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sábado, 5 de mayo de 2012

EL ANDEN VACIO

Lo estuvo esperando tres horas y él no llegó. Ya el último tren hacia el Atlántico había partido y con él la última esperanza de huir de las conservadoras costumbres de la época. Había sido entregada en matrimionio a un comerciante extranjero de origen italiano, recién llegado a San José, que pertenecía a una de las familias más adineradas de ese país. Ella de apellido Montealegre, representante de una familia oligarca que había logrado riquezas con base en la siembra y manufactura del café, era considerada una de las más bellas damitas de la sociedad capitalina de 1932, pero ella no deseaba tales nupcias.

Don Marcelo, como se llamaba el italiano, era un hombre demasiado maduro y tosco para las refinadas costumbres de aquella casi mujer de 16 años, la señorita Margarita Montealegre. Ya el corazón de aquella niña pertenecía a José, un joven de escasos 18 años y que había llegado de la región sur del país para trabajar como peón en los cafetales de su adinerado padre. Su origen era humilde, de familia de colonos que a punto de hacha y sudor, voltearon las montañas de San Isidro, abriéndose paso por entre la selva para fundar los primeros poblados de ese inhóspito lugar del país.

Primero comenzó con unas miradas discretas por entre las ramas de café y luego lanzándose el fruto rojo y maduro por entre el sendero de los cafetales, en aquellas tardes soleadas de diciembre, cuando la cosecha invitaba a los recolectores, con sus canastos de mimbre y cabuya a llenar las carretas con cientos de granos.

Una mano rosando la otra y un beso a escondidas detrás de los árboles de poró, fueron el preámbulo para decenas de tardes encontrándose a hurtadillas en cualquiera de las colinas cercanas, plagadas de aquella preciada planta que había dado prestigio y nombre a los Montealegre.

Es por eso que cuando Don Jesús, el padre de Margarita, se sentó una noche a fumar un habano en compañía del italiano y pactado aquel inesperado matrimonio con una taza de café, la esperanza de aquella niña se la llevó el viento alisio que soplaba precisamente en esa época del año.

Inmediatamente que supo la noticia se dirigió a su habitación a llorar desconsoladamente, hasta que los grillos y la luna que alta se encontraba sobre el firmamento la arrullaron en un interminable sueño, interrumpido sólo a las once de la noche por el ulular de la lechuza que acostumbraba a esa hora posarse en los arbustos cercanos. Su canto era triste esta vez, mientras un sentimiento de abandono y abatimiento invadió su roto corazón. Debía hacer algo. Se incorporó a escribir una nota para su amado que al día siguiente mandaría con nana Francisca directamente a sus manos. Lo esperaría en el andén del ferrocarril. Huirían juntos y quizás hasta abordarían un barco que lo llevaría lejos, muy lejos hacia las costas del mismo Mediterraneo, o hacia cualquier isla del Caribe, donde comenzarían una nueva vida.

Pero aquella tarde él no llegó. En circunstancias aún extrañas, el caballo que conducía José se abalanzó contra una cerca, cayendo con todo y jinete. El jóven herido no murió, pero fue conducido en estado muy grave al hospital San Juan de Dios de la capital, donde tuvo una larga y dolorosa recuperación. Se dice que su patrón Don Jesús pagó las costas del internamiento y se aseguró que terminado su estadía en el nosocomio se devolviera a su natal San Isidro; de todos modos ya para ese entonces se le había diagnosticado parálisis en su tronco y piernas, invalidez que arrastraría por el resto de su vida.

Algunas mal intencionadas lenguas, abundantes en la San José de esa época, se atrevieron a decir que Don Jesús convenció al joven de que en tal estado, nadie y mucho menos su hija aceptaría unirse a un un pobre inválido como él, a lo que accedió regresar a sufrir destierro en su natal pueblo, lejos de su amada. Por su parte ella nunca supo las circunstancias por las que él nunca llegó a su encuentro y por las que nunca se le volvió a ver por entre los cafetales. Su padre no quiso dar explicación alguna.

A la pobre Margarita no le quedó más remedio que aceptar un andén vacío, una fría mañana y cientos de hojas secas de higuerón surcar los aires. Diciembre había llegado y con él una partida; la más dolorosa partida que haya sufrido una cándida alma como la suya.

De regreso no le quedó más remedio que aceptar las condiciones de su progenitor. En escasos tres semanas terminó contrayendo nupcias con el rico comerciante italiano.

Todos los lujos que puede dar una vida de abundancia, le fueron otorgadas, pero la felicidad nunca llegó a ella.

Sólo cuando en las tardes frías de verano, aquella triste mujer transitaba cerca de la estación del Atlántico, una lágrima solía caer en el adoquín de aquel andén vacío, lleno a penas por el recuerdo de un amor que nunca fue.
San José, diciembre 14 de 1932.

lunes, 26 de marzo de 2012



HIERBA SECA

"Soy como la hierba seca, con la diferencia de que al perder su humedad, ella suelta sus semillas y dan fruto, pero yo no..."

De sol a sol trabajaba Elvira Ramírez por entre los cafetales, recolectando leña, ordeñando las vaquillas que apenas proporcionaban una rala leche o molía maiz como lo había aprendido de sus ancestrales abuelas, aquellas que se perdían en las brumas del tiempo y que ya poco conocía de ellas.

De pequeña la habían llevado a vivir a San Ignacio de Acosta en una caravana de carretas jaladas por bueyes, cargando con los pocos tiliches que los Ramírez podían llevar; el moledero de café, la cafetera vieja, de esas enlozadas en azul, trastos medio quebrados, la escaza ropa envuelta en sábanas que a corta distancia olían a alcanfor, para que las cucarachas no la rolleran y sus pocas herramientas de labranza.

Habían llegado desde Aserrí por entre los años cuarenta a poblar aquellas serranías con la esperanza de adueñarse de un buen terreno, dedicarse a la crianza de ganado y sacar de la tierra los frutos que la naturaleza da. Pero aquella década fue de sequía en aquella apartada región y los sueños de riqueza se esfumaron de inmediato; hasta reducir su finca a apenas unas cuantas manzanas que por lo menos a punta de pala y machete medio podían mantener.

Elvira Ramírez casó con Luis Mora, el vecino de la finca de al lado, un joven escaso en conocimientos; igual que ella, pero trabajador y saludable. Seguro que con su vitalidad le daría buena cantidad de hijos que crecerían felices al resguardo de los que aquella tierra le proporcionaría. Pero al igual que la naturaleza se ensañó en aquel paisaje agreste y seco, aquellos hijos no llegaron nunca.

A Luis se le veía entonces caminando por entre los trillos con la mirada perdida y mascando las espigas de hierba que encontraba a su paso. Ya no sonreía ni recogía las aluminas de la quebrada para llevárselas a su amada. Ella con delicadeza las colocaba en un frasco de conserva hasta esperar que con el tiempo murieran de indigestión por las migas de pan que le daba o al menos de aburrimiento por nadar en aquel espacio tan reducido.

Por su parte Elvira se dedicaba sólo a mantener el fuego encendido con la leña que encontraba en el campo, aunque por dentro ya se habían apagado sus esperanzas de perpetuar su estirpe.

Los dos ausentes se sentaban entonces a la mesa a tomar en silencio algún café y esperar a que los cocuyos rasgaran la cortina de noche con sus melancólicos trinos.

"La hierba seca se la lleva el viento, a mí el fruto no nacido..."

Acababan entonces levantándose al mismo tiempo, quizás lo único en que coincidían últimamente y se disponían a acostarse uno de espalda al otro. Ya no se miraban, poco se tocaban.


Una noche en que por fin decidió llover en aquel apartado lugar, la historia se repitió ceremoniosamente sobre la mesa. Ambos en silencio tomaban un jarro de café, sin decirse nada, hasta que Luis rompió en llanto, como si todo el dolor que aprisionaba su pecho se soltara en forma de ríos que corrían a lo largo de sus mejillas.

"¡Elvira, no puedo más, usté sabe que la quiero mucho y que mi tata me dió este terreno pa' que lo sembremos juntos. Yo esperaba tener muchos hijos con usté, pero no ha sido, me voy pa' Parrita a iniciar una nueva vida, tal vez con alguien que si me pueda dar hijos, no como usté que no puede, lo siento mucho, pero así es...!"

Salió por la puerta en plena lluvia, con el chonete puesto sobre su cabeza, su vieja alforja sobre sus hombros y su cutacha en el cintillo. Nunca más se le vió por esos lugares.

Aquella noche una mujer quedó sola, sentada con un café en la mano y otro enfriándose en el extremo opuesto de la mesa.

Lloró toda la noche y también durante el día, entre los pilones, la yunta de bueyes, las cajuelas de café. Lloró subiendo y bajando colinas, lloró al viento, a los árboles de gravilias mover sus ramas, a los yigüirros, cocuyos y mochuelos. Lloró a los renacuajos del yurro y a los colores del arcoiris. Era ella todo llanto, dolor, agua, transparencia.



"Soy hierba seca, paja movida al viento lanzando semillas al cielo..."

Lloró una vez más, esta vez con aquel llanto que sólo da la dicha de parir. Después de cortar el cordón que unía la criatura a la madre, la matrona entregó el niño a Elvira, lo colocó en su pecho y el pequeño latido de aquel bebé se acompasó con el de aquella orgullosa mujer.

Esa tarde en aquella habitación entre penumbras, no se sintió más el olor a hierba seca; ahora se olía a fruto silvestre, a vida brotando de la misma tierra. Sólo se percibía las ausentes manos del labrador recogiendo aquella dichosa cosecha.

"Ya no soy hierba seca..."

viernes, 17 de febrero de 2012


EL DUELO

Ciudad de Cartago, Costa Rica , 1870.

Sobre las calles adoquinadas, la sombra de un carruaje se proyectó sobre la bruma que poco a poco se fue discipando para dar paso a una llovizna apenas ligera. Los caballos dirigían el coche a todo galope a la plaza principal. En su interior un elegante hombre de avanzada edad observaba detrás de la ventanilla, la hermosa iglesia de San Nicolás en cuya fachada resaltaba un bello vitral , que había sido traido en barco desde España. Al paso del carruaje el frío viento congelaba su mirada inquisidora que en conjunto con su fruncido seño le daban aspecto de un furioso dios mitológico . Era necesario, según él acabar con aquella aventura desbocada, restaurar el orden natural, limpiar el honor mancillado. Se batiría en duelo con el amante de su mujer.

Ella al lado suyo lloraba desconsoladamente, deteniendo las lágrimas que rodaban en su mejilla con un pañuelo de seda bordado con finos encajes y pedrería. Pertenecían ambos a familias del más alto abolengo de la ciudad. Por muchos años fueron felices uno al lado del otro, hasta que por órdenes del gobernador de Cartago, el marido fue enviado en misiones diplomáticas a Chile relacionadas con el comercio del café e intercambio de bienes suntuarios con aquel lejano país. Ella pasaba meses enteros sumida en soledad en su elegante mansión cercana a la plaza mayor de la ciudad, hasta que un día un amor secreto entró como viento tempestuoso en su corazón, aquel que le daría un nuevo motivo para alegrar sus mañanas y provocarle hermosos sueños al anochecer. Pero aquella felicidad prohibida acabaría pronto al ser sorprendidos besándose en el solar de la residencia por su propio marido que acababa de llegar de uno de los viajes por el cono sur.

Al terminar la calle, un candil a medio iluminar sirvió de punto de referencia final para anunciar a los viajantes de que el destino había llegado. La plaza de artillería sería el escenario del duelo. Luego todo serían trajes empapados, lanzamiento de improperios, lluvia sobre los rostros, sombreros al aire, sangre en el suelo, pechos abiertos y llanto en el único rostro que se vio llorar por esos solitarios lugares, el de aquella mujer que vió morir a dos hombres. Uno que le dio prestigio y al menos una felicidad construida según las normas de una sociedad basada en el honor, el recato y las buenas costumbres y el otro al que no importó romper esas absurdas reglas para estar con él porque para el verdadero amor, según ella, las reglas no existían.

Al final de esa tarde en la llamada "Ciudad de las Brumas", mientras la neblina comenzaba a disiparse y convertirse en una lluvia ligera y las campanas de la Iglesia de San Nicolás daban las cinco en punto, dos gatillos habían sido accionados, dos balas salieron del cañón y dos pechos al mismo tiempo fueron perforados. Ambos murieron en el acto.