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martes, 8 de enero de 2013



EL COLECCIONISTA DE RECUERDOS

Qué es la vida sino un cúmulo de recuerdos acumulados  en nuestra mente.  A veces se nos presentan coherentes y secuenciales, a veces fraccionados y sin sentido.
Un objeto o evento puede desencadenar la salida a la luz de nuestros más recónditas evocaciones, incluso un olor particular nos puede conducir a un preciso momento de muestra infancia quizás a los primeros días en que ingresamos a la escuela o en nuestra adolescencia a los brazos mullidos de nuestro primer amor, aquel de “mariposas en el estómago”  En fin los seres humanos reelaboran constantemente su existencia a partir de las  experiencias vividas durante años, de coleccionar recuerdos para luego revivirlos algunos sólo en la mente, otros en el papel o en las pantallas de las computadoras. 
Los recuerdos se convierte entonces en la sustancia de la que se nutren los escritores…
¡Soy uno de ellos!…
Un coleccionista de recuerdos...



LA MONEDA


Me incliné a recoger la moneda que se me había caído de mi roído pantalón y entonces me di cuenta de que entre las piedras aún crecen dientes de león, apasotes y hojas de llantén, de aquellas que en mi infancia acostumbraba arrancar para  hacer según yo empanaditas machacadas con mis manos.
Al incorporarme de nuevo  el viento de la tarde me  hizo cerrar por un instante mis ojos y entonces divisé al ave de alas negras sobre mis cafetales que ya no están y a lo lejos las verdes montañas cuajadas de frondosas copas de malinche.
Ahora de nuevo abro mis ojos, molesto por una partícula de polvo que me hace lagrimar.  Me veo entonces derramando mi primer llanto por la niña que me había abandonado en medio del patio de mi escuela.
Me seco la cara y mientras espero el autobús me recuesto en un poste de luz, entonces revolotean en mi mente los viejos bombillos de campana que iluminaban mi antiguo barrio, de incendios constantes en casas de madera, de confites gratis en la pulpería de Don Juan; de rayuelas en la acera y cuerdas en movimiento en espera de que pequeños pies se atrevan a saltarlas.  De un beso a escondidas en el portal de alguna vivienda y santos en andas en Semana Santa, de molinos de maíz en la madrugada y cometas de bambú en las plazas

Busco en mi bolsillo la moneda para completar el pasaje.  Me doy cuenta de que me faltan cincuenta colones y reconozco que era la moneda que se me había caído; la que escasos minutos atrás sacudió estos breves  recuerdos, como una instantánea en mi mente.
Abordo el autobús…


CRISTALES DE VIENTO


Ayer entró el viento en las rendijas de mi puerta y con él el sonido de la lluvia  Llovía y cada gota golpeaba mis oídos y se acunaba en mi corazón que de sobresalto se aceleraba cada vez más.  Recordé entonces las interminables tardes frías de mis inviernos de infancia sentado en algún pupitre de mi escuela, mientras mi maestra se esmeraba a enseñarme a leer y a mejorar año a año mi torpe caligrafía y mi rudimentaria ortografía.  Recuerdo aquella lluvia horadar surcos sobre el amarillo césped del amplio patio, imposible de pisar por el agua empozada  a cada palmo del terreno.  Recuerdo la lluvia empañar todas las ventanas que a lo largo de mi existencia fueron cristales de viento que se interponían entre mis ojos y la realidad tangible.  Ventanas de escuela, parabrisas de autos, ventanales de autobuses, vidrieras de tiendas, espejos colgando en alguna de las paredes, ventanas de hogares que ya ni están, lentes en mi cara.   Pareciera que la vida se enmarca mejor detrás de algún cristal, se controla y reduce nuestro planeta en el transparente límite de aquella invención de cristales fundidos.  Detrás de las ventanas  nuestro mundo se rehace minuto a minuto mientras apenas somos espectadores, a veces pasivos,  a veces activos
Detrás de las ventanas escucho aún el sonido de  voces lejanas que me conducen a mis primeros años de vida…


SOMBRAS EN LA PARED


Me introduzco en la penumbra de la habitación con solo el objeto de mirar flamear la vela sobre el recipiente plástico que al final de su existencia terminaba por derretirse.  Me encantaba quedarme estático en la oscuridad,  hipnotizado por la roja llama que si no fuera por la briza que salía de las rendijas de las paredes de madera o mi aliento, apenas se movía. Me encantaba también el místico olor a cera fundida que manaba de ellas que era como un incienso que me conectaba con el mundo espiritual. Sólo cuando soplaba adrede sobre ella,  sombras se proyectaban en particular vaivén en el cielo raso y el entablillado de aquella habitación. Mi madre acostumbraba encender una velita cada vez que mi padre se ausentaba algunos días o semanas o la enfermedad se apropiaba de mi hogar.  Recuerdo estampitas de santos y un Sagrado Corazón de Jesús iluminarse apenas por la flama de esas velitas, colocadas como dije a veces en  pequeños frasquitos plásticos, y en otras sobre la superficie del agua, flotando sobre una capa de aceite. Lo que sé es que en la nostalgia que significa recordar esa escena, mi corazón se estremece aún en mi vida de adulto por la luz de cualquier vela, pues siempre significó para mí una necesidad que urgía solventarse y una súplica al mismo cielo por la seguridad y salud de alguien en la familia.




PÁJAROS LEJANOS

Miro aquella mancha roja en las ramas del limonero, lo veo a lo lejos e intento acercarme furtivo.   Quizás el sonido de mis pies me delatan y el cardenal sale huyendo.  Miro la paloma mimetizándose sobre la gris cornisa del edificio,  sólo el rojo rubí de sus ojos me recuerdan que está vivo.  Alas negras en lontananza flotando sobre la amarilla tarde me sorprenden  más allá de las ventanas del autobús, mientras un gavilán sobre alguna plaza levita en busca de su presa.  Comemaíces en el suelo, picoteando la hierba fresca en tardes de invierno, son compañeros de siempre cuando transito la ciudad.  Azulejos se cruzan en constante algarabía en mi campo visual entre los parques  y el bosque y el sonido de jilgueros colgando de alguna jaula me recuerdan que ando preso entre los humanos.  Llega entonces la noche y sobre los caminos, olvidados, el ululante sonido del autillo se pega a mis oídos sin dejarme dormir.   No será hasta que el lejano sonido de algún gallo me anuncia una nueva  mañana …
Aves flotando en mi cabeza, sonidos lejanos, sonidos actuales, que aún me sorprenden, colores intensos surcando los aires; verde profundo confundiendo las  hojas, todos ellos coloreando la vida, haciéndola más afable.
“Pájaros lejanos
Como lejanos recuerdos
Que aún siguen viviendo
Arrullando  mis versos”.




Sobre aquel cementerio de fierros viejos mis pies anduvieron en equilibrio sorteando maltrechas máquinas agrícolas  y refacciones  de autos.  Me adentré en el esqueleto de una vieja camioneta abandonada y  me senté frente al volante para imitar que andaba en media carretera conduciéndola a alta velocidad.  Al lado de un montículo de electrodomésticos en desuso dejé mi bicicleta junto a  la de mi amigo Antonio, mientras nos divertíamos ambos tratando de acertar puntería contra una pila de botellas de vidrio vacías. 
Fue cuando íbamos por la décima botella quebrada cuando recibimos una epifanía del cielo de esas ideas locas de juventud que según nosotros iba a sacarnos de la pobreza.  Decidimos recolectar botellas de vidrio vacías para luego irlas a entregar a un centro de acopio que quedaba un tanto lejos de nuestras respectivas viviendas pero que en bicicleta, seguro la ruta se acortaba.  Lo cierto es que en los siguientes días nos adentramos por cuanto lote baldío veíamos y recolectamos entre los vecinos las ansiadas botellas de refrescos y licor, en espera de que nos dieran buena cantidad de dinero por ellas. 
Recuerdo llenarnos de purrujas, unos pequeños insectos que pican como el demonio y plantas de ortiga provocarnos salpullido por todo el cuerpo cada vez que entrábamos a los terrenos abandonados; además de decenas de vecinos cerrarnos las puertas en las narices con la insolencia de aquellos que no quieren ser molestados por jóvenes insistentes como nosotros.
Lo cierto es que después de dos días de recolección logramos llenar un bolsón con aproximadamente cincuenta botellas.  Mi bicicleta estaba maltrecha para utilizarla, así que decidimos amarrar a como pudimos,  las botellas en el respaldo de la bicicleta de mi amigo.
 Y ahí montados en medio de aquel saco de redomas, mi escuálida figura de entonces y mi amigo Antonio, nos fuimos contentos al centro de acopio según nosotros a recibir la gran fortuna esperada.
 Atravesamos medio barrio y antes de llegar a la intersección de la carretera, mi muy querido y aguzado compañero de aventuras se le ocurrió la “genial idea” de pasar frente a la casa de una amiga y admiradora suya; Katia,  con el fin de “pavonearse” y demostrarle sus dotes de ciclista y ahora nuevo “hombre de negocios”.  En el preciso instante que pasábamos por su casa, ella iba saliendo y como si fuera película de Hollywood y el destino se confabulara en contra nuestra, el conductor de la bicicleta, quien no era más que mi estimado Antonio,  dio un mal giro y con todo y botellas fuimos a parar al suelo.  Se pueden imaginar mis lectores que más de la mitad de ellas se quebraron y otras tantas fueron a parar a los caños cercanos.
Esa tarde solo se escuchó en aquella calle la risa burlona y a la vez tímida de aquella bella chiquilla, y el murmullo entre dientes entre Antonio y yo quienes de un salto nos levantamos y comenzamos de prisa a recoger las desventuradas botellas que habían sobrevivido al percance, mientras suplicábamos al mismo cielo nos tragara la tierra. 
Como han de suponer, ese día solo recibimos unas cuantas monedas por aquella mercadería y decidimos humillados disolver la sociedad hasta nuevo aviso. 
¿La moraleja que me dejó esta historia?
Definitivamente hay una máxima universal:
“No hay que mezclar los negocios con el placer… mucho menos con el amor” 
¡Ah,  y la próxima vez me conduzco en mi propio medio de transporte!




viernes, 18 de mayo de 2012

HISTORIAS DE VIDA Y MUERTE
                                               (LIBRO)

PROLOGO:  A traves de estos cinco relatos cortos, pretendo presentar la cotidianidad que significa vivir o morir; al fin y al cabo, las historias humanas se irvanan entre esos dos ejes.  Todos somos de la vida, todos somos de la muerte...



LA MANO EXTENDIDA: (Vida) Extendió la mano como esperando que la gente depositara puñados de aliento en su palma. No esperaba dinero, nada más sentir el calor de una mano fraterna entregando parte de sí, sin importar si unos cuantos centavos o algún billete que sobrase de los bolsillos de una caritativa alma supliera la necesidad de sentirse acompañado.
Esa tarde llovió y la mano seguía extendida, aguardando una respuesta, vislumbrando una pregunta ¿hasta cuándo?.
Y la respuesta siguió esperando. Nadie se atrevía colmar esa mano con el calor de una caricia, mucho menos proporcionar el frío metal, tan frío como la ciudad que servía de marco a la escena. Las calles se inundaron de gente que aprisa buscaba refugio en los aleros de los edificios, mientras como hongos de colores se llenaban de sombrillas las avenidas para guarecerse del temporal. Esta vez, la mano del mendigo se ocultó entre los pliegues de su abrigo buscando la manera de guardar calor. Ya no pedía nada, se había resignado a olvidar que era alguien, sólo quería confundirse con las paredes , el asfalto de la calle y el humo de los autos, para no creer que existía y simplemente resignarse a ser como las cornisas de los edificios, que no tenían alma y eran simples estructuras inanimadas que no sentía ni vivían. Era más fácil pensar así.
Es tarde, a lo lejos se escucharon los últimos truenos y de la ventana de una nube descendió un rayo de luz que iluminó la convulsa ciudad, la lluvia había cesado y apenas goteaba de las hojas de la vieja araucaria del parque unos cuantos chorrillos de agua. De nuevo la tímida mano se extendió como pétalos al sol después de una lluviecilla de mayo. Nadie entregó una moneda, nadie ofreció su calor, sólo el rayo que provenía del cielo iluminó la ennegrecida palma mientras que en un gesto de asombro los ojos del anciano mendigo se llenaron de lágrimas . Esa tarde ya no sintió frío.



EL ACCIDENTE
(Muerte)

De repente se detuvo el tráfico y las calles se llenaron de sonidos de ambulancias y radiopatrullas. Los pasajeros del autobús exigían al chofer la devolución de sus pasajes, mientras lanzaban improperios a los causantes de su demora, muchos de ellos llegarían tarde a sus lugares de trabajo. Era un caos, algunos niños de pecho comenzaron a llorar mientras las madres buscaban presurosas chupetas y chupones para acallar sus gritos. Algunos asomaban sus cabezas por entre las ventanas y en sus morbosas mentes ansiaban ver la sangre correr por entre las alcantarillas y distinguir miembros mutilados por todo el asfalto, con la decepción de encontrarse con la escena de una mujer atropellada quien murió en el acto sólo por el certero golpe de un automóvil que venía a alta velocidad, pero que no presentaba lesiones visibles. Llegó entonces el ángel de la muerte quien se le vio no con el tradicional traje oscuro, sino de blanco y con unas elegantes alas transparentes. Al menos así lo percibieron algunos transeúntes. Se dirigió en forma reverente al cuerpo de la recién fallecida y la tomó delicadamente entre sus brazos, extrajo de ella su último aliento y lo depositó cuidadosamente en una hermosa urna de oro rematada con pedrería de diamantes. Antes de remontar vuelo y llevarse consigo el alma de la desdichada mujer se subió al autobús y preguntó : ¿Alguno de ustedes bajó a socorrerla?. El murmullo y los insultos hacia el chofer y los policías de tránsito fueron la única respuesta.



MATERNIDAD
(Vida)

En la cama de un hospital una mujer recientemente dio a luz el hijo que pudo no haber nacido. Mira entonces desde su ventana y se da cuenta de la verdad que acababa de descubrir...

La sala de maternidad se llenó de un ambiente de alegría, aquella mujer que llevaba ya catorce horas de labor de parto logró finalmente dar a luz a un bello bebé de escasas cuatro libras. Después de haberlo limpiado y dado los primeros auxilios para enfrentarlo a la frialdad de esta vida, la enfermera lo depositó en los cálidos pechos de la madre para que en fallidos intentos lograra extraer el líquido vital que le permitiera alcanzar el peso necesario para salir de la zona de mortandad infantil. Más tranquila y con la dicha de tener entre sus brazos a su pequeño hijo, María recordó la fatídica escena, cuando su pareja en un arrebato de cólera le pegó por haberse negado a abortar la criatura que ya llevaba cuatro semanas en su vientre y ella estuvo a punto de hacerlo al tomar unas pastillas que casi desgarra el saco amniótico y destroza al bebé. Para dicha del mundo la criatura fue rescatada a tiempo por los paramédicos
Después de haber absorbido unos pequeños tragos de calostro le arrebataron el bebé a María para mantenerlo en observación. Ella quedó rendida por las largas horas de lucha tratando de parir la criatura. La noche la sorprendió con la ventana del salón abierta permitiendo que una tenue brisa refrescara su sudorosa frente. Se dispuso a descansar y antes de que sus párpados se cerraran observó sobre el tejado del edificio de al lado la hermosa silueta de una gata que a contraluz de la luna era acompañada por tres pequeños felinos. Esa noche se sintió por primera vez una madre.


EL ENTIERRO
(Muerte)

La ventaja de ser niños es que sin importar lo trágico de la vida, todo lo olvidan fácilmente. Si hubieran sabido esa tarde quién los espiaba , no olvidarían tan fácilmente ese incidente...

Hicieron una caravana con ramos de violetas, margaritas y geranios que en actitud de reverencia portaban entre sus manos. Caminaban despacio y uno de ellos llevaba el féretro, que no era más que una vieja caja de zapatos con algodón adentro. Contenía un pajarillo muerto que aún la corrupción no le había afectado; no presentaba mal olor y sus plumas seguían siendo brillantes. Antes de bordear las bancas de madera y adentrarse por la barda de cipreses pasaron por el cobertizo para sacar la pequeña pala con que cavarían la fosa.

Su papá les había regalado el pajarillo con el fin de colmar la casa con los sonidos mañaneros de esta canora criatura, y ahora por problemas de envenenamiento, la infortunada avecilla estaba a punto de ser enterrada en el patio a los pies del viejo Roble. Los inocentes niños se detuvieron frente al árbol y cavando un hoyo que casi rompe una de sus gruesas raíces enterraron la vieja caja de zapatos con todo y ave, luego de depositar suficiente tierra en el hueco y finalmente colocar una cruz hecha con ramas secas. Terminada las honras fúnebres y después de haberse arrodillado frente a la tumba a rezar por el alma del difunto, los hermanos Sequeira se alejaron de prisa del lugar a entretenerse como siempre con sus juegos preferidos. Fácilmente borraron de su memoria el incidente y volvieron a la rutina de ser niños esas criaturas que rápidamente olvidan la tristeza y no consideran la muerte un problema para seguir viviendo, No sospechaban que su padre desde la cama de su dormitorio los observaba en actitud silenciosa. Acababa escasas tres horas de volver de la clínica donde se le había diagnosticado un cancer terminal.

LA HORA CRUCIAL
(Vida)

Tirado en una trinchera, en la hora crucial de su muerte, un rayo de esperanza le acompaño y le provocó una última sonrisa...

El cabo yacía agonizante entre los charcos de aquella trinchera que tanto protegió su vida durante los últimos dos meses. De su pecho salían a borbollones ríos de sangre que se confundían con los colores del crepúsculo de esa nefasta tarde. A lo lejos se oían morteros expedir sus municiones al aire mientras el ruido de metrallas ensordecía el campo. Entre la bruma y la pólvora que llenaba la atmósfera con su particular olor acre apareció la figura del soldado compañero que presuroso se lanzó sobre el cuerpo del herido tratando con sus propias manos de detener la hemorragia, sin lograr nada. Inevitablemente estaba muriendo. El solado amigo, en un intento de darle ánimo comenzó una plática sin sentido ni tema especial, divagando entre los recuerdos de infancia, la promesa de jugar de nuevo póker cuando se recuperara y volver a escalar juntos los montes y serranías de su natal población. De repente recordó el único medio que podría confortar a su ya casi difunto amigo, leerle la carta que escasas horas atrás había recibido de su comandante y que por órdenes del mismo le exigía guardar en el más hermético sigilo para evitar que su mente divagara en esa hora crucial de la batalla.
Rápidamente la sacó de su bolsillo y comenzó de prisa a leérsela. Cuando ya faltaban las últimas líneas que así versaban :
..."mi amor espero tenerte de nuevo a mi lado para presentarte a tu hijo que llevo en mis entrañas"., una lluvia ligera comenzó a bajar de entre las bajas colinas circundantes. A esa hora el cabo murió. Su rostro estaba lleno de sangre y lodo, pero detrás de esa mugre se asomaba una leve sonrisa.

Segunda batalla del Marne, verano de 1918.




lunes, 2 de abril de 2012

HISTORIAS EXTRAÑAS DE OBJETOS INSERVIBLES

PRÓLOGO El azar siempre se adueña de nuestras vidas y muchas veces estamos a merced de nuestras propias construcciones. Cuántos accidentes han sucedido porque un simple tornillo aflojó una unión y el fuselaje de un avión se desprendió, o por accidente las ruedas de un auto se pincharon, provocando la muerte de sus ocupantes. Pero también al fallar algún objeto, el destino pudo perdonarle la muerte a alguien o simplemente cambió el curso de la historia. Lo cierto es que en este pequeño libro el lector encontrará una serie de historias de objetos que por alguna razón fallaron y que hacen de la cotidianidad un abanico de posibilidades de VIDA, MUERTE o simplemente CAMBIO... Espero guste sobre todo a los que por primera vez leen estos relatos.
El autor.

EL HIDRANTE
El hidrante permanecía feliz empotrado en el suelo, como si nada sucediera. Pasaban los días, meses y años y para él todo seguía igual, nada cambiaba. Algún niño descuidado con sus manos embarradas de helado cubría su superficie de dulce, hasta que la lluvia finalmente lo limpiaba. Los perros del barrio hacían con él lo que todos los perros del mundo acostumbran hacer.

Uno que otro vándalo se atrevía incluso dibujarle ojos y boca con pintura blanca, para que pareciera más humano, se diría más chistoso.
Todo era rutina para ese hidrantre de la esquina norte de aquel populoso barrio, pero él se sentía orgulloso, sabía que estaba ahí con un propósito, tenía una misión que cumplir.

Una noche, al filo de las doce, la tranquilidad del lugar fue interrumpida por el ulular de luces rojas y amarillas y el sonido de sirenas que anunciaban un gran incendio estructural en uno de los almacenes más grandes de la zona. Rápidamente una muchedumbre se aglomeró alrededor del edificio en llamas, mientras los bomberos hacían lo imposible por evitar que el fuego se extendiera a las viviendas aledañas. Los funcionarios hicieron uso de las reservas de agua de los grandes contenedores que almacenaban el líquido en sus relucientes camiones, hasta que terminó por acabarse la última gota. Era el momento que tanto esperaba el hidrante de esta historia para demostrar de qué estaba hecho.

apagafuegos le colocaban. Cuando se esperaba que el agua surgiera a borbollones de la esperada tubería, el hecho no sucedió; por el contrario, unas cuantas gotas como lágrimas de llanto asomaron apenas al final de la larga manguera que no sirvió en esa ocasión para acabar con el macabro siniestro. Todo el edificio fue devorado por las llamas, así como una docena de casas que no recistieron el embate del fuego. La única ventaja de esa siniestra noche fue que no hubo muerto alguno. La perdida material fue absoluta y el dueño del local prácticamente quedó en la calle.

Al día siguiente todos los que pasaban cerca del infortunado hidrante lo miraban con ojos desafiantes y con el enojo rondando por los aires, más de uno le dio una patada, hasta que una turba enfurecida lo desprendió del concreto a punto de patadas y palancas que hicieron con algunos fierros viejos que encontraron por ahí.

Yaciente en plena acera y aún con un pequeño fluido de agua saliendo de su boca se dispuso a dejar morir . Horas después un funcionario encargado de revisar tuberías públicas constató de que la culpa no era del pobre hidrante, sino de un bloqueo en la cañería que distribuía el agua hacia el infortunado receptor. Para ese entonces ya era totalmente inservible.


LA LLAMADA QUE NUNCA SE DIO


A veces el azar se cuelga de una emergencia, y la muerte se adueña del lugar...

Al doblar la esquina, aquella pobre mujer de mediana edad apenas podía apoyarse sobre la tapia de concreto que servía de límite a la escuela del lugar. Como era de noche no se escuchaba la algarabía que los niños al jugar impregnaban de día el ambiente; por el contrario sólo el ruido escaso de alguno que otro automóvil lejano rompía con el silencio de aquel barrio marginal.
Se notaba que de un costado de su vientre la sangre le manchaba de rojo escarlata su delantal, que en las sombras de la noche se confundían con un púrpura de muerte. Jadeando, logró llegar hacia una caseta telefónica, que medio iluminada por una luz de neón rasgaba la penumbra del lugar.
Gotas de sudor resbalaban por su frente hasta humedecer la estructura, mientras sus manos temblorosas intentaban pulsar sin éxito los números nueve, uno, uno del teclado. Algo estaba sucediendo. Detrás de la línea nadie la escuchaba, el teléfono no servía. Sólo una fría navaja atravesando su espalda interrumpió el dedo marcante de aquella desdichada mujer quien intentando pulsar de nuevo el último número uno, cayó muerta al instante.
A la mañana siguiente un hombre se sentaba regocijado por una taza de café, a leer en el periódico las noticias del día.
Lo primero que ojeó fue la primera plana que presentaba la foto de una sábana cubriendo un cuerpo, un marido esposado dentro de un recuadro y una caseta telefónica con el auricular descolgado.

SIN TV.
"Afuera llovía a cántaros, pero adentro todo era emoción"

¡Gool!, era la palabra eufórica que se oía en la sala de esa casa suburbana, mientras trozos de pizza y bebidas gaseosas rodaban por el suelo. La Selección Nacional de Fútbol había clasificado para el mundial, mientras el marido emocionado y sus tres hermanos lo celebraban abrazados. En el cuarto vecino, una mujer suspiraba enamorada porque Ricardo uno de los personajes principales de su telenovela preferida le daba el beso esperado a la diva. Había dejado de lado las labores de la casa en ese preciso instante, hasta que la algarabía en la sala la hizo salir de ese trance de romanticismo cursi y presurosa se levantó a continuar trapeando el piso, a la espera de que el marido la llamara para que lo acompañara a celebrar juntos el gane de la "Sele", aunque a ella no le interesara ni un ápice el asunto. En una tercera habitación un par de inquietos niños no dejaban de "embobarse" por las figurillas futuristas de un juego de video que en una moderna pantalla de televisión no dejaban de moverse por todos lados, mientras emocionados apretaban botones, a ver si lograban alcanzarlos y derribarlos. Todo era algarabía y emoción es esa casa suburbana, hasta que de repente un rayo cayó sobre un poste cecano, mientras un fuerte trueno dejaba casi sordos a todos los vecinos del barrio. Un transformador de corriente se había fundido, dejando a oscuras las viviendas del lugar,
Todos los de esa casa se reunieron finalmente en el comedor a la luz de una vela, resignados a pasar el resto de la noche viéndose las caras. Colocados todos frente a frente, cada quien expresaba sentimientos de furia, aburrimiento y resignación hasta que de pronto todos extrañamente se pusieron de acuerdo y al mismo tiempo callaron. Un silencio casi sepulcral se adueñó entonces de las paredes de esa estancia, hasta que el chiquillo menor de la familia soltó la pregunta incómoda: "¿Ahora qué hacemos?". A lo que los adultos no supieron qué responder. En el ambiente flotaba entonces un deseo profundo de que regresara pronto la corriente eléctrica.



ACECHO EN LA LLANURA

Se acercó sigilosamente tratando de que el pisar de las hojas no delatara su presencia. Apoyándose sobre una peña entre la maleza, el cazador buscó el mejor ángulo para colocar la mirilla y pedir al cielo que su pulso no le fallara esta vez, pues desde el día anterior su vida de ermitaño lo había llevado a beber más de lo acostumbrado. Según decía él, en la llanura no había más que hacer que cazar, observar los atardeceres sentado en alguna mecedora y "beber guaro a lo loco". Desde hacía días había observado la llegada de una parvada de codornices frente a su rancho que destartalado sobresalía entre el pasto jaragua, el cornizuelo y los jiñocuabes que abundaban en el lugar. Sabía que prácticamente en toda la región de Guanacaste, estaba prohibido la cacería debido al sistema de protección de áreas silvestres, sin embargo, él siempre se había negado a ser diferente que su padre, abuelo y generaciones de cazadores atrás que habían convertido esa actividad en su modo de vida habitual. Llevaba en su sangre los genes del acecho del zorro y la mirada del coyote de la bajura, las garras del gavilán colirrojo y la astucia de la serpiente terciopelo. Pero esa tarde nada de esas cualidades le servirían del todo. El viento se había interpuesto entre las aves y él, espantándolas unos metros adelante. Con el rifle bajo, exhaló el aire que tanto había retenido en sus pulmones en el intento de no provocar ruido alguno. De nuevo sus pasos silenciosos a través de la maleza lo acercaron cada vez más a las parduzcas aves que con sus gorjeos inundaban el ambiente de esa calurosa tarde. Al llegar sobre un tronco caído, el cazador colocó su bota derecha sobre la superficie y apoyándo el rifle a la altura de su cerrado ojo izquierdo, empezó poco a poco a pulsar con su dedo índice el gatillo del arma, en la espera de que las condiciones del viento esta vez estuvieran a su favor, la luz del sol no lo segara y el abundante color café y amarillo de la seca vegetación no lo confundiera con el plumaje de las deseadas presas. De su frente sobresalieron gruesas gotas de sudor que al instante deseó limpiarse con su pañuelo pero que sabía que si lo hacía, perdería la oportunidad tan esperada. Aguzó la vista lo más que pudo, eligió el ave más grande, una hermosa y regordeta codorniz hembra, apuntó a matar y en el preciso momento en que su falange digitó el último impulso del gatillo, un sonido seco le indicó que algo malo estaba sucediendo, el arma se había trabado. Tras un intento más cayó en la cuenta de que ese día no tendría suerte en la cacería. Probó tres, hasta cuatro veces más, pero el arma no funcionaba, hasta que en el quinto intento, el obstinado cazador dejó escapar de su boca una lista de improperios que terminaron por advertir del peligro a la afortunada ave, quien junto a las demás, remontó vuelo bajo sobre el pastizal, refugiándose cerca de un bosquecillo de cenízaros. Era él solo frente a una presa que se negaba a morir, era quisás el azar de un destino que le indicaba tiempos de veda perpetua, o a lo mejor era ya hora de retirarse, pues como él mismo había afirmado tiempo después , nunca en los últimos cuarenta años de recorrer las extensas llanuras, esa vieja arma heredada por su padre había fallado, lo extraño es que en ese preciso día sí.
Cierto es que al filo de esa tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las orillas del Tempisque, una familia de codornices habían logrado alargar su vida un día más, no por las acechanzas de un enemigo natural, sino porque el arma de un enemigo mayor como el mismo hombre, había fallado.


CUANDO FALLA EL DESPERTADOR

La mañana lo sorprendió con un rosario en la mano y un cúmulo de oraciones en su mente. Había pasado toda la noche en vela a la espera de que los acontecimientos cambiaran el rumbo de su historia; la que lo había colocado al borde de un precipicio del que deseaba saltar. Había puesto todas sus esperanzas en aquel abogado que recién salido de la escuela de leyes, lo sacaría según él de aquel embrollo.

Él no la había matado, fue que simplemente no debió estar a esa hora con el arma en la mano y llorando ante el cuerpo de su amada esposa. El destino le había jugado una mala pasada, de aquellas que pocos se explican, pero que hacen la diferencia entre la culpabilidad y la inocencia.

Esa mañana,la alarma del reloj despertador que se encontraba en su mesa de noche no había sonado, sus baterías se habían agotado y debido a que el día anterior había llegado muy cansado de su trabajo permanecía todavía a esas tempranas horas sumido en un profundo sueño.

Fue la luz del sol que colándose por la rendija de una de las cortinas, logró herir los párpados del durmiente hasta hacerlo despertar. Al darse cuenta de que era tarde, saltó de la cama y bajó las escaleras, topándose de frente con una macabra escena: su mujer permanecía en bata de dormir en el suelo, yaciente sobre un charco de sangre, al parecer la habían herido con un arma punsocortante, un puñal de gruesa hoja que permanecía a la derecha del cuerpo.

La primera reacción del asombrado marido fue bajar rápido las gradas y palpar el cuerpo de su esposa, que se mantenía todavía tibio. Con su mano derecha tomó el arma asesina en su empuñadura y la lanzó contra la pared, dejando un rastro de gotas en el suelo. Luego de ello tomó el pulso de su amada a como pudo para darse cuenta de que todavía su corazón latía, aunque apenas a un ritmo muy leve. Llamó inmediatamente al nueve, uno, uno quienes avisaron pronto a los paramédicos y a la policía, apersonándose éstos en pocos minutos.

Los especialistas por más que lo intentaron no pudieron brindar el soporte vital necesario para poder estabilizar a la herida quien fue declarada muerta pocos minutos después en la escena . Por su parte las autoridades levantaron las pesquisas necesarias y tras investigaciones en la escena, hallaron huellas del marido en la hoja de la navaja, lo que lo inculpó en un primer momento. No quedó otro remedio de apresarlo,sin antes leerle sus derechos y recordarle que se había convertido en el primer sospechoso del crimen recientemente cometido. Lo cierto es que sin afan de acabar en forma apresurada esta historia, toda situación en la vida depende de lo que algunos llaman la "Mano negra del destino", o lo que otros prefieren denominar el "Azar", y es que si el reloj despertador no hubiera fallado en esa trágica mañana, posiblemente él infortunado marido se hubiera despertado temprano y sería él y no su mujer el que hubiera encontrado ese ladrón en el interior de la casa y sería él el que hubiera sido presa de aquella fría navaja, la misma que acabó con la vida de su querida esposa.

Las causas del porqué los acontecimientos se sucedieron de la otra forma narrada quedarán para los investigadores. En las declaraciones que ese pobre hombre dio, simplemente reitera de que todo se debió al cansancio acumulado del día anterior, al exceso de sueño y a que su reloj despertador había fallado. Una treta del azar, o una excusa para salir bien librado. Lo cierto es que a la altura de esta declaración ¿Quién fue el culpable? .



EL BOLÍGRAFO
Abrió la gaveta del escritorio con la intensión de extraer una superficie blanca donde escribir. Tomó entre sus dedos un hermoso bolígrafo hecho de lapislázuli, ribeteado con punta de oro, grabado en la superficie con sus iniciales M.B.
Disponíase a redactar una nota suicida, pensó él, lo último que escribiría antes de partir.
Comenzó explicando las razones que lo llevarían a tomar tal determinación, pero le pareció que a nadie en este mundo le interesaría su historia. Arrugó en su puño el papel y con furia lo arrojó al cesto de la basura.
Tomó de nuevo otra hoja y decidió escribir esta vez sobre lo importante que habían sido para él sus hijos, esposa y amigos, pero igualmente algo en su interior no le convencía y repitió el ejercicio de doblar el papel y arrojarlo a los desechos. Finalmente cuando iba a escribir la tercera nota se dio cuenta que la tinta del bolígrafo poco a poco se iba difuminando hasta que acabó siendo a penas una marca invisible sobre el blanco papel, se había agotado. Inmediatamente abrió gavetas y se incorporó para buscar en toda la habitación otro bolígrafo o algo con qué escribir, pero no lo halló.
Esa noche, exhasuto por días de pensar sobre el evento que se avecinaba, decidió cansado ir a dormir. Pensó al día siguiente conseguir un nuevo bolígrafo y culminar su plan que lo llevaría por último a concretar la solución final.
Antes de cerrar la puerta de la oficina y dejar la inútil pluma sobre una carpeta, una vocecilla movió en su interior engranajes que le arrebataron la idea fija de morir.
Un niño en pijama de osos abrazó fuertemente los pantalones de aquel desdichado hombre, mientras pronunciaba un emotivo ¡Papi!. Ese encuentro lo hizo recapacitar, activar su ancestral instinto de sobrevivencia, le motivó a alargar un minuto más su atormentada existencia y descansar en los tibios brazos de la vida.
Después de respirar hondo y devolver el tierno gesto a aquel niño; recordó las palabras que nunca escribió y un bolígrafo que permaneció inservible sobre su escritorio.



LA HISTORIA ABSURDA DE UNA MACETA

Un día la maceta con todo y planta que se encontraba en el corredor de aquella vieja casa decidió ir a pasear. Estaba cansada de que la dueña la corriera de aquí para allá en su afán de encontrarle una mejor ubicación. "¡Que aquí no porque le pega mucho sol!", "¡que allá no porque la lluvia daña a la planta!", "¡que aquí tampoco porque estorba!". Era imposible satisfacer los gustos de la hacendosa señora, así que un día sin más ni más se dejó rodar por el suelo del corredor y llegó hasta las gradas de la entrada del hogar. Cuando llegó a la orilla a punto de bajar el primer escalón empezó a temblar porque tenía miedo de resbalar. A como pudo torció su fondo de barro a manera de piecesito y tímidamente se fue deslizando hasta llegar al jardín. Al llegar al portón, limitado por un seto de hermosos geranios, se detuvo para respirar el aire de la mañana que le parecía esta vez más puro que de costumbre, o al menos la sensación de que se hallaba más libre que nunca. Atravezó el puentecillo que unía la propiedad con la calzada de lastre. Tuvo problemas para seguir el camino que lleno de piedras, dificultaba su andar. Después de recorrer los primeros cien metros, se sentó a descansar debajo de la sombra de un gran madroño. El tibio sol calentaba la hojas de la planta que sembrada sobre la maceta se movía graciosamente al compás de cada pasito que daba el recipiente de arcilla.
Ya se disponía a recorrer los últimos metros que separaban la callecilla de lastre con la carretera, cuando unos perros comenzaron a rodearla y a lamerla, incluso alguno que otro marcó su territorio en ella. Transcurrido un buen tiempo,logró librarse de esa trifulca quedando bautizada en toda su superficie con el líquido animal , no quedándole más remedio que emprender de nuevo su marcha perfumada con la olorosa fragancia canina. Al rato de andar y andar llegó a la esquina que los lugareños llaman la de los "cuatro vientos" porque ahí se unían los vientos que provenían de todos los puntos cardinales. Quien pasara por ahí debía sostenerse fuertemente para no ser derribado.
Tal suerte no tuvo la infortunada maceta, que inmediatamente llegado a ese sitio, la fuerte briza la hizo rodar y rodar hasta llegar a la carretera misma, no sin antes quebrársele la parte superior en diversos añicos. Con dificultad logró levantarse y seguir su paso cada vez más lento por el calor y el cansancio de haber recorrido ya bastante distancia. Arreciaba un sol candente y la planta en la maceta pedía a gritos una poca de agua, por lo que el recipiente de arcilla se detuvo a orillas de una pequeña laguna que sobre un escampado sobresalía. Se dispuso a beber, pero al acercarse no reparó en una piedra que obstaculizaba su paso y la hizo tropezar, yendo a parar al lago con todo y planta; por suerte, un buen samaritano se apiadó de la pobre maceta y la logró rescatar quien por su peso y contenido estuvo a punto de morir ahogada. Maltrecha por el exceso de agua que tragó, siguió andando hasta llegar a la esperada carretera donde finalmente un automóvil la arrolló, lanzándola por los aires al espaldón, lo que hizo que se quebrara en cientos de minúsculos fragmentos . Lo único bueno de este final inesperado fue que la planta quedó sembrada en medio de un montículo de tierra, salvándose de un destino fatal. Los que leen esta extraña historia se preguntarán con qué propósito se escribió, porque pareciera que al autor se le acabaron las buenas ideas y ahora escribe historias absurdas.
¡Pero bueno!, lo único que quizo expresar fueron las enseñanzas que esta simple maceta pudo aportar antes de quedar hecha añicos: 1-Se podría pensar que al igual que esta vacija de barro muchos quieren ser diferentes y aventurarse a no conformarse con su condición predestinada. 2- Antes de tomar cualquier decisión debemos tomar en cuenta las consecuencias que pueden traer nuestros actos; pues, podemos morir en el intento. Y 3- la muy conocida y trillada máxima que dice: "El que nació pa' maceta del corredor no pasa", aunque la de esta historia se reusó a permanecer ahí.
Cada quién elige la que mejor le complazca.




UN DESTELLO EN LA OSCURIDAD
Uno de los faroles de aquel parque destelló, para luego apagarse del todo. La oscuridad reinó entre los árboles y las bancas, que apenas eran iluminadas por algunas estrellas que titilaban en el cielo.

Entre la hierba, un hombre herido por una navaja luchaba entre la vida y la muerte, mientras un charco de sangre rodeaba su cuerpo. Fue testigo él, del término de aquella luz.

Pensó que al igual que los bombillos se funden, la vida del ser humano se puede acabar de repente.

No había ni un alma cerca y la de él se desvanecía poco a poco. Un asaltante le había despojado del dinero que llevaba en su bolsillo y en el forcejeo terminó apuñalado. Como pudo intentó arrastrarse hasta aquel farol que ya no encendía, pues por lo menos era el que se encontraba más cercano a la calle y así según él, alguien a lo mejor lo hallaría pronto. Durante el corto trayecto de apenas tres metros llegaron a su cabeza recuerdos de infancia y la nueva vida que ahora tenía con su esposa e hijos. En su interior luchaba por no olvidar esos recuerdos. Sabía que si lo hacía todo estaría perdido.

Al alcanzar la meta, la más corta pero penosa meta de su vida de escasos tres metros, logró tocar la base fría del poste. Algo extraño sucedió, pues apenas lo hizo, la luz de aquel viejo farol se encendió, lo que hizo que en esa oscura noche, iluminada sutilmente por las estrellas, se mostrara el cuerpo ensangrentado y el rastro de un hombre que luchaba por sobrevivir. Al voltearse, observó la luz de aquel farol inundando su cuerpo como si viera la misma luz del Cielo abrazarlo, como dándole la bienvenida a la morada del Dios en el que había creído siempre .

Eso fue lo último que vio, antes de que los paramédicos lo llevaran al hospital, donde con mucho esfuerzo lograron salvar su vida. Alguien lo había visto y reportado a emergencias. Lo cierto es que después de aquel incidente, aquel tan corto pero tan trágico incidente, como corto este relato, el parque quedó a altas horas de la noche vacío, después de que las autoridades acordonaran el sitio y tomaran las pesquisas del caso.

Una brisa leve sobre las copas de los árboles y el ulular de alguna rapaz nocturna fue lo único que se escuchó por aquel lugar. El rastro de sangre y unas manos pintadas de rojo habían quedado en la base de un farol que aún unas cuantas horas atrás había encendido por escasos segundos.

A la mañana siguiente, un funcionario del municipio se encargó de cambiar el foco dañado, uno que aún para la noche anterior había salvado una vida. Alguien que fue testigo, pensó que aún existen milagros. Aún existen destellos en la oscuridad.