Mostrando entradas con la etiqueta INFANTIL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta INFANTIL. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de junio de 2012


LOS DURAZNOS DE DON ABUNDIO

Caminaba muy caviloso nuestro amigo don Abundio, cuando al pasar por el camino que lleva al pueblo de San Roque se topó con un árbol de duraznos de cuyas ramas pendían las doradas frutas.

-Hace tiempo que mi estómago pide comer duraznos, pero soy tan viejo y débil que no puedo subir a cortarlos. ¿Qué voy a hacer?, dijo para sí Don Abundio. ¡Ya sé!, prosiguió, al primer paisano que me tope le pediré que me baje las frutas y con ello comprobaré además si aún en este pueblo quedan personas buenas que hagan una caridad a un pobre anciano como yo.

Y en efecto, como si la gente supiera las intenciones de aquel viejo, apareció el primer pueblerino; don Carlos Pacheco, hombre vetusto dueño de grandes tierras y trabajador muy honrado. Su único defecto era la sed por el dinero.

-¡Hola mi viejo Abundio! -exclamó don Pacheco-, ¿qué hace tan sólo por estos lados?.

-No nada, -contestó don Abundio- ¿Ha visto qué hermosos que están esos duraznos?. Lástima que soy tan viejo como dices, porque sino me subiría a ese árbol, apearía esas deliciosas frutas y me las comería todas. ¡Ah! -suspiró- ¡qué ganas les tengo.
Mira Pacheco, ¿me podrías hacer el favor de cortarme algunas como un gran favor de amigo?

Don Pacheco, que es hombre de hacerle negocio a todo y a todos meditó un buen rato y al final exclamó:
-Bueno querido amigo, lo que me pides es imposible. Treparme a ese árbol así porque así resulta muy peligroso. ¿Qué tal si me caigo y me quiebro las costillas?. Si me da ahora mismo diez monedas se las bajo con gusto, sino, no...

Y don Abundio muy triste se metió las manos en los bolsillos y lo único que encontró fue cinco viejas monedas, herrumbradas y negras.

-¿Te sirve esto?
-No exclamó don Pacheco, por cinco monedas no, y se fue por donde vino.

Al rato pasó un muchacho de elegante figura y buen porte. Esta vez se trataba del joven Pedro Montealegre, hijo de una familia muy adinerada del lugar.

-¡Hola Pedro!. ¿Cómo estás?.
-¿Me hablaba a mí?, casi como ignorándolo.
-¡Sí a ti joven!, recuerdo que eres hijo de mi gran amigo Juan el de la finca "Los perales". Hace rato que estoy aquí esperando a que alguien me ayude a apear esos duraznos que ves ahí -señalando a las ramas del árbol-.Vino primero un amigo mío y no pudo hacerlo. ¿Lo harías tu por mí?.

El joven que al parecer tenía mucha prisa y que por llevar unos cuadernos en la mano se dirigía al colegio del lugar acabó por decirle:
-No viejito, -dirigiéndose al anciano en forma despectiva- yo no puedo ayudarlo, pues tengo mucha prisa, debo ir a estudiar y ya es tarde, que sea otro día, hoy no...

Y sin decir más, salió corriendo mientras la sirena del colegio anunciaba la entrada a clases. Don Abundio se quedó diciendo entonces:

-Como que nadie me quiere ayudar este día. Bueno espero que pronto alguien venga en mi auxilio.

Al medio día, mientras el sol brillaba en lo alto y hacía más madurar los duraznos, vemos a don Abundio aguardando pacientemente a la sombra del árbol. De pronto sus cansados ojos divisaron a lo lejos dos conocidas figuras; los hermanos Solano, José y Martín, dos jóvenes de escasos trece y quince años, ambos conocidos en el pueblo por ser las personas más burlitas del lugar. En cuanto los vio nuestro amigo don Abundio se levantó con dificultad por su ya avanzado reumatismo y esperó a que ellos pasaran por ahí.

-¿Cómo estás viejo cacreco? -exclamó José-.

Y siguiendo la broma su hermano mayor contestó:

-Cuidado se me quiebra viejito.

Luego lo rodearon y empezaron a burlarse y a reírse de él. Cuando terminaron, el pobre don Abundio se sentó en una roca y sacando su viejo pañuelo rojo del bolsillo se limpió el sudor de la frente.

-Muchachos, déjenme decirles algo. Ya estoy demasiado anciano para jugar con ustedes, pero les permitiré que se burlen de mí si antes me hacen un favor. Les pido que me bajen esos duraznos de aquel árbol. Si así lo hacen, los repartimos entre todos. Por favor se los pido por amor al Cielo ya que me muero por comerlos.

Entonces los muchachos se apartaron del camino e idearon un plan para sacarle provecho al asunto y a la vez burlarse del pobre hombre.

-¡Bueno donsito!, exclamó Martín el mayor, nosotros le apeamos las frutas pero para ello usted tendrá primero que vendarse los ojos con su pañuelo, pues dicen que si alguien ve a una persona cortando frutas de un árbol, éstas se pudren en el acto y eso no lo quiere usted ¿verdad?.

-Claro que no, dijo inocentemente el pobre don Abundio. ¡Tápenme los ojos, si así tiene que ser...!

Y los condenados muchachos entre risas lo vendaron y hasta le dieron varias vueltas para marearlo.

-Es que es necesario que no sepa dónde estamos, porque de lo contrario usted se puede quitar el pañuelo y todo se echaría a perder -exclamó el menor de ellos-.

Y tantas fueron las vueltas que le dieron al pobre anciano que hasta tropezó con una piedra y cayó rendido al suelo.

Y alejándose los muchachos entre burlas y carcajadas, quedó nuestro amigo Abundio en el suelo a merced del brillante sol y aún con la venda atada a sus rostro.

En la trifulca, se había desmayado y soñó con sus duraznos en las manos, con un mundo mejor donde las personas eran buenas y caritativas y que no se burlaban de él.

Fuera de este sueño, la vida transcurría igual. El sol de la tarde brillaba ya muy cerca de la silueta de las montañas. Aquellos rebosantes duraznos pendían jugosos aún sobre las altas ramas del árbol y el camino que llevaba al pueblo de San Roque permanecía incólume y silencioso.

De pronto una fuerte ráfaga que provino del éste empezó a mover las copas de los árboles vecinos y cual fuese un milagro, movió con furia los preciados duraznos de nuestro cuento, tirándolos al suelo con una fuerza incontenible. Y sobre la hierba decenas de rica fruta llenaron el campo y no quedó ni una de ellas en las ramas.

Horas después cuando la luz del crepúsculo silueteaba las formas aún reconocibles, nuestro viejo don Abundio despertó de su letargo y quitándose el pañuelo, logró divisar sorprendido el milagro ocurrido.
Apoyándose firmemente de una roca, se levantó y recogió sus preciados duraznos, mientras daba gracias al Creador que todo lo puedo. El único que atendió sus ruegos.

domingo, 20 de mayo de 2012



LA RANA KALANA

El zopilote Montegro le dijo a la rana Kalana,
que pasado mañana la iría a visitar.

Entonces el sapo Carmelo, que no estaba lejos
le dijo a la rana Kalana que de buena gana le
dijera que no.

Pues sabía las intenciones del zopilote mañoso;
que a la pobre rana Kalana que con muchas ganas quería comer.

Y la rana de muy buena gana, le dijo al zopilote que no llegara,
que pasado mañana iría a la montaña a visitar a la iguana que
amiga de ella es

Entonces el zopilote Montegro se quedó sin gesto y sin nada que comer.

Y así termina la historia de la rana Kalana que siguiendo el consejo
del sapo Carmelo burló a su opresor.

miércoles, 16 de mayo de 2012


LA COMETA DE PABLITO

Sobre aquel inmenso potrero el viento de esa tarde corría fuerte, tan fuerte como para derribar las coloridas flores del viejo madroño. Como era la mañana del día de Reyes algunos niños aprovecharon para jugar con sus cometas recién compradas. Algunas tenían dibujadas amenazantes águilas cuyas garras parecían arrancar los hilos de la vecinas recién encumbradas. Otras parecían avioncillos de la Segunda Guerra Mundial con la esvástica hitleriana, siempre dispuestas a dominar a las demás. Lo cierto es que la cometa de Pablito era apenas hecha de cáñamo y papel y sobre la superficie, su padre había dibujado una hermosa estrella amarilla en el centro. Le había pintado un par de ojitos pequeños y una boquilla sonriente. Era una sencilla cometa, pero para Pablito ese fue el mejor regalo que pudo recibir en esa hermosa mañana de Reyes.

El viento continuaba elevando más y más cometas en el cielo. Aquello parecía un campo sembrado de multicolores flores sostenidas apenas por el tallo de unos hilos.
Pablito vio entonces que todas las cometas del lugar se elevaban fácilmente, mientras la suya constantemente se propinaba golpes en el suelo y por más que lo intentaba no lograba siquiera elevarse unos cuantos centímetros.

Llorando por sus fallidos intentos volvió a casa a reclamarle a su padre la mala confección de la cometa. Al escucharlo aquel hombre simplemente se levantó en silencio y tomando el juguete se dirigió al campo. Con ayuda de unas ramitas que colocó estratégicamente entre el papel logró equilibrar la estructura de la cometa y después de varias carreras logró elevarla bien alto, tanto que se perdió entre las nubes. De repente el hilo dejó de tensarse y finalmente la cometa desapareció. Llorando el niño volvió a reclamarle:

- Papi, casi ni logró elevarse y ahora que lo hizo se fué ¿Porqué me dejó?

Con la ternura que a un padre causa la inocencia de un hijo, sonriente le respondió:

Hijo, la cometa se fue porque tenía que irse a preparar para que en la noche brillara bien alto. ¿Te acuerdas que le dibujamos una estrella?. Pues cada noche que te sientas solo mira desde tu ventana al cielo y encontrarás siempre una estrella que te acompañará, esa es tu cometa que anda surcando sonriente el espacio.

Después de un largo silencio Pablito se quedó mirando hacia las nubes y sonriente le tomó la mano a su padre.

-¡Vamos papi a cenar, para acostarme temprano y mirar mi cometa desde la ventana!.

El campo quedó sembrado de aguilillas, avioncillos y decenas de animalitos de diferentes colores y formas, mientras padre e hijo se dirigían alegres a su hogar.



JUEGO DE NIÑOS

A hojas de llantén
huelen sus manos
traviezas de moldear figuras,
Alegres de crear milagros.
Y en sus bolsillos rotos
cargan la vida entera
con escondidos tesoros,
tapones de corcho,
tornillos y tuercas.
Luego sueltan trompos
que en la vereda ruedan
y se cuelgan de cometas
que encumbran sin tregua.
Olvidan sus nombres
y en superhéroes se transforman.
Salen a defender doncellas
con desvencijadas ramas.
Vuelven a casa,
desarrapados y sucios,
sangrando como
en cruenta guerra.
Cansados de vivir la brega
se acuestan a contar ovejas.
Son nuestros niños
cristales a la luz de las estrellas.
Esperanza de un mañana
que todavía no llega.
Son nuestra eterna espera.

sábado, 5 de mayo de 2012


EL CANTO DEL YIGÜIRRO
 (CUENTITO INFANTIL)

Revolcando papeles, me encontré con este cuentito que escribí de joven hace ya algunas décadas (por ahí de los ochenta). Me pareció importante rescatarlo porque es el retrato de nuestra ave nacional: el yigüirro, que en su sencillez ha trascendido nuestra identidad como costarricenses pues la encontramos en casi toda nuestra literatura. Es un ave muy difundida en nuestro territorio y siempre nos anuncia que el cambio de estación seca a lluviosa está por venir.
Cada vez que oigo su canto sacude mis recuerdos de infancia cuando solía escucharlo posado en el tendido eléctrico o en la copa de los árboles de mi querida Escuela Naciones Unidas, en Barrio La Cruz.

Así como de sencillo es mi cuento, así de sencilla es esta avecilla. Así como de bello es su canto, así de bella es la dicha de los que lo escuchan...

                                        _o0o_

 

"El calor empezaba a sentirse. No había brisa y los pastos estaban secos y amarillos. Del gran estanque que una vez existió sólo quedaban unos pequeños charquitos que únicamente servían para apagar la sed por un instante de las aves más pequeñas.


Sí, el verano había asentado sus raíces en toda la comarca y casi todos los animales habían muerto de sed y de hambre. Eran muchos los que habían intentado hacer llover, pero ninguno de ellos había tenido éxito.


Una tarde, el yigüirro estaba volando muy cerca de los pastizales resecos cuando de pronto vió que un comemaiz yacía en el suelo casi muerto y a merced del abrazador sol. Entonces al ver tal escena agarró a la avecilla de una pata y la colocó en un lugar sombreado y fresco. Después pensó que debía hacer algo para remediar la sequía, asi que rápidamente se posó en la rama más alta de un poró, donde cantó incesantemente una oración. Y su canto lastimero estremeció al cielo mismo. Y el Señor, que todo lo ve mandó la lluvia sobre esa desolada tierra; gracias al corazon noble de aquel sencillo yigüirro.


Es por eso que hasta el día de hoy se escucha en verano el canto del yigüirro, posado en lo alto de un alto poró.

domingo, 29 de abril de 2012


ANTE EL PELIGRO

Aquellos niños agarraditos de la mano cruzaban el puente con aquel miedo que sólo da una noche de tormenta y rayería. Los tablones rotos les provocaba retrocederse para luego a punto de templanza y motivados más por alcanzar la otra orilla que por el simple hecho de sobrevivir, sus pasos los llevaron entre dudas por seguir o quedarse quietecitos en espera de que alguna fuerza celestial llegara en su auxilio. La noche era negra y los relámpagos iluminaban el horizonte tras una borrasca que movía más el puente. Casi se adivinaba escuchar lo que el de pantaloncillos cortos decía a su hermana de bellos cabellos dorados, "¿Dónde estará mamá?". "Mejor habría sido no salir de casa". "Hermana tengo frío", "Y yo hambre..."
¿Qué iban hacer esos niños ahora que estaban perdidos en medio del bosque? .

De repente fijo mi mirada sobre aquella figura etérea, divina, que como queriendo abrazar a los infantes, detrás de ellos los protege de caer al vacío en aquel profundo cañón de río que se yergue debajo de aquel destartalado puente. Luego le doy vuelta a la estampita y una leyenda me recuerda una vieja oración de mi infancia: "Angel de la Guarda, Dulce compañía..."

miércoles, 25 de abril de 2012


PUNTITAS LA ESTRELLITA DESOBEDIENTE
El siguiente cuento lo escribí  como una asignación del Kinder de mi hijo Etienne. Los padres debíamos escribir un cuento que enseñara sobre un valor: yo escogí el de la obediencia. Mélannie es mi hija y ese personaje al igual que puntitas los eligió él. En realidad entre los dos lo hicimos y este es el resultado. Yo sólo le di forma. La idea original es de Etienne".
_______o0o________


PUNTITAS LA ESTRELLITA DESOBEDIENTE

A Mélannie le gustaba mirar las estrellas detrás de la ventana de su cuarto, sobre todo cuando las noches eran cálidas y serenas. Un día vio en el cielo una estrella que se hacía cada vez más grande. El astro en realidad no era tan grande cómo lo creía Mélannie, lo que pasaba es que la distancia entre ellas era cada vez menor. Después de un rato la estrella, en realidad diminuta, quedó suspendida detrás de la ventana y abriendo un par de ojitos titilantes y con voz tímida se dirigió a la niña.
-¡Hola!, me llamo Puntitas; ¿y tú como te llamas?
-Me llamo Mélannie, pero dime: ¿Qué andas haciendo por aquí?
-Paseábamos mi mamá y yo por la galaxia y por perseguir un cometa muy brillante me alejé sin permiso de ella y me perdí. ¿Sábes tú qué puedo hacer?
Mélannie, respirando hondo después del tremendo susto que le dio la tan inesperada visita respondió a continuación con tan sabias palabras:
- Estrellita, sabes que una vez yo hice lo mismo; desobedecer a mi mamita, me alejé y me perdí en el bosque que está detrás de mi casa. El susto fue tan grande que corría la noche y nadie me encontraba. De repente comencé a escuchar el canto del búho en lo alto de una rama y el aullido del coyote que creía me iba a comer. Sólo recuerdo que tenía tanto frío que supuse me iba a congelar, hasta que unos fuertes y cálidos brazos ,sólo los que las madres con su amor tienen, me sostuvieron y lograron rescatar de esa espantosa noche.
Mi corazón se arrepintió tanto en ese momento que estallé en llanto y le prometí a mi mamá nunca más volver a desobedecerle.
Te recomiendo que al igual que yo la esperes, porque estoy seguro que tu mamita vendrá y te rescatará. Eso sí no vuelvas a escaparte y prometeme obedecerle en todo lo que ella te pida.
Entonces Puntitas con lágrimas en sus ojos y muy arrepentida dijo en voz alta, que nunca más lo volvería a hacer.
Y lloró tanto que su quejido llegó hasta los oídos de la Gran Estrella, su mamá, quién presurosa voló a rescatarla.
Y dicho y hecho, como si la noche se convirtiera en día, una fuerte luz invadió el cielo y con una bella cola plateada apareció una hermosa estrella, más grande que el mismo sol y al divisar a su retoño perdido, la abrazó con tanta fuerza y amor que se fundieron en una sola nube de gases y polvo cósmico. De repente las dos se fueron alejando hasta convertirse apenas en un puntito allá en el cielo.

Mélannie sólo recuerda a la visitante de esa noche despidiéndose con una gran sonrisa y dejando una estela de rayitos luminosos como diciendo: ¡aquí te dejo un caminito, por si quieres seguirme!

Finalmente Mélannie se acurrucó hacia la derecha de la cama, pues la noche estaba muy fría y todavía faltaba mucho para que amaneciera.

sábado, 21 de abril de 2012


MIRADAS FURTIVAS

Sobre el sotobosque la luna se colaba por entre las ramas de los árboles y hacía esparcir cristales luminiscentes sobre el arroyuelo. Plumones al aire dormitaban en la serena y azulada espesura. Todo estaba en calma, excepto en el corazón de aquel que palpitaba aceleradamente a mil. Ya había andado por la comarca en las noches de plenilunio, pero en esta ocasión presentía que algo especial le sucedería. Una ráfaga de aire llevó hasta su nariz olor a musgo, humedad y flores silvestres, pero sobre todo un extraño olor que excitaba sus sentidos en una combinación que nunca antes había experimentado, tanto que hasta se sintió como fuera de sí y creía volar. Después de reponerse de tal sensación, continuó caminando por entre troncos, hojas caídas y ramas que lo rozaban a su paso. Al llegar a la parte más alta del bosque, una silueta se recortó entre la oquedad de la noche, como si fuera una maravillosa visión de otro mundo.

Poco a poco se fue acercando a ella, mientras observaba que la oscura imagen apenas se movía. Su estilizada forma le atrajo al punto que quiso correr a su encuentro, pero contuvo su aliento hasta no más poder. Intentó dar un paso a la vez para no hacer ruido, logrando sigilosamente llegar hasta la base de la loma que servía de pedestal a la inusitada figura.

Cuando logró colocarse casi a la par de ella, se dio cuenta , como el resplandor de la luna sobre el hermoso rostro femenino le permitía observar unos maravillosos ojos color miel que lentamente se abrieron para dar paso a una sensual mirada, abanicada a penas por dos bellas pestañas que con magistrales movimientos sedujeron esa noche al embelesado amante . Después de un silencio, la hermosa figura acercó sutilmente su pequeña nariz sobre el observador que nervioso no podía pronunciar palabra alguna. Ella mirándolo de frente con esos hermosos ojos, como si presintiera su torpe timidez delicadamente pronunció la pregunta esperada:
¿Cómo te llamas?
¡ Me, me, llamo Bambi.!

El aire retenido en los expectantes pulmones de aquella sala, dieron paso a largos suspiros que luego se convirtieron en satisfechas sonrisas de quienes se entretenían esa tarde en el cine.

viernes, 13 de abril de 2012


AL FINAL DEL CAMINO

Yo nací en la Provincia de Guanacaste, Costa Rica, una tierra seca, calcinada por el sol y de bravíos ganaderos. Sin embargo desde pequeño, por azares del destino nos fuimos a vivir a la capital: San José, por lo que soy más citadino que pampero. Las pocas veces que he vuelto a mi Guanacaste querido he quedado impresionado por su belleza, sus extensas llanuras y la hermosura de sus playas. De pequeño, recuerdo un camino de piedras que se extendía detrás de una vieja casa de campo donde nos hospedamos en una de tantas giras que solíamos hacer mis padres y yo. El camino de mi historia atravesaba un potrero o sabana y siempre me pregunté hacia dónde conducía. Me imaginé miles de opciones, pero la que más me gustaba pensar era que no me conducía a ningún lugar específico y que podía reinventarlo las veces que quisiera, toda vez que cerrara mis ojos y lo visualizara, aunque estuviera a kilómetros de distancia; ya en la ciudad recostado en mi almohada u observando la lluvia caer através del cristal de mis ventanas. Quería volver ahí, caminar sus senderos, oler la hierba seca y quemarme con el sol de la tarde. Por eso es que hice este tributo a ese camino, mi camino, aquel que no he terminado de andar...

AL FINAL DEL CAMINO.

Allá va el camino, amarillo de soles y curtido de lluvias.

Sediento de arena y cascajo, es presa del viento, pero nada lo detiene. ¡Siempre adelante!.

Visita los cañales, recorre los zarzales. Continúa en los potreros y descansa en el bosque de cedros.

De vez en cuando se enfrenta con uno u otro riachuelo, pero la mano del hombre lo continúa con un improvisado puente.

Nunca se detiene, su meta es continuar.

A veces atraviesa algún poblado, donde una pandilla de niños juegan a la pelota sobre su silueta; mientras las vendedoras de frutas ofrecen en sus orillas, jugosas naranjas, marañones y sandías.

Luego se levanta majestuoso por la colina vecina, donde la brisa del norte lo refresca para luego descender y continuar por los arrozales hasta el mar.

Pero ahí no se detiene, lo bordea y es bañado por la espuma. Pareciera jugar con él, lo envuelve y desaparece, para luego volver a surgir con cada ola que se borra.

Cruza y se esconde entonces en un pequeño bosquecillo de acacias, para aparecer de nuevo en la playa.

Nada lo detiene, siempre majestuoso e indomable, siempre silencioso e interminable.

¿Cuántos habrán oído de él?
¿Cuántos lo habrán recorrido?
¿Qué habrá al final de él
¿Mas arena y cascajo?. ¿Más zarzales y potreros?

Ahora el camino sube por el acantilado para desaparecer ante la mirada de un hombre que no supo qué habría al final de él...


"No hay mayor tributo a la imaginación, que la labor artística del hombre

miércoles, 21 de marzo de 2012



ADIVINANZA EN POESÍA (Infantil)

¿Adivina qué es...

...un ejército de minúsculos pies acompasados sobre una hoja?

...el resplandor en la hierba por las mañanas?

...una canción nostálgica en las agujas de pino?

...un puñito de tierra en el jardín?

...un pequeño helicóptero sobre los juncos?

...una romboidal figura en lontananza?

...una escarlata forma que no se dió?...

miércoles, 7 de marzo de 2012



EL PILAR VACIO

En el hermoso jardín de la familia Rohrmoser se erigía un pilar de mármol que debido a las condiciones óptimas de humedad y luz se encontraba cubierto de hiedra y musgo. Antaño sobre el pedestal que lo coronaba a manera de capitel corintio, la estatua de un fauno que tocaba un flautín, parecía bailar una melodía ancestral. Ahora estaba vacío, y es que se dice que un día decidió bajarse de ahí para recorrer el bello jardín que con mucho cuidado los Rohrmoser se esmeraban en mantener. Rosas, dalias y jazmines rodeaban la propiedad mientras árboles de cerezo y fuentes cantarinas engalanaban el lugar. Un día en sus acostumbrados paseos observó a la niña más linda que habían visto sus ojos; rubia como el mismo trigo, iris azulados como el mismo cielo y vestida de seda fina. Se trataba de la hija menor de esa familia adinerada. Al instante se enamoró , pero por miedo a que lo rechazara decidió desde ese entonces vestirse con unos pantalones largos y calzado de humanos. Seguro que el rabo que llevaba lo escondería fácilmente entre las prendas. Por camisa llevaría una de algodón de la India con mangas largas para ocultar su abundante vello que le crecía por todo el cuerpo. Vestido así decidió presentarse ante la hermosa niña, que por cierto se llamaba Diana como en mitología se le denominaba a la "Cazadora". La interpeló y rápidamente hicieron una bella amistad. Por varias semanas los dos se citaban a la misma hora para jugar y conversar prolongadamente, hasta que el crepúsculo amenazaba con oscurecerles la vista, era entonces que en ese preciso instante los dos se despedían con una sonrisa en los labios. Cada quien se dirigía a sus lugares respectivos a pernoctar, la niña a su mansión y el fauno a su pilar. Llegó el día de cumpleaños de Dianita y como a este ser mitológico no se le permitía portar dinero alguno, decidió llevar a la niña a una parte del jardín que nunca antes habían visitado; a un lugar donde crecían las únicas rosas blancas del lugar. De seguro escogería la más bella y se la entregaría en señal de su hermosa amistad. Después de atravesar un seto de gladiolas y arbustos de amapolas lograron acercarse al matorral de preciosas rosas blancas, únicas de esos parajes. El infortunado fauno no reparó que algunas espinas de la planta rasgaron la parte trasera de su pantalón por lo que su larga cola peluda asomó tras la enorme fisura, quedando al descubierto su verdadera identidad. Avergonzado y en la carrera por alejarse de la niña, perdió sus zapatos, mostrando las dos pezuñas que terminaron por delatarlo. La niña asustada regresó a su casa corriendo y se ocultó en su habitación. Dicen que Diana creció y que aún recuerda ese incidente con algo de miedo y a la vez con ternura. La ahora joven duda si lo sucedido fue producto de su imaginación o si fue una realidad imposible de creer, lo cierto es que aún desde lo alto de su ventana observa el pilar vacío, mientras que por los campos un ser mitológico entona con su flauta una triste canción de amor y vaga sin vestimenta alguna. Desde ese entonces todos los faunos del mundo volvieron a mostrar a plena luz del día, su pelambre, su rabo y pezuñas de cabro.

domingo, 26 de febrero de 2012


LA CULPA DE PEDRO GARCÍA

"¿Cuál es tu secreto?"
- Los secretos no se rebelan, los míos me avergüenzan .
"¿A quién prefieres?"
A tí, por que no me señalas y no me reprochas nada.

Pedro García, un niño de escasos 5 años, acostumbraba tirarse en el pasto a observar el movimiento de las nubes. Tanto gustaba de hacerlo que a veces se quedaba dormido y despertaba empapado por la lluviecilla ligera que bajaba de la montaña.
Solía vagar por en medio de girasoles y campos de arroz. Perdido en cavilaciones sin sentido atrapaba mariposas con una bolsa atada a un leño. Luego las colocaba en frascos de vidrio y las dejaba morir de inanición.

"¿Qué hiciste ayer?"
- Soplar flores de dientes de león para ver los plumones planear en el viento. Sabes, yo también puedo volar.

En el riachuelo se sentaba horas a observar los renacuajos con movimientos de serpiente. Era entonces cuando el pez bobo se salía del agua y se lo tragaba con todo y pantaloncillos cortos. Así navegaba a través de la corriente y llegaba a la otra orilla, donde el pez lo soltaba en el playón del río cubierto de guijarros.

"Por cierto, ¿qué hiciste las piedrecillas que te regalé?"
-Las coloqué en una lata y la enterré en un lugar secreto que ni siquiera tu sabes.

En la otra orilla se detuvo a jugar en el viejo árbol de higuerón. Se metió en la cueva que formaba sus raíces y desde adentro le hizo cosquillas al "Barrigón del bosque", tanto que comenzó el gigante a llorar sus hojas de las carcajadas que se daba.

"¿Cómo se encuentra tu hermano?"
- El doctor me dijo que cicatrizaría muy pronto su herida en el costado y la quimioterapia se encargaría de borrar todo indicio del "extraterrestre" que ataca sus pulmones. Además ayer su mamás le dio el brebaje mágico que le da fuerzas para regenerarse como "Voltron X" el titán de la televisión que vimos ayer. ¿Te acuerdas?

Cansado García de tanto andar, se detuvo frente a una barda de espinos y arrancó unos cuantos de ellos.

"¿Y dónde está tu papá?"

Dicen que lo han visto como cazador atrapando carbunclos y luciérnagas, para regalárselos a mamá. Luego los encierra en una botella y los vende en el mercado a buen precio. Algunos pagan millones por sólo ver la luz intensa de esas hadas del bosque.

"No me has contestado la primera pregunta. ¿Cuál es tu secreto?"
-Ya te lo dije, el mío me avergüenza.
"¿Por qué ?, si tu y yo somos niños y aún no te has decidido por el camino de la adultes. Sigues empeñado en castigarte. No cometiste pecado, simplemente fue una travesura, una equivocación".
-Pero no debí haberlo hecho.

Atravesó por el hueco de un rincón la barda de espinas y se adentró al patio de su casa. Yacía postrado en una cama un niño de cadavérica figura, Francisco el hermano de Pedro; otro de los García al que se le había diagnosticado un extraño cáncer pulmonar apenas unos meses atrás y que presentaba dificultades para retener el aire en sus diminutos bronquios.

"¿Y por qué lo hiciste?"
-Papá estaba quemando hierba seca y me pareció interesante extraer del rescoldo algunos carbones encendidos y con ellos poder jugar.

Un pecho amarillo cruzó raudo el cielo y se posó en las ramas de un guarumo, entonando una melodía.

"¿Pero no crees que el humo que provocaste al incendiar el establo dañó los pulmones de tu hermano?"
-No me lo recuerdes que me avergüenzo.
¡Soy culpable!
¡Soy culpable!.

El auto se detuvo frente a la residencia de los García y un hombre vestido de blanco, con estetoscopio en mano saludó de prisa a Pedro y entró presuroso a la vivienda.

"¿Cuántos has atrapado hoy?"

Cinco pajarillos y tres cometas que vi volar en el potrero, solo tuve que alzar mis manos y los atrapé en vuelo. Las avecillas las solté y las cometas las tuve que devolver a sus dueños que a kilómetros halaban las cuerdas y me rompían las manos.

En esa ocasión el doctor no venía a visitar a Francisco. La madre del enfermo estaba bien preocupada por Pedro quien lo había visto muy absorto en sí y temía que la enfermedad de su hermano le estuviera afectando.
"Hable con él Doctor, últimamente lo veo vagar por los campos, murmurando sólo y preocupado!. Temo también por su salud".

La tarde dejó escapar sus últimos rayos de un sol de verano, llena de anaranjadas luces. Las siluetas de los árboles mostraban su humanas formas.

"Amigo, ¿has hablado con él?"
- Todavía no. Me parece que está enojado por lo que le hice. Yo le provoqué la enfermedad.

El astro rey se ocultó tras las colinas y el doctor se acercó a Pedro dirigiéndole las siguientes palabras:

"Te aseguro que Francisco está recuperándose y no morirá. El cáncer ha cedido y ya lleva varios meses sin indicios de esa enfermedad. No creas que el humo de aquel incendio fue la causa que provocó su enfermedad. Él padecía de ella desde muy pequeño. Por eso no te tortures y te culpes".

Pedro sólo bajó su cabecita y haciendo pucheros se soltó a llorar un río entero de angustias que le apretaban su diminuto pecho, la culpa se había alejado de él , eran meses que guardaba en su corazón ese dolor , pero hoy era liberado. El doctor lo sostuvo entre sus brazos y sólo se resignó a callar.

Al día siguiente el sol despuntó de nuevo sobre el horizonte, y la avecillas trinaron en los juncales del riachuelo.

"¿De qué color vas a pintarlo?"

De rojo, como el que vi en el calendario que cuelga en la pared de la cocina. Vieras cómo me costó construir este aeroplano con los trozos de madera que mi padre desechó del taller. Se lo pienso regalar a Francisco. Cuando se recupere del todo salgamos al campo a volarlo.

Sacó del bote de pintura un líquido rojo y espeso que se resbalaba por las paredes del recipiente, mientras con una brocha cubría la superficie de la madera mal lijada y con clavos mal puestos.

"¿Y ya no tienes secretos?"
- Tengo muchos, pero ya no me avergüenzan. Por cierto un día de estos te revelaré uno, por ahora siéntate y ayúdame a pintar el avioncito.

Pedro miró sobre el respaldar de la silla vacía que tenía de frente, los árboles que susurraban una canción al viento y depositó sobre ella la otra brocha para que su amigo le ayudara en su tarea de pintar el avioncillo.

La madre de Pedro, recostada entre los dinteles de la puerta se alegró de verlo jugar frente a la silla vacía, deseando que algún día de nuevo su hermano la ocupara.







viernes, 24 de febrero de 2012


LOS NIÑOS DE LA LLUVIA
Camino y la lluvia empapa el ruedo de mis pantalones a pesar de que mi paraguas es de carpa grande, pero las aguas se ensañan en mojar mi ropa.


Miro a tres niños de muy corta edad, descalzos y con jirones en sus vestidos, entregándose a la tarea de vender dulces a los transeúntes. En sus rostros la humedad se les pega, mientras sus cuerpecitos tiemblan de frío. Sus miradas parecieran acusar a los transeúntes de su desafortunada condición, pero la lluvia se vuelve a ensañar de mis ropas, esta vez una ráfaga se adueña de mi espalda quien me pone en igual condición de esos infantes, tiemblo igual que ellos, pero ni eso cambia el destino de aquellos pequeños seres de la calle.

Ahora corren por la plaza y se guarecen en un alero del costado sur del Teatro principal de la ciudad cada vez más en penumbra; son ya las seis de la tarde y la lluvia no cesa. Acurrucan sus cuerpecitos entre ellos y el hambre comienza a accionar los mecanismos de alarma sobre sus estómagos, pero saben que deben llevar dinero a sus ranchos, sino recibirán palizas esta noche.

Deseo no ver aquella imagen de ciudad, una que a veces me devuelve el espejo marcado de razones tan cotidianas, las de un transeúnte cargado de prisas, lleno de la indiferencia propia de las urbes.

No cesa el aguacero y ahora vuelven a empaparse, a continuar siendo niños de la lluvia para regresar pronto a sus remedos de hogar. Entre el cortinaje traslúcido de las gotas contra los faroles de la calle me parece reconocer la figura de un Jesús en cuclillas abrazando a aquellos niños, pero no era más que una ansiada pasada de mi mente. Detrás de aquella visión aparece la de una mujer con los brazos abiertos en actitud de espera, deseando por todos los medios que fuera la Madre del que de hinojos se me presentaba, pero pronto desistí al desviar mi atención las luces de los autos que se me abalanzaban. Corro de prisa para cruzar la calle, ponerme a salvo y continuar mi camino.

Sigue el aguacero, ya no los veo, ni en mi mente se acuna la visión de Jesús y aquella mujer, pero sé que por las calles seguirán caminando aquellos niños de la lluvia, con sus almas rotas y en sus espaldas la frialdad de una ciudad cada vez más indiferente ... y sigo siendo un simple espectador.

viernes, 17 de febrero de 2012


LA BOTELLA AZUL

Con sus pupilas azules observó contra el cristal la hermosa botella también de un hermoso color azul profundo. Tan profundo como el mismos mar que apenas un año atrás había conocido en un viaje familiar hacia el sur del país. Deseaba tenerla entre sus manos, así que se acercó al mostrador de la vieja tienda y con una tímida vocecilla interpeló a Don Juan el tendero que se encontraba en labor de empacar granos de arroz en sendas bolsas plásticas hasta acumular los dos kilos que sugería la cámara de comerciantes detallistas. El niño presuroso le pidió le vendiera esa hermosa botella a cambio de las pocas monedas que guardaba celoso en los raídos bolsillos de sus pantalones.
-"¿Cuántas monedas tienes?".
-"Apenas dos de cincuenta colones cada una".
- Esas no son suficientes.
Y como preparándose para contar sus ya conocidas historias fantásticas, Don Juan apoyó sus gruesos brazos sobre el mostrador y con un guiño de malicia y una frotada de sus plateados bigotes abrió sus labios para pronunciar la sorprendente historia. Según él la botella fue adquirida en un bazar de la misma Arabia, misma que había sido encontrada a merced del viento y el sol en pleno desierto. Unos beduinos la hallaron, mientras sus caravanas se dirigían hacia el norte La botella era mágica ya que poseía un brebaje para enamorar a las mujeres más bellas de Oriente. Él mismo había tomado de las pocas gotas que contenía el recipiente y con ello había logrado enamorar a su esposa, la misma que hoy en día compartía su habitación detrás de la tienda. Dicen que cuando era joven, era la mujer más bella del barrio y la envidia de muchos. Ahora con los años había subido de peso y ya presentaba en su rostro las marcas que solo dan los años, pero el anciano tendero la seguía amando como el primer día que la conoció, según él por los embrujos de la mencionada botella.
-"Bueno muchacho , y te preguntarás ¿cómo llego esta reliquia a mis manos?", preguntó Don Juan al niño.
Ésta fue adquirida por el capitán de un barco que después de navegar por cientos de mares, llegó a unos de los puertos del Atlántico del país por ahí de 1857 , quien al tocar suelo se la vendió de inmediato a mi tatarabuelo paterno por unas cuantas monedas como las que me quieres ofrecer . El capitán le había contado la historia de la botella y la magia para adquirir pareja con solo unos cuantos sorbos del contenido. Así mi familia , fue pasando de generación en generación la hermosa botella azul , siempre guardando un poquito del líquido maravilloso hasta construir nuestro árbol genealógico que ha llegado hasta nuestros días".

La historia se suspendió cuando sonó la campana de la entrada al llegar unos clientes que venían a comprar aceite para sus lámparas de mano. Después de atenderlos y despacharlos, Don Juan se dispuso a encender su pipa y con un aire de orgullo aspiró una bocanada de humo, después del cual se dirigió al niño con estas palabras:

-"No muchacho, por nada del mundo me desharía de esta botella, es una reliquia familiar"

El niño, con sus ojitos azules y con una lágrima asomándosele por el rabillo, le suplicó se la vendiera o al menos le diera unas cuantas gotitas del contenido para según él, enamorar a la linda niña de cabellos dorados como el mismo sol que sentadita en su sillita de madera de palo de rosa acostumbraba asomarse por entre las amapolas del jardín de la casa de al lado.

El bonachón gordo de Don Juan con una sonrisa maliciosa asomándosele por entre los pómulos , en silencio se acercó a la ventana y extrajo de la urna la ansiada botella color azul como los mismos ojos del infante. En un frasco pequeño de una de las alacenas derramó unas cuantas gotas del extraño líquido y con torpeza se las colocó en las manitos del inocente. Feliz el niño y después de agradecerle, salió corriendo hacia la puerta con el anhelado tesoro . Don Juan lo detuvo con un: "¡Espera jovencito!. Se te olvida que este es un gran secreto que cuesta dinero, no es gratis, dame una moneda de las tuyas y te llevarás a parte del brebaje una paleta para que te la comas en el camino". Después del intercambio, el niño salió con una carita de felicidad que pocas veces se vio por ese lugar, mientras que detrás del mostrador el Gordo de Don Juan mostró una gran satisfacción por el negocio recién hecho.

domingo, 12 de febrero de 2012

UNA ABNEGADA MADRE

El viento se colaba por entre las rendijas de aquel cobertizo, y aquellos pequeños temblaban de frío. Su madre no estaba cerca , pues en su pobreza, salió a buscar lo que a otros les sobraba de comida. Finalmente trajo un puñado de tortillas de maíz y un mendrugo que apenas se podía comer.

Se acercó a ellos y como sólo las madres en su sabia justicia hacen, se dio a la tarea de repartir equitativamente las frugales viandas. Los pequeños ansiosos, abrían sus bocas para ingerir la escasa comida del día.

El viento continuaba enfriando los cuerpecitos y ella con una mirada de angustia notó lo despiadado que se había convertido aquel recinto llenos de huecos y humedad. Debía hacer algo, pues no habían mantas con qué cubrirlos, por lo que extendiendo sus extremidades sobre ellos, los abrazó tan fuerte que poco a poco se fueron durmiendo uno a uno con el afable calor que de ella manaba

Pero antes de que el último de aquellos infantes se durmiera, una tonada salida de la garganta de aquella abnegada madre la describiría a ella misma y a sus hijitos, y se convertiría en una de las canciones de cuna más conocidas del mundo:
"Los pollitos dicen,
pio, pio , pio,
cuando tienen hambre,
cuando tienen frío..."

Esa noche en aquella granja, lo que menos hubo fue hambre y frío.



VITRALES AL SOL

Los últimos rayos de sol atravesaron los cristales de la basílica produciendo una lluvia de caleidoscópicas figuras hexagonales que se dispersaron por toda la nave central.
Emanuelle permanecía de hinojos entrelazando sus manos en actitud de oración. Hacía dos semanas atrás su hermanita de escasos siete años había muerto en un accidente automovilístico y él había quedado destrozado. Quería morir también
De su cerrado ojo derecho comenzó descubrirse una perlita de agua que por la gravedad cayó al suelo, mientras en el aire iba haciendo cabriolas con los colores del arcoiris, como un prisma afectado por la luz.
Emanuelle empezó a sentirse incómodo, no con el lugar, sino con el finísimo rayo que de una fisura del vitral se proyectaba sobre precisamente el ojo que escasos segundos contenía la lágrima que se precipitó al suelo.
La dilatación de sus pupilas lo hizo mover su cabeza para buscar una sombra donde resguardarse de la diáfana luminiscencia. Al no lograrlo, abrió sus ojos y se dirigió dos bancas atrás; pero, antes de que se arrodillara de nuevo, antes de que la oscuridad le envolviera y se dispusiera a orar, no pudo contener la dicha al mirar el vitral que mostraba al Jesús Redentor que tanto gustaba a su hermanita. Recordó las tardes que pasaban juntos contemplando las ovejas pastando junto a grandes fieras sobre una pradera cubierta de flores, mientras el rostro del Mesías con esos grandes ojos los observaba con su serena mirada. Era el vitral preferido de la niña y siempre que cruzaba el umbral de la basílica, inmediatamente corría hacia ese ventanal y de pie y con la boca abierta se quedaba absorta contemplando la maravillosa escena cargada de luces y colores.
Emanuelle , en su dicha de observar de nuevo el vitral que tanto amaba su hermana no pudo más que levantar sus brazos, caer de rodillas y llorar, llorar toda la pérdida y agradecer al Altísimo el mensaje tan claro que el vitral le ofrecía.
La tarde fue poco a poco abandonando los cristales de la silenciosa basílica y el sol se fue difuminando tras la cúpula del santuario. Emanuelle con el semblante sereno y una sonrisa que tímidamente comenzaba a asomarse en su rostro se dispuso a abandonar el templo, no sin antes detenerse a leer las letras al pie del vitral que rememoraban las palabras pronunciadas por el Maestro:

"Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá".

Juan 11,25


VOLVER A SER NIÑO

Volver a ser un niño, cortando dientes de león
que luego lance al viento y
perseguirlas, cuadras después.

Volver a cortar el aire con varillas de bambú
que ice luego a manera de pendón,
martirizar con ellas antiguos cafetales
y arrancar de cuajo sus rojos frutos.

Volver a sentarme a orillas de algún puente
a escuchar las cantarinas notas de sigilosos ríos,
contaminados ahora con podredumbres de ciudad.

Escuchar de nuevo el canto del yigüirro,
en las copas de lo árboles susurrándome al oído
una nostálgica canción de amor.

Volver a rodar carritos de madera
que sobre la misma acera mis amigos envidien.
A esperar que la tarde llegue con el sol a cuestas
y una sonrisa ancha que sobre la vereda lleve,
mis pasos torpes a ningún lugar.

Volver a jugar al trompo, la rayuela y a la cuerda,
a golpear los cromos con mi pequeña palma,
jugar a la casita con la pequeña vecina
que quizás se ha ido, o quizás ya no está.

Volver a tener hermosos sueños,
a esperar en silencio que la lechuza salga
temerosa a ulular.
A contar estrellas a saber amar.

Volver a ser un niño, ahora que estoy viejo
y ahora que estoy viejo soñar cual si fuera un crío.

Volver a romper quimeras como en mis primeros años,
eso es lo que quiero antes de partir.

viernes, 3 de febrero de 2012

Starr 011205-0111 Hyparrhenia rufa.jpg

ENTRE JARAGUAS
(La conciencia de crecer)

Avanzo entre la maleza colmada de jaraguas apartando las espigas que sobrepasan mi escasa altura, mientras el azul intenso se recorta sobre mi cabeza que apenas puede inclinarse hacia arriba para divisar al gavilán que desde hace rato me viene siguiendo. Subo una colina baja y mis ojos apenas otean el horizonte, porque la luminiscencia es tan alta que hace que constantemente parpadee. La inmensa llanura se me extiende como un mar de olas parduzcas en constante movimiento, no resulta ser otra cosa que los jaraguales acompasados por el viento de estío, que con fuerza mueve sus cañas.
De vez en cuando me encuentro con frondosos árboles de cedro amargo y jiñocuabes en flor, que al levantar sus ramas al cielo emulan gigantes sosteniendo el sol de la tarde que ya se dispone a dormir. Mis pies se arrastran ya cansados por entre el cascajo del camino. Estoy por llegar a ningún lado; de todas maneras, cuando se es niño no importa la hora de partida y el lugar de llegada. Atravieso una quebrada apenas cubierta de charquitos entre guijarros. El bosquecillo que le sirve de sombra, protege de seguro a la trasnochada sorococa, y al asustadizo cusuco. Salto de piedra en piedra hasta llegar a la otra orilla y de nuevo me encuentro con la inmensa llanura de ocres matorrales. Ahora es la luna la que asoma un cachillo de su fase por entre el fuego de la tarde. Me percato que ya es hora de regresar.
Desando lo andado por un atajo que me conduce entre calcáreas colinas a la salida de aquel espeso jaragual. Me detengo a la par de una macolla de aquel pasto gigante y comparo su altura con mi diminuto tamaño. A lo lejos veo la silueta de mi padre recortarse contra las luces del ocaso. Su cuerpo sobrepasa la medida de las jaraguas. Es cuando descubro que me faltan muchos veranos que recorrer para semejarme a él. Por el momento esperaré ansioso a que los primeros retoños de aquella hierba resurjan del reseco suelo, tras las primeras lluvias de mayo; mirarlos por encima de mis hombros y creer que ya soy un adulto…



EL EXTRATERRESTRE

¡Mami, mami, un extraterrestre, un extraterrestre!
Se oyó , seguido de un agudo grito dado por el desaforado niño, que con un balde en la cabeza y por sable una rama de guarumo izaba como pendón ante la batalla . Con tales pertrechos se disponía a atacar al enemigo alienígena. La madre llegó al encuentro con una expresión en su rostro de asombro y pavor, a defender a su hijo. Ante tremendo susto el contenido de la cuchara con que estaba probando la sopa que acababa de cocinar se le derramó, dejándole una senda mancha roja en el gallo estampado sobre su delantal. Salió de la cocina con la sandalia derecha en el pie izquierdo y el derecho descalzo; con los anteojos torcidos por la prisa y el cabello a medio cubrir por un pañuelo que le quedó guindando de medio lado y que le tapaba la mitad de su cara. En el pasadizo, mientras soplaba su pañuelo para poder ver mejor se fue tropezando con cuanto juguete había dejado el chiquillo en el suelo: el pato de hule, el avioncillo de guerra, un balón desinflado y un montón de canicas que la hicieron resbalar quedando como una pobre cucaracha con las "patas" para arriba.
Arrastrándose como pudo logró abrir la portezuela de cedazo que daba al patio. Viró hacia la derecha y chocó con una maceta que guindaba de un alero dándole un certero golpe en la frente. Todavía sobándose la cara se detuvo en el instante en que su hijo paralizado señalaba a un amenazante cactus con largas espinas , dos brazos que apuntaban al cielo y por cabeza una flor roja del desierto. Era casi de su tamaño y la madre apenas dos horas atrás con todo esmero lo había sembrado. A su corta edad el chiquillo había confundido la inofensiva planta con un ser de otro planeta. Ese sería el primer evento que presagiaría una tarde de travesuras, difícil de aguantar para cualquier madre de este mundo.

Dedicado a mis hijos Nigel y Etienne




<><><><><><><><> <><>  

sábado, 28 de enero de 2012



La quinta hoja del trébol

Salió en busca del trébol de cuatro hojas. Le dijeron que detrás de la quebrada, entre los juncos de la orilla una cepa de tréboles crecía fuerte a los rayos del sol y entre tantos, al menos uno de ellos encontraría. Se dirigió hacia allá con la convicción de que volvería con esa planta y le enseñaría a su madre el tesoro encontrado. Dicen que los de cuatro hojas traen buena suerte, pero para él la suerte misma sería hallar uno de ellos entre los de tres hojas. Después de saltar entre las piedras que servían de puente y atravesar el enmarañado juncal, llegó por fin al sitio. Con sus manitas fue rebuscando en el suelo las diminutas plantas , apartando uno a uno los comunes tréboles hasta que después de un cuarto de hora y cansado de tanto buscar, no halló el esperado número de hojas en la planta. Ya iba a desistir y darse vuelta para regresar cuando sus ojos se posaron sobre una planta aún más especial y extraña que la de cuatro hojas, cerca de una piedra cubierta de musgo, y rodeado de margaritas, un hermoso trébol de cinco hojas crecía solitario muy cerca de ahí. Cuando ya se estaba acercando para cortarlo, decidió cambiar de estrategia y pensó:
"Mejor no lo corto completo, sólo voy a quitarle la quinta hoja y se la llevaré a mamá, así cada vez que regrese le daré tiempo al trébol para que le crezca una nueva ". Así lo pensó y le quitó la hoja que le sobraba al particular trébol.
Contento llegó donde su madre y le enseñó la hojita en forma de corazón verde , y con ese orgullo inocente que sólo tienen los niños le contó lo sucedido. La madre sonriente, se agachó lo miró tiernamente y le beso la frente, luego se dirigió a él :

"Gracias hijo, por este regalo , seguro que sí existen los tréboles de cinco hojas, aquí tengo la prueba, la quinta que faltaba.
¡Vamos muéstrame tu trébol!".

Y poniéndose de pie, los dos fueron en busca de la famosa planta, que de seguro crecía a orillas de la quebrada muy cerca de los juncales.
En efecto, cuando llegaron cerca de la piedra cubierta de musgo y blancas margaritas, ahí estaba solitario el hermoso trébol con sus cuatro hojas, la madre aún llevaba en su palma la quinta en forma de verde corazón. El niño, poniéndose el dedo índice en los labios susurró un fuerte ¡Shsss!, silencio mamá esperemos a que le crezca la hojita que le falta...