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sábado, 23 de marzo de 2013



LA RAMA DE OLIVO

Mi baja estatura me impedía mirarle; sólo recuerdo a una muchedumbre ansiosa seguir a aquel personaje montado sobre un burro, camino a Jerusalén.  Recuerdo también como algunos hacían alfombras de sus propias vestimentas para que el extraño con su animal de tiro no pisara el polvoriento suelo del desierto.  Supongo que desde las alturas de Betfagé *, los vítores y hosannas se escuchaban como una sola masa viviente de acordes unísonos: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor”.  Yo permanecía aturdido entre tanta gente y a mis escasos siete años, no comprendía nada de los que sucedía.  Sólo seguía presuroso a mi madre, que angustiada deseaba a toda costa encontrarse con aquel humilde hombre de sencillas vestiduras.  En un momento y antes de llegar a la vía principal que conducía a la ciudad nos topamos con  el tronco desnudo de varias palmeras cuyas ramas ya ni existían, pues muchos ya las habían arrancado de cuajo para levantarlas como pendones al paso de aquel hombre.  Por más que rebuscamos entre arbustos espinosos, palmeras y árboles, no encontramos nada digno de ofrendar.  Después de minutos de tan infructuosa búsqueda decidimos recoger del suelo una seca rama de olivo que de ninguna manera presentaba signos de vida.  Por lo menos; pensamos, esa desvencijada cepa se confundiría con las frondosas ramas y flores que aquella humanidad regalaba a ese individuo.  La tarde caía y Jerusalem era toda fiesta.  Recuerdo más de un compañero de mi barriada llevar en sus manos ramitas de palmera con dátiles aún colgando de ellas, las que alzaban al son del viento como papalotes en vuelo.  La mía era una vetusta rama de olivo. 
Permanecimos mi madre y yo de pie cerca del sendero donde seguro pasaría nuestro extraño personaje, distraído con la idea de que cuando regresáramos a casa jugaría de nuevo con mi perro y mis juguetes de madera.  Absorto en esos pensamientos no había reparado que al paso del esperado protagonista un trozo pequeño de su manto se quedó prendido de la rama que alzaba en mis manos.  Quise seguir con la mirada a aquel hombre pero sólo logré divisar una de las orejas del burrito que montaba y cientos de palmas que terminaron de cubrir al peregrino.  A mi derecha vi a mi madre con un rostro resplandeciente de satisfacción… ¡Era toda alegría!
Miro ahora con mi desgastada vista después de tantos años que el Señor me ha dado, aquella vieja rama de olivo que de pequeño sembré.  En ese entonces estaba convencido que de ella brotaría un hermoso árbol; mismo que tengo frente a mí. Ahora comprendo quien era el personaje que aquella tarde de mi lejana infancia entró triunfante por los pórticos de Jerusalem.  Reconozco ahora porque mi madre y yo desesperadamente buscábamos ramas para salirle al paso entre himnos de júbilo y esperanzas de tiempos mejores. Ahora estoy consciente de que aquel extraño personaje era el Mesías, el Cristo, el Cordero de Dios. Me dirijo entonces a mi cuarto y del viejo baúl de ébano extraigo el trozo de tela que se desprendió de la túnica de aquel sencillo hombre que de pequeño miré extrañado por qué iba montado sobre un humilde burrito y toda una muchedumbre alababa su presencia. Lo acerqué a mis labios, lo besé y después de volverlo a colocar con devoción dentro del cofre,  me acerqué a la ventana a mirar como el sol se ocultaba detrás del frondoso olivo que hacía tiempo sembré; no reparé que de mi ojo derecho una descuidada perlita se había desprendido, humedeciendo el frío suelo de mi habitación…
Jerusalem año 103 después de Jesucristo.

*Monte de los olivos

viernes, 22 de febrero de 2013



EL DAÑO

Vi entre la hierba, un  retoño de amapola que recientemente desplegaban su hermoso color escarlata al sol.

Lo quise arrancar por el solo hecho de entregarme al placer de oler su exquisita fragancia.

Así lo hice mientras pensaba para mis adentros:
“¡A nadie hago daño con esto!

Esa tarde, la abeja, la mariposa y el colibrí notaron la ausencia de aquella hermosa flor… 

sábado, 12 de enero de 2013


EL CARBONERO

Colocada sobre el poste de aquella cerca, una lata invertida reflejaba el sol de la mañana, la que a lo lejos me invitaba a acercarme.  Aquel portón de alambres y troncos que limitaba la entrada a aquella propiedad me causaba unos deseos intensos de transgredir los linderos.
Mi corazón se aceleraba al escurrirme entre el alambrado de púas al lado de la entrada y a cada paso que daba me preguntaba si era correcto lo que estaba haciendo.  Se decía que en la pequeña y destartalada casucha levantada sobre aquellos agrestes terrenos vivía el viejo carbonero del pueblo, un ser sacado de una febril mente que según algunos resucitaba cada noche de las cenizas.  Algunos incluso lo veían arder durante la noche para luego perseguir furioso, envuelto e llamas a quienes se atrevieran transitar por su propiedad.   Es por eso que decidí espiarlo a plena luz del día, con la esperanza de no encontrármelo con las ropas encendidas y la cara iluminada en actitud desafiante. 
Atravesé un polvoriento camino, bordee un establo vacío, y llegué hasta una cerca viva de amapolas. Ahí me detuve al observar la chimenea humeante de la vieja casucha.  Suponía que adentro un anciano barbudo con ennegrecidas ropas me saldría al encuentro y en cualquier momento se prendería en llamas hasta sacarme del susto de aquellas inmensidades.
No estaba equivocado, un anciano de luengas barbas, andar taciturno y ropas maltratadas, que destilaba hollín como brea, se asomó por el hoyo de la desvencijada puerta.   Yo sólo le devolví el gesto con otra sonrisa, una tímida y casi imperceptible.  Cómo no tenía un pretexto seguro del por qué estaba ahí, se me ocurrió la lógica idea de preguntarle si me podía vender una medida de carbón suficiente para encender una parrilla, a la que él respondió con una gesto entre sus manos, llamándome a ingresar a la vivienda.  Estando ahí pude ver entre anaqueles, fierros viejos y paredes ennegrecidas varias fotos de él en un barco pesquero.  Pude apenas divisar su figura con sombrero de capitán y un habano entre sus dedos.  Parecía feliz desafiando olas, lanzando redes y remontando a cubierta, miles de peces de variados tamaños.
A punto estaba de lanzarle la pregunta obligada sobre la suerte de su vida, cuando me despachó de inmediato, entregando en mis manos medio saco de un negro carbón reluciente,  seco y oloroso, apto para ser encendido en cualquier fogón o parrillada que quisiera. Se acercó tanto a mí que me vi forzado a salir de prisa y reconocí al instante  que me debía de ir. Intenté acercarme de nuevo a su persona con la intención de cancelar el valor de la compra, pero de su rostro que apenas relucía el blanco de sus ojos, una mueca universal de desaprobación, me indicaba que mejor me alejara.  Supuse entonces que amablemente me regalaba la mercancía.
Cuando me voltee por fin para devolverme por el mismo camino, me sorprendí de noche, envuelto en una espesa neblina y el sonido de animales nocturnos merodeando en mi cabeza, hasta que luego un silencio sepulcral que duró varios minutos se adueñó de aquel terrible lugar. Miré entonces con miedo de reojo hacia atrás y la figura de aquel vetusto hombre envuelto en llamas y la vieja cabaña también incendiada, me confirmó que la mente a veces nos juega extrañas pasadas que nunca sabremos comprender. ¿Estaba despierto o dormido?.  Lo cierto es que mis pies respondieron instintivamente a la llamada de huida  los que me condujeron de prisa fuera de los linderos de aquella maldita propiedad. 
Hoy les cuento a mis hijos que aún me provoca escalofríos contar aquella historia.  Luego supe que aquel desdichado capitán fue un holandés que terminó siendo carbonero en un alejado rincón de mi país en donde viví mi infancia.  Tuvo la mala suerte de que por un accidente el barco que navegaba estalló en llamas, muriendo gran parte de su tripulación; excepto él, quien fue rescatado del naufragio aferrado a un madero en altamar.  Cargó con la culpa toda su vida y es por eso que algunos dicen que en todas las noches, aquel desgraciado hombre se encendía en llamas para sufrir lo que vivieron aquellos infortunados marineros y decidió  ser carbonero en recuerdo de aquella historia.
 

                   

sábado, 9 de junio de 2012


LOS DURAZNOS DE DON ABUNDIO

Caminaba muy caviloso nuestro amigo don Abundio, cuando al pasar por el camino que lleva al pueblo de San Roque se topó con un árbol de duraznos de cuyas ramas pendían las doradas frutas.

-Hace tiempo que mi estómago pide comer duraznos, pero soy tan viejo y débil que no puedo subir a cortarlos. ¿Qué voy a hacer?, dijo para sí Don Abundio. ¡Ya sé!, prosiguió, al primer paisano que me tope le pediré que me baje las frutas y con ello comprobaré además si aún en este pueblo quedan personas buenas que hagan una caridad a un pobre anciano como yo.

Y en efecto, como si la gente supiera las intenciones de aquel viejo, apareció el primer pueblerino; don Carlos Pacheco, hombre vetusto dueño de grandes tierras y trabajador muy honrado. Su único defecto era la sed por el dinero.

-¡Hola mi viejo Abundio! -exclamó don Pacheco-, ¿qué hace tan sólo por estos lados?.

-No nada, -contestó don Abundio- ¿Ha visto qué hermosos que están esos duraznos?. Lástima que soy tan viejo como dices, porque sino me subiría a ese árbol, apearía esas deliciosas frutas y me las comería todas. ¡Ah! -suspiró- ¡qué ganas les tengo.
Mira Pacheco, ¿me podrías hacer el favor de cortarme algunas como un gran favor de amigo?

Don Pacheco, que es hombre de hacerle negocio a todo y a todos meditó un buen rato y al final exclamó:
-Bueno querido amigo, lo que me pides es imposible. Treparme a ese árbol así porque así resulta muy peligroso. ¿Qué tal si me caigo y me quiebro las costillas?. Si me da ahora mismo diez monedas se las bajo con gusto, sino, no...

Y don Abundio muy triste se metió las manos en los bolsillos y lo único que encontró fue cinco viejas monedas, herrumbradas y negras.

-¿Te sirve esto?
-No exclamó don Pacheco, por cinco monedas no, y se fue por donde vino.

Al rato pasó un muchacho de elegante figura y buen porte. Esta vez se trataba del joven Pedro Montealegre, hijo de una familia muy adinerada del lugar.

-¡Hola Pedro!. ¿Cómo estás?.
-¿Me hablaba a mí?, casi como ignorándolo.
-¡Sí a ti joven!, recuerdo que eres hijo de mi gran amigo Juan el de la finca "Los perales". Hace rato que estoy aquí esperando a que alguien me ayude a apear esos duraznos que ves ahí -señalando a las ramas del árbol-.Vino primero un amigo mío y no pudo hacerlo. ¿Lo harías tu por mí?.

El joven que al parecer tenía mucha prisa y que por llevar unos cuadernos en la mano se dirigía al colegio del lugar acabó por decirle:
-No viejito, -dirigiéndose al anciano en forma despectiva- yo no puedo ayudarlo, pues tengo mucha prisa, debo ir a estudiar y ya es tarde, que sea otro día, hoy no...

Y sin decir más, salió corriendo mientras la sirena del colegio anunciaba la entrada a clases. Don Abundio se quedó diciendo entonces:

-Como que nadie me quiere ayudar este día. Bueno espero que pronto alguien venga en mi auxilio.

Al medio día, mientras el sol brillaba en lo alto y hacía más madurar los duraznos, vemos a don Abundio aguardando pacientemente a la sombra del árbol. De pronto sus cansados ojos divisaron a lo lejos dos conocidas figuras; los hermanos Solano, José y Martín, dos jóvenes de escasos trece y quince años, ambos conocidos en el pueblo por ser las personas más burlitas del lugar. En cuanto los vio nuestro amigo don Abundio se levantó con dificultad por su ya avanzado reumatismo y esperó a que ellos pasaran por ahí.

-¿Cómo estás viejo cacreco? -exclamó José-.

Y siguiendo la broma su hermano mayor contestó:

-Cuidado se me quiebra viejito.

Luego lo rodearon y empezaron a burlarse y a reírse de él. Cuando terminaron, el pobre don Abundio se sentó en una roca y sacando su viejo pañuelo rojo del bolsillo se limpió el sudor de la frente.

-Muchachos, déjenme decirles algo. Ya estoy demasiado anciano para jugar con ustedes, pero les permitiré que se burlen de mí si antes me hacen un favor. Les pido que me bajen esos duraznos de aquel árbol. Si así lo hacen, los repartimos entre todos. Por favor se los pido por amor al Cielo ya que me muero por comerlos.

Entonces los muchachos se apartaron del camino e idearon un plan para sacarle provecho al asunto y a la vez burlarse del pobre hombre.

-¡Bueno donsito!, exclamó Martín el mayor, nosotros le apeamos las frutas pero para ello usted tendrá primero que vendarse los ojos con su pañuelo, pues dicen que si alguien ve a una persona cortando frutas de un árbol, éstas se pudren en el acto y eso no lo quiere usted ¿verdad?.

-Claro que no, dijo inocentemente el pobre don Abundio. ¡Tápenme los ojos, si así tiene que ser...!

Y los condenados muchachos entre risas lo vendaron y hasta le dieron varias vueltas para marearlo.

-Es que es necesario que no sepa dónde estamos, porque de lo contrario usted se puede quitar el pañuelo y todo se echaría a perder -exclamó el menor de ellos-.

Y tantas fueron las vueltas que le dieron al pobre anciano que hasta tropezó con una piedra y cayó rendido al suelo.

Y alejándose los muchachos entre burlas y carcajadas, quedó nuestro amigo Abundio en el suelo a merced del brillante sol y aún con la venda atada a sus rostro.

En la trifulca, se había desmayado y soñó con sus duraznos en las manos, con un mundo mejor donde las personas eran buenas y caritativas y que no se burlaban de él.

Fuera de este sueño, la vida transcurría igual. El sol de la tarde brillaba ya muy cerca de la silueta de las montañas. Aquellos rebosantes duraznos pendían jugosos aún sobre las altas ramas del árbol y el camino que llevaba al pueblo de San Roque permanecía incólume y silencioso.

De pronto una fuerte ráfaga que provino del éste empezó a mover las copas de los árboles vecinos y cual fuese un milagro, movió con furia los preciados duraznos de nuestro cuento, tirándolos al suelo con una fuerza incontenible. Y sobre la hierba decenas de rica fruta llenaron el campo y no quedó ni una de ellas en las ramas.

Horas después cuando la luz del crepúsculo silueteaba las formas aún reconocibles, nuestro viejo don Abundio despertó de su letargo y quitándose el pañuelo, logró divisar sorprendido el milagro ocurrido.
Apoyándose firmemente de una roca, se levantó y recogió sus preciados duraznos, mientras daba gracias al Creador que todo lo puedo. El único que atendió sus ruegos.

domingo, 20 de mayo de 2012



LA RANA KALANA

El zopilote Montegro le dijo a la rana Kalana,
que pasado mañana la iría a visitar.

Entonces el sapo Carmelo, que no estaba lejos
le dijo a la rana Kalana que de buena gana le
dijera que no.

Pues sabía las intenciones del zopilote mañoso;
que a la pobre rana Kalana que con muchas ganas quería comer.

Y la rana de muy buena gana, le dijo al zopilote que no llegara,
que pasado mañana iría a la montaña a visitar a la iguana que
amiga de ella es

Entonces el zopilote Montegro se quedó sin gesto y sin nada que comer.

Y así termina la historia de la rana Kalana que siguiendo el consejo
del sapo Carmelo burló a su opresor.

viernes, 18 de mayo de 2012


LA CUEVA DE LOS MURCIÉLAGOS

Entraban y salían en un sincronizado vaivén sobre aquella antigua cueva enclavada sobre la pared del cañón de río los oscuros seres alados. Con gran temor se adentró a las profundas y oscuras cámaras de la caverna, llena de estalactitas de sinuosas y complicadas formas. Desde pequeño le temía a los murciélagos y es que cuando apenas tenía cinco años, uno de ellos entró en su habitación y batiendo su alas cayó sobre su cama. Desde ese día casi todas las noches tenía pesadillas con ese misterioso animal revoloteando encima de su cabeza. Despertaba gritando y bañado en sudor. Por eso es que a pleno medio día y sin que nadie lo forzara, decidió entrar a esa cueva con el fin único de terminar con ese trauma, morir a sus demonios y acabar con su fobia a los murciélagos. Al abandonar la luz de la soleada tarde, y verse envuelto en la penumbra, su corazón comenzó a agitarse cada vez más. El guano que cubría las paredes y el suelo húmedo de la caverna inundaba de un desagradable olor el ralo ambiente del lugar. debido al gas metano que expedía, peligroso al concentrarse en grandes cantidades. Aún sabiendo el peligro inminente decidió continuar su travesía auxiliado de un pañuelo que sujetado a su boca, lo protegía de los mortales gases. Con ayuda de una lámpara de baterías logró romper el velo de la oscuridad para darse paso por los enmarañados pasadizos de la estrecha cueva. Después de sortear algunas estalagmitas y vadear las aguas del manantial que corría en sus entrañas, logró llegar a una cámara abierta, donde quedó asombrado del trabajo milenario que el dióxido de carbono produce sobre la calcárea roca. Al llegar al centro de aquel lugar sintió una brisa que según él provenía de alguna abertura en el techo, pero que al iluminar la estancia se percató de que se trataba de los cientos de murciélagos que revoloteaban a su alrededor. Entonces un escalofrío paralizó sus extremidades y en un primer impulso quiso gritar, pero no estaba dispuesto a retroceder, se decía para sus adentros que esta vez no huiría, enfrentaría su terrible temor porque de lo contrario toda la vida seguiría despertándose sudoroso en las noches con la imagen de esos "ratones alados" abalanzándose sobre su rostro hasta hacerlo sangrar y desfallecer. Cerró entonces sus ojos y en total oscuridad sintió cómo las alas cubiertas de piel rozaban sus orejas, sus cabellos y brazos. Incluso un atrevido animal se posó sobre su hombro. Aquel asustado hombre viró hacia donde estaba aquel ser , para observar luego cómo los dientes del quiróptero se abrían en amenazante demostración, mientras una larga lengua salía de su boca.

Estando ahí sólo, en medio de esa cueva, el miedo lo envolvía y no en vano quería huir, lo cierto es que permaneció más de una hora de pie rodeado de todos esos animales, soportando la idea que lo llevó a enfrascarse en tan arriesgada misión. De repente y sin una explicación lógica, aquel hombre que había sufrido durante años aquel temor incontrolable fue envuelto de pies a cabeza por las alas de aquellos seres noctámbulos hasta convertirlo en una sola masa amorfa y fue levantado del piso a media altura de la cueva, luego giró y como si fuese sumido por una fuerza paranormal, levitó por toda la estancia hasta que finalmente cayó al suelo, permaneciendo inconciente por algunos minutos, después del cual se levantó y con la alegría de haber superado una crisis, como si hubiera logrado escalar una montaña o haber ganado un trofeo olímpico, aquel hombre salió de la cueva libre de toda fobia.

Ni él mismo era conciente de lo que sucedió en realidad ese día en aquella misteriosa cueva, lo cierto es que no volvió a soñar con murciélagos revoloteando sobre su cabeza, sería él quién ahora en noches de plenilunio volaría sobre las cabezas de quienes temen y sueñan la oscuras alas de un murciélago, era ahora él uno de ellos...

miércoles, 16 de mayo de 2012


LA COMETA DE PABLITO

Sobre aquel inmenso potrero el viento de esa tarde corría fuerte, tan fuerte como para derribar las coloridas flores del viejo madroño. Como era la mañana del día de Reyes algunos niños aprovecharon para jugar con sus cometas recién compradas. Algunas tenían dibujadas amenazantes águilas cuyas garras parecían arrancar los hilos de la vecinas recién encumbradas. Otras parecían avioncillos de la Segunda Guerra Mundial con la esvástica hitleriana, siempre dispuestas a dominar a las demás. Lo cierto es que la cometa de Pablito era apenas hecha de cáñamo y papel y sobre la superficie, su padre había dibujado una hermosa estrella amarilla en el centro. Le había pintado un par de ojitos pequeños y una boquilla sonriente. Era una sencilla cometa, pero para Pablito ese fue el mejor regalo que pudo recibir en esa hermosa mañana de Reyes.

El viento continuaba elevando más y más cometas en el cielo. Aquello parecía un campo sembrado de multicolores flores sostenidas apenas por el tallo de unos hilos.
Pablito vio entonces que todas las cometas del lugar se elevaban fácilmente, mientras la suya constantemente se propinaba golpes en el suelo y por más que lo intentaba no lograba siquiera elevarse unos cuantos centímetros.

Llorando por sus fallidos intentos volvió a casa a reclamarle a su padre la mala confección de la cometa. Al escucharlo aquel hombre simplemente se levantó en silencio y tomando el juguete se dirigió al campo. Con ayuda de unas ramitas que colocó estratégicamente entre el papel logró equilibrar la estructura de la cometa y después de varias carreras logró elevarla bien alto, tanto que se perdió entre las nubes. De repente el hilo dejó de tensarse y finalmente la cometa desapareció. Llorando el niño volvió a reclamarle:

- Papi, casi ni logró elevarse y ahora que lo hizo se fué ¿Porqué me dejó?

Con la ternura que a un padre causa la inocencia de un hijo, sonriente le respondió:

Hijo, la cometa se fue porque tenía que irse a preparar para que en la noche brillara bien alto. ¿Te acuerdas que le dibujamos una estrella?. Pues cada noche que te sientas solo mira desde tu ventana al cielo y encontrarás siempre una estrella que te acompañará, esa es tu cometa que anda surcando sonriente el espacio.

Después de un largo silencio Pablito se quedó mirando hacia las nubes y sonriente le tomó la mano a su padre.

-¡Vamos papi a cenar, para acostarme temprano y mirar mi cometa desde la ventana!.

El campo quedó sembrado de aguilillas, avioncillos y decenas de animalitos de diferentes colores y formas, mientras padre e hijo se dirigían alegres a su hogar.

jueves, 10 de mayo de 2012



EL STRADIVARIUS

Abrió la puerta del ático con miedo a que un animal extraño pegado a una telaraña se le tirara encima. Con la precaución que le caracterizaba y la linterna en su mano pasó revista por la habitación, antes de dar el último paso en la escalera para adentrarse en la pieza. Casi a tientas por la poca luz que le proporcionaba el foco, logró divisar el botón de encendido de la lámpara. Procedió a prenderla y de repente la habitación se iluminó, dando lugar a una serie de valijas viejas, muebles rotos y sábanas blancas que daban a la habitación aspecto de lúgubre panteón de objetos perdidos.

En un rincón y recostado contra la pared se encontraba el estuche de piel que contenía el viejo Stradivarius del abuelo. Pensó en abrirlo para mirarlo por última vez, tocar sus cuerdas y repasar su bellísima madera laqueada, pero no se atrevió, quería mantenerlo tal como lo había encontrado. Todavía a sus oídos llegaban las bellas melodías que provenían del instrumento y los bailes de gala que solía preparar el anciano, en los que él, todavía muy pequeño aprovechaba para asaltar las mesas preparadas con sabrosos banquetes. Se iba a deshacer de tan preciado objeto pues necesitaba venderlo pronto y utilizar el dinero para enfrentar la crisis económica que en la familia vivían.

Decidió dejar el violín en el ático, al día siguiente lo llevaría a la casa de compra y venta donde de seguro lo cotizarían muy bien y le darían buen dinero. Cerró la portezuela del ático y se fue a dormir. Esa noche hizo más calor que de costumbre y la luna que estaba llena provocó demasiada luz , colándose por los ventanales de la casa. Su esposa seguía dormida, pero él sólo daba vueltas en las sábanas y no lograba conciliar el sueño. Se levantó a tomar agua.

Por los pasillos de la casa, la luz de la luna convertía los objetos en extrañas y difuminadas figuras fantasmagóricas. Él no acostumbraba a prender los bombillos una vez acostado. Al llegar al grifo de la cocina y antes de que decidiera darle vuela a la llave para verter el agua en el vaso, el sonido de una melodiosa , pero a la vez estridente música se metió en sus oídos. Provenía de la parte alta de la casa, del mismo ático que escasas horas atrás había visitado. Asustado soltó de inmediato el vaso que al chocar con el fregadero no se quebró pero derramó el contenido de medio recipiente a llenar. En seguida salió corriendo hasta subir las escaleras, abrió la portezuela y a tientas prendió la lámpara que apenas iluminaba la estancia. El Stradivarius seguía en su lugar, e inmediatamente que abrió la puerta, dejó de sonar la melodía.

La historia se repitió durante siete días. Todas las noches escasamente dormía y al incorporarse la extraña melodía lo aturdía. Era una música que él nunca había oído, melancólica y a la vez estridente. En más de una ocasión despertaba a su esposa para que ella escuchara también la melodía, pero ella lo desmentía diciéndole que no oía nada y se volvía a acurrucar entre las sábanas Se estaba volviendo loco.

Una noche decidió terminar con esta trama así que se aseguró de que todos se hallaran dormidos, esperó a que fuera la una de la madrugada, hora en que la melodía frecuentaba inundar los rincones de la casa y se sentó en la mecedora de la sala a esperar el incidente. Sus ojos se cerraban y abrían de repente ante el menor ruido de la madera al rechinar, o el viento al mover las ramas de encino que durante muchos años permanecía incólume cerca de la barda de amapolas.

De repente y como de costumbre a la precisa hora, la melodía del violín comenzó a provocar la estridencia a la que ya se estaba acostumbrando el insomne. Como una catapulta se levantó inmediato del asiento, dejando la mecedora en un constante balanceo que a la luz de la luna parecía movido por fuerzas sobrenaturales, propias de las películas de terror. Inmediatamente subió las escaleras y respirando cada vez más rápido abrió la portezuela del altillo. Como siempre y a tientas, buscó el interruptor de la luz, sus dedos recorrieron la pared y al tacto logró presionar el rebuscado botón de encendido. Sólo se escuchó el ruido típico al fundirse la resistencia del bombillo, y un destello que dejó la habitación en penumbra, a pesar de que la luna se colaba por la pequeña ventana en forma de rosetón que remataba el techo a dos aguas del ático. Con el miedo en su garganta avanzó a tientas hacia donde se encontraba el violín.

De pronto entre las sombras apareció vestido con harapos un niño rubio y de ojos azules, en su mano derecha llevaba el Stradivarius y en la izquierda el arco de cerda de alazán. Al igual que su abuelo, el niño había muerto a corta edad, pero tuvo la oportunidad de aprender de mano de él algunas melodías sencillas, pero que aún no lograba dominar del todo, de ahí la estridencia en algunos compases. Cuando lo miré observé un rostro triste y suplicante, luego se colocó contra la pared, mirando a un viejo retrato de su abuelo que enmarcado en fino abedul sostenía apenas el vidrio roto que en un tiempo protegió del polvo y la humedad la pintura. De repente detuvo la ejecución del instrumento, y se le quedó mirando fijamente al asombrado visitante, mientras alargaba sus brazos como ofreciéndole entre sus manos el viejo violín. Y como si todo eso fuera un sueño, la habitación se difuminó en una penumbra que cada vez se le alargaba frente a sus ojos.

Se encontró entonces en su cama, abriendo sus ojos lentamente y respirando agitadamente. Como catapultado por un presentimiento aquel quien acababa de vivir tan extraña experiencia, corrió las sábanas y descalzo se dirigió hacia el ático hacia el lugar donde había tenido la visión del niño, debajo de él el Stradivarius permanecía recostado sobre la pared. No estaba seguro si toda esta maraña de acontecimientos sucedieron en realidad o si fue un juego de su imaginación, lo cierto es que algo en su corazón le mostraba que ese día, ni nunca más pensaría en la posibilidad de deshacerse de tan preciada reliquia familiar.


EL SILENCIO DE LA MONTAÑA

Extraño fenómeno es el que los escaladores viven cuando de repente el viento, el sonido de las aves, los grillos y los mismos pies sobre la hierba al pisar, dejan de producir sonido alguno.
Todo queda en calma; hasta los oídos zumban, como cuando con nuestras manos separamos el ruido externo y nos sumergimos en un mar de serenidad.
Pero esa tarde a Rymond el silencio de esa montaña lo aterró. Desde la cumbre comenzó una nube oscura a descender en forma muy extraña, cubriendo la ladera con un frío que le erizó hasta los vellos de sus brazos. El sol se ocultó tras esa cortina, el ocaso dio paso en pocos minutos a una temible noche negra. A kilómetros de distancia, las luces de la ciudad parecían miles de estrellas posadas en el valle. De repente esas luces se apagaron y una grisácea neblina envolvió las azoteas de los edificios. La luna en cuarto menguante asomó por entre el perfil de las colinas . Estaba completamente solo, circundado por un silencio sepulcral, casi de ultratumba, uno que si se extendía unos minutos más, de seguro lo desquiciaría. Él alguna vez había visto en alguna revista científica especializada fotografías de rostros de hombres y mujeres que habían sufrido experiencias terriblemente aterradoras y que murieron con expresiones totalmente deformadas por el fuerte impacto de las impresiones. Rymond no quería morir sólo, con el temor fluyéndole por su garganta y el sudor de su frente resbalándole por el mismo cuerpo. Tenía hijos y esposa y no quería abandonarlos a merced de la vida.
Con el corazón palpitando a mil comenzó a descender la montaña, acelerando el paso cada vez más, sin reparar si las piedras o arbustos se le atravesaban; simplemente las vadeaba o saltaba como un galgo corriendo en una pista tras el conejo. Y el silencio le seguía, ni siquiera sus pasos se escuchaban cuando alguna rama quebraba. Al tiempo de correr y tras el cruce del camino que iba hacia el oeste, una extraña luz que inició siendo como una lejana estrella en el cielo se fue acercado al asustadizo hombre hasta enfocarlo en un solo punto. Sintió que de repente una fuerza sobrenatural lo abducía hacia el cielo mismo. No tuvo tiempo siquiera de luchar, se dejó tragar por las extensiones de la noche, por aquel objeto en forma de plato que giraba a miles de revoluciones por minuto. Mientras iba subiendo su cuerpo se iba transformando en energía pura, sus miembros se iban fraccionando y su rostro se diluía en líquidas partículas que finalmente como un embudo se tragó al infeliz humano. La nave dió un giro hacia el norte y a la velocidad de la luz se volcó hacia el espacio mismo. Un silencio implacable se adueño del lugar para siempre. Nunca más se volvió a escuchar el sonido de las aves, los pequeños mamíferos, el cantar de los grillos y ni siquiera el escurrir del agua por entre los arroyuelos cercanos.
Se dice que a la mañana siguiente los noticieros mencionaron los comentarios de varios testigos que afirmaron observar el avistamiento de varios ovnis en esa región. Detrás de un alto roble un cuerpo sin vida y con un rostro terriblemente lacerado, ojos extremadamente abiertos y una mueca torcida de espanto, fue hallada por un humilde campesino de la región. Desde ese día quienes atraviesan esos parajes no escuchan sonido alguno en el aire.
Algunos creen y otos no en los objetos voladores no identificados pero lo cierto es que el silencio de la montaña quedó como testigo de que algo extraño había sucedió horas atrás.

EL RETRATO

Entró en la galería, contaminado de smog y los ruidos de la calle. Lo hizo por la simple intención de resguardarse del frío de la tarde y para matar los minutos que le separaban del encuentro con su novia. Ya llevaba diez fragmentos del reloj y ella que no aparecía. Quedaron de verse en la esquina de la vieja Galería de Arte, pero él no pudo contener sus deseos de entrar y observar la última colección de unos de los grabadistas de moda y que presentaba sus más recientes obras. Repasó algunas esculturas de otro autor y sin perder tiempo se dirigió al recinto que contenía las obras del artista. Las luces fluorecentes le herían sus ojos, pero aún así hizo el esfuerzo por admirar los retratos. Se trataba de una colección dedicada a la naturaleza. Bellos bosques, marismas y retratos de azuladas montañas, convertían el ambiente en un verdadero paraíso, poco visto en una ciudad que cada vez se le parecía más fría e inhumana. De repente y en un lugar especial le llamó la atención un pequeño cuadro que el autor le llamó con el título de "Ya no". Se trataba de un hombre reposando debajo de un seco árbol sobre una llanura desértica, denotaba el cansancio de los seres humanos y la lucha por sobrevivir en un mundo que se encuentra entre la vida y la muerte por la debacle ecológica. Debajo del mismo una leyenda que no era otra cosa que un fragmento de un libro hacía referencia al cuadro del grabadista. No conocía al poeta pero le pareció interesante leerlo. Luchando con su corta vista y la luz de los reflectores, sus ojos captaron estas palabras:

"Sacude el viento los zarzales
y sin tregua contra el jilguero
levanta sus plumas y le hace detener
su trino.
Convierte las gargantas de los ríos
en sollozos de espanto que en la soledad
del sotobosque me recuerda una melancólica
melodía. Atrapa los sonidos de minúsculos
animales y contra la cárcava estrella sus
murmullos que se confunden con las voces
de los muertos manantiales. Luego todo es
silencio.
No hay viento.
No hay jilguero.
No hay ríos.
No hay bosque.
Todo es yermo.
Es un desierto.
A lo lejos un hombre grita:
¡Aquí hay agua! y se sienta debajo
del único árbol...

Del libro: "Infinito", Nadeo.

No terminó de leer los créditos del poema, cuando una vocecilla detrás de sus orejas lo abstrajo de su lectura. Era su novia que con un fuerte abrazo lo tomó por la cintura y lo obligó a virarse. Después de un apasionado beso lo dos salieron de la galería. Tenían prisa y debían llegar a tiempo a donde se dirigían. Esa tarde en la mente de aquel joven quedaron haciendo eco, la imagen del hombre debajo del árbol y las palabras del poeta desconocido.

miércoles, 9 de mayo de 2012


EL CIEGO

Se encontraba un ciego a orillas de un manantial restregándose los ojos con el agua que manaba del mismo, cuando pasó por ahí un cuidador de ganado, quien se dispuso a darle de beber a las reses.

-"Siempre lo he visto a usted lavarse sus ojos en este lugar", -inrrumpió el cuidador-.
-"¿Cómo?", exclamó sobresaltado el ciego, quien no se había percatado de la presencia de aquel hombre.
- "No se asuste buen hombre, soy el cuidador de ganado. Yo siempre vengo todas las tardes por aquí y en más de una ocasión me quedo silenciosamente observándolo. Me llama la atención encontrarlo siempre restregándose los ojos con el agua de este manantial. ¿Es que acaso tiene alguna sustancia curativa para la vista?. Me he enterado que es ciego."

-"A no señor, -dijo el invidente-. No es que tenga alguna sustancia curativa, yo sólo me lavo la cara y los ojos con el agua, pues como trabajo en una carbonera que queda aquí cerca, me lleno del molesto hollín. ¿Sabe?, es muy molesto, por eso cuando termino mis labores me lo vengo a quitar. Además, soy ciego de nacimiento y sé que nunca podría llegar a ver. De todos modos no me gustaría, pues me he enterado que la historia de la humanidad no es tan bella como lo describen algunos. Figúrese que tengo una hija mayor que me lee siempre el periódico de los domingos. Por cierto que está ya muy caro y ya casi hasta me es imposible pagarlo. Según su versión todo en este mundo anda muy bien. Hay paz en el Medio Oriente, en África el hambre ya se ha erradicado, en América Latina todos los países viven una verdadera democracia, donde no existe las atrocidades de una dictadura y que aquí en nuestro país no se viven hambrunas, ni miseria extrema.

Y continuó en su discurso: ¡Claro!, mi hija no me quiere alarmar, pues siempre guarda la esperanza de que algún día volveré a ver y me hace entender que todo marcha muy bien, que cuando vuelva a ver, brillará un arco iris en el cielo, las nubes estarán más azules que nunca y los campos se llenarán de flores. Una idea muy utópica pero que comprendo, proviene de una alma buena. Ella piensa que cuando Dios me devuelva la vista, ya no habrán niños esqueléticos, ni noticias de guerra en los periódicos; por eso es que en mi casa no hay un radiotransistor, ni mucho menos un televisor. Teme que yo me de cuenta por medio de esos medios, de la tragedia que está viviendo la humanidad del presente. ¡Pobrecita!, la comprendo, ella teme por mi corazón, pues lo tengo algo débil y no me quiere preocupar. Pero no sabe que yo me escapo donde unos vecinos que tienen un televisor y radio, y que además me leen en forma sincera el periódico. Ahí me he dado cuenta de toda la cruda realidad. De las horrorosas guerras, donde los niños son los que más sufren. De la explotación de los más inocentes cuya dignidad queda reducida a la nada. De la injusticia que los gobernantes cometen con sus pueblos y los negocios que hacen con las armas y la salud de la humanidad entera.

No señor, -terminó diciendo el ciego-, no me voy a sanar con esta agua; como ya le dije, soy ciego de nacimiento y sólo un milagro podría devolverme la vista, pero además ni lo deseo. Hay tantas cosas que no quisiera ver, prefiero seguir siendo un simple ciego que oculta lo que por sus oídos escucha.

sábado, 5 de mayo de 2012


EL CANTO DEL YIGÜIRRO
 (CUENTITO INFANTIL)

Revolcando papeles, me encontré con este cuentito que escribí de joven hace ya algunas décadas (por ahí de los ochenta). Me pareció importante rescatarlo porque es el retrato de nuestra ave nacional: el yigüirro, que en su sencillez ha trascendido nuestra identidad como costarricenses pues la encontramos en casi toda nuestra literatura. Es un ave muy difundida en nuestro territorio y siempre nos anuncia que el cambio de estación seca a lluviosa está por venir.
Cada vez que oigo su canto sacude mis recuerdos de infancia cuando solía escucharlo posado en el tendido eléctrico o en la copa de los árboles de mi querida Escuela Naciones Unidas, en Barrio La Cruz.

Así como de sencillo es mi cuento, así de sencilla es esta avecilla. Así como de bello es su canto, así de bella es la dicha de los que lo escuchan...

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"El calor empezaba a sentirse. No había brisa y los pastos estaban secos y amarillos. Del gran estanque que una vez existió sólo quedaban unos pequeños charquitos que únicamente servían para apagar la sed por un instante de las aves más pequeñas.


Sí, el verano había asentado sus raíces en toda la comarca y casi todos los animales habían muerto de sed y de hambre. Eran muchos los que habían intentado hacer llover, pero ninguno de ellos había tenido éxito.


Una tarde, el yigüirro estaba volando muy cerca de los pastizales resecos cuando de pronto vió que un comemaiz yacía en el suelo casi muerto y a merced del abrazador sol. Entonces al ver tal escena agarró a la avecilla de una pata y la colocó en un lugar sombreado y fresco. Después pensó que debía hacer algo para remediar la sequía, asi que rápidamente se posó en la rama más alta de un poró, donde cantó incesantemente una oración. Y su canto lastimero estremeció al cielo mismo. Y el Señor, que todo lo ve mandó la lluvia sobre esa desolada tierra; gracias al corazon noble de aquel sencillo yigüirro.


Es por eso que hasta el día de hoy se escucha en verano el canto del yigüirro, posado en lo alto de un alto poró.

EL ANDEN VACIO

Lo estuvo esperando tres horas y él no llegó. Ya el último tren hacia el Atlántico había partido y con él la última esperanza de huir de las conservadoras costumbres de la época. Había sido entregada en matrimionio a un comerciante extranjero de origen italiano, recién llegado a San José, que pertenecía a una de las familias más adineradas de ese país. Ella de apellido Montealegre, representante de una familia oligarca que había logrado riquezas con base en la siembra y manufactura del café, era considerada una de las más bellas damitas de la sociedad capitalina de 1932, pero ella no deseaba tales nupcias.

Don Marcelo, como se llamaba el italiano, era un hombre demasiado maduro y tosco para las refinadas costumbres de aquella casi mujer de 16 años, la señorita Margarita Montealegre. Ya el corazón de aquella niña pertenecía a José, un joven de escasos 18 años y que había llegado de la región sur del país para trabajar como peón en los cafetales de su adinerado padre. Su origen era humilde, de familia de colonos que a punto de hacha y sudor, voltearon las montañas de San Isidro, abriéndose paso por entre la selva para fundar los primeros poblados de ese inhóspito lugar del país.

Primero comenzó con unas miradas discretas por entre las ramas de café y luego lanzándose el fruto rojo y maduro por entre el sendero de los cafetales, en aquellas tardes soleadas de diciembre, cuando la cosecha invitaba a los recolectores, con sus canastos de mimbre y cabuya a llenar las carretas con cientos de granos.

Una mano rosando la otra y un beso a escondidas detrás de los árboles de poró, fueron el preámbulo para decenas de tardes encontrándose a hurtadillas en cualquiera de las colinas cercanas, plagadas de aquella preciada planta que había dado prestigio y nombre a los Montealegre.

Es por eso que cuando Don Jesús, el padre de Margarita, se sentó una noche a fumar un habano en compañía del italiano y pactado aquel inesperado matrimonio con una taza de café, la esperanza de aquella niña se la llevó el viento alisio que soplaba precisamente en esa época del año.

Inmediatamente que supo la noticia se dirigió a su habitación a llorar desconsoladamente, hasta que los grillos y la luna que alta se encontraba sobre el firmamento la arrullaron en un interminable sueño, interrumpido sólo a las once de la noche por el ulular de la lechuza que acostumbraba a esa hora posarse en los arbustos cercanos. Su canto era triste esta vez, mientras un sentimiento de abandono y abatimiento invadió su roto corazón. Debía hacer algo. Se incorporó a escribir una nota para su amado que al día siguiente mandaría con nana Francisca directamente a sus manos. Lo esperaría en el andén del ferrocarril. Huirían juntos y quizás hasta abordarían un barco que lo llevaría lejos, muy lejos hacia las costas del mismo Mediterraneo, o hacia cualquier isla del Caribe, donde comenzarían una nueva vida.

Pero aquella tarde él no llegó. En circunstancias aún extrañas, el caballo que conducía José se abalanzó contra una cerca, cayendo con todo y jinete. El jóven herido no murió, pero fue conducido en estado muy grave al hospital San Juan de Dios de la capital, donde tuvo una larga y dolorosa recuperación. Se dice que su patrón Don Jesús pagó las costas del internamiento y se aseguró que terminado su estadía en el nosocomio se devolviera a su natal San Isidro; de todos modos ya para ese entonces se le había diagnosticado parálisis en su tronco y piernas, invalidez que arrastraría por el resto de su vida.

Algunas mal intencionadas lenguas, abundantes en la San José de esa época, se atrevieron a decir que Don Jesús convenció al joven de que en tal estado, nadie y mucho menos su hija aceptaría unirse a un un pobre inválido como él, a lo que accedió regresar a sufrir destierro en su natal pueblo, lejos de su amada. Por su parte ella nunca supo las circunstancias por las que él nunca llegó a su encuentro y por las que nunca se le volvió a ver por entre los cafetales. Su padre no quiso dar explicación alguna.

A la pobre Margarita no le quedó más remedio que aceptar un andén vacío, una fría mañana y cientos de hojas secas de higuerón surcar los aires. Diciembre había llegado y con él una partida; la más dolorosa partida que haya sufrido una cándida alma como la suya.

De regreso no le quedó más remedio que aceptar las condiciones de su progenitor. En escasos tres semanas terminó contrayendo nupcias con el rico comerciante italiano.

Todos los lujos que puede dar una vida de abundancia, le fueron otorgadas, pero la felicidad nunca llegó a ella.

Sólo cuando en las tardes frías de verano, aquella triste mujer transitaba cerca de la estación del Atlántico, una lágrima solía caer en el adoquín de aquel andén vacío, lleno a penas por el recuerdo de un amor que nunca fue.
San José, diciembre 14 de 1932.

domingo, 29 de abril de 2012


CAMINO AL CEMENTERIO

Un hombre de blancas barbas, endeble y encorvado por el tiempo bajaba a un cementerio desde la ladera de una colina. Por el camino encontrose clavado en el suelo una vieja cruz de madera, formada con dos leños amarrados por un trozo de tela roída por el viento y el sol. Parecía tratarse de la tumba de un pobre hombre que por fatalidad del destino no pudo llegar a ser enterrado con todos los honores en el campo santo más cercano; que distaba de ahí algunas leguas adelante.

Eran las cinco de la tarde y el viejo se sentía muy cansado. Decidióse descansar sobre una roca muy cómoda que junto a la cruz se encontraba.
¡Pobre infeliz; exclamó, mientras se secaba el sudor de la frente con sus propias manos. ¡Si te hubieras esperado un poco a morir, hoy tendrías tal vez una santa sepultura en aquel cementerio!. ¡Desdichado el hombre que por andar a prisa en esta vida, ni reparar en su muerte puede!.

Y la prisa ¿Por qué se inventó?. ¿Es que acaso con apurar la vida tendremos tiempo para descansar y meditar lo bueno o malo que hemos sido?. Cuanta gente por apurar el paso ha caído sin reparo en el pecado de la indiferencia. Cuantos llenos de prisa ni siquiera fijan su mirada en aquel harapiento que con manos sucias una limosna pide. Cuántos incautos por vivir a prisa pierden el derecho a apreciar lo bello que es la vida y lo mucho que nos brinda el Señor. Si aprendiéramos a detenernos un instante, y dar gracias a Él nuestra existencia tendría tal vez más sentido, seríamos más felices. He visto muchos casos que por andar a prisa, ni un instante tienen los padres para hablar con sus hijos, para jugar con ellos y amarles hasta el cansancio. ¡Qué desdichados somos aquellos que dependemos de las agujas de un reloj y hemos convertido el tiempo en un dios? ¡Y más desdichado eres tú! -señalando la cruz-, que ni siquiera pudiste esperar a morir con todas las honras bajo una tumba de aquel cementerio, muriendo aquí como un pobre animal!.

Y el viejo terminó diciendo: ¡Sólo a Dios Todo Poderoso pido te de la paz eterna que mereces, al fin y al cabo no tienes la culpa; la prisa es un mal que nos ataca a todos y no soy yo quien tiene que juzgarte. Me voy, pues hablando de prisa, tengo que llegar al cementerio antes de que empiece a llover, quizá mañana venga de nuevo a hablar contigo, por ahora Márgaret me espera.

Y el anciano, con paso cansado continuó su camino, mientras sus manos temblorosas cortaban las flores que a su paso encontraba.

17 de julio de 1985

ANTE EL PELIGRO

Aquellos niños agarraditos de la mano cruzaban el puente con aquel miedo que sólo da una noche de tormenta y rayería. Los tablones rotos les provocaba retrocederse para luego a punto de templanza y motivados más por alcanzar la otra orilla que por el simple hecho de sobrevivir, sus pasos los llevaron entre dudas por seguir o quedarse quietecitos en espera de que alguna fuerza celestial llegara en su auxilio. La noche era negra y los relámpagos iluminaban el horizonte tras una borrasca que movía más el puente. Casi se adivinaba escuchar lo que el de pantaloncillos cortos decía a su hermana de bellos cabellos dorados, "¿Dónde estará mamá?". "Mejor habría sido no salir de casa". "Hermana tengo frío", "Y yo hambre..."
¿Qué iban hacer esos niños ahora que estaban perdidos en medio del bosque? .

De repente fijo mi mirada sobre aquella figura etérea, divina, que como queriendo abrazar a los infantes, detrás de ellos los protege de caer al vacío en aquel profundo cañón de río que se yergue debajo de aquel destartalado puente. Luego le doy vuelta a la estampita y una leyenda me recuerda una vieja oración de mi infancia: "Angel de la Guarda, Dulce compañía..."

jueves, 26 de abril de 2012


RECONOCIENDO SU IMPORTANCIA

Un día un árbol de navidad decidió quitarse los adornos que le colgaban de sus ramas. Según él le pesaban mucho y lo hacían verse ridículo. Que campanitas doradas, esferas multicolores y luces que le mareaban de tanto parpadeo, que guirnaldas plateadas y bastones simulando dulces en sus puntas y para colmo una gran estrella dorada rematando su testa. Cuando logró liberarse de tal suplicio se sintió árbol libre de bosque. Pero de repente cuando se miró solo, sin aquellos guindajos en la amplia sala de aquella casa se sintió desnudo y definitivamente pensó que a veces un poquito de abalorios por aquí y maquillaje por acá son necesarios en alguna ocasiones para ponerse a tono con la moda y las costumbres de aquella época tan esperada por los niños. Ese es el sacrificio de la fama y la gloria. Si hay objeto más representativo de la navidad, son los árboles de navidad y según él no era la excepción.

miércoles, 25 de abril de 2012


MAÑANA DE NAVIDAD

Con la felicidad colgando de sus alas, aquellos niños solían vestirse de ángeles en las mañanas de navidad para realizar su acostumbrada caminata campestre, subir las colinas cercanas y recoger frutillas que luego en tejidos cestos de mimbre llevaban a su hacendosa madre, quien se esforzaba por colocar la húmeda leña dentro de la vieja cocina de metal forjado. Ese día el desayuno sería abundante; panecillos horneados, huevos con jamón, galletitas de jengibre y un humeante café que cortaba la atmósfera con el vapor que se condensaba por entre el frío aire de esa mañana. Con las frutillas recolectadas haría un hermoso pastel, que más tarde sería la delicia de todos en aquella familia.

Daba gusto mirar el rostro iluminado de los niños al encontrar ocultos entre las hierbas y zarzales, decenas de púrpuras esferillas que la obra del Creador les entregaba a manos llenas.

Vistos de desde la base de esos collados y resplandecientes al sol aquellos infantes me recordaron la ancestral noche fría en que unos pastores fueron visitados por seres celestiales cantando glorias al que en la afueras de los muros de Jerusalém, en la pequeña ciudad de Belén nacería en un humilde establo cobijado apenas por un mullido heno, el que cambiaría la historia de la humanidad, el Emanuel, el "Dios con nosotros".

LUCES EN LOS CIPRESALES

Sobre las alturas de aquel húmedo bosque una neblina comenzaba a disiparse y a mostrar las estructuras conocidas del ciprés, con sus tupidas y minúsculas hojas siempre verdes y sus pequeñas piñuelas redondas, que al secarse sueltan al viento las simientes que pronto caerán al suelo; perpetuando la vida de aquellos hermosos árboles, cuyo olor tan particularmente propio de las navidades, inunda las narices de cuantos pasaban por el lugar.

Se dice que desde 1950, en aquellos parajes remotos de las montañas de Heredia, cada inicio de diciembre una miriada de luces surcaban los cielos y se posaban sobre las ramas de esos retorcidos árboles cuyos troncos sinuosos se modelaron a lo largo de los años por el vaiven del viento.

Algunos afirman que eran miles de luciérnagas que migraban desde las partes bajas del país y se colocaban sobre las copas creando un verdadero espectáculo de luces, cientos de árboles de navidad iluminados por la mano divina de Dios. Otros han querido dar explicaciones sobrenaturales que redundaban en pequeñas naves espaciales y hasta estrellas que caían del cielo.

Lo cierto es que Francisco un viejo ermitaño del lugar quiso hacer negocio del fenómeno instalando una pequeña posada para recibir a cuanto peregrino deseara ver de cerca el evento. El hostal iba muy bien, pues llegaban familias enteras a pernoctar en las noches frías solo para observar las extrañas luces posarse sobre los cipresales.

Resulta ser que para diciembre de 2007 y 2008, las luciérnagas que llegaron al lugar fueron disminuyendo en cantidad y luminiscencia, así que su negocio comenzó a declinar, al punto que prácticamente tuvo que cerrar sus puertas.

Decidido a emprender una nueva forma de vida, empacó sus pocas pertenencias y enrumbó su camino hacia la ciudad. Esa noche, con el frío a sus espaldas y sus esperanzas rotas, comenzó a descender las altas montañas. Llevaba en su mente la preocupación de qué iba a ser de su vida.

Al bordear un pequeño riachuelo y adentrarse en un campo de fresas silvestres observó a lo lejos una luz en la ventana de una vieja cabaña. Al acercarse notó que se trataba precisamente de un árbol de ciprés iluminado por una extensión de luces todas blanquecinas que se prendían y apagaban al mismo tiempo. Ignorando lo visto detrás de esa ventana, el viajero continuó su camino, hasta que en una alameda de esos centenarios bosques se detuvo de repente, movido por una idea que le asaltó de repente en su cabeza. Rápidamente corrió, sino es que saltó lo más que pudo entre matorrales y caminos empedrados. Quería llegar lo más pronto hacia la ciudad.

Al encontrarse muy cerca de la base de la montaña, una sensación de euforia le inundó, que mezclado con la fría brisa de esa noche le hizo dibujar una sonrisa en su rostro. Algo celestial se había adueñado de él. Ahora le devolvería a su gente la esperanza que habían perdido. Finalmente al llegar al principal almacén de la ciudad comenzó a buscar entre los artículos de ferretería cientos de extensiones de luces navideñas, todas de colores blanquecinas. Las compró y se cercioró de agregar más clables eléctricos y suficientes enchufes y tomacorrientes. Con dicha carga y el poco dinero que le quedaba arrendó un auto y se dispuso a emprender su viaje de regreso a sus adoradas montañas.

Inmediatamente que llegó comenzó a crear una larga tira de bombillitos luminiscentes que fué colocando a lo largo de cientos de metros sobre las copas de los árboles de ciprés. El viento arreciaba a esas horas de la noche, pero Francisco no dejaba de trabajar en su empeño de devolver la luz a esas soledades. Tardó cuatro día y cuatro noches en esa dificultosa tarea.

En el último de esos días, cuando los primeros rayos de sol se interpusieron a la oscuridad, todo aquel bello bosque en las cumbres de aquellas montañas se encontraron cubiertos de bombillitos que con la presencia de díal brillaban a contraluz.

Para cerciorarse de que funcionaban, en las noches iba haciendo ensayos por secciones hasta que finalmente lo logró. Después pensó que para simular las luciérnagas revoloteando por los aires, quemaría leña, y con el viento las chispas se disgregarían por doquier, proporcionando un ambiente de regocijo y paz. Ya la gente no llegaría a observar el fenómeno natural de la llegada de las luciérnagas, pero al menos vería otro espectáculo maravilloso, no sólo un árbol de navidad iluminado, sino cientos de ellos rodeando las colinas y bajando hasta el mismo valle. A partir de ese momento, el hotel se volvió a llenar y durante todas las noches de aquella y otras navidades siguientes, cientos de curiosos se agruparon sobre la fría hierba a contemplar los bosques de ciprés iluminados. No se si será cierta esta historia, lo que sé es que Francisco con su ingenio devolvió la alegría a esas montañas...y de paso hizo negocio.


GUAYABAS AL SOL

Aquel niño tuvo la maravillosa idea de decorar aquel árbol de guayabas. Lo había descubierto al subir aquella colina repleta de basura. Desde pequeño había vivido rodeado de cajas de cartón, restos de comida, botellas plásticas y cientos de desechos que los humanos tendemos a deshacernos y que a algún lugar van a parar.     Esos lugares en que una miríada de familias acostumbran a separar lo servible de lo inservible y que a costa de años logran acumular algo de dinero para transformar sus miserables vidas, en el que en alguna olvidada esquina del tiempo, el alcohol, las drogas y una eterna pobreza los integran también al resto de la basura, convirtiéndolos en desechos mismos de la sociedad.

Llegaban los vientos alisios del norte ese año más fríos que de costumbre, pero en las viejas casuchas alrededor del botadero, el humo de las chimeneas se doblaba hacia el sur. Como siempre los alimentos eran frugales y no habrían regalos esa navidad, mucho menos un arbolito que decorar. Pero esa tarde, aquel niño quiso regalar a toda su familia y a la comunidad entera un hermoso regalo.

Inmediatamente se dio a la tarea de recolectar botellas plásticas, y cajas de cartón. Con algunos tarros de pintura que había recolectado del mismo botadero pintó de verde, rojo , azul y dorado las cajas y botellas. Con algunos abalorios y listones que pudo extraer de una descuidada caja que algún sastre mandó al estañón de la basura, decoró bellamente los adornos recién hechos.

Siguiendo su ejemplo, los demás niños de esa pobre y olvidada comunidad comenzaron a recolectar cuantos desechos sirvieran para formar los hermosos adornos navideños.

El crepúsculo los encontró sobre aquella desolada colina llena de basura colgando aquellos accesorios sobre las ramas de aquel guayabo que extendía sus ramas a las primeras estrellas que asomaban sobre la bóveda celeste.

Como nunca habían trabajado en equipo para realizar una obra tan maravillosa. Todos estaban orgullosos de la labor concluida, aunque lamentaban no poder iluminar el árbol, pues no contaban con extensiones de luces navideñas y de todas maneras las pocas que habían encontrado entre las montañas de basura estaban inservibles, y además, ¿de dónde tomarían la electricidad que ni siquiera tenían?.

Lo cierto es que esa noche todos los niños de la comunidad durmieron plácidamente hasta el otro día, hasta la mañana de navidad, despertados únicamente por una multitud que se aglomeró frente a aquel hermoso árbol de guayaba cuyas figurillas de cartón de caja y botellas colgaban de las frondosas ramas, pero sobre todo ante el asombro de la gente al mirar el regalo que en recompensa por los bellos adornos puestos , la naturaleza les entregaba a la vista, decenas de hermosas guayabas maduras que de la noche a la mañana brotaron y que a la luz del sol brillaron como lucecitas mismas de navidad. Ese día fue de fiesta para toda esa comunidad

FLOR DE NOCHE BUENA

Las gotas de rocío se condensaron sobre las hojas de los arrayanes cercanos, esperando a que la luna apareciera sobre las peñas que obstaculizaban el difícil ascenso.

El cierzo comenzó a colarse por entre las mantas que apenas tapaban su debilitado cuerpo. Padecía de lupus pero eso no le sería impedimento para escalar aquellos remotos parajes en busca de la Flor de Noche Buena, aquella que entre breñales crecía rebosante y en abundancia, conocida también como la Flor de Navidad.

Sus pies descalzos sentían la humedad atrapada de los musgos, así como las incómodas espinas de los zarzales cercanos, pero eso no resultaba más tedioso que la debilidad padecida de su enfermedad, la que por muchos años le había impedido realizar una vida normal.

La luna estaba ahora más alta, pegada al cortinaje azul de la noche y el viento golpeaba cada vez más fuerte, como un puño certero sobre su rostro. Se detuvo por un instante a inhalar el aire frío, para sentir luego que aún estaba viva, mientras su corazón buscaba la forma de expandir sus paredes lo más que pudiera para dejar pasar la sangre caliente que se dispersaría una vez más a lo largo de su cansado cuerpo.

Las pupilas de aquel perfilado rostro se dilataron al pasar por un bosquecillo de encinos para así lograr atrapar la escasa luz de la luna que se diluía por entre las ramas y que se perdían en la oquedad de la noche.

Al virar en el último recoveco de aquella colina observó a su izquierda las diminutas luces de una ciudad que se le antojaba cada vez más inhumana, aquella que había dejado ya horas atrás. Le parecían ahora esos puntos brillantes, pequeñas luciérnagas pintadas sobre un lienzo negro de un impresionista pintor.

Sólo faltaban unos cuantos metros para alcanzar la cumbre de ese inhóspito lugar y así observar el milagro que se avecinaba ante sus maravillados ojos.

Sus pies maltratados ya por tan escabrosa caminata la llevaron por último a colocarse frente a la pradera saturada de la más hermosa e intensa armonía de rojos de diversas tonalidades que la luz de una luna llena pudiera mostrar.

No era necesario que fuera de día para que los rayos de sol iluminaran tal espectáculo. La nocturnidad se encargaba todos los años de brindar tan hermoso regalo. Y es que a medianoche de todo los días de diciembre de todos los años, un milagro bajaba del cielo y cubría aquel pequeño valle enclavado entre colinas. Las diáfanas gotas de rocío combinadas con el intenso escarlata de las Flores de Noche Buena a contraluz de la luna, hacían valer la pena tan infranqueable ascenso. El sólo ver aquel paisaje rompía con todo esquema humano, con la cotidianidad que significa vivir rodeada del llamado "Progreso".

Ahí estaba ella, sola con aquel milagro ante sus ojos, respirando el frío aire de la montaña, con su enfermedad a cuestas, sus ropas húmedas y la dicha de una paz interior nunca experimentada, colgando de una lágrima.