde llovió y la mano seguía extendida, aguardando una respuesta, vislumbrando una pregunta ¿hasta cuándo?.
Y la respuesta siguió esperando. Nadie se atrevía colmar esa mano con el calor de una caricia, mucho menos proporcionar el frío metal, tan frío como la ciudad que servía de marco a la escena. Las calles se inundaron de gente que aprisa buscaba refugio en los aleros de los edificios, mientras como hongos de colores se llenaban de sombrillas las avenidas para guarecerse del temporal. Esta vez, la mano del mendigo se ocultó entre los pliegues de su abrigo buscando la manera de guardar calor. Ya no pedía nada, se había resignado a olvidar que era alguien, sólo quería confundirse con las paredes , el asfalto de la calle y el humo de los autos, para no creer que existía y simplemente resignarse a ser como las cornisas de los edificios, que no tenían alma y eran simples estructuras inanimadas que no sentía ni vivían. Era más fácil pensar así.
Es tarde, a lo lejos se escucharon los últimos truenos y de la ventana de una nube descendió un rayo de luz que iluminó la convulsa ciudad, la lluvia había cesado y apenas goteaba de las hojas de la vieja araucaria del parque unos cuantos chorrillos de agua. De nuevo la tímida mano se extendió como pétalos al sol después de una lluviecilla de mayo. Nadie entregó una moneda, nadie ofreció su calor, sólo el rayo que provenía del cielo iluminó la ennegrecida palma mientras que en un gesto de asombro los ojos del anciano mendigo se llenaron de lágrimas . Esa tarde ya no sintió frío.



EL ACCIDENTE
(Muerte)

De repente se detuvo el tráfico y las calles se llenaron de sonidos de ambulancias y radiopatrullas. Los pasajeros del autobús exigían al chofer la devolución de sus pasajes, mientras lanzaban improperios a los causantes de su demora, muchos de ellos llegarían tarde a sus lugares de trabajo. Era un caos, algunos niños de pecho comenzaron a llorar mientras las madres buscaban presurosas chupetas y chupones para acallar sus gritos. Algunos asomaban sus cabezas por entre las ventanas y en sus morbosas mentes ansiaban ver la sangre correr por entre las alcantarillas y distinguir miembros mutilados por todo el asfalto, con la decepción de encontrarse con la escena de una mujer atropellada quien murió en el acto sólo por el certero golpe de un automóvil que venía a alta velocidad, pero que no presentaba lesiones visibles. Llegó entonces el ángel de la muerte quien se le vio no con el tradicional traje oscuro, sino de blanco y con unas elegantes alas transparentes. Al menos así lo percibieron algunos transeúntes. Se dirigió en forma reverente al cuerpo de la recién fallecida y la tomó delicadamente entre sus brazos, extrajo de ella su último aliento y lo depositó cuidadosamente en una hermosa urna de oro rematada con pedrería de diamantes. Antes de remontar vuelo y llevarse consigo el alma de la desdichada mujer se subió al autobús y preguntó : ¿Alguno de ustedes bajó a socorrerla?. El murmullo y los insultos hacia el chofer y los policías de tránsito fueron la única respuesta.



MATERNIDAD
(Vida)

En la cama de un hospital una mujer recientemente dio a luz el hijo que pudo no haber nacido. Mira entonces desde su ventana y se da cuenta de la verdad que acababa de descubrir...

La sala de maternidad se llenó de un ambiente de alegría, aquella mujer que llevaba ya catorce horas de labor de parto logró finalmente dar a luz a un bello bebé de escasas cuatro libras. Después de haberlo limpiado y dado los primeros auxilios para enfrentarlo a la frialdad de esta vida, la enfermera lo depositó en los cálidos pechos de la madre para que en fallidos intentos lograra extraer el líquido vital que le permitiera alcanzar el peso necesario para salir de la zona de mortandad infantil. Más tranquila y con la dicha de tener entre sus brazos a su pequeño hijo, María recordó la fatídica escena, cuando su pareja en un arrebato de cólera le pegó por haberse negado a abortar la criatura que ya llevaba cuatro semanas en su vientre y ella estuvo a punto de hacerlo al tomar unas pastillas que casi desgarra el saco amniótico y destroza al bebé. Para dicha del mundo la criatura fue rescatada a tiempo por los paramédicos
Después de haber absorbido unos pequeños tragos de calostro le arrebataron el bebé a María para mantenerlo en observación. Ella quedó rendida por las largas horas de lucha tratando de parir la criatura. La noche la sorprendió con la ventana del salón abierta permitiendo que una tenue brisa refrescara su sudorosa frente. Se dispuso a descansar y antes de que sus párpados se cerraran observó sobre el tejado del edificio de al lado la hermosa silueta de una gata que a contraluz de la luna era acompañada por tres pequeños felinos. Esa noche se sintió por primera vez una madre.


EL ENTIERRO
(Muerte)

La ventaja de ser niños es que sin importar lo trágico de la vida, todo lo olvidan fácilmente. Si hubieran sabido esa tarde quién los espiaba , no olvidarían tan fácilmente ese incidente...

Hicieron una caravana con ramos de violetas, margaritas y geranios que en actitud de reverencia portaban entre sus manos. Caminaban despacio y uno de ellos llevaba el féretro, que no era más que una vieja caja de zapatos con algodón adentro. Contenía un pajarillo muerto que aún la corrupción no le había afectado; no presentaba mal olor y sus plumas seguían siendo brillantes. Antes de bordear las bancas de madera y adentrarse por la barda de cipreses pasaron por el cobertizo para sacar la pequeña pala con que cavarían la fosa.

Su papá les había regalado el pajarillo con el fin de colmar la casa con los sonidos mañaneros de esta canora criatura, y ahora por problemas de envenenamiento, la infortunada avecilla estaba a punto de ser enterrada en el patio a los pies del viejo Roble. Los inocentes niños se detuvieron frente al árbol y cavando un hoyo que casi rompe una de sus gruesas raíces enterraron la vieja caja de zapatos con todo y ave, luego de depositar suficiente tierra en el hueco y finalmente colocar una cruz hecha con ramas secas. Terminada las honras fúnebres y después de haberse arrodillado frente a la tumba a rezar por el alma del difunto, los hermanos Sequeira se alejaron de prisa del lugar a entretenerse como siempre con sus juegos preferidos. Fácilmente borraron de su memoria el incidente y volvieron a la rutina de ser niños esas criaturas que rápidamente olvidan la tristeza y no consideran la muerte un problema para seguir viviendo, No sospechaban que su padre desde la cama de su dormitorio los observaba en actitud silenciosa. Acababa escasas tres horas de volver de la clínica donde se le había diagnosticado un cancer terminal.

LA HORA CRUCIAL
(Vida)

Tirado en una trinchera, en la hora crucial de su muerte, un rayo de esperanza le acompaño y le provocó una última sonrisa...

El cabo yacía agonizante entre los charcos de aquella trinchera que tanto protegió su vida durante los últimos dos meses. De su pecho salían a borbollones ríos de sangre que se confundían con los colores del crepúsculo de esa nefasta tarde. A lo lejos se oían morteros expedir sus municiones al aire mientras el ruido de metrallas ensordecía el campo. Entre la bruma y la pólvora que llenaba la atmósfera con su particular olor acre apareció la figura del soldado compañero que presuroso se lanzó sobre el cuerpo del herido tratando con sus propias manos de detener la hemorragia, sin lograr nada. Inevitablemente estaba muriendo. El solado amigo, en un intento de darle ánimo comenzó una plática sin sentido ni tema especial, divagando entre los recuerdos de infancia, la promesa de jugar de nuevo póker cuando se recuperara y volver a escalar juntos los montes y serranías de su natal población. De repente recordó el único medio que podría confortar a su ya casi difunto amigo, leerle la carta que escasas horas atrás había recibido de su comandante y que por órdenes del mismo le exigía guardar en el más hermético sigilo para evitar que su mente divagara en esa hora crucial de la batalla.
Rápidamente la sacó de su bolsillo y comenzó de prisa a leérsela. Cuando ya faltaban las últimas líneas que así versaban :
..."mi amor espero tenerte de nuevo a mi lado para presentarte a tu hijo que llevo en mis entrañas"., una lluvia ligera comenzó a bajar de entre las bajas colinas circundantes. A esa hora el cabo murió. Su rostro estaba lleno de sangre y lodo, pero detrás de esa mugre se asomaba una leve sonrisa.

Segunda batalla del Marne, verano de 1918.




miércoles, 16 de mayo de 2012


LA CÚPULA AZUL

"En lontananza,
miro la cúpula,
azul como el mismo cielo,
recortada bajo la luz
de la tarde
y yo que estoy lejos"

De niño siempre que viajaba en autobús hacia el oeste de la capital miraba tras los cristales una gran esfera azul, tan bella por su composición clásica. Me preguntaba entonces a qué iglesia pertenecía esa cúpula. Pasarán muchos años, cuando mis piernas crecieran y mis padres me permitieran andar solo por las angostas calles de mi ciudad, que me enteraría de que se trataba de la cúpula azul de la iglesia de Barrio México, un lugar hoy maltratado por la marginalidad de convertirse en suburbio, uno plagado de indigencia, de aquellos seres ambulantes y silentes que buscan cómo sobrevivir un día más sus maltratadas existencias. Lo cierto es que en ese primer encuentro de adolescente;  al entrar al templo, el ruido de la calle se convertió en silencio ancestral, aquel que me recordó las catedrales medievales, que alguna vez leí en mis libros de historia. Por dentro la enorme cúpula no era azul, sino de un blanco antiguo que me decepcionó. Era demasiado sencillo el domo que visto desde abajo, no presentaba ningún friso en particular. Apenas sencillos vitrales dejaban ingresar pequeños rayos de luz hacia el interior de la nave central. Sin embargo el hecho de encontrarme ahí sólo después de años de curiosidad a la luz de mis ojos infantiles, y ahora como jóven, es que encontré una paz esperada. Después de ese encuentro todo fue trajines de colegio, amores perdidos, tardes de verano leyendo algún libro, y noches de invierno arropando soledades. Nunca creí que volvería alguna vez a mi cúpula azul, esta vez como cantante. En el año 1998, tras una audición muy apretada -sólo quedaban dos puestos para cuerda de barítono- pude ingresar al Coro Sinfónico Nacional. Tras varias presentaciones en el Teatro principal de mi ciudad, comenzaríamos una gira de extensión cultural por algunas provincias de mi país, lo que no sabía es que darían inicio en la Iglesia de Barrio México, la de mi cúpula azul.
A las ocho en punto de la noche, los primeros acordes de los violines, chelos y contrabajos llenaron el espacio del templo con armonías que rebotaron contra el domo y devolvieron a la audiencia sonidos barrocos que los transportaron hacia épocas de reyes, castillos y caballeros, a salones de fiesta engalanadas con lujo y ostentación. Ese día en uno de los lugares más marginales de mi vieja San José, lo antiguo y moderno, lo clásico y contemporáneo, la riqueza y la pobreza se dieron de la mano. Cuando me tocó el turno de leer partitura, y tras haber coreado algunas arias de ópera, nos correspondió interpretar el "Alleluha" de Haendl. Sólo bastó mirar al público ponerse de pie a aplaudir para recordar años atrás mi deseo de conocer esa iglesia, una que llenaría, con los acordes que de las gargantas de mis compañeros coristas y yo saldrían hacia lo alto de mi cúpula azul. Estaba de nuevo ahí, ahora con mi pasado haciéndose presente.

LA ÚLTIMA GOTA DE AGUA

Se levantó temprano con la única idea fija de beber agua. Abrió la llave y sólo logró escuchar el silbido del aire salir del agujero de la boquilla del tubo.
En muchas partes del planeta ya se repetía esta historia. Las últimas gotas del líquido vital se estaban acabando, mientras la atmósfera se cargaba cada vez más de monóxido de carbono y otros gases contaminantes, producto del escape de los automóviles y el humo de las chimeneas de las fábricas.
Seguía teniendo sed y recordó que en la refrigeradora había dejado el día anterior una bebida gaseosa a medio terminar. No aplacó del todo sus ansias pero al menos le quitó de su lengua la mala sensación de sequedad. Encendió la televisión y las noticias retrataron el panorama oscuro que la humanidad entera comenzaba a vivir. Los medios informaron que a partir de ese día, las reservas de agua potable terminarían de existir y el mundo empezaría a experimentar la debacle ecológica más grande de todos los tiempos: "la lucha por acaparar las últimas reservas de líquido del Planeta". ¡La guerra había comenzado!. Estado Unidos desde hacía años se estaba preparando para hacer frente a esta crisis, colocando tuberías que llevaban el líquido vital desde las selvas tropicales de Centro y Suramérica hacia las regiones áridas de su costa Pacífica y tenía proyectos para extender la red hacia el Atlántico. Además a través del negocio de la "venta de aire", a cambio de la condonación de la deuda externa había logrado someter a los pequeños países de América Latina prácticamente a la esclavitud. Ya los bosques milenarios habían desaparecido prácticamente del planeta y los pocos que quedaban estaban en manos de las grandes compañías madereras internacionales.
Se sentía sucio y pensó en un momento ir a bañarse, pero recordó inmediatamente que ya no había agua. ¿Qué hacer?, se preguntó. Lo mejor sería esperar. Guardaba la esperanza que de nuevo, de la cañería brotara el agua. ¡La muy esperada y ansiada agua!. Aguzó su oído para escuchar atentamente si volvía al menos un chorrillo del líquido. Como no logró captar nada, con el control bajó el volumen al televisor para ver si escuchaba mejor, pero la llave de la cañería permanecía silenciosa. Se dirigió a la cocina y una sensación de devastación lo envolvió en una nube de incertidumbre y desesperación. ¿Ahora qué hago?. Deseaba una taza de café y no tenía cómo hacerlo. Decidió descongelar unos cubos de hielo de la nevera. Así lo hizo y con el agua hervida que sabía a gas de congelador, diluyó el café en el percolador. Servida una taza se sentó de nuevo frente al televisor. Se seguían dando noticias sobre la catástrofe ecológica y cómo estaba afectando a los países ya de por sí más pobres del planeta, en la franja suroriental de África y cómo se observaban parches de desiertos en lo que antiguamente era la extensa selva del Amazonas.

Se terminó la taza de café y volvió a la cocina a servirse más pero recordó que los cubos de hielo apenas dieron para una sola ración. Pensó utilizar el resto del hielo como reserva para más tarde. Regresó a su asiento a esperar.
Se rascó la cabeza y se desabotonó la camisa del pijama. Hacía calor y el termómetro marcaba 36 grados Celsius en un lugar que desde siempre se mantenía en un promedio de 22 grados. De todas maneras era verano y se decía que esos días eran los más calientes del año. Su hijo menor se levantó y corriendo se acurrucó entre los brazos del padre y acercándose al oído le susurró que quería un vaso de agua. El progenitor se le quedó viendo a los ojos y decidió volver a la cocina a derretir otro cubo de hielo. Estaba por sacar la bandeja del congelador cuando de pronto escuchó el sonido del aire al escapar de la boquilla del tubo lo que le provocó la dicha que tanto estaba esperando, comenzó a salir agua de la cañería en un chorrillo apenas delgado. Se apresuró a rescatar tan preciado regalo del día y de repente la dicha se esfumó. Apenas logró recoger medio vaso del líquido. Se volvió a donde su hijo y con los ojos casi llorosos comenzó a derretir el cubo de hielo, él supo que todo cambiaría a partir de ese momento...